EL LOBO FEROZ: José Tomás… ni menos


José Tomas acompaña a los toriles a Idílico, indultado, en la Monumental de Barcelona

Mi columna de hoy iba a llamarse Epitafio y trataba de la Gran Depresión de 2008. He tenido que posponer su publicación hasta el próximo martes. Seguirá estando de actualidad. Todo epitafio es, por definición, eterno y, sin llegar a tanto, casi eterna nos parecerá, por su duración y su dureza, la crisis que hoy corta la respiración del mundo. Eterno será también en la memoria colectiva el suceso que me obliga a aplazar lo que escribí el domingo. Ya es lunes, sigo en Barcelona, adonde vine el viernes para asistir a las dos corridas de toros de la Merced, y ando aún tambaleándome por el impacto de lo que el segundo día vi y sentí en la Monumental durante la lidia del quinto de la tarde. Don de la ebriedad, como dijera el mejor poeta español de los tres últimos siglos (va por ti, Claudio), y monumental, en efecto, chute de emoción ética y estética en la femoral de las veinte mil personas que llenaban el coso hasta los huevos de avestruz, y de torero, que lo coronan y en las recosidas coronarias de este lobo feroz que ya puede morir tranquilo. No es para menos y, por no serlo, se me perdonará el recurso a la hipérbole, aunque en puridad no la haya, y se me consentirá que cargue la suerte y diga lo que dijo Simeón tras escuchar a Jesús. ¿Vedi Napoli, e poi mori, ver Nápoles y después morir? Pues bien: he visto Nápoles, O sole mio, he escuchado a Jesús en el Templo, Dominus vobiscum, y estuve el 21 de septiembre de 2008, fecha para la historia, hito ya de la leyenda, en la Monumental de Barcelona mientras el mejor torero de los veinte últimos siglos hacía lo que jamás se había hecho. No voy a describirlo, porque no hay palabras que lo describan. No voy a poner ningún punto sobre ninguna i, porque en mi alfabeto no existen hoy letras minúsculas. No voy a poner pegas al indulto del toro Idílico (lo fue) ni a nada de lo que el domingo sucedió en la plaza de la Dignidad de Barcelona, y sí voy, en cambio, a dar rienda suelta a mi entusiasmo, a mi gratitud y a la ebriedad que aún me tiene tarumba. Fui por primera vez a los toros en la isidrada del 52, llevo 56 años de afición a cuestas, he visto torear a Ordóñez, a Camino, a Bienvenida, a Luis Miguel, a El Viti, a Curro, a Paula, a Manolo Vázquez y al sursum corda, pero nunca había visto, y me temo, ay, que nunca lo volveré a ver, lo que vi el domingo. José Tomás pintó Las Meninas, esculpió la Venus de Milo, compuso la Novena, escribió Hamlet, conquistó Troya y llegó a Itaca. Arma virumque cano… Yo también, como Virgilio, canto hoy las armas y al varón madrileño que indultó en Barcelona un nobilísimo toro andaluz, salió a hombros de la plaza arrebujado en una senyera que su gesto y su gesta convertían en gran señora e hizo libres, fraternos e iguales a veinte mil seres insobornablemente humanos que lloraban de emoción y se fundían en un solo e inmenso corazón. El de Iberia, el de todas las Españas, el del mundo. Te debo, José, lo más hermoso que en la vida me ha sucedido. Deberían llamarte Tomás allá o, simplemente, Tomás… ni menos.

Publicado en: ...el 24 Septiembre 2008 @ 10:33 Comentarios (29)

DRAGOLANDIA: Puritanismo e hipocresía


El presidente cántabro Miguel Ángel Revilla

Lo uno va siempre acompañado por lo otro.

Me indigna, pero no me sorprende, el estúpido linchamiento mediático (y metódico) al que está siendo sometido el señor Revilla, presidente de Cantabria, por haber dicho en público verdades de a puño que infinidad de varones dicen en privado.

Y si digo varones es porque las mujeres no suelen hablar de esas cosas.

Yo también fui de putas por primera y no última vez cuando tenía dieciocho años. Sucedió en Mérida. Habíamos ido allí un montón de chicos, y alguna que otra chica, de la Facultad de Letras de la Complutense para representar Medea y Las nubes en el teatro romano de la citada localidad. La primera actriz era Maritza Caballero, que después se haría célebre. En el elenco figuraba también un jovencísimo Gonzalo Suárez. Nos acompañaba, entre otros personajes de cierto relumbrón, Alfredo Marquerie, crítico teatral de ABC. Dirigía el cotarro José María Saussol, de la estirpe de los Oliart. José Ramón Marra-López, que luego publicaría un libro, relativamente famoso, dedicado a la narrativa de los escritores españoles en el exilio (Sender, Max Aub, Dieste, Massip, Serrano Poncela…), era el traspunte. Conservo una foto memorable de aquella aventura.

Me gustaría reproducirla aquí, pero no la tengo a mano. Anda por Soria, y yo, desgraciadamente, estoy en Madrid. Mañana me largo.

Aquella casa de putas, por cierto, era fantástica. Tenía dos pisos. En el segundo, por un duro (¿o eran siete?) se follaba. La habitación en la que yo lo hice tenía una claraboya que daba a un pasillo, y por ella, de vez en cuando, se asomaban quienes lo recorrían y nos jaleaban.

En el primer piso, que lo era de respeto, había una enorme mesa de camilla, alrededor de la cual se sentaban los clientes, los mirones, los espontáneos y las pupilas del burdel. La tertulia, en la que se hablaba de todo, de fútbol y de Platón, de Franco y de Carrillo, duraba hasta el amanecer. Para repicar en ella o, simplemente, escuchar lo que se decía, pellizcando en el ínterin a las chicas, si se dejaban, había que pagar una pela.

Revilla tiene razón: casi todos los hombres, en aquella época, echaban sus primeros dientes sexuales entre los brazos de una puta. O de las criadas, quienes las tenían.

Así era, guste o no guste la afirmación a los tiquismiquis monjiles de la corrección política y sus infinitas variantes.

¿Qué pasa? ¿Qué ahora no hay putas? ¡Pero sí somos, según las estadísticas, el país de Europa donde más abundan las gentes de ese gremio!

Y si hay putas, será, digo yo, porque alguien va con ellas.

¿Qué hacemos? ¿Los multamos, como en la Barcelona del Estatuto y en la Italia de Berlusconi? ¿Los desposeemos de sus derechos civiles? ¿Ponemos su foto en las comisarías con mandato de busca y captura? ¿Los llevamos a un programa de telebasura?

Quienes tienen miedo de la verdad es que viven en la mentira.

Publicado en: ...el 22 Septiembre 2008 @ 12:33 Comentarios (3)

DRAGOLANDIA: ¡Agua va!


El alcalde de Zaragoza, Juan Alberto Belloch, en la clausura de la Expo

Eso –¡agua va!– gritaban a los transeúntes las madrileñas asomadas a los balcones de sus casas antes de que el Canal de Isabel II empezase a trasvasar el contenido del Lozoya a las tinas, perolas y palanganas de los vecinos de la Villa y Corte. Y acto seguido caía un roción de aguas fecales o simplemente, en el mejor de los casos, jabonosas y con pelusillas sobre el pavimento o sobre las tocas, chales, chambergos y capas de los peatones (y las peatonas, diría la Aído) que no se apartaban a tiempo.

Algo parecido ha gritado el alcalde Belloch, desgañitándose por todos los medios de comunicación puestos a su alcance, desde que hace tres meses tuvo la ocurrencia de financiar con pólvora de los contribuyentes una Expo tan inútil, frívola y estúpida como lo son todas las iniciativas de esa índole.

Lo malo es que en esta ocasión no sólo se derrochaba a espuertas el dinero público (y el privado, supongo, porque hay mecenas idiotas para todo) en plena debacle de la economía, sino que también se derrochaba el agua en un país que a pasos agigantados de galopante desertización se está quedando sin ella.

Muy bien, señor Belloch. Nos lavaremos con vino de Cariñena y haremos rogativas a la Pilarica para ver si nos envía unos cuantos ciclones del Caribe y un buen maremoto con epicentro en el delta del Ebro. Ya se sabe: Dios no ahoga, y su Madre, menos, aunque tal como están las cosas, con los pantanos secos y los trasvases taponados por la demagogia de los caciques y el patrioterismo de boca chica de los lugareños, más valdría que lo hicieran. Ahogarnos, digo, en eso que antes llamaban las buenas gentes de mi infancia alicantina agua del cielo.

Recogía Cela en su Viaje a la Alcarria esta graciosísima coplilla: No he visto gente más bruta / que la gente de Alcocer / que echaron el Cristo al río / porque no quiso llover. O algo así, porque cito de memoria y sin ánimo alguno de ofensa a los naturales de ese pueblo, a cuyo sentido del humor me acojo.

Confiemos en que la Pilarica, si las cosas se ponen mal y sigue sin caer agua del cielo, no termine en la del Ebro, devorada la pobre por las poderosas mandíbulas bivalvas de los mejillones cebra.

Fui a la Expo de Sevilla, hice colas, me aburrí tanto como deben de aburrirse los citados moluscos de agua dulce y salí maldiciendo la hora en la que se me había ocurrido jugar a ser borrego numerado.

Fui a la Expo de Tsukuba, en Japón, que lo era de carácter científico y tecnológico, y ni les cuento. El coñazo fue de los que no se olvidan. Comprobé que el hombre tropieza dos veces, efectivamente, en la misma piedra. Sírvame de disculpa la coincidencia fatal de que era yo a la sazón profesor de literatura y lengua española en la universidad del citado enclave, y la dichosa Expo me pillaba cerca.

Fui a la Expo de Aichi, junto a la ciudad de Nagoya y siempre en Japón. Horror de horrores, tedio de tedios, horterada de horteradas. ¿Qué no quieres arroz con palillos? Pues dos tazas, y tres tropezones, por cierto, en la misma piedra. Aquello parecía simposio universal de oficinas de turismo provistas de carteles, folletos y souvenirs de cartón piedra. En el pabellón español funcionaba un tascucio de mala muerte en la que los más conspicuos caraduras de la cocina creativa y bulliciosa engañaban a los japoneses sirviéndoles las peores tapas que he tomado en mi vida. También tengo disculpa: la del vil metal. Formaba yo parte de la delegación oficial de mi querida tierra de Murcia. Me habían contratado sus capitostes, buenos amigos todos y gente de lo más agradable, para que los pastoreara por el país en el que tantos años he vivido. Cumplía, pues, con mi deber laboral.

¿Debo aclarar que no he ido a la Expo de Zaragoza? No lo habría hecho ni a palos de mula ciega. No hay dos sin tres, dicen, pero tres con cuatro habría sido ya pecar de masoquista y gilipuertas. Menos mal. Lo que se veía por la tele era terrorífico, y lo peor, siendo todo malo, eran las monstruosas colas de serpiente del lago Ness que empezaban en la boca de los pabellones y terminaban en el culo del infinito. Oí en la caja tonta, y bien me está por encenderla, testimonios de mirones que, según decían, se habían pasado más de cinco horas plantaditos a pie enjuto en la fila de no sé qué. Y no sólo no se avergonzaban de semejante locura y desmesura, sino que se deshacían en elogios de lo visto y anunciaban –lo que aún resulta más pasmoso– su intención de reincidir y volver al día siguiente.

En Soria, de momento, que yo sepa, no va a haber ninguna Expo, pero todos los días, por si acaso, le pido a san Saturio que no nombren a Belloch ni a Gallardón alcaldes de la ciudad. Lo del segundo lo digo por la candidatura olímpica de Madrid. No hay nada más peligroso que un alcalde emprendedor. ¡Miren la que armó el de Móstoles! Por su culpa no está la torre Eiffel en Madrid.

Publicado en: ...el 19 Septiembre 2008 @ 10:24 Comentarios (2)

EL LOBO FEROZ: Manu

¿Leguineche? ¿A quién leches se refiere usted? ¿Manu? ¡Ah, eso es otra cosa! ¿Sabe dónde se mete esa buena pieza? Sí, lo sé, lo saben quienes le quieren, y le quieren todos. ¿Anda por ahí alguien que no quiera a Manu? Silencio. Cuando todo el mundo llama a alguien por su nombre de pila es que lo considera de la familia, o de la tribu, y que en cualquier momento se iría quien tales confianzas se permite a echar unas manitas de mus con él. Manu es un personaje de bolero: Nosotros, que le queremos tanto… ¡Menos rollo, amigo! Lo único que quería yo saber es dónde diablos anda ahora el mejor reportero del mundo. Kapuscinski era sólo un Leguineche polaco. ¿Está en Basora? ¿Sobrevuela la puna de Bolivia en un helicóptero birlado al ejército de Chávez? ¿Practica la espeleología en las estribaciones del Paso del Kyber para ver si da con el catre en el que duerme Ben Laden? ¿Cenará esta noche con Obama en el Norfolk de Nairobi y desayunará mañana diamantes con la Palin en la trastienda de Tiffany’s? ¿Asoma su sombrero panamá por la torreta de un tanque de Putin en Georgia? ¿O es que se ha ido a buscar el corazón de las tinieblas en una dársena del río Congo acompañado por su compinche Javier Reverte a bordo de una chalupa con matrícula del cabo de Gata? ¡Pero en qué mundo vive usted, señor mío! ¡Espabile y entérese de que el bueno de Manu, harto ya de guerras y de pompas, ahorcó los hábitos, echó pie a tierra y se retiró, como el hermano de la costa de su primo Conrad, a un lugar de la Alcarria de cuyo nombre no voy a acordarme, y menos aquí, no vaya a ser que se le ocurra a usted turbar el reposo ganado a pulso de tinta brava por el hombre que nos hizo corto el camino más largo del mundo! Y es precisamente un periódico que se llama así, El Mundo, quien acaba de conceder al bueno de Manu (y si digo bueno me quedo, como lo fue ese camino, corto) el premio Reporteros del Mundo. Mucho mundo, en efecto, tiene Manu. Nadie en España, ni siquiera este cura, tiene tanto. Perdonen que me incluya. Manu empezó a recorrer el mundo en los años sesenta, y yo, salvando las distancias, también. Supe después que en infinidad de ocasiones habíamos estado los dos al mismo tiempo en los mismos sitios. Y, sin embargo, sólo coincidimos, cara a cara, copa a copa, una vez. Fue en el bar del hotel Carreras de Santiago de Chile. Septiembre del 83, jornada de protesta contra Pinochet. Yo cubría la información para el Diario l6. Él hacía lo mismo para sabe Dios cuántas cabeceras. Unas horas antes me había encontrado a Martín Prieto detenido en el aeropuerto por los sicarios del dictador. Manu pidió un gin tonic de Beefeater. El camarero le dijo que no tenían esa marca. El periodista se llevó las manos a la cabeza: ¡Todo un hotel Carreras y no hay Beefeater! Bebió otra cosa. Así es la vida del reportero.

Manu, mi felicitación, y un abrazo. Cualquier día de éstos me dejo caer por la Alcarria para dártelo en persona. Te llevaré una botella de Beefeater. Pon la tónica a refrescar.

Publicado en: ...el 18 Septiembre 2008 @ 12:51 Comentarios desactivados

El año de la España Mágica

¿1979? ¡Vaya, hombre! ¿Tengo que escribir precisamente sobre esa fecha y no sobre cualquier otra de las muchas comprendidas entre el referendo de la Constitución y la apoteosis de la España Hortera?
En esta última andamos, pero no quiero hacerme mala sangre ni sentar plaza de borde. Seré festivo. No hablaré aquí de política por más que la política fuese entonces importante y sea hoy repugnante. Hablaré sólo de ese año, el de 1979, y de cómo en su transcurso saltó mi mundo por los aires y dejó de ser mi vida lo que hasta entonces había sido.

¿Cambió también España? Eso dicen, pero allá ella. No es asunto que me incumba. Voy a confesar, padre, algo terrible. Me acuso de que no me personé en las urnas el día en que mis supuestos compatriotas desfilaron ante ellas para dar el sí a la Constitución. ¿Y cómo rediez iba a hacerlo si la cosa me pilló en Marruecos dando clases (pocas) en la Universidad de Fez, disfrutando de la vida (bastante) en las dos orillas del Estrecho, fumando pésimo hachís de Ketama (a granel), seduciendo a todas las señoritas (muchas) que el demonio ponía a mi alcance y atando los últimos cabos sueltos de mi magna obra Gárgoris y Habidis?

Constitución, democracia, posfranquismo, tejerazos… No tenía yo tiempo para tales minucias. Solo lo tenía para beberme el vivir a chorros. Era un acratón, y lo sigo siendo. Las cosas de la cosa pública nunca me han interesado. Que gobiernen los políticos, esa gente tan aburrida. Para eso los pago. Fui, padre, un hombre puro hasta que en 1993, ruborizado, avergonzado, perdí el virgo y voté, pero lo hice en defensa propia, que es circunstancia atenuante. ¡Llevábamos once años de socialismo a cuestas! Yo solo me meto en política cuando quien manda me toca los cojones. Franco lo hizo. Felipe, también. Zapatero… ¡Uf!

A lo que iba… 1979 fue para mí, a todos los efectos, el año de la España Mágica, el de Gárgoris y Habidis, tochazo que en realidad había roto aguas ―las de su primera edición― un poco antes: llegó a las librerías el 28 de diciembre del 78. En tal día como ése, el de Inocentes, tuvo que ser, puesto que yo lo era, inocente, e ignaro aún de lo que se me venía encima: éxito, fama, prestigio, popularidad… Una catástrofe. Una dolencia que es imposible detectar a tiempo. Cuando se percibe el primer síntoma, la metástasis es ya irreversible. No hay nada que hacer. Nada. No vale cerrar el pico, ingresar en un convento o irse, como yo lo hago, a las antípodas. Coger esa enfermedad, la de la fama, no es, por suerte para muchos, fácil, pero dejar de ser famoso es imposible. Yo me he rendido.

Total: que salió el libraco y mi vida de hippy amamantado con pipones de charas en Kathmandú y transterrado a Soria cambió, como digo, de arriba abajo, y no siempre ni en todo para mejor. Mi camisa, hasta entonces, había sido la del hombre feliz: sin bienes raíces (excepto la guardillita de la calle de la Madera en la que tantas cosas sucedieron, tantos polvos eché y echaron otros, y tanta gente vivaqueó), sin un duro y sin enemigos. Pero fue aparecer el libro ―que en eso, al menos, resultó mágico, sí, pero de magia negra― y llegar las envidias, las cuchilladas, los sinsabores, las enemistades gratuitas y el dinero, ese cabrón que sólo trae complicaciones y obliga a vivir por encima de las necesidades.

Tenía yo leído, en Ortega, que el mal de España no es la sífilis, como aseguran los franceses, sino la aristofobia (¡leña al que destaque!), pero nunca lo había sentido en carne propia. Fue puñetero y chocante, pero sobreviví y, encima, me divertí. Rabia rabiña. Todos los años se aprende algo nuevo.

Lo demás fue fantástico. Mi quehacer televisivo, en Encuentros con las Letras, se consolidaba. La autoridad competente, obedeciendo a presiones del Partido Comunista, del que yo había renegado quince años antes, prohibió un debate sobre mi libro en el que interveníamos Carlos Vélez, Juan Cueto, Savater, Arrabal y yo. No pasó nada. ¡Menuda se habría armado si hubiera sido al revés! Las ediciones del mamotreto, contra pronóstico, se sucedían. Agustín García Calvo, Torrente, Aranguren, Dámaso Alonso, Caro Baroja, Racionero y, de nuevo, Arrabal y Savater lo presentaron en una tumultuosa sesión, hoy legendaria, del Ateneo, que se puso a reventar. Manolo Cerezales publicó una crítica desmesurada en el ABC proclamándome patriarca (sic) de las letras españolas con un solo libro ―cuádruple, eso sí― y Joaquín Garrigues, herido ya por la leucemia, lo leyó en el hospital y se descolgó con un articulazo en El País (eran otros tiempos) donde sostenía que todos los antifranquistas, empezando por él, se habían equivocado en lo concerniente a su visión de España hasta que en eso llegó Gárgoris ―¡comandante de Cuba yo con estos pelos!― y los mandó parar. Areilza, poco después, dedicó a mi libro una tercera del ABC, palabras mayores, comparándolo con el Quijote y la busca del tiempo perdido. Era aquello hipérbole manifiesta, por no decir delirio, pero lo agradecí. Almorzamos luego juntos en El Bodegón, acompañados por Antonio de Senillosa, y con los dos mantuve a partir de ese momento larga y fecunda amistad. Tan fecunda, dicho sea de paso, que de ella, por transversa vía, di en fugaces amoríos con la gentil Cristina de Areilza, hija menor del prócer, que murió no mucho después, víctima de la misma enfermedad que se llevó a su pariente Joaquín Garrigues y descabezó en agraz la democracia. Ésta nació capidisminuida: Dionisio Ridruejo, al que tanto quise, ni siquiera vio morir a Franco. Éramos todos liberales. Senillosa se mató en la carretera y a Areilza lo secuestró el Alzheimer. Sólo yo sigo vivo. ¡Maldita sea!

Vuelvo a la España Mágica. No todo fueron flores. También hubo palos y reyertas. Cito, entre quienes me molieron las costillas, al bendito Paco Umbral, con el que me las tuve muy tiesas, a Carmen Martín-Gaite y a Leopoldo Azancot. Éste me acusó de antisemitismo. Él sabrá por qué. Yo sigo sin saberlo, pero su artículo, que apareció en El País, desencadenó una bonita zapatiesta en la que entré alegremente al abordaje con una tizona del Cid entre los dientes, un alfanje cordobés con vaina de marroquinería en la diestra y un garfio sefardí en la siniestra. El mito de las Tres Culturas, que hoy me parece de cartón piedra y tramoya barata, quedó, a partir de ese instante, servido y guarnecido. Mea culpa, pero también de otros. Fue un cristo, un alá y un yavé. Así éramos entonces: gente brava. Hoy reina en la república de las letras la paz de los cementerios y de la corrección política. ¿Por quién doblan las campanas? Ese lento tañer que rasga el viento… Escribo este artículo en día de Difuntos. No es tropo, sino data. ¿Será por algo?

Primavera, verano y otoño del 79. Me llamaban de todas partes, y a todas iba. Es mi modo de ser y era yo al escritor de moda. O sea: me metí en mil líos. Dar aquí cuenta de ellos, siquier sucinta, no es posible. Lo dejo para mis memorias, que están al caer. ¡Temblad, malditos!

El noventa y nueve por ciento de esos lances lo fueron de faldas. Me buscaban las chicas, embestía yo ―torito en puntas o, acaso, corderito― a todos los trapos, me llevaban ellas por donde querían con el engaño del percal de sus blusas y la seda de sus medias, y salía yo a menudo de aquellas batallas de amor en alberos de pluma, o de lo que ―aquí la pillo, aquí me la cepillo― se terciara, con banderillas de fuego puestas en todo lo alto.

Me corrijo: eran ellas quienes se me cepillaban. Siempre es así.

¡Jesús! ¡Qué tiempos aquéllos y cuánto mujerío, cuánta copa, cuánto porro, cuánta noche y cuánta libertad, promiscuidad y golfería! ¿Me pongo moños y coños que no son míos? ¡Qué va! Al contrario: me quedo corto. Soplaba el viento a mi favor e hinchaba mis velas. Era yo entonces, según una de las tres mujeres a las que dediqué mi libro, el pirata más hemingwayano de la costa y, además, salía en la tele, había corrido mil aventuras en los siete mares y… Lo diré, porque ellas lo decían: era guapo. ¡Quietos todos! Hablo de oídas, las doy por buenas y que se chinchen los feos.

Allá por junio, si es que no fue por septiembre, la CNT organizó una asonada cultural en el teatro Martín, que lo había sido de revistas y coristas, y su última jornada corrió a cargo de Bernard Henri-Lévy, Arrabal y este servidor de nadie. Fue la caraba. Pasó de todo. Había gente hasta en los casquillos de las candilejas. Nos rodearon los fachas y durante siete horas ni los ratones, que los había, pudieron salir de allí. Entre los presentes se encontraba, casi anónimo aún, un joven periodista, Pedro J. Ramírez, que al día siguiente publicó en el ABC un artículo, titulado Arrabal, Lévy, Dragó, en el que sostenía que lo nuestro había sido el acto político más importante del posfranquismo. Como suena. Lo leí, cogí el teléfono, llamé al autor y… Bueno, ésa es, seguramente, la razón de que esté yo ahora escribiendo para El Mundo una croniquilla del año en que España fue mágica. Arrabal y Lévy también son colaboradores, y algo más, como yo mismo, de este periódico.

Llegó diciembre y me dieron el premio Nacional de Literatura: un millón de pelas. Las cogí, me compré un Land Rover y, como Woody Allen, salí corriendo. Estaba harto de tanta fama, tanto premio, tanto lío, tanta chica y tanta leche. El 1 de enero, en la plaza soriana del Chupete y en presencia, como testigos, de los Sánchez-Gijón, Aitana incluida, estrellé una botella de Codorniú contra el capó del vehículo, le impuse el nombre de Gárgoris y enfilé con su morro la ruta de Estambul, de Aleppo, de Damasco, de Ammán… Quería llegar a Kabul. A bordo íbamos mi hija, mi novia y yo. Anochecía. A poco de salir de Soria nos cerró el paso, plantada en la carretera, una lechuza. Frené a tiempo, voló y lo tomé por buen augurio.

Lo era. El año en que mi mundo saltó por los aires había terminado y yo volvía al camino y, como la lechuza, al vuelo: feliz, desconocido y libre.

Pero eso es ya otra historia. Mágica, por supuesto.

Publicado en: ...el 17 Septiembre 2008 @ 14:23 Comentarios (148)

DRAGOLANDIA: Isaac


El escritor Isaac Montero, fallecido a los 71 años

Lo llamábamos así: Isaac, a secas, quitándole el Fernando que antecedía a su segundo nombre de pila y el Montero que le servía de apellido.

Murió, de repente, en algún momento de la noche del martes. Fue la del granizo. Había cenado en casa de una vecina, había dado cuenta de una botella de vino y, a eso de las doce y media, se había ido a dormir. Todo, en él, parecía normal.

A la mañana siguiente lo encontró la asistenta. Estaba, yerto, en el suelo de su dormitorio. Vivía solo y murió solo. Acabo de decir una tontería: siempre se muere (y se nace) a solas.

Él era, sin embargo, hombre de muchos amigos, de mucha conversación, de mucha sobremesa. Desde lo alto de su anchísima frente, que la calvicie había ido ensanchando, cincuenta y dos años de intensa fraternidad, interrumpida a veces por exilios y desacuerdos, me contemplan y mueven ahora mi pluma.

Nos conocimos en la universidad, vencido ya el ecuador de los años cincuenta, cuando el antifranquismo de quienes por allí andábamos era caldo de cultivo de amistades que nunca naufragarían al paso de la existencia ni en los inevitables vaivenes de las coincidencias y disidencias ideológicas.

Fue, en mi generación literaria, la del 56, el segundo escritor, en orden cronológico, que se echó al ruedo del papel impreso. Empezó Gonzalo Suárez con un libro de cuentos (De cuerpo presente, como lo estaba el otro día sobre el pavimento de su casa el hombre al que estas líneas sirven de homenaje póstumo) y luego, enseguida, llegó Isaac con un par de novelas cortas.

No voy a glosar su carrera literaria, intensa, fecunda y no siempre bien entendida, porque ya lo hecho en un obituario de El Mundo impreso el crítico y profesor Santos Sanz Villanueva. Estas líneas no quieren hablar del escritor, sino enviar un último abrazo al amigo.

Aquí lo tienes, Isaac.

El martes por la noche había ido yo a visitar a un pariente muy querido y ya muy anciano, y al salir de su casa recordé que es obra de misericordia, y de recíproco consuelo, y de sentido común, rendir eso, visita, a quienes por ley de edad y de estado físico pueden morir en cualquier momento. Pensé entonces, palabra, en Isaac, y me juré que al día siguiente lo telefonearía. Ya no pude hacerlo. Fue una amiga común quien me telefoneó a mí esa misma mañana para decirme que había muerto. Siempre se llega demasiado tarde a las citas del corazón. El suyo, por cierto, estaba ya vapuleado, como lo está el mío. Llevaba un stent. El más allá le había dado tres avisos en forma de dos infartos y un pequeño ictus sin aparente importancia. La tenía, al parecer. Sonó en la noche del miércoles el cuarto trompetazo, y ya no hubo más. Granizaba, ya he dicho. Las mulillas se lo llevaron.

El nombre de Isaac se suma, en mi agenda de amigos, al de otro muertos recientes: Antonio Cabezas, Luis Cencillo, Leopoldo Alas, Juanma González… Esa agenda, de la que voy borrando con tipex los teléfonos prescritos, parece ya una dentadura mellada. Muy mellada.

Ayer enterramos a Isaac en el cementerio civil. No había ido yo a él desde que hace unos años murió Esther Benítez (Tereto), otra amiga de siempre, traductora insigne y esposa del escritor hoy fallecido. Estábamos alrededor de la fosa de éste, mientras el féretro descendía a sus entrañas, muchos de los de entonces.

Alguien lanzó una pregunta retórica:

–¿Quién será el próximo?

Fui yo quien recogí el guante…

–Está aquí –dije–. Entre nosotros.

Morir es el único argumento de la obra. Envejecer, no.

Hasta la vista, Isaac.

Publicado en: ...el 15 Septiembre 2008 @ 12:20 Comentarios (11)

EL LOBO FEROZ: Garzonerías

“La moza y el garzón –las cabras ramoneando y los puercos hozando– se perdieron, montarral abajo, en busca del áspero y saludable nido de hacer las cochinadas”. La cita es del Viaje andaluz de Cela y muy anterior a la última garzonería de cierto juez de universal renombre. Parece, sin embargo, descripción bastante exacta de lo que ese garçon quiere hacer. Sobra la moza, que lo esperará –si la tiene- en su garçonnière, pero las fosas comunes de la guerra civil suelen estar en el monte, entre ellas triscan las cabras y los cabritos o buscan sustento los animales de bellota, y cochinada, aunque no saludable, por serlo de necrofilia, parecerá a media España la intentona de reabrir lo que los sayones del Caudillo llamaban Causa general. El juez en cuestión se cree Jesús de Galilea, pero no el de los evangelios, sino el de la Segunda Venida, que reaparecerá el día del Fin de los Tiempos con la balanza de Osiris en la mano zurda para impartir justicia universal así a los vivos como a los muertos. Quienes pelearon a las órdenes de Stalin se sentarán entonces a la diestra de Zapatero y quienes lo hicieron en las filas de Franco serán definitivamente arrojados a otra fosa común: la de las tinieblas infernales. La megalomanía, ¿es falta o es delito? Si lo segundo, ¿por qué no se autodenuncia, se autoinvestiga y se autojuzga el juez al que me refiero? Entraría así en el Guinness, lo que aliviaría el mono de su afán de notoriedad. También podría figurar en él por ser ejemplo de juez que se enfrenta a las leyes. No nos vendría mal a los españoles tener en ese libro a otro plusmarquista ahora que el Financial Times nos califica de pigs, y acierta, porque hozar en el fango –son sus palabras– es lo que pretende la iniciativa a la que apunto y contra la que disparo. ¿Quousque tandem, Garzo, abutere patientia nostra? ¿Hasta dónde y cuándo quieres remontarte, oh doctísimo Kalíkatres de nuestra Audiencia Nacional? ¿Nacional? ¡Qué digo! Será Republicana. ¿Por qué, ya metidos en gastos, no abres diligencias contra Ditalcón, Aulaces y Minuro, que traicionaron a Viriato, aquel Durruti de Ibarra, y lo entregaron a Roma? Zapatero sí paga a traidores. Seguro que los de la Memoria Histórica localizan la sepultura. Señoría: esto es una epístola moral, y moral es la autoridad con que la escribo, pues soy huérfano de guerra, mataron a mi padre los de Franco, no los suyos de usted, precisamente en los días a los que sus pesquisas hacen referencia, he dedicado diez años de mi vida y una novela de setecientas páginas a investigar lo sucedido y, sin embargo, le pido por favor, en nombre de mi padre, y en el de todos los caídos en los dos bandos de aquella guerra inicua, que no se meta en eso, porque no es asunto suyo, ni de nadie ya, por suerte, a estas alturas. No hoce en nidos ajenos. Permita, como dijo Jesús, en usted reencarnado, que los muertos entierren a sus muertos. No haga vudú, no los convierta en zombis. Los mató la guerra. Sea usted justo. Tienen derecho a descansar en paz.

Publicado en: ...el 12 Septiembre 2008 @ 10:23 Comentarios (3)

Y lo que te rondaré


Miguel Ángel Perera y Manzanares salen a hombros de la goyesca

La goyesca empieza en la estación de Atocha. O en la de Santa Justa. O en el aeropuerto de El Prat. A Ronda, en tal día como ése, por todas partes se va.

El filósofo Víctor Gómez Pin, que no venía de Barcelona ni de París, sino de Vladivostok, me explicaba por la noche que él llegó a esa cita cuando no lo hacía casi nadie. Lleva cuarenta años acudiendo al capote de la goyesca. Quien entonces lo desplegaba era nada menos que Antonio Ordóñez. Su numen y su soplo estaban el sábado en la plaza.

Estación de Atocha, decía… El Altaria iba lleno de aficionados de relumbrón. En eso apareció Ana Peral, jefa de prensa de Perera y custodia de su traje goyesco, que no era de Armani, sino de Fermín, el sastre taurino de la calle Aduana. Lo había estado cosiendo hasta las diez de la noche del día anterior. Manzanares tampoco tenía el suyo. A las tres de la mañana aún estaban dándole los últimos hilvanes. Tenían que recogerlo a tan intempestiva hora las gentes de su cuadrilla, que venían en coche desde Palencia.

Imaginé a los dos toreros aguardando en el Reina Victoria con el alma en vilo, sentados en una silla de enea poco menos que en calzoncillos y encomendándose a los ángeles de Rilke, cuya sombra, como la de Ordóñez, también andaría por allí, para que los trajes llegaran a tiempo. Su súplica fue atendida.

Había otra sombra, que era ducha de agua fría, flotando en el aire festivo de la ciudad: la de Cayetano, embestido pocos días antes por una locomotora de seiscientos kilos en el paso honroso de Palencia. ¡Aúpa, torero! Ronda sin ti es menos Ronda.

Más sombras. Escribo estas líneas en la cripta del hotel San Gabriel, de cuyas paredes cuelgan fotografías de Ordóñez, de Orson Welles, de Hemingway… La Edad de Oro. ¿Está volviendo?

Lo que dio de sí la corrida, que no fue poco, ya está contado. Ronda es Ronda: pebetero, exquisitez, elitismo, buena educación, alta cultura y división de opiniones. Los toros no permiten el pensamiento único. Todos andábamos contentísimos, menos Gómez Pin, que echaba humo por las orejas. Sus críticas, inteligentes, caían en el vacío.

Ganado sin casta. No hubo picas, y si no hay picas, no hay quites. Piques, en cambio, sí. Fran no quería irse de vacío en su feudo y en presencia de su preciosa hija, y lidió el sobrero. ¡Y tan sobrero, porque sobró su oreja! No importa. Era un regalo. Estaba en su plaza y en su día. A Perera y a Manzanares, en cambio, nadie les regaló nada. Tres orejas para cada uno, merecidas. El pacense, que torea ya en los mismos terrenos donde lo hace Tomás, tuvo que inventarse a sus dos toros, ladrillo a ladrillo, pero lo hizo con la eficacia de un constructor de catedrales. Mérito largo, el suyo, como largo es su toreo. Ciclón Perera: pondrán su nombre a un huracán del Caribe. El alicantino tuvo suerte. Le tocó el mejor toro, pero con los dos de su lote enhebró pases de ensueño. Orson, Ernesto, Antonio y Corrochano lo aplaudían desde el cielo, porque están allí. Al infierno, en cambio, se irán de patitas los taurófobos que acaban de profanar la tumba de Julio Robles con pintadas de verdugos nazis. ¡Mala gente, dijo Machado, que va apestando la tierra!

Publicado en: ...el 11 Septiembre 2008 @ 12:20 Comentarios (5)

EL COBAYA: Flores de acequia

En Esparta curtían a los niños y a los adolescentes para que llegaran a ser adultos capaces de plantar cara al enemigo en las Termópilas, empuñar los riendas de la polis, aportar granos de arena o pepitas de oro al funcionamiento de la misma y cuidar de sí mismos y de los suyos. En Atenas, ni les cuento. Por sus ágoras andaban gentes como Sócrates, Platón y Aristóteles, por citar sólo a los tres dioses mayores de la filosofía griega.

Eso sí que era, en ambos casos, asignatura de educación para la ciudadanía. La famosa paideia: un armazón de gnoseología, principios éticos y normas estéticas que enseñaba y, a la vez, obligaba al educando a convertirse en hombre de provecho. Nada que ver con el impune infanticidio de nuestro actual sistema pedagógico.

Mens sana in corpore sano, sí, pero de nada sirve la robustez del segundo si no va acompañada por la solidez de la primera. Lo uno y lo otro, no lo uno o lo otro. Conjunción copulativa, no disyuntiva. El matiz es importante.

Viene esto a cuento del síndrome postvacacional, esa idiotez, de la que tanto hablan en estos días los telediarios. Baja uno la guardia, enciende en un momento tonto la caja ídem y aparece en ella la imagen de un cretino barrigón con una caña en la mano o de una mema en biquini de todo a cien hecho en Shanghai explicándonos que las vacaciones se acaban, que el mar estaba muy fresquito, que la suegra y los nenes han sido menos pelmazos de lo que se temían, que han desconectado durante dos semanas y que el regreso va a ser durísimo. Tanto, añaden, que tendrán que ir al psicólogo. Parece ser que en algunas empresas ya los contratan de oficio para que los empleados no se pongan a hacer pucheros delante del ordenador.

¿Desconectar? ¡No te fastidia! ¡Serán cursis! ¿Por qué no dicen descansar? ¿Son electrodomésticos y no personas? ¿Se enchufan a la red?

Pero no es eso lo peor. Lo peor es lo del síndrome y su coletilla: los psicólogos. ¿Por qué hasta hace pocos años nadie hablaba de tan curiosa enfermedad? ¿Éramos antes de hierro, hercúleos, insensibles al dolor e inasequibles al desaliento, y ahora somos delicadísimas flores de acequia incapaces de hacer algo tan sencillo como irnos de veraneo y volver al cole sin que nos metan en la UVI, nos apliquen apósitos de árnica en las heridas de la psique y nos hagan cocolinos con una pluma de pavo real antes de contarnos el cuento de Blancanieves y subirnos el embozo de la sábana?

¿Psicólogos? ¡Una buena tanda de azotes es lo que yo le daría a todos esos gandules y luego a la cama sin cenar!

Tampoco entiendo que los familiares de las víctimas de una catástrofe –la del avión de Spanair, por ejemplo- necesiten la ayuda psicológica de un extraño para superar el trance en vez de hacerlo por sí mismos y entre su gente, pero eso es asunto de más envergadura. Lo dejo en el aire.

Publicado en: ...el 10 Septiembre 2008 @ 03:56 Comentarios desactivados

DRAGOLANDIA: Jueces por la partitocracia


Zapatero y Rajoy en su último encuentro en la Moncloa el 23 de julio de 2008

Cambio de régimen. El país –sus gentes- se cruza de brazos, desvía la mirada y sigue yendo a lo suyo mientras el sistema democrático se desmorona. Sólo unos cuantos periodistas y algún que otro contertulio patalean. Es lo de siempre: España no tiene pulso.

El lunes, cogiditos del brazo todos, los del gobierno, los de la oposición y los chicos del coro de la opereta nacionalista, se apuntilló el toro de la democracia. Andaba ésta herida de muerte desde el verano del 85, cuando los socialistas vincularon el poder judicial al legislativo, pero los del PP, aunque sólo fuera de boquilla y por guardar las formas, no avalaban la felonía ni estaban en ese ajo. Ahora ya lo están, metidos en él hasta el cuello. Son cómplices de los liberticidas en un delito de alta traición, pues traición y delito es convertir a los jueces en piezas del engranaje de la partitocracia.

Se veía venir, sabíamos todos que en septiembre pasaría eso, y lo sabíamos desde que Zapatero y Rajoy –don Juan y doña Inés- representaron en la Moncloa, sin esperar a noviembre, la escena del sofá, pero el dolor sólo duele cuando llega. Y ya ha llegado. A partir de ahora ni siquiera es necesario fingir. Los miembros del Consejo General del Poder Judicial son, simultáneamente, jueces y partes en todas las cuestiones que se sometan a su alto arbitrio. Nunca mejor dicho lo de partes, pues los nombran los partidos. Y, desde Roma, y en estricta aplicación de los principios de la más elemental lógica aristotélica, eso es, por definición, incompatible a rajatabla con la idea y la esencia de la Justicia.

¿Qué podemos hacer?

Respondo: nada. Así de sencillo, así de triste. ¿Sustituir, en las próximas elecciones generales, a Zapatero por Rajoy, o por quien sea, y a los del PSOE por los del PP? ¡Pero si son iguales! ¿Votar a Rosa Díez estemos o no de acuerdo con la totalidad de su programa? Servirá de poco. ¿Irnos a tomar unas cervecitas mientras los súbditos de la partitocracia acuden mansamente a las urnas? Quizá sea eso lo más digno.

Y una de dos, amigos: o lo que hay aquí no es una democracia, y en tal caso yo aún puedo llamarme demócrata, o sí lo es, y entonces…

Rellenen los puntos suspensivos. Dicho queda.

Publicado en: ...el 09 Septiembre 2008 @ 10:11 Comentarios desactivados

DRAGOLANDIA: Verano indio


La máquina de escribir de Umbral en su casa

Así se llamaba uno de los treinta y ocho relatos de mi dilecto Hemingway, y así ―indio― ha sido para mí este verano: dos meses fuera del mundo, en territorio sioux, comanche, cherokee, fuera del radio de acción del Quinto de Caballería y a solas, como quien dice, con mis fantasmas y con el ordenador.

Lo de los fantasmas es exacto, porque estoy escribiendo mis memorias, no vaya a ser que la muerte borre su disco duro, y lo otro, lo del ordenador, también, porque ésa ha sido, para mí, la gran novedad del verano. A comienzos de julio arrinconé la Olympia, amiga fiel, esposa eterna (aunque en terceras nupcias, porque antes estuve casado con la Underwood y la Hermes), pero arrinconado estaba yo también por el acoso de la informática. Me he rendido, y mal que bien voy tirando. Soy un traidor. ¿Me traicionará el aparatito que ahora tengo frente a mí? Aún no lo ha hecho, pero los amigos me dicen que lleve cuidado y no me confíe, porque es un cabrón que de repente va y te borra cincuenta páginas paridas con el sudor de las neuronas. Veremos.

Experiencia interesante, en todo caso. Umbral decía que el ordenador cambia el estilo. No sé en qué diablos se basaba, pues él no traicionó nunca a su Olivetti y siguió aporreándola hasta el último minuto, pero tenía razón: no se escribe igual con teclas de varilla de acero (aunque las de la Olivetti son de cadmio y, por ello, quebradizas y carentes de elasticidad) que con teclas platónicas, las de los ordenadores, que activan metafísicos puntos de conexión con lo invisible.

Escribir a máquina es como esculpir a martillazos, con esfuerzo hercúleo, estatuas gigantescas extraídas de roqueños bloques de mármol. Miguel Ángel, por ejemplo, arrancando a viva fuerza su David o sus impresionantes schiavoni, que dejó a medias, a las ciclópeas paredes de las canteras de Carrara. Hacerlo, en cambio, con un ordenador es convertirse en artesano del metal, en soplador de vidrio, en orífice, en joyero, en relojero, en aprendiz de Benvenuto Cellini… Se corta y se recorta, se afila y se perfila, se añade y se suprime, se pega, se despega, se traslada, y es el cuento de nunca acabar. La literatura como filigrana.

Cierto escritor inglés de cuyo nombre querría, pero no consigo, acordarme -¿debería buscarlo, ya puesto, en Wikipedia?- confesó que publicaba sólo para dejar de corregir. Imaginemos lo que habría dicho, y el purgatorio en el que su existencia se habría transformado, si hubiese nacido en esta época. Ni siquiera conoceríamos su nombre. Nunca habría publicado nada. ¿Será ése, a partir de ahora, mi futuro?

Bueno… No soy Nerón. El mundo no perdería un gran poeta. Tampoco, por desgracia, soy Miguel Ángel ni Benvenuto Cellini, pero sí persona paciente, voluntariosa y resignada. Prolongo ahora mi verano indio. Vuelvo al trajín de las memorias. Sigo escribiéndolas.

¿Escribiéndolas? Perdón. Quise decir corrigiéndolas.

Publicado en: ...el 08 Septiembre 2008 @ 13:35 Comentarios (12)

DRAGOLANDIA: Decíamos ayer


El escritor Leopoldo Alas en su programa de radio Entiendas o no entiendas

Ayer, no. Fue el 3l de julio cuando cerré los postigos de este bloc. Lo de blog no me gusta un pelo. Escribo en castellano. No soy un cibernauta. Me he pasado al ordenador, sí, pero lo utilizo sólo como procesador de textos. De ahí a otras cosas media un triple salto en el vacío, y por supuesto sin red. Aún no tengo carné de conducir por Internet. ¿En qué academias enseñan eso? ¿Podrá sacarse a mi edad? ¿Tendré que someterme a pruebas psicotécnicas? Hakuna matata. Vamos allá. Mis amigos no salen de su asombro. Luis Alberto de Cuenca me dice que soy un moderno. ¡Caramba! Es la primera vez que me llaman eso.

Lo de procesador tampoco me gusta nada. Me da repelús y mala espina. Suena a Tribunal de Represión de Masonería y Comunismo. Fue éste muy famoso. Cosas de Franco. ¡Mira que tú que mancomunar judicialmente a los comunistas y los masones! Era aquello meter a dos gatos, callejero el uno y de Angora el otro, en el mismo saco. A mí también me procesó.

Para procesadores, Garzón, que se cree Jesús de Galilea y dentro de poco, al paso que va, dictará orden de detención contra Poncio Pilato, Caifás, el Sanedrín en pleno y Judas. Éste último por malversación de fondos. ¡Y hale, todos, también, en el mismo saco! Me he desayunado esta mañana con la noticia de que el susodicho juez quiere investigar lo sucedido en Madrid, Sevilla, Córdoba y Granada durante la Guerra Civil y los primeros años del franquismo. ¿Por qué no, ya puestos, también los del segundo? Igual averigua por fin cómo, por qué y a manos de quién fue asesinado García Lorca. Seguro que a Ian Gibson le inquieta la noticia. ¿Qué dirán Hugo Thomas, Stanley Payne y Paul Preston? ¡Este Garzón!

Ya he dicho que cibernauta no soy, pero psiconauta, sí. La última vez que ingerí una sustancia enteogénica fue en compañía de Leopoldo Alas y otros amigos. No diré el nombre de éstos, no vaya a ser que Garzón los procese, pero el de Leopoldo, sí, porque ya se encuentra fuera de su jurisdicción. Murió, como seguramente saben los lectores de este cuaderno de psiconáutica, mientras sus postigos permanecían cerrados. Fue, para mí, una de las tres peores noticias privadas del verano. De las públicas no voy a hablar. Ya lo ha hecho todo el mundo. También murieron Luis Cencillo y Solzhenitsin. Sirvan estas líneas de íntimo, personal, privado homenaje a los tres, pero sin orla ni corbata negra. El luto sólo debe ser interior, y cuando no lo es, como en el caso de los políticos que han chupado rueda del avión de Spanair, es cinismo, trepa y vanidad. El Lobo Feroz lo ha dicho en la edición impresa de este periódico, y yo lo reitero y lo remacho aquí.

Termino. Ya está bien por hoy. No hay que forzar los motores después de su reposo. ¿Reposo? ¡Pero si me he pasado el verano –entre diez y doce horas al día, palabra- sentadito ante el ordenador para escribir mis memorias! El escritor siempre está de guardia. Servidumbre y privilegio de la literatura. No nos afecta el dichoso síndrome postvacacional. Tontunas. Decíamos ayer…

Publicado en: ...el 07 Septiembre 2008 @ 14:39 Comentarios (10)

EL LOBO FEROZ: Guerra fría

Los paralelismos suelen ser capciosos. ¿Vuelve Europa a las andadas? Decía Marx que la historia repica siempre dos veces, una como tragedia y otra como farsa. Lo de Osetia es, además, ceremonia de la confusión. La mía, por ejemplo. Nunca he navegado por las aguas de esa Última Thule. Sí lo he hecho, en cambio, y no por gusto, sino por fuerza (la de la edad), en las de la guerra fría. Voy a decir un disparate. A muchos de quienes escriben en este periódico se lo parecerá. ¿Fue tan malo ese trastorno bipolar como lo pintan? Dudo de casi todo, luego pienso. Lo fue, malo, malísimo, para los millones y millones de personas que vivieron y murieron aplastadas por la bota soviética. No voy a ser tan miserable como para dudar también de eso. Pero, ¿lo fue para el resto del mundo? Salió éste de las garras de la guerra fría y cayó inmediatamente en las de la globalización. No es que sea yo enemigo a priori de ella, pues detesto la irracionalidad fascista y la empanada ideológica de los niñatos que la combaten, pero miro alrededor, lo hago luego hacia atrás y me rasco la cabeza. Desde que cayó el Muro ha habido muchas más guerras que en los cuarenta años anteriores. Ahora, sin ir más lejos, hay unas cuantas, y no de poca monta. Entre la llegada de los rusos al búnker de Hitler y la salida de los comunistas del vientre de la historia sólo hubo dos guerras de consideración: las de Corea y Vietnam. ¿Fueron válvulas de escape para impedir el estallido de la olla exprés? Cabría pensarlo. Cierto es que hubo zapatiestas coloniales en algunos sitios, carnicerías espantosas en el África Negra y qué decir de la historia interminable de Israel y Palestina, pero las primeras fueron cosa de dos, las segundas son rayo aparte que no cesa ni cesará y lo tercero no tuvo nada que ver con la guerra fría. Dejémonos de paralelismos, hablemos de constantes. Los pueblos tardan mucho en dejar de ser lo que fueron. Italia, hoy, sigue siendo Roma (la de los césares). Sarkozy remeda a Luis XIV, como lo hicieron De Gaulle y Mitterrand. México vuelve a ser balasera de Pancho Villa. Estados Unidos renunció a la doctrina Monroe por nostalgia del far west (Bush lleva sombrero tejano). Lenin asaltó el Palacio de Invierno para ser como Pedro el Grande, San Petersburgo se convirtió en Leningrado y Putin, que devolvió a esa ciudad su esplendor, es Catalina con los cojones del caballo del Espartero. Stalin había sido Iván el Terrible. Los Romanov no fueron los últimos zares. La Gran Rusia es un sueño eterno. ¿Cómo va a consentir Putin que el imperialismo de la Unión Europea –las cosas por su nombre– se extienda poco a poco hasta Siberia? Cese Bruselas de colonizar el mundo, de creerse en posesión de la verdad y de erigirse en bastión del pensamiento único. Dije que iba a decir un disparate. Es éste: detesto Europa –la de la Unión– hasta tal punto que sus enemigos son, sólo por serlo, mis amigos. Lamento, eso es obvio, las tropelías que el ejército ruso haya podido cometer en Osetia, pero entiendo a Putin. Dicho queda.

Publicado en: ...el 04 Septiembre 2008 @ 12:41 Comentarios (7)

EL LOBO FEROZ: Zopama y Bamatero

Convención demócrata, convención republicana… Los dados están en el aire, pero no sobre el tapete. ¿Jugará Dios con ellos? Habrá que tomar partido. Yo, aunque no tengo vela, lo tomo. Obama me descompone. No echaría con él unas manitas de póquer ni le daría el número del teléfono rojo. ¡Me recuerda tanto a Zapatero! No soy el único que lo dice. Él, en cambio, como su gemelo leonés, no dice nada, aunque hable mucho. Es un clown, no sólo un clon, pero sin gracia. Maldita la que tiene. Vende escardillos y musarañas. Expriman sus discursos: no caerá en el vaso un concepto o una idea. Sólo vaguedades ternuristas de cuentos para niños bobos. Lo votarán los mentecatos, pero el mundo está lleno de ellos. ¡Que nos lo digan aquí! Zopama y Bamatero son maestrillos de la misma escuela y flautistas del mismo coro. La escuela: mentir, prometer, engañar, dialogar, negociar, sonreir, socavar, no llegar a ninguna parte, no mantener la palabra dada… ¿Qué es el viento? Aire en movimiento. Ése debería ser su eslogan. El coro: change, change, change… ¡Qué matraca! Cuando oigo hablar a un político de eso, ya sé que estoy ante un botarate. ¿Cambiar qué? ¿Todo? ¿Algo? ¿De qué forma? ¿Con qué fin? ¿Qué pondrá el cambista en el lugar de lo cambiado? Se cambia para mejor o se cambia para peor. Lo del cambio es como lo del talante: un flatus vocis que por sí mismo no significa ni dignifica nada. Yes, we can. ¿Qué es lo que podemos? Falta el predicado, y sin él no hay poder que valga. No diga usted tonterías, señor Zopama, porque puede hacerlas. Y las hará, de fijo, si sus compatriotas le dan el poder de hacerlas. ¿Cometerán esa locura? Quizá, porque el mundo está lleno de mentecatos y el pueblo, cuando vota, se equivoca casi siempre. ¡Que nos lo digan aquí! Usted es peligrosísimo, señor Zopama. Bush se lo ha puesto tan fácil como Rajoy se lo puso a Zapatero. Encima, a diferencia de su homólogo, es guapetón, simpaticote y de raza negra, lo que siempre ayuda. Tiene ya ganado, de balde, el voto multiculturalista. Y eso que lo de su negritud es sólo una verdad a medias y, por lo tanto, otra impostura sabiamente manejada por su equipo de agitprop. ¿Negro usted, que es hijo de madre blanca? Dejémoslo en mulato, y va que arde. ¿Arderá América? No, no lo hará, aunque usted gane, porque allí mandan la ley y la sociedad. Los poderes del Presidente son, gracias a Dios (en Él you trust), muy poca cosa. Truman, Eisenhower, Kennedy, Johnson, Nixon, Carter, Ford, Bush I, Clinton, Bush II… ¡Menuda patulea! Y, sin embargo, su país ha sobrevivido a todos. Ya sé que me salto a Reagan. Adrede. Es la excepción a tanta mediocridad. Pero si usted gana, mi dilecto zapaterito yanqui, arderá el mundo, porque en él sí que mandan el Pentágono, el Capitolio y la Casa Blanca. Por eso yo, si fuese norteamericano, votaría a Sarah Palin. Me gusta esa mujer. McCain es una incógnita. Más vale bueno por conocer que malo conocido. Los dados en el aire. La suerte, por fortuna, no está echada. In God we trust.

Publicado en: ...el 02 Septiembre 2008 @ 13:19 Comentarios (2)

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