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'Sinuhé el egipcio', de Mika Waltari

 
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Autor Mensaje
Kandahar
Invitado





MensajePublicado: Mar Nov 08, 2005 22:23 pm    Título del mensaje: 'Sinuhé el egipcio', de Mika Waltari Responder citando

Para que los que no la han leido se animen a leerla ademas de haberla recomendado Fernando Sanchez Drago, aqui os pongo una pequeña sinopsis para que os entre el gusanillo de leerla.

Sinuhé, el egipcio

Es quizá la novela histórica más conocida. Tras su publicación en 1945, alcanzó fama mundial su autor, el escritor finlandés, Mika Waltari que dedicó 10 años de su vida a estudios históricos.

Sinuhé es un médico, trepanador real, en la época de la revolución religiosa de Amenofis IV, Akhenatón, el faraón hereje. Una serie de vicisitudes personales le empujan a viajar a Simyra (antigua ciudad fenicia), Jerusalén, Babilonia, Creta y el país de Khatti y a contemplar la aguda crisis que planteó el naciente monoteísmo y su posterior represión, junto a la amenaza de descomposición del imperio por la política pacifista del faraón.

Os divertirá, y os involucrara en un mundo magico que Terenxi supo admirar y plasmar en mas de uno de sus libros sobre Egipto. Este es un buen comeinzo para conocer aquel bello pais de Faraones.
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_ArXé_
Invitado





MensajePublicado: Mar Nov 08, 2005 22:24 pm    Título del mensaje: Responder citando

Me gustaría poder comentar algo de esta novela, pero hace más de 40 años que la he leído. Tengo un vago recuerdo de que el comienzo de la historia de Sinuhé se parecía a la historia de Moisés, niño abandonado, adoptado... otro vago recuerdo respecto a la mala opinión que los seres humanos le merecen a Sinuhé. Creo que mantuvo una tormentosa relación con Nefernefernefer, la tres veces bella. En cuanto a la historia de Egipto que se transmite no es la historia de Egipto por la que yo siento interés. Seguramente tendría que volver a leerla para tener una opinión más precisa y más justa de la novela. Pero la verdad es que no tengo muchas ganas de hacerlo. Si un buen día la retomo y la releo os lo comunicaré. Tengo que decir que en su día no fue un libro que me entusiasmara especialmente. A lo mejor ahora me parecería más interesante.

Respecto al tema de Egipto he leído en tiempos más recientes una novela de Elizabeth Haich: "Iniciación" que me ha aclarado muchas cosas sobre esta misteriosa civilización y que os recomiendo a todos los interesados por temas esotéricos, reencarnación, etc.
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Nosce
Invitado





MensajePublicado: Mar Nov 08, 2005 22:25 pm    Título del mensaje: Responder citando

Bueno, esto ya es lo más.

Entro en el foro. Bien, pues, le echo un vistacillo al escueto CV del insigne Fernando y, de repente, leo...


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Es poseedor de los siguientes premios, entre otros:
· Premio Nacional de Fomento de la Lectura (concedido por el Ministerio de Educación y Cultura).
· Premio del Gremio de Editores al mejor programa de televisión (Negro sobre Blanco).
· Premio del Turismo Egipcio al mejor artículo sobre Egipto aparecido en la prensa española (Nosce te ipsum, Época).

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Bueno, lo flipo.

Javi please, o alguien, ¿podría conseguir el galardonado artículo en cuestión y pegarlo por aquí!?

Qué cosas...
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javi_axia
General de la Orden del Dragón y Gea


Registrado: 06 Nov 2005
Mensajes: 266

MensajePublicado: Mar Nov 08, 2005 22:27 pm    Título del mensaje: Responder citando

No es éste el artículo que ganó el premio, pero es del año 2000, el mismo año en que ganó el premio...

"La ruta de los oasis

FERNANDO SANCHEZ-DRAGO

Raros son los viajeros que al pensar en Egipto (o, sobre todo, al soñar con él, porque Egipto es eso, un sueño, el más antiguo de la historia del hombre) no identifican automáticamente el país y su majestuosa cultura con el río que lo recorre. Pero hay, sin embargo, otro Egipto que no es un don del padre Nilo, como lo definió Heródoto con acertada metáfora convertida después en lugar común, sino un hijo de la madre Sáhara.

Viajero infatigable enamorado de Egipto, el autor de Historia mágica del Camino de Santiago (Planeta) confiesa que éste ha sido uno de los mejores viajes de su vida.

Lo de madre y padre respectivamente aplicado al más extenso de los desiertos y al curso fluvial más largo y más culto de la geografía no es figura de dicción ni licencia poética, sino taxonomía rigurosa. Los ríos forman parte del yang: son fálicos y fecundadores. Los desiertos, en cambio, pertenecen al hemisferio del yin: son receptivos y, en contacto con el agua, extraordinariamente fértiles, sus vaginas siempre húmedas y hospitalarias se abren en los oasis y todo en ellos dunas, alcores, planicie, tibieza, espejismos, vientos preñados de arena tostada tiene forma y fondo de regazo de mujer. El Egipto que voy a evocar en esta crónica, el Egipto que recorrí casi de pe a pa a mediados de noviembre, es precisamente ese otro el de la llamada ruta de los oasis que, hoy por hoy, pocos visitan y del que, hasta el momento, nadie (con las excepciones de rigor) habla en la prensa.

PRIMER DIA

Pipa de agua, El Cairo
De bien nacidos es ser agradecidos... Vaya por delante eso: mi gratitud al señor Hamdi Zaki, que dirige con suave cetro de faraón ilustrado la oficina abierta por el turismo egipcio en Madrid, y a las buenas, amabilísimas y eficacísimas gentes de Royal Vacaciones y de la compañía aérea Interflight.

Sin las unas y sin las otras no hubiera sido posible mi viaje o, por lo menos, mi viaje no hubiese salido tan requetebién como lo ha hecho.

De justicia es añadir yo, que como los lectores saben sobradamente, detesto la moderna barbarie del turismo que en ningún otro país del mundo tratan a los turistas con el respeto, la delicadeza, la sensibilidad cultural, el mimo, la eficacia, el esprit de finesse y el sentido del humor con el que lo hacen en Egipto.

Lo demás lo de hoy es llegar a la capital egipcia, El Cairo, irme a fumar una pipa de agua a cualquier café otomano de Khan el Khalili y dormir unas horas antes de levantarme a la del alba. Salam aleicún.

SEGUNDO DIA

Alejandría, la fábula
Nunca, hasta hoy, había visitado Alejandría. Cúlpese de ese absurdo a los locutores de radio mochila y a mí por creerlos. Mienten como bellacos y calumnian como verracos quienes dicen que la ciudad de Alejandro, de Orígenes, de Durrell y de Kavafis es campo de soledad, mustio collado, Itálica famosa en la que nada queda, en la que ni siquiera lo fugitivo permanece y dura.

Hay, por el contrario, mucho que ver mucho que sentir allí al hilo de la historia, al de la fábula y al de la bahía y paseo marítimo en forma de media luna islámica y helénica más largo (20 kilómetros) y más esplendoroso que mis ojos ávidos han visto. No puedo hablar hoy de ello. Alejandría es mucha Alejandría. Los oasis, si la traigo a capítulo, se quedarían fuera.
Guárdese para otra ocasión.

TERCER Y CUARTO DIA

Telón de fondo, en rosa
Mi itinerario empieza en Kharga. Es el primer oasis, el más remoto, el que hasta hace pocos siglos servía de jalón (y de calabozo) inicial, intramuros ya de Egipto, al infame viacrucis y cuerda de presos de las caravanas que subían desde Sudán cargadas de esclavos negros. Así nació, cuajó y se roturó la ruta de los 40 días así la llamaban que me dispongo a recorrer.

Aterrizo en su aeródromo no llega a aeropuerto al mismo tiempo que la aurora, diosa homérica de rosáceos dedos que hace aquí amplio honor a su fama pintándolo todo, absolutamente, del susodicho color: la arena, el cielo, el horizonte, los fortines, los templos faraónicos, los penachos de los miles y miles de palmeras y los edificios de una sola planta o, como mucho, de dos que no ahogan ni fracturan ni esconden el paisaje, sino que brotan de él con la naturalidad y espontaneidad con las que crecen los árboles, los tubérculos, las hortalizas y la verdolaga en los bancales del oasis propiamente dicho.

Será eso lo del color de rosa perpetuo telón de fondo y atmósfera perenne en el ámbito de mi viaje. Honores casi de jefe de Estado: delante, una pantera de la policía; detrás, un camión del ejército; y, en medio, un Mercedes rutilante provisto de chófer el bueno de Muhammad, que poco a poco, saltando de oasis en oasis, me llevará hasta El Cairo y ocupado, en su asiento delantero, por el inteligente y diligente director de la oficina local de turismo.

Los egipcios son así de efusivos, así de generosos, así de cariñosos, virtudes éstas templadas por su sentido de la discreción y por la sensibilidad e infalibilidad de su olfato: al día siguiente, gracias a Alá, me apean los honores de la triple escolta que choca frontalmente con mi huronería, timidez y aversión al derroche. Soy un hippie venido a menos y me conceden la gracia de seguir y coronar el viaje en el vientre del Mercedes acompañado exclusivamente por mi amigo Muhammad.

Dejo la impedimenta en el rojizo hotel El Rwad (que ahora, miseria de los tiempos, se llama Pioneers), plantado como un géiser al borde del inmenso palmeral, y ya todo va a ser merodeo urbano el mínimo zoco, la inevitable plaza, los cafetines, las mezquitas, los tejedores de alfombras, las artesanas del dátil, el excelente museo arqueológico, las chichas o narguiles, los asnos, los camellos... Una estructura, un modusvivendi, una filosofía, un esquema y un sistema que se repetirán, siempre iguales, siempre distintos, en todas las estaciones de mi viaje e incursión sahariana en fructuosa búsqueda de templos dedicados a Ra y a otros nombres humanos o divinos del santoral faraónico, de soberbias alcazabas con perfil y fiereza de ave de cetrería, de huertos, de acequias, de aljibes, de cangilones de noria, de ruinas, despojos y restos del naufragio de tanta y tanta cultura: la de los nubios, la de Sinuhé, la de Grecia y Roma, la de los coptos (imprescindible es la visita a la necrópolis de Al-Bagawat), la de los europeos... Sólo lo islámico, allí, permanece y dura.

Voy y vengo, vengo y voy, me pierdo por las calles y los campos, trasiego chupitos de excelente café turco (en Egipto lo llaman arábigo), me embaulo guisos de paloma y dulces de almendra, sopeso verduras y frutas de las de antes, ajenas aún al vendaval transgénico, palpo impalpables telas tejidas con el hilo del viento, palmoteo los lomos de los burros, camino entre gallinas, entre conejos, entre pavos, entre pichones, entre mulas... Todo está vivo, todo está agitado por la calma, nadie corre, nadie se inmuta, nadie frunce el ceño. Sólo hay, en torno a mí, simpatía y empatía, sabiduría, amistad, hospitalidad y felicidad.

Y, luego, con los pies apoyados en la barandilla de la veranda del hotel y un buen libro de aventuras exóticas entre las manos, se despliega ante mis ojos, ante mis pupilas dilatadas por la contemplación de la belleza absoluta, nada menos que el mayor espectáculo del mundo: il tramonto, el ocaso, la hora del regreso, el fin del quehacer del día... Quien no ha visto desaparecer el sol en el Sáhara tras la línea de crestería móvil dibujada por las copas despeinadas de las palmeras no sabe lo que es la dicha.

QUINTO DIA

Bashami, los laberintos
Tierra de nadie, ciertamente, la que estoy recorriendo, y por ello tierra de lo contrario: de todos. Anoche fue el crepúsculo. Ahora es, de nuevo, el rosicler de la aurora, que me sorprende camino ya del siguiente oasis el de Dakhla y me arropa con los arpegios, arneses y embozo de su asombrosa escala cromática. El color se hace orgía, oración el silencio y el horizonte propuesta. Pasamos por la aldea de Bashami y anoto en mi diario lo que sigue: adobe, laberinto, pasadizos subterráneos, espléndida casa del vendedor de joyas y cerraduras de madera, terrazas, niveles escalonados, recovecos, mujeres ataviadas como si salieran de las páginas de la Biblia, varones con empaque de filósofo socrático, niños felices que chapotean en el aljibe de la libertad, moscas machadianas por doquier... Y, en seguida, Mut, la capital del oasis, que ahora se llama Mutta, porque el topónimo original significa, en árabe, muerte. Pero todo lo que me rodea sabe justamente a lo contrario: a vida (me refiero a la ciudad antigua. Respecto a la otra, adosada en el espacio, pero lejanísima en lo demás, mejor el silencio).

Sólo un par de cosas... ¿Se han bañado ustedes alguna vez, a la luz de la luna y de la amistad, en una albufera de aguas termales plantada en el corazón del desierto? Pues en Mut y cerca de Mut tendrán la ocasión de experimentar esa divina embriaguez. No se la pierdan.

Y lo segundo: algún día, supongo que cercano, la UNESCO incluirá en el catálogo del patrimonio de los seres humanos la aldea de Balat todo en ella es de barro, menos los dinteles de madera repujada y los palos sarmentosos que hacen las veces de columnas en la espléndida mezquita y el enclave de Al Qsar. Carezco de palabras para describir la belleza de esos dos lugares y, caso de tenerlas, no me cabrían aquí.

ULTIMO DIA

El Desierto Blanc
Aún, bendito sea Alá, dos oasis el de Farafra y el de Baharía y, entre ellos, el museo natural de figuras esculpidas por el viento y por la arena al que llaman, y llaman bien, Desierto Blanco. Por el Negro, lector, ya hemos pasado, y lo recuperamos.

Otros, a la vez iguales y distintos, te envolverán, acogerán, asombrarán y arrebatarán en el trayecto hacia Siwa, el último oasis de la ruta, en el que dicen vaya usted a saber, también lo dicen de otros sitios que se enterró a Alejandro y en el que hasta hace poco aún se practicaban y consentían los matrimonios entre varones.

Fin de la ruta. No he podido contar casi nada, pero todo se andará en cualquier próximo número de la revista Siete Leguas. Permanezcan, por favor, a la escucha. El viaje que acabo de contar (o de no contar) es ha sido uno de los mejores de mi vida. Lo digo sin hipérbole.

Y un consejo: dénse prisa, mucha prisa. A los oasis egipcios todavía no han llegado los turistas ni siquiera venden allí tarjetas postales pero pronto empezarán a hacerlo.

Aleicún salam... Y, al decirlo, tóquense como hacen ellos el corazón.

Cuaderno de Viaje...
1.- No tomen medidas de precaución. La higiene está garantizada, la comida es buena, el tránsito es libre y nada ni nadie atentará contra su seguridad.

2.- Aterricen en Luxor, cojan un tren, un taxi o un autobús hasta Kharga y sigan luego la ruta hasta Siwa
por tierra.

3.- No lleven tarjetas de crédito. Les servirán para muy poco.

4.- No metan prisa ni la tengan. Es innecesaria. Vayan despacito, y verán como todos los problemas, si los hay, se resuelven solos. Los egipcios son así. Y los del desierto, más.

5.- Visiten, en las cercanías de Kharga, el templo de Barisi, y recuerden que los castillos son en el Sáhara lo que en el mar son los faros.

6.- Visiten, antes de llegar a Mut, las tumbas de piedra de Basmani.

7.- Visiten, en Farafra, el impresionante palmeral y el personalísimo museo del artista beduino Badr.

8.- Visiten, en Baharia, el no menos impresionante palmeral y consigan (no es difícil) que les abran y les enseñen el yacimiento en el que hace cuatro años aparecieron cientos de momias magníficamente conservadas, la tumba adjunta y el museo en el que todavía reposan algunos de esos suntuosos vestigios.

9.- ¿Hoteles? El ya mencionado Pioneers, en Kharga; el Bir Talata (que tiene piscina sulfurosa), en Mut; y, en Baharia, El Beshmo. No hice noche en Siwa.

10.- Regresen a El Cairo desde Siwa pasando por Alejandría, párense unas horas o un par de días en esa ciudad, duerman (si su bolsillo lo permite) en el antiguo hotel Cecil (hoy «Sofitel»), coman en el fish market o en el tikka grill del Grand Cafe, y dénse una vuelta por el palacio del rey Faruk.

COMO LLEGAR
La opción más rápida es volar hasta El Cairo y, desde allí, coger un vuelo interno (Egypt Air viaja dos veces por semana a Kharga). También se puede llegar a los oasis en un vehículo todoterreno y contratar allí guías para las rutas que más interesen. La distancia desde la capital egipcia hasta Kharga es de 600 kilómetros, y hasta Baharía, 400. Otros medios de transporte hasta los oasis son los autobuses o trenes, ya sea desde El Cairo o Alejandría.
Para más información, pueden contactar con la Oficina de Turismo de Egipto (91 559 21 21).

VISITAS
Kharga es el mayor de los oasis del Valle Nuevo. En las afueras se encuentra el Templo de Hibis, uno de los escasos monumentos persas en Egipto, que data del siglo VI antes de Cristo. La necrópolis de Al-Bagawat, con 263 capillas de ladrillos de lodo, es otro de sus grandes monumentos. En Farafra, conocida como Tierra de las Vacas en la época de los faraones, se pueden visitar los manantiales de agua caliente sulfurosa (en Bir Setta) y el lago El Mufid. Siwa hasta hace poco el más inaccesible es uno de los mejores lugares para comprar joyas, tapices, canastas y vestidos tradicionales. "
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javi_axia
General de la Orden del Dragón y Gea


Registrado: 06 Nov 2005
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MensajePublicado: Mar Nov 08, 2005 22:28 pm    Título del mensaje: Responder citando

He aquí otro artículo, en este caso anterior, del año 1998:

"Egipto. Sólo el río Nilo es capaz de llegar hasta ellos. Las orillas del lago Nasser, al sur de la tierra de los faraones, están salpicadas por estos monumentos erigidos en honor a los dioses de la antigüedad. Nada mejor para conocerlos que embarcarse en un crucero por una de las regiones egipcias que más emociones despierta. Un viaje para la mente y el espíritu

Los templos nubios

FERNANDO SÁNCHEZ DRAGÓ

Escritor, alimenta su literatura con los viajes y sus viajes con la literatura. Acaba de regresar de Egipto.

Martes, 29 de septiembre, 10 de la noche, aeropuerto de Luxor. Ibrahim, el guía que se nos ha asignado, sonríe, saluda al grupo de españoles y dice en impecable idioma castellano de pícaro del Foro con diploma de licenciatura en gramática parda y filología hispánica: "Bienvenidos a Egipto. Síganme, por favor, hasta el autobús en el que nos trasladaremos al barco. Allí se les servirá una cena. Mañana, a eso de las ocho, después del desayuno, iniciaremos nuestro recorrido de las maravillas de Luxor visitando el templo de Karnak. Recuerden que no han venido aquí para broncearse en una playa tumbados a la bartola. Durante nueve días vamos a hablar de historia, de arte, de filosofía y de religión. El viaje a Egipto es, por encima de cualquier otra cosa, un viaje cultural". "Y espiritual", añado yo para mis adentros. Veamos por qué...

Todo había empezado una semana antes, cuando mi amigo Hamdi, el extraordinario personaje que gobierna la oficina de turismo de su país con asiento en la Villa y Corte, me telefoneó para conminarme a recorrer en crucero de lujo el Nilo y el lago Nasser, y a poner luego la guinda de ese festín asistiendo a la primera representación de la Aida en las barbas de las Pirámides.

Acababa yo de llegar a Madrid después de un azaroso viaje por los coffee-shops de Amsterdam y el enclave danés de Cristianía, y no era cosa, me dijo la razón, de rehacer las maletas antes de haberlas deshecho, pero no menos cierto es, me dijo el corazón, que a un caballo como el descrito no resulta juicioso mirarle el diente.

Dicho y hecho. No se lo miré. Saqué de la mochila la ropa sucia, metí la limpia, llené la bota y me subí a un taxi camino de Barajas. Acababa de empezar mi quinta expedición a la tierra de los faraones.

Plano general.

No voy a hablar de Luxor (que otrora fue Tebas, la de las Cien Puertas) ni de la plutonía, así se llaman los portones de acceso al Hades localizada en el Valle de los Reyes. No voy a contar los trances del crucero nilótico que de templo en templo y de fantasmagoría en fantasmagoría rinde viaje en Asuán, la de la presa.

No voy tampoco a insistir en la evidencia, para el que lo haya probado, que la felicidad consiste en surcar allí, en Asuán, las aguas del río padre de todos los ríos a bordo de una falúa de vela latina chupeteando la boquilla de un narguile bien surtido de tabaco y escuchando baladas de saudade y de destierro salidas del corazón de un timonel nubio, mientras las pupilas del viajero se detienen sin prisa en el islote de Elefantina, el grácil movimiento del abanico de las copas de las palmeras agitadas por la brisa y la formidable cúpula del mausoleo del Aga Khan.

No voy a referirme al no menos formidable postre de la Aida: 850 figurantes, 3.000 melómanos llegados de todo el mundo y dispuestos a aflojar la guita de 35.000 pesetas por cada localidad, el príncipe consorte de Dinamarca, la esposa del presidente del Gobierno egipcio, la mística y sobrecogedora silueta de las pirámides de Kefrén y Micerinos iluminadas por los reflectores, ni voy a demorarme en la inútil tentativa de describir el indescriptible laberinto de sensaciones que anida en el paquete intestinal de esa lámpara de Aladino que es El Cairo.

Quédese todo eso para otra ocasión. Hoy quiero hablar únicamente del periplo de los templos nubios que salpican las abrasadas orillas del lago Nasser (no hay en él más habitantes que los pájaros, los peces, los cocodrilos, las moscas, los escarabajos, los escorpiones y las víboras), que constituyen o constituían para mí y, seguramente, también para la mayor parte de las personas que me leen, una novedad casi absoluta, pues sólo llevan cosa de cinco años abiertos al público, aunque exclusivamente por vía fluvial. No hay en la zona, por suerte, carretera alguna, excepción hecha de la que conduce a Abu Simbel.

Instrucciones.

Pero, antes de meterme en los dibujos y las dunas, permítaseme traer a capítulo unas breves consideraciones. Hacerlo es de justicia.

Primera: Egipto es hoy, entre todos los destinos turísticos del mundo, el que ofrece más por menos. Vale decir: en ninguna otra parte de la tierra, incluyendo Marruecos, Guatemala y la India, resulta tan ventajosa para el usuario la relación entre calidad, cantidad y precio. Es mucho lo que se ve, mucho lo que se hace, mucho lo que se siente, mucho lo que se aprende y poco, poquísimo, lo que se paga a cambio de un servicio impecable, de una organización perfecta, de una simpatía arrolladora y de una alimentación tan completa y variada como saludable y sabrosa. Vivir para ver. Los egipcios, sin dejar de ser egipcios, se han transformado en gentes tan limpias como los nipones, tan puntuales como los alemanes y tan eficientes como los norteamericanos.

Segunda consideración: tampoco hay en toda la superficie del ancho mundo un pueblo más amistoso, pacífico, hospitalario y alegre que el egipcio. Su buena educación es proverbial e infinito, para gozo del viajero, su inteligente sentido del humor.

Tercer y último aviso: la tranquilidad es ahora absoluta incluso en los rincones más asilvestrados del país. Ningún pueblo menos proclive que éste a los excesos del integrismo. Los terroristas de ayer eran cuatro gatos salvajes procedentes, en la mayor parte de los casos, de Sudán. Será muy difícil, por no decir imposible, que las incursiones sangrientas se repitan en el futuro. Los mecanismos de seguridad habilitados en los focos de atracción turística son infranqueables. Dejar de ir a Egipto como muchos españoles han hecho por temor a un atentado es, además de estúpido, una iniquidad. De ello doy pública fe. Lo juro. Y si miento o me equivoco, que Alá me lo demande.

Los templos nubios.

Subir a bordo de un paquebote, el Eugenia de Montijo, transformado en hotel de cinco estrellas. Zarpar de buena mañana. Fondear en la isla de Filae para recorrer las dependencias y los alrededores del templo consagrado a Isis, que es mi diosa preferida y la verdadera madre del Cordero celestial. Volver al barco y subir a su cafetería para tomar en el mostrador un café turco pegando la hebra con el artista que lo prepara. Contemplar con los codos en la borda el trajín de los marineros, el perfil de la isla que se aleja, las limpias aguas del lago y el horizonte circular de éste. Chapuzarse en la piscina. Almorzar verduras que saben a verdura, pescados que saben a pescado y carnes que no saben a estrógeno de vaca loca.

Cenar. Subir a la cubierta más alta del buque para charlar con sus pasajeros y tripulantes, para tomar una copa, para escuchar canciones evocadoras de la patria nubia perdida bajo las aguas y, sobre todo, para mirar las estrellas con un canutillo de marihuana del Sudán entre los dedos. Dormir. Hacer, si se tercia, el amor (nota: no cabe imaginar mejor contexto para una luna de miel). Madrugar y...

Y así un día y otro día, un templo y otro templo, una noche y otra noche, hasta llegar al apoteósico desenlace de Abu Simbel, allí donde el faraón Ramsés II ordenó que se levantara una versión nilótica del Taj Mahal para rendir eterno homenaje a la etérea Nefertari y a sí mismo. ¡Por el tigre que no maté! ¿Se imaginan ustedes lo que es pernoctar allí, solos en el mundo, sin ruidos, sin noticias, sin teléfonos, sin televisiones, con el templo iluminado para nosotros, una cena servida bajo la jaima del firmamento, una botella de buen Rioja comprada al salir en la tienda sin impuestos de Barajas, los acordes y arpegios de la Aida, el Nabuco y los Carmina Burana disolviéndose en el silencio sin turbarlo, y para colmo, como un cendal, como un soplo, como un aura, el plenilunio. Lo había. Hasta en eso tuve suerte.

Punto alfa, sí, porque en Egipto, antes de que Dios fuera Dios, empezó todo lo que en Occidente somos: el monoteísmo, el paganismo, Grecia, Roma, Cartago, Iahvé, Jesús... Si Egipto, como dijo Herodoto, es un "don del Nilo", la humanidad es un don de Egipto. Y eso, lector, aunque lo sepas, sólo se entiende de verdad in situ, yendo allí, viéndolo, oliéndolo, oyéndolo y palpándolo. Esto es todo. ¿Hay quien dé más?



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no olvide...

1. Ofrezca propinas juiciosas a las personas que le atenderán durante el viaje, ya que muchas viven prácticamente de ellas.

2. Regatee a fondo con los egipcios, sin perder nunca el buen humor, pero no lo haga con los nubios, que rara vez juegan a ese juego.

3. No se suba nunca a un taxi, a una falúa o a una calesa sin pactar antes el precio con el conductor. Puede llevarse sorpresas.

4. Piérdase sin miedo por los zocos, las medinas y los dédalos de callejuelas. Es un placer que no entraña peligro alguno.

5. Póngase, si es varón, una galabía o chilaba ligera de algodón que muchos egipcios llevan. Cómoda, fresca y elegante. Le granjeará simpatía.

6. No abuse, si es mujer, de minifaldas y otras prendas que allí consideran descocadas. Respete las costumbres, aunque no las comparta.

7. En Egipto se elaboran muchas clases de pan, y todas son excepcionalmente sabrosas. Pruébelas cada día, y repita.

8. Pasee en falúa (la típica barca egipcia) por el río Nilo a su paso por Asuán y el lago Nasser y en calesa por la ciudad de Luxor.

9. La unidad de Egipto está en el narguile o pipa de agua. Es preceptivo fumarla viendo pasar el cadáver de sus enemigos delante del café.

10. No beba agua del grifo (no es potable) ni tampoco se bañe en las aguas del río Nilo para evitar contraer alguna enfermedad parasitaria.



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COMO LLEGAR. Egypt Air (91 521 34 06) vuela tres días por semana desde Madrid a El Cairo. El viaje dura unas tres horas. Desde aquí hay vuelos locales diarios con Luxor y Asuán. Iberia (902 400 500) vuela desde Madrid, vía Barcelona, a El Cairo dos veces por semana.

CUANDO IR. La mejor época para ir es entre octubre y marzo.

QUE VER. En la antigua Tebas, visite los templos de Luxor y Karnak. En éste último, se representa a diario un espectáculo de luz y sonido que nos cuenta en árabe, inglés, francés y alemán la historia de estos monumentos. Ascendiendo por el río Nilo, encontrará los templos de Esna, Edfu y Kom-Ombo, antes de llegar a Asuán. Más al sur, a orillas del lago Nasser se alzan un buen número de templos nubios; en Abu Simbel vea el Gran Templo y el Pequeño Templo, excavados en roca.

DORMIR. Aunque la oferta hotelera es amplia, conviene alojarse en un establecimiento de lujo para asegurarse buena calidad y servicio. Luxor dispone de hoteles como el Winter Palace, un palacio victoriano con jardines tropicales; o el Sheraton Luxor, también a orillas del Nilo. En Asuán sobresale el New Cataract.

COMER. En los restaurantes de calidad de la zona podrá saborear las principales especialidades de la gastronomía egipcia, tales como el shis kebab, o carne asada de cordero; y kkofta, o albóndigas de cordero a la parrilla. De postre, paladee alguna de las más de 20 clases de dátiles existentes. Las bebidas nacionales son el café a la turca y el té.COMER. En los restaurantes de calidad de la zona podrá saborear las principales especialidades de la gastronomía egipcia, tales como el shis kebab, o carne asada de cordero; y kkofta, o albóndigas de cordero a la parrilla. De postre, paladee alguna de las más de 20 clases de dátiles existentes. Las bebidas nacionales son el café a la turca y el té.

QUE COMPRAR. Joyería de oro y plata; alfombras y tapices tejidos a mano; finos trabajos de madera con incrustaciones de nácar o marfil; y esencias de perfumes.

LA OFERTA. Catai Tours (91 409 11 25), con el programa Egipto en hoteles con tradición, 8 días desde 195.000 pts.

RECURSOS. La guía Egipto, de la Editorial Anaya. Oficina de Turismo egipcio en Madrid (Plaza de España, Torre de Madrid, 5º. Tfno: 91 559 21 21). / ANGEL IZQUIERDO "
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javi_axia
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MensajePublicado: Mar Nov 08, 2005 22:28 pm    Título del mensaje: Responder citando

Y siguiendo con el tema del citado articulillo, e investigando un poquito más -vocación investigadora y arqueológicamente desenterradora que tiene uno-, voy y (causualidades de la vida) me compro hoy 'Sentado alegre en la popa' por 10 € -sí, en las librerías de viejo y de 2ª mano se encuentran muchas joyas baratitas-, ¿y qué me encuentro? Pues que el libro contiene los artículos escritos por Dragó durante el año 2000, y allí se encuentra el artículo 'Nosce te ipsum', en dos entregas, en el que no sólo escribe sobre Egipto, sino de todo el Oriente iniciático.

Moraleja: quien quiera leer el artículo que se haga con el libro, o que espere que algún alma caritativa y con tiempo libre lo transcriba...
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javi_axia
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MensajePublicado: Vie Nov 18, 2005 00:15 am    Título del mensaje: Responder citando

He aquí mi breve reseña de ‘Sinuhé, el egipcio’. No será un estudio sesudo de la novela ni un ensayo sobre egiptología, simplemente pretendo que despierte en aquél que lea esta reseña el gusanillo de leer esta fantástica novela, considerada por Fernando Sánchez Dragó como la mejor novela del siglo XX, palabras mayores pues...

No repetiré el argumento del libro, puesto que ya se ha expuesto anteriormente, sólo diré que la obra está narrada con una magnificencia y una solemnidad que en pocas obras he encontrado. Es una narrativa elocuente, natural, fluida –a pesar de ser un libro largo-, absolutamente hermosa, intemporal y exquisitamente descriptiva, donde los principales protagonistas que desfilan por sus páginas van desde Akhenaton hasta Amenofis III, pasando por Nefertiti o el mismísimo Tutankhamon, personajes míticos en nuestra imaginación que adquieren un realismo tangible por entre las páginas del libro, con sus alegrías, sus miserias, sus traiciones y su creíble humanidad.

Me encanta la habilidad del autor para desarrollar la trama ciñéndose a los datos históricos e hilvanar las intrigas palaciegas entre los personajes, así como los pasajes en que narra el transcurso de las batallas, sus estrategias, su desarrollo y sus horrores. Además, la ambientación y la narración son ricas en detalles acordes al tiempo que pretende evocar y parece mentira que en realidad el relato no haya sido escrito por un hombre del siglo XII a.C.

Pero no todo van a ser flores. Si algún defecto le pongo es la traducción, que nada tiene que ver con su autor y la obra, claro. La versión que yo he leído tiene fallos gramaticales por doquier, sobre todo en el uso de proposiciones y algunos tiempos verbales, aparte de ser muy redundante en su vocabulario. ¿Se le puede excusar por ser una traducción de hace medio siglo (al menos así quiero pensarlo)? No lo creo.

Por lo demás, sólo me queda decir que por ahora suscribo las palabras de Dragó -con permiso de 'El Señor de los Anillos'- y recomiendo encarecidamente su lectura.
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