DRAGOLANDIA: Infiernos e infiernillos (y 2)


Isla de Bali

Lovina (Bali), 18 de mayo de 2009

Me fui del infierno de Kuta, decía, para caer en el infiernillo de Ubud.

Aquello también estaba lleno de coches, de motos, de pícaros, de falsas masajistas, de familias obesas con adolescentes despectivos y niños gritones, de japoneses emperrados en fotografiarlo o filmarlo todo, de japonesas feísimas, de…

Bueno, bueno, ya paro. ¡Menuda decepción! Todo un estilo de vida, único en el mundo, se ha ido al carajo. Ubud, que fue paraíso en la tierra, es ahora un centro comercial, una Vaguada, un Port Aventura, un parque temático.

Aburridísimo, además, porque ni siquiera cabe recurrir allí al frufrú de Kuta para entretener, a la desesperada, el tedio. No hay nada que hacer. Nada. Una vez visto el maravilloso museo que fue casa y taller del pintor español, y catalán nacido en Manila, Antonio Blanco -yo lo conocí. Era un disparate, un cronopio, un sátiro del bosque, un gran artista, un inventor de formas y de fondos tan genial, casi, como Dalí-, sólo puede el viajero cruzarse de brazos, sentarse en la posición del loto, abrir un libro, papar moscas (no las hay) o contemplar el paisaje, que sigue siendo, eso sí, uno de los más hermosos de la tierra.

La música también lo es, y lo son las danzas que por la noche, apenas cae el
sol, centellean en la penumbra de los antiguos templos, pero todo eso ya no sale del alma de las gentes de la zona, sino de su empeño en ordeñar las ubres de los turistas para sacarles hasta la última gota de dólar que lleven dentro.

-¿Y los hoteles, Dragó?

-Fantásticos, lo reconozco, y distintos a los del resto del mundo… ¿Pero merece la pena cruzar éste de punta a punta para encerrarse en un hotel, por original, elegante y bonito que el mismo sea?

Ni siquiera se puede pasear, ir, como antes, de pueblo en pueblo, cruzando palmerales y arrozales, escuchando a los pájaros, descansando en los templos, porque los caminos están a todas horas acribillados por las motos, que son como navajas, y por las voces de los pelmas que acosan a los forasteros con el estribillo de taxi, taxi, transport, transport, dance, dance, massage, massage… Imposible dar un solo paso sin padecer el suplicio de tal monserga.

Infierno (Kuta) e infiernillo (Ubud). En cuanto al resto de la isla…

En Bali transcurre uno de los capítulos cruciales de mi novela El camino del corazón. De lo que en él conté no queda nada. Paraíso definitivamente perdido. Mi decepción es enorme. No me lo esperaba. Estuve aquí, por enésima y última vez en el 97, y aunque nada era ya como había sido, en Lovina, en Ahmed, en las islas Gili y, por supuesto, en Ubud había jirones y retales del antiguo encanto. Ahora, ni eso.

Ya sé lo que sintió Adán cuando un ángel de espada flamígera lo expulsó para siempre del jardín del Edén. Me sacudo la arena de esta plaza de la suela de los zapatos. Se acabó. Nunca volveré a Bali. A Indonesia, sí.

Publicado en: ...el 23 Junio 2009 @ 11:17 Comentarios (47)

DRAGOLANDIA: Infiernos e infiernillos (1)


Pescadores en Bali

Kuta (Bali), 15 de mayo de 2009

¿Qué pinto aquí?

En Bali, digo. He pasado unos días en Yogyakarta, antigua capital de Indonesia y epicentro de la cultura de ese país, y por motivos que no vienen a cuento me he visto obligado a regresar a esta isla, que tanto amé.

Pretérito indefinido que in illo témpore fue perfecto. Ahora es sumamente imperfecto. Lo que fue paraíso -la playa de Kuta a finales de los sesenta y comienzos de los setenta- es ahora un infierno de coches, de ruido, de motos, de hormigón y asfalto, de tiendas estúpidas, de hamburgueserías y pizzerías, de nachos y tacos, de cócteles dulzones, de pestilentes embotellamientos (el paseo marítimo, llamémoslo así, parece la calle de Jorge Juan en hora punta), de veraneantes gordinflones acompañados por sus rorros, de chicarrones australianos ahítos de cerveza, de surferos pintarrajeados, de masajistas que no saben dar masajes, de oficinas de cambio, de franquicias, de baretos ensordecedores y discotecas estroboscópicas, de agencias de viajes especializadas en organizar excursiones cursis al centro de la nada, de pícaros empeñados en llevarte al huerto -es imposible ir por la calle o caminar por la playa sin que te aborde a cada metro y en cada minuto un enjambre de moscones. Son pesadísimos- y de mujeres demacradas que piden limosna con un bebé, probablemente alquilado, al arrimo de los callejones oscuros.

Lo dicho: un infierno. ¿Qué pinto yo aquí y qué pintan quienes atraviesan medio mundo para rendir viaje en un sitio que no ofrece ya nada diferente a lo que tantos otros lugares, no menos adocenados y estultos, pero más cercanos, brindan por el mismo precio?

Hay que ser idiotas… Yo, por delante. Para esto más vale no salir de casa o irse a Albacete.

¡Qué digo! Mucho mejor Albacete, y que los albaceteños me perdonen la afrenta de haber comparado su ciudad a Bali.

A Bali, sí, y no sólo a Kuta… Porque si ésta se ha convertido en un infierno, el resto de la isla, con algunas insignificantes excepciones de las que ni a palos pienso hablar, no le va a la zaga.

Ubud, por ejemplo. Busqué refugio esperanzado e inmediatamente defraudado en ese enclave sacramental, que hasta hace muy poco tiempo era el jardín del Edén, y no tardé en cobrar conciencia de que había salido del infierno para meterme en un infiernillo.

(Continuará).

Publicado en: ...el @ 11:13 Comentarios (9)

EL LOBO FEROZ: La letra escarlata

Así se llamaba la mejor novela de Hawthorne. Aludía el título a la costumbre de marcar a las adúlteras con una A de ese color en la Nueva Inglaterra del siglo XIX. De nueva, como se ve, tenía poco, y tampoco era muy nuevo el viejo continente precolombino al que llegaron los españoles mucho antes de que Hawthorne escribiese la novela. Recurro a su título, en clave de alegoría, para aludir a lo que está sucediendo, por voluntad suicida de quienes allí viven, en buena parte de los países colonizados a golpe de priapismo y crucifijo por Vandalia. No es, en puridad, una letra escarlata, sino una inmensa marea roja lo que anega Centroamérica y el Cono Sur. Decían hace nada los políticos y creían los economistas, incompetentes o embusteros todos, que la feraz y a menudo feroz zona comprendida entre el cabo de Hornos y el río Grande iba a ser Jauja en un futuro muy cercano. En ninguna otra parte del mundo, aseguraban, pintarían tantos oros como allí. Inviertan, aconsejaban los santones y bribones de los fondos tóxicos a los empresarios. Era, otra vez, el mito del Dorado, que vuelve siempre, pues humana y universal es la avaricia. Y los empresarios invertían, mientras algunos, que no somos empresarios, ni economistas, ni políticos, ni santones, ni bribones, pero que por escarmentados somos más avisados, pensábamos lo que piensan los perros cuando los abandonan: yo no lo haría. ¿Oros? ¿Prosperidad? ¿Futuro? No. Mancha roja, en vez de eso, que, elección tras elección, amañadas o no, se extiende: dio remoto ejemplo Fidel en Cuba, siguió Chávez en Venezuela y ya tenemos a los Kirchner en Argentina, a Evo en Bolivia, a Ortega en Nicaragua, a Correa en Ecuador (¡lo han reelegido!), a Zelaya en Honduras, a Colom en Guatemala, a Tabaré Vázquez en Uruguay, al sinvergüenza de Alan García en Perú y, recién encaramado a la cresta de las olas del surf liberticida, a Funes en Ecuador. Es la herencia de España, el sello de Vandalia, la marea escarlata. Sólo en esa parte del mundo vuelve una y otra vez, como el mito del Dorado, el miedo igualitarista e intervencionista a la libertad. Sólo allí y aquí sigue coleando la izquierda dura y facha, esa herejía del cristianismo. Antes hubo dictadores castrenses, tiranos banderas, fiestas del chivo: eran la versión americana de nuestros espadones. Ahora siguen en las mismas, pasadas no por las armas, sino por las urnas. Zapateritos son. Quien quiera perder dinero, inviértalo allí.

Publicado en: ...el @ 11:08 Comentarios (5)

DRAGOLANDIA: No maten al mensajero


El escritor y Premio Nobel de Literatura John M. Coetzee

Yogyakarta, 12 de mayo de 2009

Estoy leyendo un libro de Coetzee, escritor fúnebre y tedioso que no me agrada. Milita en el grupúsculo literario de los deprimidos que escriben para deprimidos. El libro se titula Diario de un mal año. Lo publica Debolsillo.

Debe de ser cierto lo que afirmaba Cervantes: no hay libro, por malo que sea (y el de Coetzee, pese a lo dicho, no lo es), que no contenga algo bueno.

Lo digo porque en el duodécimo capitulillo de la obra citada me topo, a cuento de la pedofilia, con algunas consideraciones valiosas, valerosas, razonables y sumamente incorrectas.

Son las que siguen…

“La histeria actual de los actos sexuales con niños –no sólo tales actos en sí, sino representaciones ficticias de éstos en forma de la llamada “pornografía infantil”- da lugar a ciertas extrañas faltas de lógica (…) ¿Cómo diantre ha podido desarrollarse el clima actual? Hasta que las feministas intervinieron en la refriega, a fines del siglo XX, los censores moralistas habían sufrido una derrota tras otra y en todas partes estaban a la defensiva. Pero en cuanto a la pornografía, el feminismo, un movimiento progresista en otros aspectos, decidió ser compañero de cama de los conservadores religiosos, y la confusión se generalizó. Así, en la actualidad, mientras que por un lado los medios de comunicación encabezan impunemente una exhibición sexual cada vez más grosera, por otro lado se ha dado un buen varapalo al argumento esteticista de que el arte vence al tabú (el arte “transforma” su material, purgándolo de su fealdad) y, en consecuencia, el artista debería estar por encima de la ley. En unos pocos campos bien definidos el tabú ha emergido triunfante: no sólo ciertas representaciones, sobre todo de sexo con menores, se proscriben y castigan ferozmente, sino que también está muy mal visto, si no prohibido, el debate sobre la base del tabú”.

Y más adelante, a propósito de la película Lolita:

“Hace treinta años Stanley Kubrick sorteó el tabú, relativamente suave en aquel entonces, mediante la utilización de una actriz de la que se sabía que no era una niña y sólo con dificultad podría disfrazarse como tal. Pero en el clima actual esa estratagema no serviría de nada: el hecho (el hecho ficticio, la idea) de que el personaje de ficción es una niña eclipsaría la realidad de que la imagen en la pantalla no es la de una niña. Cuando el tema es el sexo con menores, la ley, y la opinión pública clamando detrás de ella, no está de humor para hacer sutiles distinciones”.

(op. cit. pp. 64 y 65)

No soy yo quien lo dice, sino todo un señor premio Nobel. No maten al mensajero. Maten, en todo caso, a Coetzee.

Decía Henry Miller: “cada vez que se viola un tabú sucede algo estimulante”.

Elijan: o corrección política, o libertad de opinión y de expresión.

Publicado en: ...el 17 Junio 2009 @ 11:43 Comentarios (191)

DRAGOLANDIA: Reflexiones antropológicas


Una canoa surca las aguas del río Congo

Kuta (Bali), 8 de mayo de 2009

Fue Aristóteles quien dijo que el hombre es un animal político (zoón politikón), pero se equivocaba. ¿No sería más exacto decir que es un rumiante tribal?

Miro alrededor y veo lo mismo que veían los conquistadores de Vandalia cuando profanaron el Amazonas y los exploradores británicos cuando llegaron a Tanganika: tribus y más tribus. Las hay por doquier.

Mienten quienes dicen que las culturas primitivas se están extinguiendo. Al contrario. Nada hay más primitivo y, por ende, más salvaje, en el mal sentido de la palabra, que el mundo actual.

Roqueros, moteros, surferos, blogueros, mochileros, patriotas, nacionalistas, culturistas, submarinistas, senderistas, ecologistas, socialistas, sindicalistas, europeístas, madridistas, tomasistas, pacifistas, opusdeístas, islamistas, masones, cineastas, antisistemas, neonazis, punkis, curas, harekrisnas, miembros de gubernamentalísimas organizaciones no gubernamentales… Tribus.

Los monos se agrupan; los rumiantes, también; los felinos, no. El tigre, el gato y la pantera siempre van solos. Ése es mi modelo: yo soy (o intento ser) felino sapiens. Nunca he pertenecido a tribus. Ni siquiera en la adolescencia. Fundé y capitaneé, cuando tenía nueve o diez años, una banda, la de la Buena Pipa, pero nunca consentí que nadie entrara en ella. Yo era su único miembro. Nunca tuve que enfrentarme a motines.

Acabo de escribir una mentirijilla. Es de escasa monta. Perdónemela el lector. A los dieciocho años ingresé en el partido comunista. Era y es una tribu. Lo hice, más que nada, pour épater. Duré poco en ese rebaño y siempre fui en él oveja negra. Pecados, leves, de juventud.

Los felinos también son salvajes, pero en el buen sentido de la palabra. Salvajes de selva. Salvajes que van de a uno. Salvajes siempre solitarios, nunca solidarios. Salvajes que ni siquiera se reconocen entre sí, porque no son primitivos ni tribales. Salvajes que detestan a los monos y a los monicacos, a los rumiantes y a los homínidos, a las ovejas blancas y a los supuestos zoones politikones…

Decía Leonardo que salvaje es quien se salva. Yo lo intento.

Lo intento, sí, pero es en vano. ¿Cuántos tigres quedan en el mundo?

Olviden la pregunta, no vaya a ser que los clonen.

Miro, melancólicamente, alrededor. Kuta está llena de roqueros, de moteros, de surferos, de mochileros, de discotequeros, de turistas en chancletas, de señoras gordas, de bribones y biberones, de gorrones de ONG, de hamburgueserías y pizzerías… Lo que fue paraíso es ahora escenario de la guerra de las galaxias globalizadoras.

¿Hay algo más primitivo, más propio de salvajes (en el mal sentido de la palabra), que pintarrajearse el cuerpo con tattoos o perforarse las orejas, la nariz, los labios y las partes antiguamente pudendas con aros, fíbulas y grapas?

Pienso en el río Congo y en el de Apocalypse Now, pienso en Conrad y en Coppola, pienso en El corazón de las tinieblas. Viajar hoy a Kuta es hacerlo al fondo del horror.

Mundo actual, mundo tribal.

¡Beeee!

Publicado en: ...el @ 11:37 Comentarios (6)

EL LOBO FEROZ: Rebelión en la granja

Estaba cantado. Los biólogos lo sabían. El sentido común lo decía a voces. Nadie escuchaba éstas. A los políticos, que sólo piensan en recabar votos y poner el cazo, no les convenía oírlas. Panem para al pueblo y dólares para las multinacionales de la alimentación. Era cuestión de esperar un poco. Ya ha llegado. Es la lucha final. Los animales se rebelan. El agua, el aire y el clima también lo han hecho. La naturaleza, harta de sufrir los desmanes de la avaricia y la estupidez humana, se defiende. Ha decidido exterminarnos, y lo hará. Empezó el mono verde, y fue el sida. Siguieron otros virus, y fue la legionella, el ébola, los mil y un daños yatrogénicos. Quien entra en un hospital, así sea de visita, tiene un cincuenta por ciento de posibilidades de salir con algo que no tenía. La deforestación de los bosques tropicales pone al homo sapiens, ese depredador, en contacto con microorganismos inéditos contra los que nada puede su sistema inmune. Mugieron luego las vacas locas, y fue esa enfermedad de imposible nombre que todos, alguna vez, hemos deletreado. Los peces nos hicieron otro regalito: el anisakis. Las gallinas, indignadas por la forma de tratar a su descendencia, cacarearon, y fue la peste aviar. Los mosquitos no iban a ser menos: ahora pican de día, son de aguas limpias, pululan en las ciudades y lo hacen en países de clima templado. Es el dengue. Miren lo que está pasando en Argentina. ¡En pie, animales de la tierra! Pocos eran, faltaban los cerdos y parió la abuela. Ya tenemos aquí la gripe porcina. Es sólo el principio. Lo gordo está por llegar. Monos, virus, vacas, peces, pájaros, insectos, cochinos… ¡Ah, y medusas asesinas! Hay ya cincuenta en las playas de Murcia. Revolución francesa, industrial, soviética, mortíferas todas, y ahora la cuarta y definitiva revolución letal: la de la granja. ¿Antecedentes? En la Edad Media se creía que los gatos eran animales de brujas y la clerigalla decretó su holocausto. Inimaginables son las atrocidades que les hicieron. Castigo de Dios: proliferaron las ratas y fue la peste negra. Hubo que llamar de nuevo, apresuradamente, a los mininos exterminados. ¿Causa remota? La Biblia, ese mein kampf. Creced y multiplicaos. Vuestra es la tierra con cuanto contiene. Pues muy bien: vuestra es. Mía, no. Me declaro traidor a la especie. No cierro filas, ahora que Armagedón ha empezado, con los depredadores, mes semblables, mis enemigos. Estoy con los cerdos. ¡Oink, oink!

Publicado en: ...el @ 11:33 Comentarios (3)

DRAGOLANDIA: Mascarillas

Ubud (Bali), 5 de mayo de 2009

Cuando Blasco Ibáñez llegó a Tokio en 1922 (o quizá en el 23. No tengo la cita a mano) se quedó muy sorprendido al ver que casi todo el mundo llevaba mascarilla. Lo cuenta en un libro interesantísimo, divertidísimo y hoy descatalogado: La vuelta al mundo de un novelista.

¿No anda por ahí un editor que lo rescate? Hágalo Baeta en Siete Leguas. Es un tocho, pero podría publicarse por entregas.

Blasco Ibáñez llegó al extremo de pensar, y así lo cuenta, que en Japón se había declarado una terrible epidemia de cáncer de nariz. No había tal, pero lo que sí se había producido tan sólo unas semanas antes, o acaso días, fue el mucho más terrible y temible terremoto de Yokohama, en el que murió un millón de personas y decenas de miles de casas de madera con paramentos de papel de arroz ardieron como si fuesen fósforos.

El centro de Tokio se convirtió en una inmensa hoguera, pero los vecinos de la ciudad no llevaban mascarillas para filtrar el humo que impregnaba el aire, sino para no coger la gripe ni contagiarla al prójimo.

Los japoneses son así: gente educada, muy mirada y siempre obsesionada por la higiene.

Lo eran ya entonces, cuando Blasco Ibáñez los visitó, y lo seguían siendo cuarenta y cinco años después, cuando servidor (de nadie) llegó a ese país y se estableció en él.

A mí también me sorprendió ver a los tokiotas provistos de mascarillas. No habían renunciado a ellas. Las llevaban por la calle, en el metro, en los trenes, en los tranvías, en los autobuses y hasta en las oficinas.

Fue precisamente en Tokio, casi recién aterrizado, cuando leí el libro de Blasco Ibáñez y comprobé que casi nunca hay nada nuevo bajo el sol. Ni siquiera en Japón.

¡Y tanto! Que se lo pregunten a los sufridos habitantes del país que tuvo la doble mala pata de ser colonia de gachupines, primero, y de verse obligado después, cuando los españoles se fueron con el rabo entre piernas, a vivir pared con pared y mejilla contra mejilla de los Estados Unidos por inapelables razones o, más bien, sinrazones de contigüidad geográfica.

No hay dos sin tres: la gripe del cochino. Méjico devuelve la pelota al país aledaño. Es éste quien ahora lamenta estar donde está. Pero, sea como fuere, y dejándome de digresiones más o menos sarcásticas, lo cierto es que las mascarillas cunden hoy no sólo en Japón, de donde nunca se fueron, sino en todas partes.

Yo mismo, hace cosa de cinco años, decidí ponérmela en el contaminado infierno de Madrid, capital de Vandalia, donde había tenido la desdicha de nacer, no tanto para dejar de absorber toxinas por vía respiratoria, sino también, y sobre todo, para pasar inadvertido. No soporto que la gente me reconozca por la calle y me aborde, me pida autógrafos o se dé codazos entre bisbiseos y miraditas sesgadas.

Eso cuando no llegan al extremo de preguntarme si les permitiría sacar una foto. ¡A mí, que nunca las hago, porque ni siquiera tengo cámara, y que estoy convencido, como los masais, de que las fotos quitan el alma! ¡Maldita tele!

El tiro me salió por la culata. Era peor el remedio que la enfermedad. Todo el mundo se fijaba en la mascarilla y ésta, que sólo tapaba la nariz y la boca, no era lo suficientemente extensa como para ocultar mi identidad. Pensé en ponerme capucha, pero desistí de tan disparatada idea, porque lo mismo me detenían, tomándome por un etarra o un esbirro de Ben Laden, y me sacaban en el telediario. De Málaga a Malagón.

Y ahora, como decía, las mascarillas cunden por doquier y salen, por supuesto, en los informativos de la caja idiota. ¡Si Blasco Ibáñez levantase la cabeza! ¿Cáncer de nariz? No. Homo protésicus, el de este siglo, al que se le cae la cara de vergüenza y respuesta de los animales a las vejaciones que el mono sapiens les inflige.

Todo el año es carnaval. ¡A la calle con careta! Preparémonos para el entierro de la sardina y el gorigori de Armagedón. Las mascarillas de esta primavera triste son máscaras mortuorias. John Donne tenía razón: el hombre no es una isla. Turistas, emigrantes, inmigrantes, movilidad de hormigas procesionarias, adelantos de las comunicaciones… ¡Toma globalización!

¿Por quién doblan las campanas de la OMS mientras los laboratorios farmacéuticos se forran con la venia de las autoridades sanitarias? ¿Cui prodest?

Dentro de muy poco, todos chatos. La revancha de la naturaleza nos desnarigará.

Publicado en: ...el 08 Junio 2009 @ 12:20 Comentarios (5)

DRAGOLANDIA: Cenas y zonas


Cangrejos listos para ser cocinados

A bordo de un avión de la Thai, rumbo a Bali, 1 de mayo.

Sigo viajando por tierra, mar, río y aire. Anteanoche, todavía en Bangkok, cené toneladas de cangrejo al curry en compañía de tres periodistas españoles: David Jiménez (corresponsal de El Mundo en el sudeste asiático), Juan Pablo Cardenal (corresponsal de El Economista en Pequín) y Angel Vilariño (corresponsal de La Razón y del diario Reforma, de Méjico, en la misma zona. Ahora lo envían a la terrible capital de China). Nos acompañaban las mujeres de los dos primeros y la mía.

Fue una cena fantástica. Da gusto estar con personas así. Nadie desmerecía. Simpáticos, cultos, libres, ingeniosos e inteligentes. El restaurante estaba animadísimo. La conversación, amena a más no poder, fluía. Los cangrejos, en vez de caminar hacia atrás, lo hacían hacia delante: se iban derechitos a nuestros estómagos, que les brindaban gozosa hospitalidad.

Pensaba yo luego, mientras volvía al hotel, en otra cena: la que dos días antes, en la plaza de Oriente de Madrid, habían celebrado (es un decir, porque tales muermos son de lamentar y no de celebrar) gentes muy distintas, agrupadas con servilismo palaciego y papanatismo hispánico en torno a un individuo cuyo único mérito es el de presidir la república francesa.

Fabio, las esperanzas cortesanas…

Y no podía yo por menos, aunque la corrección política me lo desaconsejara, que establecer in mente enojosas comparaciones entre la cena que acababa de celebrar (celebrar, sí) y la que, en escenario muy distinto, sometida a todas les estupideces del protocolo, la etiqueta y el pavoneo, y por nadie, al parecer, lamentada, cabía definir con el título de una película francesa. Sobra aclarar que aludo a La cena de los idiotas.

Había allí, según el homenajeado, por lo menos uno, pero ese cómputo es muy optimista. En la otra cena, la de Bangkok, todos los comensales eran gentes de muchas luces.

-¿Y usted, Dragó?

-¡Pues que quiera que le diga! Yo, también.

Al menos si se me compara con quien no tiene más mérito que el de presidir el peor gobierno de la historia de España.

La verdad es la verdad, incluso aunque la diga Sarkozy.

Por cierto: cámbiele Gallardón el nombre a la Plaza de Oriente y recalifíquela con el de Plaza de Occidente. Es más propio.

Hay cenas y cenas, como acabo de demostrar, pero también hay zonas y zonas. Yo me quedo, en ambos casos, siguiendo a Bartolomé del Alcázar, con las jocosas. Quédense las odiosas para los monos que se visten de seda y no saben que Spengler tenía razón.

Prisiones son las segundas do el ambicioso muere y donde al más altivo nacen canas.

La ensalada y salpicón hizo fin… ¿Qué viene ahora? ¡La centolla, oh, gran señora, digna de veneración!

Va por vosotros, David, Ángel, Juan Pablo, compañeros y caballeros del periodismo andante… Conmigo venís en este avión de la Thai, mi corazón os lleva. ¿Cenamos esta noche en Ubud?

No os pongáis corbata. Habrá tortilla de hongos. Ya he encargado las langostas y los afrodisíacos. ¿Busco chicas o vais a venir con vuestras santas? La mía no es celosa. ¿Por qué iba a serlo? A mi edad, ladro, pero no muerdo.

Publicado en: ...el @ 12:17 Comentarios desactivados

EL LOBO FEROZ: Dollies y ovejas negras

Carla y Sonsoles almuerzan hoy, sin ellos, en la Moncloa. ¿Iría yo a esa comida si me hubiesen invitado? Pues sí, iría, pero sólo para ver si las citadas ponen a parir a sus cónyuges. Las mujeres suelen hacerlo cuando los maridos no están delante. Yo también lo haría, sobre todo si fuese Sonsoles. El del Elíseo tiene un pasar. Algo habrá en él para que las chicas guapas se lo rifen. Selección natural. ¿Sigue aún el año de Darwin? No lo sé, porque detesto la necrofilia de los centenarios. La evolución de las especies acentúa la biodiversidad de la supuesta creación ex nihilo, pero no rige esa norma, sino la contraria, en el zoo de los políticos. Casi todos los de hoy, en Vandalia y en el mundo, son idénticos: monicacos clónicos, títeres encorbatados que siempre dicen lo mismo, ya sean de derechas, ya de izquierdas, ya de nada. Fauna única, sin géneros ni especies. Llevan uniforme: el de la corrección política. Son soldaditos de plomo. Lo de plomo es por el tedio que desprenden. Carla, Sonsoles y el resto de las primeras damas deberían bordar los nombres de sus maridos en las solapas de las chaquetas como se hace con los niños cuando van al cole para que sus chonis, grupis, hinchas y fans los identifiquen. ¿Cómo, si no, hacer distingos entre Zapatero, Sarkozy, Gordon Brown, Angela Merkel, Obama (sí, sí, Obama), Mandela (sí, sí, Mandela), Barroso, Cameron Mitchell, Rajoy, la Ségolène y tantos otros, incluyendo a los hindúes, los japoneses y los chinos, de los que ni siquiera recuerdo el nombre? ¡Pero si todos, con bragas o con calzoncillos, con haldas o con calzones, visten igual, repiten el mismo sermón y hacen idénticas monerías! ¿Monerías? Año de Darwin. Moni-gotes, mono-tonía, mono-teísmo de la corrección política y de sus hombres sándwich. ¿Selección natural? No. Reelección natural: la que ellos buscan y la que sus rebaños les otorgan. Soldaditos todos, los unos y los otros, no ya de plomo, sino de Xiam. Mejor, frente a esa tropa, la de quienes, por lo menos, van de a uno, no son clónicos, salen por peteneras, rompen la baraja del pensamiento único y no aburren al respetable. Alguno hay: Berlusconi, Chavez (no lo confundan con Chaves), Fidel, Putin, Ahmanideyad, Ghadaffi, los gemelos de Polonia, incluso Kim Jong-il, ese fantoche… Lo que sea. Yo casi nunca comulgo con lo que tan negras ovejas dicen y rara vez apruebo lo que hacen, pero comería con ellas, porque no me aburren. Con las dollies, ni caviar.

Publicado en: ...el @ 12:13 Comentarios (1)

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