EL COBAYA: El experimento del doctor Ox

Me habían hablado de la existencia en Madrid de una cámara de oxigenación hiperbárica. Fue una amiga quien me dio el soplo. Ella la había probado y contaba excelencias acerca de sus efectos. Al salir, decía, se comió el mundo, animada por una energía formidable. Me pasó el teléfono y allá que me fui. Está ese artilugio, que parece una cápsula espacial, instalado junto al Hotel Foxá de Serrano Galvache, en las dependencias de un gimnasio de tiros largos: el Príncipe Sport II. Al principio impresiona. Es como iniciar un viaje a la estratosfera. Antes de entrar en la cápsula hay que pasar por las manos de una amabilísima doctora. Chequeo breve, pero minucioso, y adelante. Ya está el cobaya metido en su sputnik. Un funcionario de la Nasa (permítaseme la broma) controla los mandos. Empieza a entrar oxígeno puro hasta alcanzar el índice de presurización adecuado. El astronauta siente, al principio, algo de calor y nota como la energía que anima el universo va poco a poco entrando en él. Los tejidos se hiperoxigenan. Los efectos fisiológicos y psicológicos son espectaculares, dice la ciencia, en todos los vectores del antiaging. No cabe detallarlos aquí. El tratamiento mejora o cura alrededor de diez mil enfermedades. Yo me sometí el otro día a la primera sesión, hoy practicaré la segunda y así seguiré hasta cumplir todas las etapas del protocolo establecido. Me pasó lo mismo que a mi amiga: salí de la cápsula y, aquella tarde, me comí el mundo, sexo incluido. Julio Verne escribió una novela, muy divertida, cuyo título era “El experimento del doctor Ox”. La leí de niño y la he vivido de mayor. Es la única cámara de ese tipo existente en Madrid. No sé si las hay en otros lugares de España. Infórmense en www.oxigenarte.net y agradézcanme la noticia y el consejo.

Publicado en: ...el 06 Febrero 2010 @ 00:53 Comentarios (50)

DRAGOLANDIA: Sobre la felicidad (1)


Séneca

Decía Séneca que todo el mundo aspira a llevar una vida dichosa, pero que nadie sabe a ciencia cierta en qué consiste eso.

Y para averiguarlo (o para ayudarte, mejor dicho, a que tú, lector, lo averigües) es por lo que voy a dedicar unas cuantas entregas de este blog a resumir las enseñanzas de todos y cada uno de los grandes sabios que en el seno de la humanidad, a lo largo de su historia, han existido.

Grandes sabios… Esto es: maestros –y no, meramente, filósofos, científicos, artistas, héroes, profetas o santos- que en su vida y con su ejemplo, sus palabras y sus obras trazaron la cartografía de la conciencia, sembraron las semillas de la ética (que no existe sin estética) y configuraron la hoja de ruta que permite, a quien de verdad lo intenta, conocerse a sí mismo, entender el sentido del universo, responder a las preguntas del quién somos y del por qué y para qué estamos aquí, y alcanzar, en definitiva, eso con lo que todo el mundo sueña sin saber lo que es: la felicidad.

Buscarla, y encontrarla, es lo que siempre, desde que el hombre tiene memoria de sí, hemos llamado sabiduría. Nadie confunda ésta, como ya he sugerido, con la cultura, la erudición, la reflexión o la investigación. Es otra cosa, que no depende del estudio ni del simple ejercicio de la inteligencia, aunque ambos –la inteligencia y el estudio- puedan ser, en ocasiones, sus aliados.

Arte de vivir: de eso se trata y eso es lo único que los sabios –los maestros- nos enseñan. Pero el fruto de sus enseñanzas no es de ningún modo una teoría, una abstracción, sino algo que se aplica, que toma forma, que se lleva a término: un quehacer.

En eso se diferencia el sabio del filósofo. Éste ama, cierto, la sabiduría, y por ello la busca, pero aquél no se conforma con eso, sino que además, como acabo de decir, la encuentra, la practica, la convierte –minuto a minuto- en norma de su existencia, en carne de su vida, y es feliz.

Ese estado –el de la felicidad- no se compra, no se transmite, no guarda relación alguna con lo que tenemos, ni tampoco con el dónde y cómo estamos, sino con lo que somos. Nadie puede dárnoslo, nadie puede quitárnoslo. Depende sólo de uno mismo y está, por ello, al alcance de cualquiera: pobre o rico, viejo o joven, varón o mujer, instruido o analfabeto, acompañado o solitario…

Quien busca la camisa del hombre feliz para pedírsela, cómprarsela o quitársela siempre termina descubriendo que el hombre feliz carece de camisa no porque no la tenga, sino porque no la necesita.

No envidies, lector, a nadie –la envidia es, seguramente, el peor enemigo de la felicidad- ni tampoco caigas en la trampa opuesta: la de pensar, obrando en consecuencia, amargándote, condicionándote, que tu felicidad depende de la felicidad ajena. A nadie podrás dársela, del mismo modo y por las mismas razones por las que nadie te la dará a ti. Sé autónomo. No te culpabilices por la desdicha del prójimo ni atribuyas al prójimo la responsabilidad de la desdicha propia. Todos somos hijos únicos de nuestros actos.

Recuerda, eso sí, que la felicidad depende de la coherencia entre lo que crees, piensas y dices, y lo que haces. No puede ser feliz quien no tiene la tranquilidad de conciencia que sólo confiere el deber cumplido, y para eso –para saber en qué consiste éste- es necesario averiguar quién eres, descubrir tu carácter, tu vocación, tu función, tu destino, y llegar, respetando tu ley, siendo fiel a ti mismo, a serlo.

No busques un camino hacia la felicidad: ésta es, minuto a minuto, y no tanto en lo que parece importante –sin serlo. Nada importa nada- cuanto en lo insignificante, el camino.

Y recuerda, por último, que el arte de vivir es, también, arte de morir. Los sabios te enseñarán a hacerlo. Si no pierdes el miedo a la muerte, que es el punto de origen –agazapado o no- de todo lo que te impide ser feliz, no lo serás. Pero si te enfrentas a lo que temes, el temor –ese espejismo- desaparecerá.

Y de ese modo –lo escribió Kipling, al que cito de memoria- tus ojos, / adentro tornados / te mostrarán tu tesoro escondido / bajo la tierra de tus propios campos, / junto a tu hogar, / en el umbral de tu casa, / en el polvo de los caminos / que trillas a diario, / y de esa suerte sabrás que eres hombre / y que, por hombre, eres rey soberano.

Publicado en: ...el @ 00:33 Comentarios (9)

EL LOBO FEROZ: ¿Y los atunes?

Ya están todos, sanos y salvos, en sus casitas. Todos, digo… Los malos y los buenos, los negros y los blancos. Ya puedo, pues, confesar lo que sentía mientras presenciaba la opereta del buque atunero. Si lo hubiese hecho antes se me habrían merendado los tiburones de la corrección política. Dirán, aun así, que soy un insensato, un frívolo y un irresponsable. Que lo digan. Eso no es asunto mío, sino de quienes lo dicen. Estaba yo en pecado capital. Tenía envidia de los secuestradores y de los secuestrados. Los unos y los otros corrían aventuras. Casi imposibles son éstas en el mundo de hoy, tan ordenado, controlado y maniatado. ¿Hay algo mejor que una situación límite? Me pirra el peligro. No lo puedo evitar. Ya en la niñez me pirraba. ¡Ah de Salgari! Si Yáñez y Sandokán eran héroes para todo el mundo (y lo siguen siendo, a juzgar por el éxito que cosechan las películas en las que los protagonistas son piratas), ¿por qué mis compatriotas, unánimes al fin en algo, lloriquean ahora por el suceso del Alakrana? Pan con marmitako para mis dientes de novelista y periodista. No soy pescador, pero tentado estoy de empezar a serlo para pescar novelones y folletones en las aguas del Índico. Envíeme Pedro Jota allí con un parche en el ojo, un garfio en la zurda, un papagayo en el hombro y una piratesa trincada por la cintura. Siempre, cuando cojo un avión, fantaseo con la posibilidad de que lo secuestren y termine yo no en el lugar al que iba, sino en las Tortugas. Ya le pasó a Colón, que navegaba hacia la India, tropezó con Guanahaní, descubrió América y creyó que era el paraíso. Vivir es eso. Lo contrario son tontunas de beatas, jubilatas, cobardicas, borregos, políticos y funcionarios. La vida no vivida, decían Jung y Soseki, es una enfermedad de la que se puede morir. ¡Menuda juerga la que a cuento de nuestros magros bolsillos de contribuyentes en crisis se están corriendo los vecinos del fortín de los piratas! ¡Ríos de champán francés, bandejas de caviar del Caspio, polvaredas de cocaína, polvorones de Estepa enviados por Zapatero, ensaladas de qat servidas por El Bulli y las mujeres más guapas de la tierra -lo son las somalíes- para celebrar el happy end del culebrón! ¡Que no falte de nada! ¡Todo es bueno para el convento!, dijo el fraile llevando una puta al hombro. Y de los pobres atunes, ¿qué? Nadie habla de ellos, aunque están a punto de extinguirse. Van a seguir pescándolos. Eso sí que es piratería.

Publicado en: ...el @ 00:25 Comentarios (1)

DRAGOLANDIA: ¡Ya está!

Van a tirarme de las orejas. No sé cuántos días ya sin decir ni mu en Dragolandia. Contente, Baeta. Recuperaré, como Proust, todo el tiempo perdido. Palmo a palmo, letra a letra, línea a línea.

Me cuenta mi hija Ayanta, que pronto se incorporará a este blog para llevarme en él la contra o lo contrario, discrepar o coincidir, que Rafael Azcona, en el último instante de su vida, miró hacia fuera y, desde dentro, desde lo más profundo de su ser, dijo: “¡Ya está!”.

Fueron sus últimas palabras.

Se non e’ vero…

No lo será, pero yo, por si en el último momento me vengo abajo y no estoy a la altura de lo que tan alta ocasión exige, ya puedo decir lo mismo. He tomado precauciones, pues, a mi edad, todas son pocas.

Sostiene el tópico que para llevar o haber llevado una vida completa hay que tener un hijo, escribir un libro y plantar un árbol.

En cuanto a lo primero, he cumplido con creces. Tengo tres que, por añadidura, abultan como si fueran treinta y tres, pues cada uno es de una madre diferente y cada madre es de nacionalidad distinta. Alianza de civilizaciones, diría Zapatero, y mala cabeza la tuya, añadiría la santa, paciente y comprensiva mujer que me trajo al mundo.

En cuanto a lo de los libros, nadie, por cicatero que sea, puede negar que voy sobrado. He escrito veintiocho, contando el que acaba de salir, y si Dios me da vida aún daré yo guerra en la cancha de la literatura.

Me faltaba lo del árbol. Alguna que otra vez, en los días de la infancia, cavé un hoyo y arrojé a él un hueso de albaricoque, ciruela, melocotón o lo que se terciara, pero nunca, que yo sepa, brotó nada de él. La naturaleza es muy suya.

Pues bien: el otro día fungí de pregonero en las fiestas del aceite de oliva de la muy noble ciudad de Osuna (un gentío, señores… Más de setecientas personas acudieron a la cita) y, antes de tomar yo la palabra, los organizadores del acto me concedieron el honor de plantar un olivo en el patio de la Colegiata.

Lo hice, y fue emocionante. Es ese patio, hermosísimo, un olivar de escritores. Ilustres colegas me han precedido en el uso de la pala y la palabra: Caballero Bonald, Manuel Vicent, Antonio Gala, Jesús Quintero… El último en la lista, pregonero en 2008, fue nada menos que Vargas Llosa. Mi olivo está junto al suyo. Somos ya los dos, por los siglos de los siglos, pues ese árbol es longevo a más no poder, hermanos de sangre verde de aceituna. Lo dicho: un honor, que agradezco en lo que vale a Diego Angulo, a la alcaldesa de Osuna, a Antonio García Barbeito, a los almazareros de 1881 y a todos los vecinos de una ciudad, la de Osuna, que no conocía, que todo el mundo debería conocer y que me ha deslumbrado. Es un primor, un fulgor, una joya engastada en la diadema de los campos que desde Sevilla corren hacia Córdoba y viceversa. Si lo que en ella hay estuviese en la Toscana, pongo por caso, ese lugar sería tan célebre y tan celebrado como Lucca, Volterra y Siena. No exagero. Vayan allí y lo comprobarán.

Y si lo hacen, por cierto, echen un vistazo a mi olivo, que tiene placa, y acaricien sus hojas de mi parte.

A lo que iba: ya tengo hijos, ya tengo libros y ya tengo árbol.

O sea: ¡ya está!

El tiempo que me quede será propina.

¡Bote! ¡Gracias!

Publicado en: ...el @ 00:13 Comentarios (3)

EL LOBO FEROZ: Aminatu

No pude ir a la manifestación del sábado en apoyo del pueblo saharaui. Andaba yo en Osuna. Fui allí para dar el pregón de las fiestas del aceite de oliva. De no haber sido por eso, y pese a tener por norma la de no intervenir jamás en manifestación alguna, me habría acogido al derecho de excepción sumándome a esa ceremonia de amistad hacia los héroes que desde hace casi siete lustros sueñan con volver a su tierra para recuperar cuanto en justicia les pertenece. Amistad, digo, y aun diría fraternidad, pues por hermanos y amigos tengo a los saharauis desde que por primera vez llegué al oasis de Guelta (“gasolina y agua potable” dicen de él los mapas Michelin) y pasé noches enteras entre las jaimas, al arrimo de la lumbre, viendo pasar estrellas fugaces, sorbiendo tazas de té y escuchando las historias que las gentes del oasis me contaban. Mester de juglaría era aquello, como el del Poema del Cid, y orden de caballería quijotesca y andante, pues nómadas eran todos, la milicia en la que a lomos de jeep o de camello cabalgaban. Venía yo de Bir Mogrein, corría el otoño del 70 y regresé en otras dos ocasiones, procedente en ambas de El Aaiun y encaminado hacia Dakar, al mismo sitio. Sucedió todo eso antes de que Franco muriera y sus herederos -demócratas, se supone- optaran por desentenderse del proceso de descolonización que condujo a una nueva colonización del territorio: la que todavía hoy, contra la voluntad de los únicos propietarios legítimos de éste, impone por ley de gumía, cancillería y estacazo el monarca alauí. Lo que fue Sáhara español es ahora bandera del deshonor de España y de quienes la gobiernan. ¿Por los siglos de los siglos? No lo creo. Nada pueden, a la larga, los ejércitos que se enfrentan al querer de un pueblo. Estados Unidos mordió el polvo en Vietnam y vuelve a morderlo ahora en las dunas y pedregales del desierto afgano. De igual modo tendrá China que salir del Tíbet. Guardo en mis cajones la túnica de guerrero saharaui que el Frente Polisario me entregó la última vez que estuve en la Hamada de Argelia, donde sus campamentos siguen humeando, y tengo junto a mí, muy cerca de la mesa en la que escribo esto, la insignia -círculo, estrella y media luna- que en aquella circunstancia me impusieron. Sé que algún día entraré con Aminatu y las tropas polisarias en El Aaiun. No estuve el sábado en Atocha, saharauis, pero allí andaba mi alma, conmigo vais, con vosotros voy, mi corazón os lleva…

Publicado en: ...el @ 00:05 Comentarios desactivados