DRAGOLANDIA: ‘Un raro y curioso’

En las bibliotecas públicas puede y suele haber una sección de Libros Raros y Curiosos. La hay (o la había), al menos, en la Nacional. Yo la consulté a menudo en los años en que escribía Gárgoris y Habidis. Lo que hoy cuelgo aquí es una extravagancia, una ejercicio acrobático, una travesura (o, como dice Anna Grau, una dragosura)… Un “raro y curioso”, en definitiva. Y si lo incluyo, pese a su extensión, es porque no quiero que se pierda.

En la primavera de 1976, poco después de la muerte de Franco, volví a España después de muchos años vividos fuera de ella. Lo hice con algunos ahorrillos (no muchos… Alrededor de ciento cincuenta mil pesetas). No tenía trabajo. Uno de los primeros que encontré, gracias a los buenos oficios de mi gran amigo Ángel Sánchez-Gijón, padre de Aitana, fue el encargo de traducir en verso, del italiano al español, una adaptación para niños de La vuelta al mundo en ochenta días. Me gustó la idea. La acepté y éste fue el resultado…

(Nota – El libro se publicó, en gran formato, con muchas y muy divertidas ilustraciones, pero no conservo ni un solo ejemplar. Si alguien lo tuviese y quisiera venderlo o regalármelo, le quedaría muy agradecido. Y mis archivos también).

LA VUELTA AL MUNDO EN 80 DÍAS
Julio Verne
Ilustraciones de ADELCHI GALLONI
Adaptación de LEONE BOSI
Versión castellana de Fernando Sánchez Dragó
EDITORIAL MIÑON

El imperio de Inglaterra,
de notable antigüedad,
es poderoso en la tierra
y leal a Su Majestad.

Los londinenses, muy suyos,
siempre dignos y educados,
llevan los cuellos y puños
muy blancos y bien planchados.

Los nobles y adinerados
por comercio o habilidad
al salir de su trabajo
se dan cita en la ciudad

para divertirse juntos
en típicos clubs privados
y comentar los mil bulos
que traen los bien informados.

Discuten todos allí
de política o negocios
ante un plato de rosbif
pagado por cualquier socio.

Y mira por dónde es
precisamente de Londres
el caballero cortés,
elegante y gentilhombre,

que el cuento protagoniza
con coraje de bulldog
y bigote que se riza.
Es su nombre Phileas Fogg.

Es un tipo tan puntual,
que jamás pierde un segundo,
como se demostrará
en su veloz vuelta al mundo.

Fogg ha apostado sin treta
una suma de cuantía
a que recorre el planeta
en tan solo ochenta días.

En la tertulia de amigos
dos aceptan la propuesta,
alegres y convencidos
de que ya es suya la apuesta.

Pero el héroe de la historia
ni siquiera los escucha,
pues sabe que la victoria
se consigue con la lucha.

Vuelve a casa muy excitado
y le explica la aventura
a Passepartout, su criado,
un francés de gran finura

que antes de entrar al servicio
de tan noble caballero
supo ejercer el oficio
de bravo titiritero.

Ya los dos juntos esperan
con equipaje y paciencia
a que el vagón de primera
arranque con gran potencia.

Luego atraviesan la Mancha
y se suben a otro tren,
que recorre la ancha Francia
sin tener que hacerlo a pie.

De Marsella zarpa un barco
y los dos se van en él
para un viaje muy largo
que acaba como veréis.

En la City, con gran flema,
se hacen apuestas mil,
pero empiezan los problemas
por un robo que hay allí.

Fix, detective tenaz,
recibe la información,
y piensa sin más ni más
que es nuestro héroe el ladrón.

El telégrafo difunde
la descripción del bandido
al que Fix con Fogg confunde
por el grande parecido.

Pide Fix al magistrado
permiso para arrestarlo,
pero Fogg ya se ha largado
y es muy difícil cazarlo.

No lo consigue en Egipto,
donde la nave hace escala,
y Fix se sube al barquito
registrando hasta la cala.

Y ya son tres los viajeros
que ponen rumbo al Oriente
volviendo a Europa el trasero
por motivos diferentes.

El señor y su criado
que dan al mundo la vuelta
y un polizonte obstinado
que a la presa nunca suelta.

Surcando mar y oleaje,
viento en popa a toda vela,
pone fin a su viaje
en Bombay la barquichuela.

Tras consultar al oráculo,
Fogg decide que en su ruta
conviene sin más preámbulos
dirigirse hacia Calcuta.

Mientras tanto Passepartout,
sólo por pasar el rato,
entra al templo de Visnú
sin quitarse los zapatos.

Los sacerdotes, furiosos
por la ofensa cometida,
persiguen a este curioso
para que no la repita.

Passepartout huye asustado
a toda velocidad,
abandonando el calzado
por aquella vecindad.

Ya está Fogg con su criado
dispuesto a pasar el día
en un tren desvencijado
que hacia Calcuta partía.

Con ellos va un general
del ejército británico
que en Fogg descubre a un igual,
aventurero sin pánico.

Desfila tras los cristales
una nación misteriosa
habitada por brahmanes
y otras gentes muy curiosas.

De repente el tren se para
justo en medio de la jungla,
broma que Fogg paga cara
y que no se toma a chunga.

La razón es muy sencilla:
ladrones y gentes viles
a lo largo de cien millas
han robado los carriles.

Pero Fogg, con gran coraje,
tarda menos de un instante
en proseguir su viaje
sobre un enorme elefante.

Lleva el animal dos cestos
en los cuales de buen grado
entran y toman asiento
los ingleses y el criado.

Es la selva tan oscura,
tan húmeda, tan terrible
a causa de la espesura,
que les parece increíble

a los tres aventureros
no distinguir la figura
de los animales fieros
que rugen en la penumbra.

Y en esos bosques sombríos
surge de pronto un fragor:
son tambores sacudidos
entre gritos y furor.

Se esconden nuestros viajeros
por consejo del toomai
detrás de un árbol muy grueso
para ver qué es lo que hay.

Y ante sus ojos circulan
mil indios vociferantes
que saltan y gesticulan
de manera amenazante,

transportando en procesión
a una diosa sanguinaria
con brazos a profusión
y una cara estrafalaria.

Tras ellos va una doncella
de hermosura incomparable
que más parece una estrella
hundida en lo irremediable.

Prisionera y maltratada
entre tan fiero bullicio
la llevan encadenada
con miras al sacrificio.

Es la mujer de un rajá
muerto apenas el día antes
que por ley de la deidad
debe morir al instante.

Pero Fogg, el servidor
y el gallardo general
han jurado por su honor
que de aquel hado fatal

y de la hoguera encendida
a la hermosa salvarán
devolviéndole la vida.
Passepartout se encargará

de llevarla entre sus brazos
mientras Fogg y el militar
con los puños y a sablazos
se ocupan de lo demás.

Terminado el duro trance,
se despide el general
y Fogg le da el elefante
al hindú que fue leal.

Fogg y Passepartout con Auda,
que es la mujer de la hoguera,
van en tren hasta Calcuta,
donde ya Fix les espera.

El tonto del policía
a Passepartout ha denunciado
porque éste en Bombay había
un templo hindú profanado.

Pero Fogg con prontitud
paga en seguida la multa
y el juez deja a Passepartout
en libertad por Calcuta.

Suben entonces a bordo
de un barco rumbo a la China
y Auda, que no es estorbo,
con ellos va de vecina.

Varios días de retraso
los viajeros llevan ya,
pero marchando a buen paso
los podrán recuperar.

Con disimulo y disfraz
Fix navega en el velero
prosiguiendo su tenaz
caza del aventurero.

En Hongkong bajan a tierra
y buscan habitación
mientras Fix, en pie de guerra,
tiende trampas con tesón.

Fuma opio Passepartout
en un cubil pestilente
y cae, sin decir ni mu,
dormido hasta el día siguiente.

Se despierta mareado
del barco en el camarote
sin saber que se ha portado
como un auténtico zote.

El muy tonto se ha olvidado
de avisar a su patrón
y ahora está solo en un barco
que se aleja de Hongkong.

Pero Fogg, que es ingenioso
y se percata del lío,
ya surca el mar borrascoso
a bordo de otro navío.

No le asustan fieros peces,
tempestades y tifones,
pues Passepartout bien merece
tan grandes tribulaciones.

Y el inglés lo encuentra al fin
nada menos que en Japón
meneando la… nariz
en un circo muy burlón.

La cosa no nos despista
pues ya sabemos de sobra
que un genial malabarista
fue Passepartout. Y de eso cobra.

Desde el centro de la pista
ve el criado a su señor
y gritando “¡Dios me asista!”
arma una revolución.

Siempre por Fix perseguidos
ponen nuestros héroes rumbo
a los Estados Unidos
en un barco que da tumbos.

Y en la costa americana,
puntuales y satisfechos,
tocan tierra una mañana
contentos por lo que han hecho.

Para llegar a New York
deberán atravesar
casi toda la nación
viajando de mar a mar.

Muchas llanuras y montes
tienen ahora que cruzar
entre indios y bisontes
con ganas de pelear.

Fix les pisa los talones
siempre fiel a la consigna
de detener a ladrones
y a personas poco dignas.

Se siente Fogg insultado
en el tren por un vaquero
y con armas en la mano
le desafía a un duelo.

Ya las pistolas empuñan
a punto de disparar
cuando un griterío escuchan,
que les obliga a parar.

Son apaches muy feroces
que galopan junto al tren
sobre yeguas que dan coces
y relinchan de placer.

Vuelan flechas por aquí,
balas vuelan por allá,
gritan unos “¡me morí!”
y otros gritan “¡a matar!”

Los pieles rojas, audaces,
han entrado en dos vagones
registrando el equipaje
en busca de oro y doblones.

Passepartout se ha encaramado
en el ténder del carbón
y con valor ha soltado
el gancho de conexión.

Ya está el tren libre de indios
y los viajeros salvados,
mas Passepartout ha caído
prisionero de los malos.

Llega el tren a la estación,
que está llena de soldados,
y todos, con emoción,
respiran tranquilizados.

Pero Phileas Fogg no olvida
la situación del criado
y va a salvarle la vida
con un grupo de soldados.

Con fantasía, bravura
y asombrosa rapidez
se corona la aventura:
¡Passepartout libre otra vez!

Lo malo es que el tren se ha ido
y el retraso es ya creciente.
“Nuestra apuesta hemos perdido”,
piensa Fogg amargamente.

Y en eso empiez a nevar…
¡Qué suerte, que los trineos
con viento para soplar
se deslizan sobre el hielo

como barcos en la mar!
Basta izarles una vela
y dejarlos resbalar
hasta que la meta llega.

Ni corto ni perezoso,
Fogg alquila un artefacto
grande, cómodo, espacioso,
y alza velas en el acto.

Más que correr casi vuela
este vehículo extraño
que transporta a los viajeros
sin hacerles ningún daño.

Maniobrando con valor
y con gran habilidad
es seguro que el buen Fogg
pronto el tren alcanzará.

Y así sucede en efecto:
los dos ingleses, la hindú
-todos con muy buen aspecto-
y el valiente Passepartout

llegan por fin a New York
y lo pasado, pasado.
¡Pero qué desilusión!
El barco ya se ha marchado.

Entonces Fogg, decidido
a no perder la moral
ni tampoco el buen sentido,
tiene una idea genial:

si el paquebote se ha ido,
otro se puede comprar.
Fogg no se da por vencido
para la apuesta ganar.

Lo malo es que sólo un barco
en el puerto anclado está…
¡aunque si eso es un barco,
Passepartout es Su Majestad!

¡Qué digo barco! ¿Estoy loco?
Barquichuela y nada más,
cáscara de nuez que poco
resiste sin naufragar.

De todos modos, paciencia…
¡Menos una piedra da!
Sin mostrar intransigencia
a bordo los cuatro van

tras encerrar en su jaula
al terco del capitán,
que se niega a levar anclas
y se empeña en protestar.

Fogg se instala en la atalaya.
¡Atiza, si no hay carbón!
Pues a quemar lo que haya:
ésa es la solución.

-“¡Los muebles a la caldera!”
Van las máquinas a cien
y Fogg grita “¡tierra, tierra!”
con alegría y con fe.

Tierra, sí, ¡y de Inglaterra!
dejan libre al capitán,
que ya no les hace guerra,
y vuelven la espalda al mar.

Todo el tiempo que perdieron
consiguen recuperar
y Phileas Fogg el viajero
la apuesta se va a embolsar.

Han tardado en el viaje
lo que debían tardar.
Perdieron el equipaje
mas a cambio Fogg tendrá

el dinero de la apuesta
que muy pronto va a ganar.
Pero ya otra zapatiesta
Fix empieza a organizar

Metiendo a Fogg entre rejas
en una oscura prisión,
donde el guardián no le deja
más que mirar al reloj.

Pasan lentos los minutos,
las horas lentas se van.
Estar preso allí es muy duro,
Fogg la apuesta perderá.

Y Fix, qué gran policía,
da la noticia a su jefe,
que al ver lo que sucedía
lo trata de mequetrefe.

El verdadero ladrón
lleva ya casi dos meses
encerrado en la prisión.
¡Ay, Fix, tus estupideces

han armado un buen follón!
Ya el sabueso, colorado
como un pimiento morrón,
al que tenía encerrado

humilde pide perdón
franqueándole la puerta
de aquella inmunda prisión.
Surge entonces la reyerta:

Sinceros son los sollozos,
pero Fix se ha merecido
que le hinchen los dos ojos
por confundir al bandido.

Fogg toma el tren para Londres
con aspecto entristecido,
pues por culpa de aquel hombre
la apuesta ya se ha perdido.

Aunque al mundo dio la vuelta
llega tarde por un día
a la cita de la apuesta
que en la capital tenía.

El buen Fogg está arruinado:
la mitad de su dinero
en el viaje ha gastado
y la otra mitad es cero,

pues la tiene que entregar
a los socios del casino.
Passepartout se echa a llorar
ante tanto desatino,

mientras Fogg, hombre sereno
de sabia filosofía,
dice que vivir es bueno
y fuera melancolía.

Además se ha enamorado
con pasión y sentimiento
de la mujer que ha salvado
al principio de este cuento.

Ofreciéndole una flor,
a la hindú pide la mano,
y Auda responde a Fogg
diciendo feliz: “Te amo.”

Passepartout, todo contento,
sale en busca de un pastor
que celebre el casamiento
de los novios Auda y Fogg.

A poco de haberse ido
vuelve tartamudeando,
casi casi enloquecido
por la emoción y saltando.

-“¿Qué sucedió? Di despacio…”
-“¡Oh, señor! Cuentan que el mundo
da vueltas en el espacio
y que se ganan segundos,

minutos, horas y un día
si hacia donde nace el sol
lo recorres con porfía
sin atrasar el reloj.”

-“Entonces, fiel Passepartout,
todavía queda tiempo
para llegar a mi club
de puntual dando ejemplo.”

La apuesta no se ha perdido.
Fogg llama presto a un landó
y corre despavorido
mirando siempre el reloj,

hasta alcanzar el casino
donde celebra la gente
sin escatimar el vino
la derrota del valiente.

Pero falta aún un minuto
para los ochenta días
que con él se cumplen justos.
Todos gritan “¡bravo, viva!”

y Fogg recibe una bolsa
con mucha libra esterlina
que en un instante se embolsa.
Luego deprisa camina

para abrazar a la hindú
que pronto será su esposa
y decirle a Passepartout
que en modo alguno ya es cosa

de penar por el futuro
con tanto dinero y gloria.
El mañana está seguro.
Y aquí termina la historia.

Fernando Sánchez Dragó, elmundo.es, 17/09/2015.