DRAGOLANDIA: En la Patagonia


Sigue lloviendo. Arrecia el mal tiempo. Es la primera vez en mi vida que descender hacia el sur me conduce al frío. ¡Y eso que acaba de empezar el verano! ¡Cómo será el invierno!

Cruzo el sur de la Araucanía y llego a la extraña ciudad que sirve de boca de acceso a la Patagonia septentrional chilena. Se llama Puerto Montt, es abrupta a más no poder, sus casas trepan por los flancos de la serranía que la encajona y su costanera, en la que me alojo al resguardo de un hotel muy agradable, el Club Presidente, discurre al hilo de una ensenada abrigadísima y de asombrosa belleza.

En uno de sus extremos despunta el pintoresco puertecillo de Angelmó -tenduchos de artesanía baratijera, pescadores de bajura, palafitos y marisquerías de precio de orillo y raciones gigantescas- en el que me refugio para probar el curanto. Así se llama la especialidad gastronómica de la comarca. Me la han ponderado por doquier. Consiste en montañas y montañas de animales marinos mezclados con papas hervidas y carne de cerdo y vacuno. Con un solo plato cabría alimentar a seis japoneses, y aun sobraría.

Decepción. El sabor es tosco. Manca fineza!, que diría Andreotti. La objeción vale para casi todo lo que hasta ahora he comido en Chile. Se salvan el perol y el disco de Juan Fernández. Tienen, además, la manía de ahogar los platos bajo una espesa colcha de cebollita picada y mezclada con cilantro (especia que detesto y que, aplastándolos, apaga y uniformiza los sabores).

Mucha cantidad, poca calidad y monotonía a discreción. ¡Y eso que el congrio, pensamiento casi único de la gastronomía chilena, es uno de mis pescados preferidos!

Los vinos, en cambio, son de rechupete. Ya sé que no descubro nada.

Voy con retraso. Escribo estas líneas en Montevideo, tres semanas después de los hechos que en ellas recojo. El atracón de curanto se produjo el 23 de diciembre. Diacronías de la literatura de viajes puesta al servicio del calendario y las estrecheces de un blog.

Recupero ahora, impertérrito yo y sordo a las prisas de la tiranía digital, el presente de indicativo, por histórico que resulte.

Noches blancas. Atardece a eso de las diez, hora chilena, y el crepúsculo es lento, largo, interminable. Hay tiempo para volver con calma al hotel, echar un vistazo a la tele española -me gusta la serie Amar en tiempos revueltos y me gustan las chicas que aparecen en ella, pero sólo la veo cuando estoy en las antípodas- y seguir enfrascado en la lectura de la Guía para viajeros inocentes, de Mark Twain, publicada hace poco por Eduardo Riestra en Ediciones del Viento.

¿Literatura de viajes? Lo es en grado sumo la de este libro descacharrante, que leí en mi niñez con el título, más exacto, más afortunado, de Los inocentes en el extranjero, y que, pese a su grosor, no tiene desperdicio. Mark Twain se ríe en él de todo el mundo, empezando por su persona.

No me gustan los escritores que carecen de sentido del humor. Bruce Chatwin es uno de ellos. Lo menciono porque su libro de viajes por la Patagonia (y otros suyos que tal bailan) goza, inexplicablemente, de un prestigio cuyo fundamento se me escapa. Era un cursi, un neurótico, un quejica, un depresivo, un impostor y un eterno adolescente. Debe su fama al apoyo de los colectivos homosexuales, pero eso no pone ni quita y nada tiene que ver con la literatura. La de ese principito del guisante aburre hasta a los osos perezosos. Sé que seré criticado por decirlo. Es sólo una opinión, pero estoy seguro de que Mark Twain la compartiría.

El Club Presidente está revestido, por dentro, de madera. No se ve en él ni un centímetro de yeso, aunque por fuera sea un mamotreto de hormigón. Sabe a hogar. Bienvenida sea esa vitola en tan lejano puerto. Mañana, para mí, es nochebuena. A eso de las nueve, con la luz de San Petersburgo entrando a raudales por el ventanal, estaré en la cama.

Publicado en: ...el 25 Marzo 2010 @ 20:24 Comentarios (107)

DRAGOLANDIA: La Araucana


Un turista filma las cataratas de Iguazú

La mía, no la que escribió Alonso de Ercilla…

Ya no soy Viernes. Ya soy Dragó. Ya piso tierra firma (o no, porque es andina, volcánica, abundan los lagos, llueve como lo hacía en tiempos de Noé, sopla un viento huracanado y es de suponer que no escasean los terremotos), ya me despido, como dije, de Miguel de la Quadra y de su infantería de marina, transformada ahora en ejército de tierra, en la ciudad de Concepción, ya alquilo un coche y ya pongo su morro hacia el sur.

Centenares y centenares de kilómetros y kilómetros de monótona autopista. Nada que destacar, excepto unas cascadas (las de no sé qué. Nunca tomo notas, y así me va) sitas en un enclave arrasado por el turismo. Las veo desde un puente, pero no me acerco a ellas. Las cascadas son iguales en todas partes y tan tediosas como el agua tibia. Sólo me gustan las de Iguazú, descubiertas por Cabeza de Vaca, que al verlas de repente, cuando menos lo esperaba, hincó las rodillas en el suelo devorado por la selva y adoró al Creador, y la de la Cola de Caballo en el Monasterio de Piedra. Pero eso es porque jugaba allí de niño.

¡Con decir que fui una vez a Toronto y no me tomé la molestia de recorrer veinte kilómetros (o así) para echar un vistazo a las del Niágara!

Donde hay cataratas, hay turistas, como las de Chile, por enésima vez, me lo demuestran, y donde hay turistas, Dragó y Viernes pasan de largo y se van a tomar una copa de ron en el tugurio más cercano. Y si en él hay chicas, mejor.

Niágara es para mí Marilyn Monroe contoneándose con todas sus curvas metidas en un traje ceñido, mojado y casi transparente. ¡Translúcido, vaya, porque de luz era su cuerpo!

Y si Marilyn no está, ¡aire, señores, aire!, como recuerda Andrés Trapiello que decía Galdós También estuve en el lago Victoria y tampoco fui a ver sus cataratas.

Eso sí: los turistas, en cuanto ven alguna, enloquecen de contento, las enfocan con sus cámaras y palmotean como lo que son… Niños pequeños.

Llueve, y llueve, y llueve. Estoy en la Araucanía, tierra en la que nació Neruda y en la que, según la Lonely, las nubes se preñan de agua. Aguda observación. ¿Es que alguna no lo está?

Llego por fin, más sonado que los sparrings de Joe Louis, a la ciudad de Valdivia y me meto en un fantástico hotel de vitola colonial sabiamente restaurado. Está a la vera de un río ancho, sereno, boscoso, majestuoso. Sería injusto ocultar su nombre… El del hotel, digo. Se llama Pedro de Valdivia. Si alguna vez un viajero, diría Italo Calvino, se deja caer por aquí, búsquelo y alójese en él. No es caro, da más de lo que pide.

Salgo a dar una vuelta por la ciudad, que no es gran cosa, aunque hasta los muelles de su mercado central se acercan con languidez esos insaciables tragaldabas que son los lobos marinos. Un vendedor de mariscos me avisa de que me ande con ojo, porque a veces tiran bocados.

Yo también tengo hambre. Es día de suerte. Me topo con un restaurante de bonita decoración, amable servicio y buena cocina ‘cajun’: es el New Orleans.

Me enjareto un descomunal guisote y…

Mañana sigo.

Publicado en: ...el @ 20:14 Comentarios (3)

EL LOBO FEROZ: ¿2010 ó 2012?

La revista Smith pidió a sus lectores que enviasen autobiografías escritas en seis palabras. Podrían ser epitafios. Yo supe de ellas por un suelto aparecido en El País. El modelo era un cuento de Hemingway: “Se venden zapatos de bebé. Sin estrenar”. Una tragedia expresada en media línea. Fernando Fernán Gómez la reiteró, con variantes, en uno de sus libros. Algunas de las autobiografías (o epitafios) publicadas son demoledoras. “Nací en California -dice una-. Después no pasó nada”. Otra, que encoge el corazón, confiesa: “Yo sigo preparando café para dos” (ya había dicho Quevedo en el más célebre de sus sonetos: “serán ceniza, más tendrá sentido”. No sólo la muerte. También la ausencia viva puede ser polvo enamorado). Pero la más dura de todas, y la más certera, porque define a la perfección el mundo actual y a los seres que lo habitan, reza: “Nacimiento, infancia, adolescencia, adolescencia, adolescencia, adolescencia”. ¿Salen, acaso, alguna vez de ella los adultos que nacieron con la tele puesta, jugaron con vídeoconsolas, estudiaron con la LOGSE, viajaron con una Erasmo, crecieron con el fútbol, se amorraron al botellón, aullaron en los conciertos, chatearon en las redes sociales, militaron en los grupos antisistema, creyeron que viajar era hacer turismo, leyeron El alquimista, El código Da Vinci y La sombra del viento, suscribieron una hipoteca, se acogieron al subsidio de desempleo, se prejubilaron en la flor de la vida y abandonaron ésta sin haber vivido? La autobiografía en cuestión es el perfecto epitafio de la especie humana en el año que ahora empieza. Pongo la tele, oigo la radio, buceo en la Red, salgo a la calle, miro alrededor y sólo veo adolescentes. Muchos de ellos tienen arrugas, renquean y peinan canas. También yo. Murió el año y van muriendo mis parientes, mis amigos, mis enemigos, las muchachas que amé… Escribo ya mis memorias. Dijo Kierkegaard: “Aunque la vida sólo puede entenderse en retrospectiva, tiene que vivirse en perspectiva”. Difícil es eso, a partir de cierta edad, para quien no siga siendo adolescente. Envejecer es tener más recuerdos que proyectos. “Tó pá ná”, dice un epitafio. “Ná de ná”, insiste otro. “Guardó su casa e hiló”, se lee en la tumba de una matrona romana. Yo busco el mío. ¿”Cuidó de los suyos y escribió”? Memorias, autobiografías, epitafios: todo es lo mismo. ¿Feliz año nuevo? Si se empeñan…

Publicado en: ...el @ 20:08 Comentarios (3)

EL LOBO FEROZ: Buenos propósitos

Hace exactamente un año anuncié que no volvería a probar ni una loncha de jamón de pata negra (y del otro, menos) hasta las doce y un minuto de la madrugada de la primera noche de 2010. Protestaba así por lo que entonces califiqué de pensamiento único de la gastronomía ibérica. ¿He mantenido la promesa? No del todo, porque soy pecador, las tentaciones eran muchas, me ponían a prueba los amigos y no tengo vocación de Tántalo, pero mis perjurios han sido esporádicos, anecdóticos y frugales. Termina ahora mi año de abstinencia. ¡Aleluya! ¡Otra vez puedo comer jamón! Me dicen, además, que anda barato por culpa de la crisis. Millones -¡ya será menos!- de perniles de cochinos montaraces alimentados con bellota aguardan en los secaderos a que alguien puje por ellos. Yo, hasta nueva orden, no lo haré. Reposa en mi despensa, aún con el virgo intacto, la soberbia pieza de pensamiento único que un filántropo me ha enviado desde Jabugo. Hoy mismo, noche de Reyes, la apuñalaré a traición y seguro que haré una escabechina, porque manejar como Dios manda un cuchillo jamonero es cosa tan difícil como estoquear victorinos o sacar música de un Stradivarius. A los Reyes venidos de Oriente, en vez de turrón de Mira, mazapán y agua, les dejaré en el balcón unas lonchitas y mañana encontrarán otras mis gatos, más gruesas, metidas en sus mitones. Yo me sacaré la espina de 2009 y me pondré a rigurosa dieta de pata negra hasta llegar al hueso. Ese es mi primer propósito del año entrante. El segundo es el de no permitir que mis ex compatriotas sigan robándome tiempo, dinero y paciencia con su impuntualidad. Eso, unido a los horarios de las comidas, la nocturnidad, la picaresca, la mala leche, la falta de educación, los gritos, el tuteo y la manía de no cerrar nunca las puertas ni bajar la tapa de los retretes, es lo que más me encocora en Vandalia. Tomen nota quienes se citen conmigo. A los cinco minutos de retraso levantaré el vuelo. ¿Algo más? Sí. No iré a restaurantes, cafeterías o tabernas en los que esté permitido el humo (de tabaco, se sobrentiende) ni saludaré a nadie con falsos besos en las mejillas ¿Para qué, si ni siquiera las rozan? ¿De dónde ha salido tan estúpida costumbre? ¿No es mucho mejor, más cordial, más expresivo, tender la mano y estrechar la que se nos tiende? Así se hacía antes. Así lo haré yo. Los besos, como en Japón, sólo en la cama o en cualquier otro sitio donde el sexo ande por medio. ¿Hace?

Publicado en: ...el @ 20:04 Comentarios (6)

DRAGOLANDIA: Diario de Viernes (Ruta Quetzal-BBVA): 9. Vuelvo a ser quien soy


La Ruta Quetzal

El Valdivia llega a Concepción. La doble travesía -ir hasta Juan Fernández y regresar desde allí- ha sido mucho menos dura de lo que se nos había vaticinado y de lo que, en consecuencia, todos temíamos. Siempre es así. Los toreros tienen más miedo al toro antes de empezar la corrida que durante ella.

Nos dieron sábanas, aunque no toallas. Las duchas y los retretes estaban limpios. Los camarotes no eran excesivamente angostos, aunque carecían de ojos de buey, y había enchufe y lámpara en la cabecera de los camastros, lo que permitía leer y ver películas en el ordenador. Encaramarse a la litera alta, que era la mía, y más aún bajar de ella entre bandazos y balanceos, requería habilidades de equilibrismo, por no decir trapecismo, de las que por desgracia, y por el moho de la edad, carezco. Mi carcasa, mis morros y mi crisma corrieron serio peligro.

La comida era aceptable, aunque monótona. El barco bailaba el vals, pero no hubo momentos de rock duro. Casi nadie se mareó. Yo, tampoco. Milagros de la biodramina. Nunca, antes, la había tomado. Descubrí que coloca. Seguro que las autoridades, si se enteran, la prohíben. Lo hicieron con la dexedrina, con el optalidón, con el catovit, con el… Llevan el liberticidio en los genes. Son así. Nuestra salud les preocupa. Gracias, papis.

El capitán, los oficiales y los marineros nos trataron con exquisita corrección. Gente amable, simpatiquísima, muy bien educada. Cada vez tengo mejor opinión de la disciplina castrense. Todo, a bordo, funcionó como un reloj suizo. Sin orden y jerarquía no hay libertad posible.

En el muelle nos aguarda Miguel. Parece Neptuno. Si yo tuviera un barco encargaría a un buen escultor su efigie y la pondría en la proa. Da gusto verlo al pie del cañón (sin pólvora). He solicitado al Rey que lo nombre Duque de Quetzal. Lo hizo en mi nombre, hace pocos días, El Lobo Feroz que todos los martes aúlla y enseña los colmillos en la segunda página de El Mundo impreso.

Junto a Miguel están las autoridades de la zona (el corregidor, el delegado del gobierno, los mandos de la Marina, el obispo), pero no hay autoridad más alta que la suya.

Discursos, charangas y bailes. Vamos luego a visitar un buque de guerra del año del catapún, primorosamente restaurado, y se acaba la fiesta.

La mía, quiero decir, porque la Ruta sigue. Y yo, a mi aire, también.

Duermo en Concepción, alquilo un coche y tiro hacia el sur. Vuelvo a ser llanero solitario. Recupero la identidad de mi pasaporte. Dejo de ser el compañero de Robinsón. Termina así y aquí el Diario de Viernes.

Publicado en: ...el 06 Marzo 2010 @ 18:58 Comentarios (144)

DRAGOLANDIA: Diario de Viernes (Ruta Quetzal-BBVA): 8. Fin del naufragio

Último día en la isla de Robinsón. Esta tarde zarparemos. Seré breve. Los adioses deben serlo.

Ayer fuimos en lancha, sin quetzales, a uno de los solarios de los lobos marinos. Éramos todos adultos. Así nos llaman en la jerga de la Ruta. Duró el trayecto un par de horas. Siete valientes, salidos de las filas de los monitores y de los periodistas, se echaron al agua y nadaron hasta la roca. Yo, como Bartleby, nunca lo hubiera hecho. Soy de secano. La escena me impresionó.


Los valientes

Llegaron allí, treparon por las resbaladizas paredes del islote, se tumbaron entre los lobos y se atrevieron, incluso, a acariciarlos. Yo, como Bartleby, tampoco lo hubiera hecho.

Luego, ya en la aldea, me tocó hablar delante de los chavales. También estaban los adultos. Me presentó y me interrogó Víctor Lamela. Conté historias, repasé viajes, filosofé, provoqué, hice todo lo posible para sembrar inquietudes, transgresiones, heterodoxias, rebeldías, interrogantes, fermentos y levaduras en la conciencia de quienes me escuchaban. Llegó después el turno de preguntas. Parecían interesados. Hicieron muchas, y hoy, de uno en uno, ya en privado, ha seguido el tiroteo.

Comilona general antes de abandonar la isla. Invitan las autoridades de su único municipio. Cocinan al aire libre, manejando gigantescos pucheros y sartenes, las gentes del lugar. Nos sirven las dos especialidades de la gastronomía autóctona: el perol, que es una especie de bullabesa, zuppa o suquet en la que el principal ingrediente es la langosta, aunque haya otros muchos, y el disco, en el que los pescados y los mariscos se mezclan con la carne de pollo y de cerdo. Cantidad y calidad. Somos muchos, pero no importa. Multiplicación de los panes y los peces. Todo está sabrosísimo. El ambiente ayuda. Música, baile, risa y amistad.

Nos vamos. Miro la isla desde la cubierta del Valdivia. Nada desentona. Es un lugar fantástico, irrepetible. Eppur…

Me preguntaba en alguna de mis crónicas anteriores si aquí está el paraíso, pero ¿puede serlo, me pregunto ahora, contemplándolo mientras el barco se aleja, una aldea que mide dos kilómetros de longitud, y me quedo largo, por trescientos metros de anchura?

El resto de la isla sólo está al alcance de los senderistas, de los alpinistas, de los submarinistas, de los buscadores de tesoros… Y no del todo, porque hay lugares en ella que nunca se han explorado y a los que sólo pueden llegar las cabras silvestres y los pájaros de altura. Ni Alexander Selkirk (alias Robinsón) ni el miskito Will (alias Viernes) los alcanzaron. ¿Cómo podría hacerlo yo?

Paraíso angosto, en todo caso, de pasiones humanas, harto humanas, probablemente reconcentradas y recalentadas, aunque a primera vista no lo parezca, que en cualquier momento pueden reventar y convertir el jardín del Edén en un infierno. Si le pasó a Adán, si le pasó a Eva, ¿por qué no iba a pasarme a mí?

Expúlseme Yavé. Mejor marcharse antes de que la transformación se consume. Es lo que hago, lo que hacemos. El Valdivia pone proa a mar abierto. Anochece. La isla se desdibuja en la distancia. No hay paraíso que no se pierda. Doscientos expedicionarios de codos en la borda. Melancolía, resignación. Sé, sabemos todos, que es para siempre, que nunca volveremos al archipiélago de Juan Fernández. Adiós.

Publicado en: ...el @ 18:54 Comentarios (2)

DRAGOLANDIA: Diario de Viernes (Ruta Quetzal-BBVA): 7. Vida de oso perezoso

La isla de Robinsón, en la que sigo, es un muestrario de climas, estaciones, fauna y flora. Hay en ella, según las vertientes de su empinada orografía, secarrales, arbustos de monte bajo, cumbres casi alpinas, arrecifes azotados por todos los vientos, zonas abrigadas, bosques de helechos y selvas tropicales en las que sobreviven plantas, pájaros, reptiles e insectos que no pueden encontrarse en ningún otro lugar del mundo.

Así debió de ser la Atlántida o el continente perdido de Mu, se me ocurre, mientras voy de un lado a otro, del Refugio Náutico en el que me alojo al centro de la aldea de Juan Bautista, de la costanera que la recorre al malecón que la remata, del cementerio, cuidadísimo, en el que estallan mil flores sobre las tumbas, al faro del promontorio y de éste a las playuelas, roquedales y peñascos en los que sestean, pacíficos, indiferentes, impermeables, decenas, a veces cientos, de lobos marinos, también llamados leones. Quedan nueve mil en las aguas de la isla e irán, de seguro, a más, porque las leyes, por fin, los amparan y nadie tiene nada contra ellos. En épocas recientes estuvieron a punto de extinguirse. El hombre es una alimaña depredadora. No hay peor lobo que el humano.

Llueve, sopla el viento, hace frío, escampa, sale el sol, cesa el viento, hace calor, se aborrasca el cielo, se enfurece Eolo, vuelve a hacer frío, vuelve a llover, el calabobos se transforma en aguacero, el mar ruge, el mar se aquieta, el aguacero se transforma en calabobos, el sol y el azul del cielo reaparecen, el vendaval se torna brisa, tengo calor, me quito la zamarra de la Ruta, me la pongo, me la quito, me la pongo…

En un par de horas se han sucedido las cuatro estaciones del año. El archipiélago de Juan Fernández presume de eso, y con razón. Lo dicho: un muestrario de fauna, flora y meteorología, una maqueta de la creación del mundo. La Atlántida, el continente de Mu, ¿eran así?

La aldea parece casi abandonada. Es el único punto habitado de la isla. No hay gente en sus calles. Una iglesia de chatarra. Un campo de fútbol. Dos tiendas de alimentación. Un puñado de hostales. Un pub que sólo abre los jueves por la noche. Una minúscula Casa de la Cultura. Ningún edificio tiene más de dos pisos. Casi todos son de una sola planta, precedida por un jardincillo. Los quetzales de la Ruta y sus pastores siguen en paradero desconocido. Su marcha sigue. No se recorren treinta kilómetros de picachos y barrancos en diez minutos.

Poco que ver, nada que hacer.

¿Era así el paraíso?

E chi lo sa?

Es la sagrada hora del almuerzo. Un cebiche de pulpo, una crema de cangrejo, una langosta de a puño y una botella de Riesling chileno me esperan en el Refugio Náutico.

Después me echaré la siesta, seguiré enredado en la lectura del nuevo volumen del Salón de los pasos perdidos (Pre-Textos) del buen Trapiello, que da para mucho, porque no sólo alza la voz, sino que la sostiene al hilo de más de seiscientas páginas, y volveré a la aldea para ver si ya han regresado, ilesos, pero hechos trizas, los expedicionarios.

El paraíso, la Atlántida, el continente de Mu, ¿eran así?

Felicidad, silencio, lejanía, dolce far niente…

Salí de España hace un siglo, estoy en la isla de Robinsón, soy Viernes, no quiero irme.

¿España? ¿Y dónde diablos queda eso?

Publicado en: ...el @ 18:48 Comentarios (2)

DRAGOLANDIA: Diario de Viernes (Ruta Quetzal-BBVA): 6. Un isla en la corriente


La Ruta Quetzal

Ya sabe el lector por dónde ando. La isla es la de Robinsón, en el archipiélago de Juan Fernández, ¿y cuál va a ser la corriente, sino la de Humboldt, legendaria, procelosa, en la que tantos bajeles han naufragado?

Me cuenta Miguel de la Quadra que la surcó por primera vez hace más de medio siglo, enrolado en la tripulación de un ballenero, y que a pique (nunca mejor dicho) estuvo de morir en ella, porque cundió a bordo la especie de que aquel chicarrón del norte de España traía mal fario y, para comprobar si era cierto y deshacer, caso de que lo fuese, el embrujo, lo obligaron a pasar por la quilla. Sobrevivió, aunque lo hizo casi congelado y destrozado por las conchas navajeras de los moluscos adheridos al casco de aquella cáscara de nuez, y gracias a eso estoy yo ahora junto a sus quetzales en una isla a la que rara vez llega alguien y a la que, desde luego, nunca habría llegado yo de no ser por mi viejo amigo.

Hacerlo no es fácil. Nunca habrá aquí más turistas de los que puedan contarse con los dedos de veinte manos. Existe un aeródromo en el que de tanto en tanto, cuando el tiempo lo permite, aterriza una avioneta, procedente de Santiago, en la que cabe, como mucho, una veintena de pasajeros a razón de diez kilos de equipaje por cabeza y una vez al mes llega desde Valparaíso un barco. Es todo.

Quienes se suben a él o corren, a merced del viento, el albur de la avioneta son, mayormente, submarinistas, senderistas, pescadores, rastreadores de tesoros como el de la isla de la mejor novela de Stevenson, ecólogos, ornitólogos y, de tarde en tarde, con cuentagotas, algún que otro viajero de vocación robinsoniana, como lo es el novelista navarro Miguel Sánchez-Ostiz, que se quedó varios meses, si la memoria no me confunde y convierte los días en semanas, y escribió un libro excelente, como todos los suyos, titulado La isla de Juan Fernández. Aconsejo su lectura a quien quiera saber más de este archipiélago. Lo publicó Espasa. Espero que los listillos del marketing no lo hayan descatalogado.

¡Atiza! Caigo ahora en la cuenta de que los dos compatriotas robinsonianos a los que acabo de referirme llevan el mismo nombre de pila, Miguel, y nacieron en el mismo sitio: Navarra. ¿Significará algo esa coincidencia? Nomen est omen, decían los latinos, y el genius loci marca las vidas.

Lo del tesoro no es broma. Lo escondió en 1713, a corta distancia del amago de cueva (hoy Puerto Inglés) en el que buscó y encontró cobijo Alexander Selkirk, el general Juan de Ubilla y Echevarría. Cuentan que andan enterrados por allí ochocientas sacas de monedas de oro, varios barriles de piedras preciosas y un baúl cargado de esmeraldas. Es un norteamericano, Bernard Kaiser, quien tiene permiso oficial para rastrear el botín, pero la zona está situada en un parque nacional -todo el archipiélago lo es- y el forcejeo con la burocracia, la codicia y la pugna jurídica entablada por la titularidad del tesoro dificulta la búsqueda de éste.

También anduvo por aquí el almirante Lord Anson, al que la corona británica envió al Pacífico con la doble misión de doblegar el poderío de nuestra flota en tales aguas y de dar la vuelta al mundo. Un estero lleva su nombre y una placa lo recuerda. Entre sus oficiales figuraba el guardiamarina John Byron, abuelo del poeta, que no llegó a pisar la isla porque, después de sobrevivir al celebérrimo naufragio de la fragata Wager, acaecido en la costa occidental de la Patagonia, fue capturado por los españoles en 1741 y no pudo regresar a su país hasta cinco años más tarde.

Me entero de todas estos pormenores leyendo la crónica que él mismo redactó -Viaje alrededor del mundo (precedido de un naufragio), Ediciones del Viento- y en la que su nieto se inspiraría para escribir El Corsario. Su editor en España, Eduardo Riestra, me entregó ese libro en mano dos días antes de salir yo hacia Chile para que me sirviera de vademécum a lo largo del viaje.

Supongo que Lord Anson es uno de los ilustres antepasados de nuestro Luis María Ansón, del que siempre he sabido que lleva sangre británica. Se lo preguntaré en cuanto vuelva. De casta le viene.

Más hilos sueltos. Islas en la corriente es el título de una de las últimas novelas de Hemingway, aparecida después de su muerte. Aludía en ella a otra corriente, cierto, caribeña, y no a la de Humboldt, pero tanto monta. La frágil existencia del autor era ya entonces un pecio a la deriva.

Anson, Lord Byron, Defoe, Stevenson, Hemingway, Miguel de la Quadra, Sánchez Ostiz, Eduardo Riestra, Robinson Crusoe, La isla del tesoro…

Geografías imaginarias, historias legendarias. La literatura es viaje, el viaje es literatura. ¿Cómo no atar cabos? Siempre, de niño, soñaba con llegar algún día aquí. Ya sólo me falta Samoa.

Gracias, Miguel. A ti y al dios Neptuno, que no quiso que murieras hace cincuenta años bajo la quilla de un ballenero. Seguro que era el de Moby Dick.

Publicado en: ...el 05 Marzo 2010 @ 02:02 Comentarios (15)

DRAGOLANDIA: Diario de Viernes (Ruta Quetzal-BBVA): 5. Pájaros

Amanece en el Valdivia. “Toda la noche oyeron pasar pájaros”. Ésa es la frase más célebre escrita en el diario de a bordo de las tres carabelas e inscrita en los registros akáshicos del descubrimiento de América. El otro día la mencioné en una de las entregas de este blog.

Donde hay pájaros, hay costa cercana, y así era. Amaneció en los barcos que llevaban a la tropa de Colón, como hoy lo ha hecho en el Valdivia, y allí, frente a ellos, se dibujó la silueta de un litoral.

¡Tierra la vista!, gritó el vigía No era un sueño. No era un espejismo. No era una invención de esa locura de los marineros que lleva el nombre de Fata Morgana. Era, simplemente, una isla. Habían llegado a lo que aún no se llamaba América.

La historia se repite. Se ha repetido esta mañana en el Valdivia. Estábamos en el castillo de proa y llegó de repente a él, jadeante, asustada, extenuada, una tórtola de extraño plumaje. Se posó en la cubierta, caminó como pudo hasta un rinconcillo de planchas y fierros, y allí se acurrucó.

Era un heraldo. Venía del archipiélago de Juan Fernández y nos anunciaba que la mayor de sus islas, ésa, sin habitantes, en la que sobrevivió como pudo desde 1704 hasta 1708 un pirata escocés llamado Selkirk, pronto estaría ante nosotros.

La Ruta Quetzal tocaba su cénit: habíamos llegado al punto culminante de su vigésimo primera edición. ¿Geografía literaria? Sí, pero no imaginaria, sino real, visible, palpable, dotada de grados de longitud y latitud, presente en los mapas y en el nomenclátor del Pacífico.

Selkirk fue rescatado, volvió a Inglaterra, adquirió celebridad, recibió honores, acumuló riquezas, vivió en olor de muchedumbres e inspiró la primera novela escrita en su país: Robinson Crusoe.

Había nacido un arquetipo de la conducta humana. Rousseau, ese psicópata, se inspiró en él para escribir el Emilio, concebir y divulgar la estúpida leyenda del buen salvaje, y sentar, a la larga, los cimientos del futuro totalitarismo en las páginas del Contrato Social. La revolución francesa fue, a la corta, el primer fruto maligno y desastroso efecto secundario de tan dañina utopía.

Desembarcamos. No lo hacemos mediante pasarela, sino en chalupas, porque el Valdivia ha fondeado a doscientos metros de distancia del espigón del puerto. No da éste para más. Desde él nos distribuyen a los adultos por los hostales y casas de huéspedes de la única aldea, de unos seiscientos vecinos, de la isla de Robinsón, mientras los chavales instalan su campamento en un solar cercano antes de emprender una marcha hercúlea, a decir poco, que los llevará de cumbre en cumbre, de precipicio en precipicio, de bosque en bosque, de aguacero en aguacero, hasta la otra vertiente del abrupto enclave. Serán -lo sabré luego- casi treinta kilómetros de empinadas cuestas. Volverán derrengados, y más aún lo estarán los profesores, monitores y periodistas que en un alarde de lealtad, responsabilidad y bravura los acompañan.

Yo, por gajes de la edad y de los bypasses de mis coronarias, ya no estoy para esos trotes. Me recogen en el malecón y se me llevan, en compañía de Naoko, al Refugio Náutico, delicioso hostalillo de tres habitaciones situado en uno de los extremos de la minúscula aldea, donde nos suministrarán lecho, información, conversación, yantar, langostas a granel, pisco sauer y buen vino a lo largo de los tres próximos días. Así era el mundo antes de que Eva se comiera la manzana.

Pájaros, decía. La tórtola no será el único. Cinco minutos después, ya en el Refugio, se nos acerca la persona que lo dirige. Trae en la palma de la mano un colibrí de plumas irisadas que ha buscado refugio en ella y me lo tiende. ¿Otro heraldo?

Es diminuto, amistoso y suave. Palpita, pero no se asusta. Lo cojo con cuidado y lo subo a la habitación. Una vez en ella, lo suelto. Vuela de aquí para allá, se posa en la colcha, juega y salta, tranquilo, feliz, como si nos conociese de toda la vida, hasta que Naoko abre la ventana y le brinda el regreso a sus frondas y a sus flores. No se hace de rogar.

¿Estamos en el paraíso antes de que Eva mordiese la manzana? ¿Habrá ángeles, y no sólo colibríes, langostas y lobos marinos, en los arrecifes, caladeros y bosques que nos rodean?

No voy a responder ahora. La primera mirada, en contra de lo que el tópico asegura, no siempre es la que vale. Mejor pensarlo dos veces y aguardar a lo que las sucesivas nos deparen. Están al caer.

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EL LOBO FEROZ: Quetzal


Miguel de la Quadra Salcedo

Señor: acabo de llegar a puerto en el litoral de Chile y allí, esperándonos, plantado en el muelle y melena al viento, está Miguel de la Quadra. Parece el león de la Metro. Sus rugidos son ronroneos de saludo, por más que atruenen el aire, y nos anuncian que la aventura no ha terminado. Somos su tropa, sus quetzales, sus Trescientos. Él es Leónidas, pero sin adversarios, porque no los tiene, ni armas, porque no las quiere. Venimos de la isla de Juan Fernández, en la que el bucanero Selkirk naufragó en 1704 para que en 1719 su compatriota Daniel De Foe pudiese escribir la primera novela de la historia de la literatura inglesa. Punto final es ése -para mí, porque los quetzales siguen- de la vigésimo primera edición de una Ruta que, de año en año y de decenio en decenio, sin pausa y sin prisa, como las estrellas de Goethe y los pájaros que oyó pasar la tripulación de las carabelas, ha paseado por el Nuevo Mundo y por la vieja España a ocho mil cachorros de las dos orillas y, educándolos sin domarlos, los ha convertido en hombres. Es mucho, Señor, es tanto, aunque por fortuna incruento, como en otros siglos hicieron las gentes que ganaron para la Corona que Vos representáis más reinos de los que jamás haya gobernado monarca alguno. Por ello, como quetzal de a pie, como cronista de Indias y de la Ruta, como Bernal raso, os pido, Señor, desde la tierra de Arauco, que reconozcáis los méritos de este león marino, de este Leónidas desarmado, de este Alonso de Ercilla, de este Caupolicán, de este Bartolomé De las Casas, de este misionero del mestizaje, de igual modo que uno de vuestros antecesores lo hizo con los descendientes de Colón al otorgarles el ducado de Veragua. Rey Juan Carlos: no apelo sólo a la generosidad, sino también al sentido de la justicia, porque, siendo ambas virtud de reyes, justo y generoso es que confiráis a Miguel de la Quadra el título de duque de Quetzal. Adelantado de Indias y Grande de España ya lo es, aunque nunca lleve calcetines y muy rara vez corbata, por derecho propio y de usufructo. Perdonad, Señor, mi atrevimiento y no lo atribuyáis a hipérbole, sino a gratitud. La mía, la de todos. Tardará mucho tiempo en nacer, si es que nace, un español tan noble como éste. Que Dios, si atendéis mi propuesta, os lo premie, y que, si la rechazáis, os lo demande. ¡Ojalá campee pronto un quetzal con cola de serpiente de plumas en el escudo del nuevo Duque! En vuestras manos está, Señor. Decidme algo.

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