DRAGOLANDIA: Apagón informativo

Ya no puedo leer El Mundo, ya no puedo ver la tele…

Y eso, ¿por qué?, se preguntará el lector. Pues por aquello que Sebastián decía a don Hilarión en La Verbena de la Paloma: “hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad”. ¡Y tanto! Tómese al pie de la letra.

Empiezo por la tele. Verla, lo que se dice verla, no es cosa que haga a menudo, pero a veces, muy de tarde en tarde y por lo general a la hora del telediario o en ratos tontos de los hoteles, pico.

Pues ya, por culpa del dichoso apagón analógico, ni eso.

Mi mujer ha comprado el puñetero aparatito que sirve, en teoría, para adaptarse a los nuevos tiempos y…

Ahora hay dos (dos, digo) mandos a distancia. ¡Por si manejar uno no fuese ya, de por sí, suficientemente complicado! No sé en qué orden hacerlo, me aturullo, pulso el uno, pulso el otro, vuelvo a pulsar éste, vuelvo a pulsar aquél, y la pantalla se llena de nieve o de imágenes borrosas y sonidos apagados que parecen de ultratumba. Poltergeist.

Mi mujer me echa entonces una bronca porque lo he desintonizado todo y según dice, había estado no sé cuánto tiempo poniendo orden, con la ayuda de un manual de cientos de páginas, en las tripas, lucecillas, botones, enchufes, cables, chips y testículos del televisor.

Un desastre. Se acabó la tele. Ya no intento verla.

Tampoco la radio me sirve de mucho, porque no sé cómo se buscan en el dial ni en el laberinto de las frecuencias (AM, FM, LM… ¿Qué será eso?) las emisoras que me gustan. ¿Cómo diablos se las apañará la gente? ¿Se aprenden las cifras de memoria? ¿Soy yo el más tonto del pueblo?

Voy para atrás. De pequeño sí que era capaz de poner la radio. Ahora me limito a encenderla mientras me ducho, me visto y preparo las setenta y tantas píldoras de mi elixir de la eterna juventud, y lo hago al tuntún. Lo que sale, sale, con tal de que no sea música ni hablen de deportes (cosa que, por lo demás, hacen a todas horas), y ya está.

Pero mucho peor es lo que me sucede con la prensa escrita. Leer El Mundo antes de empezar mi tarea de escritor es para mí -o, mejor dicho, lo era- un sacramento, un rito, una ablución matinal, un deber, un placer, un estado de trance… Lo era, digo, porque esa imperiosa y agradabilísima costumbre se me está poniendo muy, pero que muy cuesta arriba.

Lo explico. Cuando estoy en España y, dentro de ella, en un algún lugar relativamente habitado, voy al quiosco, aunque cada vez sea más difícil encontrarlos, y asunto resuelto. Las dificultades empiezan cuando estoy en Castilfrío -el punto de venta de periódicos más cercano está a veintitrés kilómetros de mi casa y, por si fuese poco, la nieve me impide a menudo salir de ella- o en las quimbambas del extranjero, donde paso, por lo general, la mayor parte del año. No cabe, entonces, más recurso que internet, y a ella, hasta hace cosa de una semana, recurría.

Ahora, ya no. Ahora mis jefes, compañeros y colegas se han sacado de la manga eso de Orbyt, y catapún… Se acabó la diversión. Llegó Pedro Jota y mandó parar.

Por más esfuerzos que hago y que hacen quienes me ayudan (Naoko, Javi, que es ingeniero de comunicaciones, y el eficacísimo equipo informático de Unidad Editorial) no consigo ir más allá de la primera página, y eso de poco me vale, porque ni siquiera me queda el consuelo de leerla. Su tipografía es minúscula. Me desojo, y nada. Ya sé, ya sé, que hay una especie de zoom en alguna parte oculta del mapa del tesoro, pero no acierto a localizarlo ni, cuando alguien lo hace por mí, sirve eso para mucho, porque la página en cuestión se agiganta, se trocea, se desborda, sobrepasa los límites geográficos del ordenador y sólo alcanzo a ver media docena de líneas impresas en caracteres tan gordos como las letras superiores de los carteles que los oftalmólogos enseñan para graduar la vista de quien acude a ellos.

Fue el propio Pedro Jota quien el otro día me ponderó las ventajas del nuevo sistema de consulta de las cabeceras que dirige y se prestó, incluso, amablemente, a mostrarme y demostrarme las maravillas de Orbyt en la pantalla del ordenador de su despacho. Y sí, cierto, tenía razón, y yo se la doy, vistos allí tales prodigios, pero no contaba con que éste su seguro servidor es, como insinué antes, el más tonto del pueblo.

Llegué a casa, puse manos a la obra, y lo dicho. Tuve que bajar al quiosco.

Dentro de unos días me voy a Japón para pasar allí una larga temporada. ¿Qué diablos puedo hacer para seguir leyendo en tan remotas tierras mi periódico favorito mientras desayuno arroz blanco, té verde y pescado crudo?

El náufrago que esto escribe sólo tiene un tablón al que agarrarse: la versión digital de El Mundo, la misma en la que aparece lo que ahora acabo de escribir, pero ¿qué será, ay, de mí el día en que Baeta, capitán de este último asidero, decida ponerlo en Orbyt?

Braceo. Estoy desesperado. Ni tierra ni barco a la vista. ¡Socorro! ¿Hay alguien ahí?

Publicado en: ...el 11 Julio 2010 @ 01:24 Comentarios (213)

EL LOBO FEROZ: La siniestra

El cinismo de la izquierda no tiene límite. Véase, por ejemplo, lo que la tribu de la ceja y de la jeta dice a propósito de Cuba. Cabría excusar a esos cuates si no hubiesen estado nunca en la isla aplastada por los malhechores castristas, pero no es el caso. Van a menudo. Yo lo he hecho en dos ocasiones y no habrá una tercera hasta que los disidentes y los de Miami tomen La Habana. Entonces, sí. Entonces volveré a la isla con el mismo buen humor con el que Hemingway llegó al bar del hotel Ritz de París en el 45 y compartiré con los unos y los otros daiquiris, mojitos y, sobre todo, cubalibres en los mostradores de madera tropical de una de las ciudades más hermosas de la tierra. Pero dejemos, por ahora, eso, que está al caer, y echemos un vistazo a Italia. Allí llaman sinistra (en español siniestra) a la izquierda y no cabe mayor exactitud semántica. Los enemigos de Berlusconi, desesperados por la imposibilidad de derrotarlo limpiamente en las urnas, se aferran con asombrosa inverecundia al chusco episodio del recadero del Pueblo de la Libertad que se despistó mordisqueando un panino y llegó tarde a la ventanilla donde tenía que inscribir las listas de su partido para la inminente convocatoria electoral del Lazio. Un gag de película de Totó al que los vitelloni de la siniestra convierten en burrocrática disculpa para ser ellos solos los que se enfrenten, sin adversario alguno, al desafío de la voz del pueblo. Parece mentira, de puro tonto, pero es verdad. Patalean esos carotas, se encunan en la letra menuda de la ley al precio de transgredir su espíritu, hacen de su deshonestidad virtud y acusan a Berlusconi de dar un golpe de estado contra la democracia cuando son ellos quienes quieren convertir ésta en pantomima de partido único. Si Unamuno levantase su cabeza de búho sabio les diría que no quieren convencer, sino vencer, chupar de la teta del Antiguo Régimen despilfarrador al que Berlusconi está metiendo en cintura y volver a las andadas por ellos en un país que la sinistra quiso y quiere destrozar. Sólo en una cosa tiene razón esa partida de hipócritas: con los fuleros no se juega. Lo ha dicho la Bonino. ¿Pensaba en los suyos? Precisamente por eso, si yo fuera italiano, votaría al Cavaliere, suponiendo que los talibanes de la izquierda y de la magistratura le permitan concurrir a los comicios. Italia me da envidia. Allí tienen al único líder europeo que no es clónico ni lúgubre y que, en vez de pastelear, gobierna. Aquí… Mejor me callo.

Publicado en: ...el @ 01:20 Comentarios (3)

DRAGOLANDIA: Más sobre Delibes

El otro día, con las prisas, me olvidé de algunas cosas. Son éstas…

Traditio, de donde tradición, significaba en latín entrega y aludía a lo que los miembros de una generación entregaba, en efecto, como legado de sabiduría a los cachorros de la generación siguiente. Ese suma y sigue, ese toma y pasa, se conocía, siempre en latín, con una espléndida metáfora: la aurea catena, la cadena de oro. Sin ella se pierde todo lo aprendido por el ser humano desde que el simio se irguió y empezó a andar, a reflexionar, a mirar hacia dentro y a contemplar lo de fuera.

Por eso decidí hace ya mucho tiempo ser de por vida un conservador. Sin la traditio, sin la aurea catena, el mundo, en vez de avanzar, retrocede. Es lo que ocurre desde el siglo VI antes de Cristo. Vamos constantemente a menos y a peor.

Delibes rescató, conservó, difundió y canonizó la lengua de Castilla. Nos la entregó, pero los planes de estudio vigentes en la democracia la han pulverizado. Hoy ya no habla casi nadie así, y los pocos que lo hacen, por razón de edad, tienen un pie en la tumba y el otro a punto de posarse en ella.

El extraordinario escritor fallecido el viernes es el último eslabón de la cadena de oro del idioma. Con él se extingue algo que empezó a andar (o a manifestarse por escrito) en las Glosas Silenses y Emilianenses, en las jarchas, en el mester de juglaría y en el de clerecía, en los tetrástrofos monorrimos, en la cuaderna vía… Nadie volverá a escribir como Delibes.

Fue éste, como digo, un escritor extraordinario, pero fue también algo más: una buena persona. De nada sirve lo primero, ni la vida, en general, si no se llega a ser lo segundo.

Y una apostilla que ya es historia o que podía haberlo sido. Cuando los Ortega Spottorno fundaron El País, con mayúscula, periódico que no tardaría en írseles de las manos, se barajaron dos nombres para dirigirlo: el de Julián Marías y el de Miguel Delibes. Ninguna de esas propuestas cuajó. De haberlo hecho viviríamos hoy en un país, con minúscula, diferente.

Liberalismo o socialismo: that was the question.

Publicado en: ...el @ 01:16 Comentarios (2)

DRAGOLANDIA: La luz del ciprés

Sea. Cedo. Dedicaré estas líneas a Delibes.

Son las doce del mediodía del viernes 12 de marzo. El sol, a esa hora, cae en vertical sobre el mundo, lo que significa que los árboles, por su luz cenital iluminados, no dan sombra. Delibes, de ese modo, lleva la contra en mi blog a lo que el título de su primera novela aseguraba.

No sé, por otra parte, en qué cementerio van a enterrarlo y, por lo tanto, tampoco sé si habrá cipreses montando guardia entre las tumbas. Enhiesto surtidor de sombra y sueño es ese árbol. Lo dijo Gerardo Diego a propósito del que aún hoy despunta en el claustro del monasterio de Silos. Pero el mundo de Delibes, que fue de campo, jara, pólvora, perdices, román paladino, gentes del común, honor y horizonte abierto, ya no existe. La tecnología, la LOGSE, la desarrollitis, la urbanitis y la cementitis se lo han cargado. O mejor dicho: sí existe, pero sólo en las páginas de sus libros. Toda su obra fue beatus ille, madre natura, lira de Fray Luis, menosprecio de corte y alabanza de aldea.

Yo estoy ahora ahí: en un villorrio. El de Castilfrío. Seguro que Miguel lo conocía o, de no ser así, seguro que le habría agradado conocerlo. Escarcha, estepa y silencio en torno a mí y lugar que ni pintiparado para releer el Diario de un cazador, que es, entre todas las obras de Delibes, la que más me gusta, acaso porque fue la primera que leí. Pero conste, en esta hora de su muerte, que a partir de ese instante me convertí en lector devoto de su obra. De toda su obra, sin excepción.

No iré a su entierro. Me he resistido -ya lo insinué- a dedicarle estas líneas. Me han
llamado de seis periódicos (incluyendo éste), cinco radios y otras tantas televisiones en las últimas horas para que dijera algo acerca del hombre que acaba de morir y con el que sólo hablé dos o tres veces en mi vida. A todos les he dicho que no, que no me gusta la necrofilia ibérica, que tampoco a él le gustaban esas pompas (el metal de los premios, decía), que en circunstancias así todos los comentarios sobran, por ser obviedades, y que la mejor forma de honrar a quienes mueren es el toque de silencio.

A él me acojo, con él lo saludo por última vez.

Amigo Delibes: seguro que ahí arriba, como al final de los cuentos de tu Castilla vieja, serás feliz y comerás todas las perdices que cazaste aquí abajo.

A comienzos de los setenta, en un curso de la Bryn Mawr, te reproché yo, hippy recién llegado a la sazón de Asia, ecologista ceñudo y seguidor de Buda, que defendieras la caza. Tú me miraste con sorna de labriego, sonreíste y me dijiste que la perdiz, cuando vuela, se dirige a la cazuela. Tenías razón.

Ahora eres tú quien ha emprendido el vuelo… Reencárnate, Miguel, y vuelve pronto, aunque, como escribiese Cervantes casi al final de sus días, ya no queden pájaros ni perdices ni escritores ni lectores de antaño en los nidos de hogaño.

Publicado en: ...el @ 01:13 Comentarios (16)

EL LOBO FEROZ: Josué en Olivenza

EL LOBO FEROZ
Josué en Olivenza

Tres días gloriosos. Empezó esa cuenta el jueves. Boadella estrenaba su última obra en el Teatro del Canal: un derechazo en la mandíbula de los espectadores. Deslumbrador y desgarrador, dije al salir. En el asiento contiguo me tocó Enrique Ponce. Era un barrunto. El viernes por la tarde tiré para Olivenza. Llovía como en los tiempos del Arca. Seguro que suspenden las corridas de la Feria, pensé, pero siempre me quedará el consuelo de pasar por El Cristo, que está en Elvas, a dos pasos de donde voy. Aquello es el parque jurásico del marisco, con centollos como diplodocus y cigalas como tiranosaurios. Sus cocineros gritan dos veces al día ¡No pasarán! mientras los diablos gastrocidas de Ferrán Adrià trepan con sus tridentes por las murallas del buen comer. Los necios, a todo esto, se desmelenaban como plañideras en el hemiciclo de la Generalidad. ¿Necios? Sí: los que no saben. No insulto, sino que defino, sólo por lo que hace a la tauromaquia, a Wagensberg y Mosterín. Necedades diría también yo si me pusiera a pontificar sobre asuntos de física o de matemáticas. Total: que el sábado, después de la comilona, me fui hacia la plaza y… Cuentan los lugareños que Cutiño, su empresario, llevaba tres días de hinojos ante el Señor de los Pasos, que es el patrón del lugar. A saber, pero lo cierto es que el sábado por la tarde apenas llovió, mientras Tomás y Perera hacían de las suyas, y el domingo por la mañana, en el colmo ya de los milagros, salió el sol. La corrida era matinal. Llegó el cuarto toro, que era el segundo de Ponce, se abrió de capa el torero, y olé. Fue tan grande lo que hizo, toreó tan bien, con tanto temple, inspiración, imaginación, arte, suavidad, elegancia y gracia, que el tiempo se detuvo y el sol, para verlo torear, también. Los ángeles aplaudían. El último tercio duró más de doce minutos, y hasta el duodécimo, saltándose cuanto dispone el Reglamento, el presidente no se atrevió a decretar el aviso. Yo miré el reloj y vi que las manecillas estaban tan en suspenso como el ánimo de las hermosas gentes del toro allí congregadas para rendir homenaje a éste, que por su nobleza debió ser indultado, y a los últimos héroes que en el mundo quedan. Ponce fue Josué ante los muros de Gabaón, “y no hubo día como aquél, ni antes ni después, porque Jehová, habiendo atendido a la voz de un hombre, peleaba por Israel” (Jos 10:14). ¿Sólo por Israel? ¡Ojalá lo hubiesen visto Mosterín y Wagensberg! De sabios como ellos es cambiar de opinión.

DRAGOLANDIA: Entrevista

El poema era de José Antonio. Algunos lectores lo han acertado, aunque yo, que soy malicioso, vislumbro en ese acierto la larga mano de la Red. ¡Todo es ahora tan fácil! Tecleas unas palabras y se te viene encima una enciclopedia.

José Antonio, con el que me tropecé mientras escribía Muertes paralelas, me parece el español más interesante y desaprovechado por sus compatriotas entre cuantos vivieron al hilo del siglo XX. Tuve que dedicarle en esa novela más de cien páginas. A ellas me remito.

Los joseantonianos, que no son muchos, y a los que tengo por amigos, son, aunque españolistas y cristianos, las gentes más rojas, sin por ello dejar de ser azules, que hoy sobreviven en nuestro país. Honrados a carta cabal, batalladores sin desmayo, leales a sus ideas.

Amigos, sí; correligionarios, no, porque yo no soy ni españolista, ni cristiano, ni de izquierdas.

¿Qué soy?

Responda, en parte, la entrevista que a continuación reproduzco. Me la hizo Rubén Grajeda, que la colgó en su blog (leozaladabrauliograjeda.blogspot.com). Le pedí autorización para reproducirla. Me la dio. Las respuestas son de mi puño y letra. La incorrección política, también.

1.-Eres quizás el escritor y periodista cultural más polémico y conocido de España. Y me pregunto ¿Cuál es tu método para desconectar e ingresar en el silencio de la literatura?

R: No, no, yo no soy polémico. Todo lo contrario. Mis opiniones generan polémica, cierto, pero eso no es asunto mío. Polémicos, como el infierno sartriano, son los otros. Yo nunca discuto. Sólo digo mi canción a quien conmigo va. De la discusión no nace la luz. La luz nace del acuerdo, a condición de qué este se apoye en la consanguinidad de espíritu y no en la identidad de pensamiento. En cuanto a lo otro… Escribo siempre con los ojos vueltos, platónicamente, agustiniamente, hacia dentro. Nunca pienso en los lectores. Mis libros no son diálogos, sino soliloquios. Preferiría, incluso, no publicarlos, pero obedezco al Tao y me dejo llevar. La literatura es para mí un acto de meditación (en el sentido oriental de la palabra). Pavese me avisó, cuando yo era joven, de que algún día vendrá la muerte y se llevará mis ojos.

2.- Hay un proverbio Zen que dice: “No existen maestros, sino una larga cadena de discípulo a discípulo ¿Crees en los maestros?

R: Maestros, no. “Aurea catena”, la del paganismo, sí. “Traditio”, de donde “tradición”, significa en latín eso: cadena. Occidente la ha roto, y así le va. Quien admite discípulos no es un maestro, porque el ego (lo opuesto al “yo soy”) lo ciega, y quien busca un maestro es un mal discípulo, porque sólo quiere que otros le saquen las castañas del fuego. Nadie hará por ti lo que tú no seas capaz de hacer a solas. El origen y centro difusor de la sabiduria perenne está en la naturaleza y no en la historia. No hay maestros, a no ser que estén mudos y sólo prediquen con el ejemplo. “Los que hablan, no saben; los que saben, no hablan”. La diferencia entre el gurú y el pandit es que el primero busca y admite discípulos, y el segundo ni los busca ni los admite. Todos los gurús son unos farsantes y quienes acatan su autoridad, unos idiotas. “¿Qué es el Buda?”, preguntó el monje giróvago al prior del convento. Y éste, por toda respuesta, rompió un cántaro en su crisma. Bien le estuvo.

3.- Mucho se habla de la influencia capital de la literatura griega. Sin embargo, para otros la gran literatura oriental clásica de Li Bai, Matsuo Bashio y Chuang Tsé es fundamental. Podríamos decir entonces que ¿la literatura oriental es la otra gran tradición literaria clásica no asumida en su real dimensión en Occidente?

R: Hablaba hace un momento de la “sophia perennis”. Ésta se originó en el Antiguo Egipto y desde él fluyó hacia oriente (budismo, hinduismo, taoismo) y hacia occidente (paganismo), pero en eso llegaron los judíos, los musulmanes y los cristianos, y el pensamiento monista buscó refugio en el politeísmo mientras el dualista se instalaba en el seno del monoteísmo. ¡Curiosa antinomia! En ella radica la diferencia entre dos mundos que sólo empezaron a oponerse cuando la espada sanguinaria del Libro cayó sobre su fulcro y los separó. La espiritualidad oriental, y por ello su cultura, pues ésta no existe fuera del Espíritu o Anima Mundi, no depende de una supuesta Revelación venida de fuera, como lo hace la occidental, sino de una Iluminación venida de dentro. Ahí está la diferencia. En los misterios menores de Eleusis, destinados a las gentes del común, se hablaba de revelación. En los mayores, abiertos sólo a los “aristoi”, se hablaba de iluminación. La democracia occidental da voz y mando a los primeros en detrimento de los segundos. Sólo hay una forma sensata de organizar y gobernar la sociedad. Es la que Platón propone en La República.

4.-Veo que te gusta mucho viajar. Chatwin afirma:”El viaje es la meta”, que en cierta manera es recrear la idea de Ítaca y el viaje en Cavafis. ¿No crees que en sí que todo viaje sea una aventura hacia uno mismo?

R: Idea, ésa, tan antigua como el mundo. “Primum navigare”. Por supuesto que el viaje es un fin en sí mismo, y donde hay meta, no hay viaje, sino desplazamiento. Por eso es el turista antónimo del viajero. ¿Viaje hacia uno mismo? No. Viaje por uno mismo. Subrayo el “por”. ¿Viaje, además, exterior? ¿Por qué no? Cuestión de gustos, de carácter, de destino, de afición a la vita pericolosa… El uno no está reñido con el otro, pero éste no es condición ni necesaria ni suficiente para aquél. Hay grandes viajeros que nunca han salido de su barrio y turistas que han recorrido el mundo sin por ello ser viajeros. Chatwin, por cierto, goza de un prestigio para mí incomprensible (o demasiado comprensible a la luz de la confusión que hoy impera en la babel multiculturalista). Me aburre. Me parece un neurótico, un farsante y un pésimo escritor.

5.-En alguno de tus libros era muy duro con la cultura e idiosincrasia española. Quizás por ello hay tantos admiradores y detractores de tu obra. Ven más al personaje que al autor. Poniéndonos del otro de la barra ¿Que virtudes le encuentras a la España de ahora?

R: Sólo una: la inevitabilidad e inminencia de su definitiva destrucción. Lo tengo dicho: España es una unidad de destino en lo infernal. Yo ya rompí ese lazo. “Ubi bene, ibi patria”, y yo, en Vandalia, no me siento a gusto. En Castilfrío, sí, pero ese pueblo es de ninguna parte y, a la vez, de todas. Está en Castilla, pero podría estar en el Tibet o en el cruce de Comala con Macondo. Es geografía imaginaria, como lo era la España (esa, sí) que recorrí y canté en “Gárgoris y Habidis”. Pero mis durísimos denuestos hacia el país en el que, por desgracia, vine al mundo, no me ganan detractores. Al contrario. Mi libro Y si habla mal de España… es español sólo ha recibido elogios. Todo en torno a él han sido mieles. Lógico, por lo demás. Mis lectores son, mayormente, españoles. ¿Por qué iban a enfadarse con quien hacía lo que ellos hacen a diario?

6.-Me interesaría que desarrollaras lo que una vez dijiste en una entrevista: “las novelas europeas son en estos momentos muy mediocres, y las españolas ni te cuento”.

R: ¿Hay que explicar lo evidente? La narrativa europea “rezuma tedio progre” (Tamarón), y la española, efectivamente, ni te cuento. Toca fondo, es aburridísima, todo el mundo escribe igual. Hay, por supuesto, excepciones… “El salón de los pasos perdidos”, de Trapiello, que es una “novela en marcha” (así la define su autor) colosal, “El tiempo entre costuras”, de María Dueñas, Alberto Olmos, la novela con la que Millás ganó el Planeta, Ian McEwan, Amelie Nothomb… No voy a seguir. Me olvido, cierto, de unos cuantos, y les pido perdón por ello, pero no son muchos. La novela, por otra parte, es un género prácticamente agotado que sólo recupera intensidad cuando es claramente autobiográfica o de no ficción. ¿Qué coño me importan a mí las vidas inventadas por quienes no tienen nada propio que contar?

7.-Por qué dices que: “El amor pasional es una enfermedad grave”. Parece más una maldición que una ofrenda esta frase tuya.

R: Pues no, porque el diagnóstico no es sólo mío, sino de muchos otros. De Denis de Rougemont, por ejemplo, en esa obra maestra que es “El amor y Occidente”. El amor pasional es posesivo y donde hay posesión, hay cosificación y, por lo tanto, malos tratos psicológicos y/o físicos. “Libre te quiero, pero no mía, / ni de Dios, ni de nadie, ni tuya siquiera” Agustín García Calvo. El otro día citaba Rosa Montero (su mejor libro es La loca de la casa, novela autobiográfica y de no ficción) en este mismo blog una frase de Platón refraseada por Lacan: “Amar es dar lo que no se tiene a quien no es”. Pues eso. Equívoco fatal, que día tras día conduce a la desdicha a millones y millones de personas. Dedico bastantes páginas a ese asunto en mi libro El sendero de la mano izquierda. No voy a repetirlo ahora.

8.-Muchos me han hablado de Soseki – Inmortal y tigre diciendo que es tu mejor libro. ¿Por qué crees que esa novela tuya le ha resultado tan entrañable a tus lectores antiguos y a los nuevos que han nacido al leerla?

R: Es mi obra más literaria y, seguramente, la mejor escrita. En ella he depurado, he podado, he reducido a la mínima expresión la frondosidad, excesivamente barroca y exuberante, de mi estilo. No hay en ese libro una sola frase escrita por el personaje. Es sólo la persona, mi persona, quien ha empuñado la pluma. Quise escribir una novela para todos, para niños, para adolescentes, para adultos, para amigos y adversarios. Busqué amenidad, sencillez, emoción, ternura, buenos sentimientos… Algo que se leyera de un tirón y con la sonrisa siempre en los labios, aunque a veces las lágrimas nublaran los ojos sin por ello desdibujar la sonrisa. Fue muy difícil. Ningún libro me ha dado tanto trabajo ni ha recibido tantos elogios. Es cierto, gusta a todo el mundo. Algo más que le debo a mi gato. ¡Miau!

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