PRIMERA MEMORIA: Cuando éramos pobres y felices


Dragó a los veintitantos, con sus hermanos

Así terminaba París era una fiesta. Cito de memoria y sé que la memoria engaña, pero algo es seguro: yo era entonces joven, pobre, feliz y discípulo de Hemingway. Hablo del vino del estío de 1959. Estaba haciendo, servidor, la mili. La de verdad: no la universitaria. Nos dieron, a los de Zapadores, un permiso de tres meses, porque no había dinero para pagar el rancho. Acababa de separarme de mi primera mujer y estaba tan contento como el día en que aprobé el bachillerato. Necesitaría un espacio del que no dispongo para explicar aquí cómo carajo terminé a mediados de julio, y a la buena de Dios, sin dinero, sin bañador (lo alquilaba a crédito en la playa de Poniente) y acompañado por mi amigo Miguel Rubio, que tampoco tenía ni lo uno ni lo otro, en el paraíso —lo era entonces— de ese infierno que es hoy Torremolinos. A poco de llegar, la primera noche, entré en un bailongo que se llamaba El Dorado y conocí a una chica. Era muy guapa. Tenía diecinueve años (veintitrés yo). Se parecía a la Natalie Wood de Esplendor en la hierba y era eso: un esplendor. Me enamoré de ella. La cortejé. Se dejó cortejar. Pasamos así, y allí, seis semanas de sol, sal, pitas, chanquetes, ginebra, romanticismo, antifranquismo y amor sureño. Llegó septiembre, volvimos a Madrid, volví a la mili, seguimos viéndonos. Yo le gustaba, pero se resistía. El estado civil era mi hándicap: nadie puede imaginar hoy lo que en aquella época suponía estar separado en España. Ninguna mujer decente, y aquella chica lo era, podía entablar relaciones a la luz del sol con un hombre legalmente incapacitado para llevarla a la vicaría. Forcejeé todo lo que pude, que era mucho, porque el amor da brío, voluntad y alas. Seguía resistiéndose. Yo era ya, desde la infancia, escritor, y sobre todo, a la sazón, poeta con algún verso suelto publicado, pero un ramillete de poemas no bastaba para vencer el recelo de aquella criatura esquiva. Tenía que jugar más fuerte, y lo hice. Me encerré a mediados de octubre en una oficina de dos habitaciones que mi madre tenía alquilada en la calle de Preciados, pero en la que nadie trabajaba y me puse, enfebrecido, a escribir una novela. Lo era de amor, naturalmente, la titulé Eldorado y en sus páginas contaba, entre la realidad y el deseo, cuanto había sucedido en aquel pueblo, Torremolinos, asiento a la sazón del paraíso, donde Miguel, Carmen —que pasó a ser Laura en la novela— y yo, que en ella me llamaba Jaime, fuimos jóvenes, pobres y felices. ¿Bastaría con eso? Bastó. Escribí de un tirón, aporreando la vieja Underwood que había heredado de mi padre, trescientas veintisiete páginas en tres meses, se las dediqué, se las di a leer, y mi amada cedió. Se querían, sabedlo. Nos hicimos novios a la luz del día. Envié yo la novela, aunque publicarla no era su objetivo, a Carlos Barral. Me contestó con una carta muy curiosa. La conservo. Apostaba él en ella por el escritor, pero esgrimía reparos morales, no literarios, hacia lo escrito. Ahí quedó la cosa. No hice más esfuerzos. ¿Para qué si el porqué de la novela se había cumplido? La guardé en un cajón. Me siguió en las andanzas por el mundo. Sobrevivió a todo: a la cárcel, a los viajes, a las guerras, a las mujeres (hubo otras), al exilio. Muchos años después, cuando ya había yo publicado Gárgoris y Habidis, Rafael Borrás se enteró de la existencia de Eldorado, me la pidió, la leyó y la editó en Planeta. Era mi primer libro, pero apareció después del segundo. Casi un cuarto de siglo media entre el uno y el otro. Laura se quedó en sus páginas mientras Carmen, que aún era menor de edad, se fugó conmigo a Venecia, pero eso es otra historia que algún día, no lejano, contaré.

Publicado en: ...el 29 Mayo 2008 @ 10:48 Comentarios (8)

EL LOBO FEROZ: Notición

Seguro que me doblan el sueldo. He cazado una exclusiva: el infierno existe y no está en los ínferos, como se suponía, sino en un lugar concreto del mapamundi. Puedo dar fe de las dos cosas. Estoy metido hasta el gañote en él. Tendría que habérmelo maliciado. Anoche dormí en el motel 6. Forma parte de una cadena que salpica todo el país. Luego conduje durante muchas horas por la célebre Ruta 66 (la Mother Road de Las uvas de la ira). Llegué al hotel donde garabateo estas líneas y me dieron la habitación 666. Las señales han seguido acumulándose a lo largo de todo el día. Salí hoy al amanecer. Atravesé el desierto de Nevada en el que durante mucho tiempo se escuchó el fragor subterráneo de las explosiones atómicas que hacían saltar en añicos los cristales de las ventanas de la ciudad donde escribo. Sus habitantes presumían de protagonismo histórico y, en su locura, llegaron al extremo de elegir todos los años —corrían los cuarenta— a Miss Hongo Atómico. Dejé atrás el tártaro nuclear y me topé con el Valle de la Muerte. No es metáfora, sino topónimo. Subí en él al Zabriskie Point de la película de Antonioni y oteé el horizonte de la nada. Era bellísimo. En su vientre estaba la laguna Estigia. No había en ella agua, sino sal. Vadeé después un río seco: el del Olvido. ¿666, Zona Atómica, Death Valley? Itinerario de Osiris. Volví, mientras caía el sol, al hotel. Éste, lo juro, se llama Luxor y tiene forma de Gran Pirámide. Su mojón, gigantesco, es un obelisco con inscripciones jeroglíficas y su garaje, no menos colosal, remeda la Esfinge de Gizeh. Dejé en sus intestinos el coche, recorrí la galería conducente a la cámara funeraria 666 que el destino inexorable me había asignado y me puse a redactar esta columna. Fuera, en los círculos infernales del callejero de la ciudad, reina el calor ígneo que el imaginario popular atribuye a las calderas de Pedro Botero, pero en el interior de todos los edificios hace un frío que pela: el del aire acondicionado. El ruido es ensordecedor, aunque no traspasa las paredes de las criptas e hipogeos, y no cesa nunca. No hay en todo este báratro un solo lugar que no sea monstruoso. ¿Kitsch? No. Apoteosis del adefesio, victoria del disparate. Treinta y cinco millones de almas en pena, de zombis que no saben que están muertos, llegan aquí todos los años y colman los casinos, las discotecas, los espectáculos supuestamente musicales, las atracciones pueriles para adultos que no han crecido y los suntuosos restaurantes en los que sólo se sirve bazofia. Es la gran parada de la vulgaridad, la rebelión de la chusma, la glorificación del aturdimiento, la canonización del animalismo. Estoy horrorizado. ¿Cómo pueden existir lugares así? Sartre, aquel réprobo, acertaba: el infierno son los otros. Wojtyla, ese santo, se equivocaba: el infierno no es un estado de conciencia. El infierno, lector, está en Las Vegas. Lasciate ogni speranza, o voi ch’entrate. Yo, mañana, intentaré la fuga.

Publicado en: ...el 28 Mayo 2008 @ 18:33 Comentarios (1)

EL COBAYA: Un veneno vestido de novia

¡Es la leche!, cabría exclamar, pero no como metáfora castiza y elogiosa, sino en el sentido literal de la expresión. Aludo, en efecto, al líquido grasiento que fluye por el pezón de las ubres de las vacas cuando se las ordeña y que, sin fundamento alguno fuera del que la credulidad del pueblo y la publicidad de quienes lo venden le atribuyen, goza de tan buena prensa. Ya va siendo hora de que se la quitemos. Arrimé yo el hombro a esa tarea en el informativo Diario de la Noche —lo que suscitó no poco escándalo entre los ignorantes que desprecian cuanto no sea lugar común y entre los empresarios del sector— y en mi libro Kokoro, cuya lectura aconsejo, porque les levantará el ánimo, a quienes padezcan, hayan padecido o vayan a padecer (una de cada tres personas, como mínimo) alguna enfermedad del corazón.

Existen, abundan y hacen estragos en nuestra dieta habitual lo que los naturistas de la medicina alternativa y muchos nutricionistas de la oficial llaman “los tres venenos blancos”. Son éstos el azúcar (al que cabría añadir la sal), la harina refinada y la leche o, mejor dicho, los productos lácteos y no desgrasados en general, incluyendo el yogur, cuyos bífidos —inexistentes, por cierto, en todos los de elaboración industrial— tan buena imagen tienen, y exceptuando los quesos de Burgos, Villalón y similares. Pero de los unos y del otro, de los quesos (tan tentadores por su exquisito sabor como traidores por sus perniciosos efectos) y del yogur, hablaré otro día. Hoy me referiré sólo al veneno original, a la casa madre, por así decir, a la leche, a esa sustancia vestida de novia cuyo velo de tul ilusión es la ponzoñosa nata, que casi todos los seres humanos consumen con avidez suicida no sólo en el período de lactancia, sino durante el resto de la vida. ¿Conocen algún mamífero que lo haga? Pues comuníquenlo cuanto antes a los zoólogos y pasarán a la historia de la ciencia.

Explicar por qué la leche, lejos de ser un producto salutífero y en contra de lo que tantos piensan, es mortíferamente dañina para muchos de los órganos y funciones (las digestivas, las metabólicas, las cardiovasculares, las cerebrales, por ejemplo) del organismo requeriría mucho más espacio del que aquí se me concede. Volveré sobre el asunto en futuras entregas de El cobaya, pero tenga entretanto el lector la certeza de que sé lo que me digo, de que la ciencia me lo abona y de que no son las citadas, en resumen, cosas mías, extravagancias de Dragó, al que tanto gusta ese género, sino verdades de a puño respaldadas y apuntaladas por los nutricionistas, los cardiólogos, lo neurólogos y los endocrinos. La leche, por no servir, no sirve ni siquiera para retrasar o contener la osteoporosis, porque el cuerpo humano absorbe con mucha dificultad y en dosis inapreciables el calcio de origen vacuno. Las cifras son contundentes: la incidencia de la osteoporosis es más baja en los países donde menos productos lácteos se consumen.

Visite quien dude de mi palabra, si su economía se lo permite, cualquier clínica de punta de los Estados Unidos, y escuchará, de entrada, a portagayola, lo mismo que yo —hace ya de eso más de diez años— también escuché y, naturalmente, acaté (pues si no se obedece al médico díganme ustedes para qué diantre lo consultamos):

—Ante todo, no vuelva a probar una gota de leche en lo que le queda de vida. Olvídese de ella para siempre.

Quien lo dijo era el director de la clínica, y fue antes de iniciar su interrogatorio y el chequeo subsiguiente. Después añadió:

—Ni usted, ni nadie.

Aplíquense el cuento.

Publicado en: ...el 27 Mayo 2008 @ 20:54 Comentarios (14)

DRAGOLANDIA: Son como niños

Zafarrancho de infantilismo general: me doy de narices con él en todas partes. Y no sólo me inquieta, sino que además me irrita. No dejen que los niños con barba de púas y percebes en los cojones o las niñas con celulitis y tetas de silicona se acerquen a mí. No me gustan los adultos que creen en los Reyes Magos y en las cigüeñas que vienen de París. Me parecen patéticos, ridículos, deplorables. Peter pan era un niño que se negaba a crecer. Vale. Eso lo entiendo, pero lo contrario —personas hechas y derechas (o torcidas y retorcidas) que van por el mundo como si aún llevaran pantalón corto o braguitas de perlé— no cuela. Infantil me parece la pasión por el fútbol, las carreras de motos y de coches (ruido y monotonía: coñazo), los conciertos de rock (monotonía y ruido: rollazo), las manifestaciones, las celebraciones del 2 de mayo, los concursos de la tele, la tele en general, el turismo, los parques temáticos, el chateo por internet (no lo es, en cambio, infantil, digo, el de las tabernas), los videoclips, los videojuegos, la manía de fotografiarlo todo, El código Da Vinci y sus infinitos remedos, las novelas de Ruiz Zafón, los libros de autoayuda, la pseudoespiritualidad de Paulo Coelho, Susanna Tamaro, Jorge Bucay (plagiador que no se arrepiente de sus plagios e insiste en ellos) y otros redentores de sus semejantes y virtuosos del camelo, las sagradas escrituras de todas las religiones no politeístas —porque las politeístas no las tienen— y, en fin, y para no seguir enumerando casos y cosas per sécula seculórum, la mayor parte de lo que veo, de lo que leo y de lo que oigo. ¡El mundo de nuestros días, vaya!

Nací a destiempo. Me habría gustado hacerlo en la prehistoria, bajo Ramsés, cuando surgió la tragedia griega, en la Atenas presocrática o en la de Pericles, en la Roma de Cicerón, en la India de Buda, en la China de Confucio y de Laotsé, en la Persia de Zoroastro, en el Japón de Edo, en la Atlántida, en el continente de Mu y antes, en todo caso, de que el judaísmo, el cristianismo, el islam y Occidente —ese accidente— lo arrasaran todo.

Me habría gustado nacer cuando el hombre, a partir del mono, crecía y llegaba a sapiens, y no —como ahora— cuando el hombre mengua, deja de ser sapiens, se hace niño y vuelve al mono.

¿Algún ejemplo? Sea, pero uno sólo. Los niños, hasta los dos años, no saben hablar, y luego, durante algún tiempo, lo hacen sólo a bulto, sin vocabulario, sin morfología, sin sintaxis, sin prosodia, con semántica incierta y entre balbuceos. En la España de hoy, los ministros, a quienes por definición se les atribuye mayoría de edad, saber y gobierno, llaman desaceleración al frenazo de la economía y no sé cómo, porque carezco de memoria para lo absurdo, a los trasvases. Treta tan infantil, que a nadie engaña, es un insulto, pero cuela.

Tienen, todos, más de dos años, y de treinta y dos, y no saben hablar, luego no han crecido. Pueril es también la actitud de quienes los votan y dejan así el gobierno de la casa en manos de los niños. O de los monos.

Vivir —ya lo he dicho, me parece, en otra entrega de este blog— es ver volver. El hombre, en efecto, vuelve al simio. Y éste, cuanto más alto sube, dicen en África (y es también la segunda vez que cito ese proverbio), más enseña el culo. Los políticos lo tienen, por cierto, de mandril: calloso y tan duro como su cara.

Publicado en: ...el 26 Mayo 2008 @ 20:13 Comentarios (209)

EL LOBO FEROZ: Furgón de cola

¿Luz al final del túnel o farolillo rojo del viaje a ninguna parte? Siempre se ha dicho que España perdió hace mucho el tren de la historia. Lo decían los liberales, los afrancesados, los regeneracionistas e incluso, entre dientes, los patriotas, los de las caenas y los trabucaires de patilla de hacha. A todos, por cierto, los ha sacado de la fosa no común donde yacían y los ha puesto otra vez de moda la moda del 2 de mayo. De moda está asimismo decir —lo dicen las tres Españas: la del PSOE, la del PP y la de los chalés adosados— que ya no somos los últimos, sino al revés. El mundo se mira en nosotros, nos admira, nos envidia y nos imita. Ya no vamos, nos aseguran, en el pescante del tren de los hermanos Marx en el oeste, sino en el hocico aerodinámico de la locomotora del AVE. Se acabó eso de viajar sin billete sobre el parachoques trasero del convoy. Ahora lo hacemos en Club y somos el maquinista de la General.

¿Es cosa del ayer el pesimismo del 98 y aciertan, en cambio, los horterillas del gobierno, la oposición, la construcción y la televisión al proclamar, como lo hacía Pangloss y lo hace Zapatero, que vivimos en la mejor de las Españas posibles?

Soy de condición escéptica. Sólo creo en lo que veo. Me pongo los quevedos de Quevedo para mirar los muros de la patria mía y no hallo cosa en que posar los ojos que me mueva al optimismo. España sigue, como siempre, en el furgón de cola, cuando no parada en el andén viendo pasar los trenes, y va de mal en peor, digan lo que digan Zapatero y sus porqueros. Somos palurdos con ínfulas de nuevos ricos y alpargatas de plomo. Llegaremos, arrastrándolas, a la Stazione Termini del futuro cuando el futuro sea cosa del pasado. ¿Stazione Termini? Sí. No vamos solos: Italia corre pareja. Triste consuelo.

Telebasura, sequía, inmigración, alianza de civilizaciones, informe Pisa, mafiosos, pandilleros, puterío, atracos, subvenciones, botellones, relativismo moral y cultural, sinvergonzonería, burocracia, parálisis de la justicia, paro, malversación, inflación, recesión… Vale, vale. Basta y sobra con eso para justificar el pesimismo, pero hay más y peor en lo que a nuestro desalojo del tren de la historia se refiere. Ya lo han dicho muchos, y hasta un extraterrestre sin ojos lo vería: la izquierda está en trance de extinción. Sarkozy, Angela Merkel, Berlusconi, Bélgica, Holanda, Dinamarca, Suecia, Noruega, la Hélade… Y ahora, el laborismo británico, que de izquierda, por cierto, ya tenía poco. Lo de Gordon Brown ha sido el golpe de gracia. Portugal está al caer. Sólo España sigue erre que erre, mientras Zapatero, el último adalid, sordo y ciego, pero no mudo, se engalla, hace de la necesidad necedad, crea una superfundación de pensamiento socialista —contradicción in términis— y asegura que ese secarral sin trasvases será, Urbi et Orbi, el Vaticano de la izquierda. Cierto. Lo será. Otro no hay. El mundo se mueve, los parias de la tierra se espabilan, la evidencia se impone y España sigue donde siempre ha estado. ¿Quién da la vez?

Publicado en: ...el 23 Mayo 2008 @ 12:15 Comentarios desactivados

DRAGOLANDIA: Ingeniería, arquitectura, juventud (y III)

Lo era, sí, fantástico, y no sólo por lo que cuento, sino también por lo que aquí no cabe. Pero sabido es que nada dura: ni, por desdicha, lo bueno, ni, por fortuna, lo malo. De repente, cuando ya estaban a punto de hacerme fijo con todos los pronunciamientos favorables, transformando así mi precariedad de temporero en prebenda de por vida, se interpuso el Maligno. Antecedentes del caso: yo era entonces comunista de boquilla, acababa de salir en cuanto tal, unos meses antes, de la cárcel de Carabanchel, adonde me había enviado en enero del 58 el coronel Eymar, juez instructor del Tribunal de Represión de la Masonería y el Comunismo (matrimonio morganático y contra natura), y nadie, por supuesto, conocía en el Instituto mi subversivo historial. Pues bien: hete aquí que figuraba también en la nómina del centro, y con cargo de importancia, un hijo del coronel en cuestión, y por conducto suyo, y por casualidad, chivatazo o lo que fuese, salió a relucir mi condición de ex presidiario antifranquista. Mi puesto de redactor, por añadidura, y para agravar las cosas, había sido ocupado con anterioridad por mi compañero de celda e íntimo amigo Alberto Saoner, también comunista y filósofo en agraz, despedido manu militari a consecuencia de su procesamiento y encarcelamiento. Llovía, pues, sobre mojado, y no tardé yo en correr la misma suerte. La reacción fue instantánea. Dicho y hecho. Unas horas después de descubrirse la tostada me vi de patitas en la calle, aunque no sin haber pactado con quienes a ella me enviaban ―Cassinello no tuvo arte ni parte. Al contrario: me defendió, quiso impedirlo― la entrega, en concepto de indemnización, de una cantidad bastante sustanciosa, para la época, con la que esa misma tarde me fui a ver una película de Harry Belafonte en el cine Ideal y sobreviví unos cuantos meses. Los que me faltaban, por cierto, para irme a hacer la mili y a jurar bandera en el glorioso Regimiento de Zapadores, lo que de todos modos me habría obligado a abandonar mis tareas de editorialista y a renunciar al usufructo de un momio en el que por lo demás, y en razón de mi carácter y de mi culo inquieto, nunca me habría perpetuado.

Hakuna matata, pues. Así es la vida. Salí del Instituto, me adentré en ella, me separé de mi mujer, conocí a otra chica, le dediqué una novela, terminé la mili, rapté a mi amada, me la llevé a Venecia con pasaporte falso y…

Dios no ahoga. Primavera de 1959, Instituto Eduardo Torroja, ingeniería, arquitectura, juventud, divino tesoro que, según Stevenson, jamás se pierde.

Hasta aquí he llegado. Felicidades, Pepa.

Publicado en: ...el 22 Mayo 2008 @ 12:59 Comentarios desactivados

DRAGOLANDIA: Ingeniería, arquitectura, juventud (II)


Dragó, cuando rondaba la veintena

Era un mundo feliz. El lugar tranquilo y bien iluminado del cuento de Hemingway. Yo llegaba a las ocho y media, como todo el mundo, fichaba (nunca más volvería a hacerlo) y me iba a mi espléndido despacho, compartido con cuatro personas. A eso de las nueve señalábamos en un exuberante casillero de hotel de cinco estrellas lo que queríamos desayunar y una mucama de impoluto uniforme nos lo servía media hora más tarde en nuestra propia mesa. Mi trabajo, breve y leve, consistía en abrir ficha a los artículos que aparecían en la revista y, sobre todo, en escribir para ella, sin firma, dos o tres editoriales por número en los que aliñaba con sal, especias, imaginación, lirismo, verónicas y preceptiva literaria asuntos tan áridos y, para mí, remotos como lo eran los materiales pretensados, el hormigón, los rascacielos, las viviendas protegidas, los motocines o los reactores nucleares. Me salían bien. Eso, al menos, opinaban mis superiores. El más directo y el de mayor enjundia, casta y trapío se llamaba Fernando Cassinello, parecía un oso, estaba animado por una energía colosal y era tan aventurero como yo. Nos entendimos y nos quisimos desde el primer momento. Era un gozo trabajar con él. Murió años más tarde de malas fiebres cogidas en Nigeria al hilo de lances dignos de Tarzán. Su hija, Pepa, que a su tronco sale y lo recuerda en todo, es ahora amiga mía. Gracias a la generosidad de su padre, que jamás metió las narices en mi territorio ni me acotó el tiempo, pude preparar y escribir en mis horas libres, que eran casi todas, mi larga tesis de licenciatura sobre las Comedias Bárbaras de Valle-Inclán. El Instituto organizaba de vez en cuando cenas fastuosas, a decir poco, en las que me puse por primera vez (y casi por última), obligado por la etiqueta, incómodos y favorecedores trajes de esmoquin alquilados en Cornejo. Fue también allí, y por aquellos días, donde obtuve la única copa deportiva que, alérgico siempre a tales cosas, he conseguido en mi vida. Se produjo el milagro en el transcurso de una especie de minijuegos olímpicos organizados intramuros del centro para solaz de quienes en él trabajábamos, pero mi medalla tuvo trampa, porque lo fue por una carrera de natación por relevos en la que el mérito no era mío, sino de mis compañeros de equipo, que compensaron y sobrepasaron todo lo que yo perdí. También la copa se perdió. Me gustaría tenerla. Trabajaba en el Instituto, o más bien holgaba, como muchos lo hacíamos, un matemático inglés, filósofo neopositivista a su manera e individuo muy singular. Se llamaba Norman Barraclough y parecía salido de una novela del grupo de Bloomsbury. Nos hicimos muy amigos. Él, un par de secretarias del Instituto (Mariluz y Marisol, lo que venía a ser lo mismo, porque del sol viene la luz) y yo celebrábamos todos los lunes, a eso de las cinco, cuando dábamos de mano, unas curiosas reuniones de carácter filosófico a las que habíamos puesto el nombre de Lucisaba, con lu de lunes, ci de no sé qué, sa de Sánchez y ba de Barraclough. El Instituto amparaba aquella especie de conciliábulo de sociedad secreta y nos cedía una salita. Era fantástico.

Publicado en: ...el 21 Mayo 2008 @ 17:01 Comentarios (1)

DRAGOLANDIA: Ingeniería, arquitectura, juventud (I)


El arquitecto Eduardo Torroja

El 22 de mayo se inaugura en el palacete madrileño de lo que fue Escuela Especial de Ingenieros de Caminos —a saber cómo se llamará ahora— una exposición dedicada a conmemorar el sexagésimo aniversario de la revista Informes de la construcción, editada por el Instituto Eduardo Torroja, que ese prócer de la ingeniería española fundó dos años antes de que empezara la guerra civil. En dicha publicación y en dicho centro, qué cosas tiene la vida, eché yo mis dientes de leche como periodista de letra impresa y no sólo, como en mi niñez, autógrafa. Con anterioridad únicamente había publicado algunos poemas y tres o cuatro críticas y cosillas en cabeceras de poca monta. Pero en eso…

Primavera de 1959, Facultad de Letras, quinto de Románicas. Aparece en el tablón de anuncios una convocatoria para sentar plaza de redactor en la revista cuya trayectoria hoy se celebra. Yo no he terminado los estudios, aún tengo que hacer la mili, imito a Hemingway, estoy casado, mi mujer espera un hijo (o empezará a esperarlo de un momento a otro) y no tengo un duro en el bolsillo ni posibilidad alguna, a corto plazo, de obtenerlo. Me precipito, pues, telefoneo, me citan, acudo, cargo la suerte, arrollo, consigo el puesto, me pellizco. Es un chollo. Paso de la nada a una relativa opulencia. Me pagan decentemente. El Instituto es un edificio ultramoderno, bellísimo, soleado, acristalado, ajardinado, dotado de gollerías tales como en aquellos años lo era, por ejemplo, la climatización, que hoy nos parece pan de cada día. El comedor es espectacular, digno de película de Hollywood, merecedor de honores en revistas de papel cuché. En su centro hay palmeras que rascan la airosa bóveda del techo. Abundan las instalaciones deportivas: gimnasio, tenis, frontón, cancha de baloncesto, pistas, incluso, para correr, saltar y lanzar, y piscina, por supuesto, comparable a las de Esther Williams en Escuela de sirenas. Quizá exagere, porque soy dado a ello, pero no mucho. Don Eduardo Torroja, abuelo de Ana, la cantante de Mecano, al que sólo vi de lejos en un par de ocasiones, era amigo, discípulo y delfín en España de Frank Lloyd Wright, el mejor arquitecto, a mi juicio, y ya lo era entonces, de todo el siglo XX. El Instituto del que hablo parecía concebido por él.

Publicado en: ...el 20 Mayo 2008 @ 16:29 Comentarios (29)

EL LOBO FEROZ: ¡Vive la France!

Café olé: eso es lo que me trajeron el otro día cuando pedí un café au lait minutos antes de entrar en Las Arenas de Nimes. España me rodeaba. ¿España? Sí, pero ¿cuál?, porque hay muchas. ¡Pues cuál iba a ser! La de siempre, la eterna, la castiza (lo dice un ilustrado), la de charanga y pandereta (sin desdoro), la de Hemingway y Merimée, la que tanto gusta a los franceses y tanto disgusta a los afrancesados de 2008, a los progres, a los catalanistas y a Manolo Vicent. Éste pone todos los años, al llegar la isidrada, un huevo de serpiente antitaurina en su columna de El País. Y que no falte, me digo siempre cuando empieza mayo, porque el huevo de Manolo es a la Fiesta lo que la mona a la Pascua: señal de que no decae. Andaba ya preocupado. Pero no: Manolo acudió alegre, una vez más, a la muleta de san Isidro y, como la gallina papanatas, puso su huevo en la cesta de costumbre. Fue hace dos domingos. Decía el columnista que los aficionados somos jubilatas del Imserso y que a los zerolitos y chaconitas de la España faldicorta de Zapatero les pone más un derrape de Alonso que una chicuelina de Cayetano o un enceste de Gasol que una verónica de Ponce. ¿Hay que elegir? ¿Son lentejas? Aquí, en Nimes, querría yo verte, mascarita. Seguro que cambiabas de opinión, pues lo contrario sería indicio de insensibilidad rayana en rigor mortis. ¿De verdad te gustaría que los toros bravos muriesen en el matadero? Delito de vejación y tortura sería eso. ¡Si hubieras visto el de la ganadería de El Pilar que el sábado dio la vuelta al ruedo aclamado por quince mil personas puestas en pie! Acuérdate de Rilke, permite que los toros mueran de su propia muerte, con estocada de rosa, y mide, Manolo, tus palabras, no vaya a ser que los del Proyecto Simio y sus gorilas te nombren persona non grata. En Las Arenas de Nimes, levantadas por Octavio Augusto para celebrar naumaquias, desagua, cuando hay corrida, el Mare Nostrum que hiciste tuyo en la novela Son de mar, otra naumaquia, y hacen el paseíllo Aquiles, Hércules, Van Gogh —que a dos pasos de aquí cortó una oreja—, Picasso, Lawrence Durrell y Jorge Semprún. Junto a él, mi viejo amigo Federico Sánchez, vi el jueves la corrida en la que El Juli y Sebastián Castella volaron, como Ícaro, hacia el sol. No hay en España feria más española que la de Nimes: toros de verdad y toreros de cartel, sangría, paella, churros, chorizo, pasodobles, Bizet, sevillanas, botas y botijos. Cuanto huyó permanece y dura. No te desmayes, Manolo, no eches espumarajos por la pluma. Y todo eso dirigido y orquestado por un escritor, Simón Casas, marxista de Sarkozy y judío de Sefarad, que concibe la Feria como si fuese el Festival de Teatro de la cercana Avignon. Cada corrida, una obra; cada toro, un acto; cada lance, una escena: cada torero, Sir Lawrence Olivier. Las Arenas son Epidauro, el Globe, el Royal Shakespeare, la Scala, el Corral de Almagro… Ven por aquí en septiembre, Manolo. Seguro que Simón te invita. Decir en Nimes, cuando hay feria, ¡Vive la France! es gritar ¡Viva España!

Publicado en: ...el 16 Mayo 2008 @ 12:27 Comentarios desactivados

DRAGOLANDIA: Cinco días en otra ciudad

Y en otro mundo: el de Nimes, el de la Provenza, el de Francia. Hablará de todo eso El Lobo Feroz en su columna del próximo martes (edición impresa de El Mundo). Hoy me limito a exclamar: ¡qué alivio estar lejos de España!

Lejos y cerca, porque aquí, en Nimes, durante sus ferias taurinas —la de primavera, en la que andamos, y la de otoño, que llegará en septiembre— se respira una atmósfera mucho más española que la de la propia España. No busques a ésta en ella, ¡oh, peregrino!, diría Quevedo.

Ante todo, una rectificación. Supuse el otro día aquí mismo, en Dragolandia, que el costo del deplorable espectáculo ofrecido en la madrugada del lunes —profanación de una diosa, dije— por los hinchas del Madrid corría a cargo del contribuyente. Parece ser que no es verdad: lo paga el club. Retiro, en vista de ello, la denuncia por malversación de fondos públicos atribuida al ayuntamiento y mantengo sólo la concerniente al delito de alteración del orden acompañada por contaminación acústica y atentado al buen gusto en el centro de la ciudad. ¿Por qué un equipo de fútbol —el que sea— disfruta de patente de corso, bula y carta blanca en lo relativo a la celebración gamberra de un triunfo deportivo que muchos vecinos de la zona así devastada no sienten como suyo? ¿Se le permitiría hacer eso, dicho sea por poner ejemplos absurdos, a Juan Gelman por su reciente premio Cervantes, a Javier Marías por haber leído su discurso de ingreso en la Academia o a Ruiz Zafón por los tropecientos mil ejemplares que ha vendido de su última novela?

Ya sé que ninguno de los citados, escritores todos y, por lo tanto, gente de buen gusto, agradecerían tamaño dislate —¿se imaginan a Cela encaramado con todo su corpachón en lo más alto de la Cibeles el día en que le dieron el Nobel?—, pero el agravio comparativo existe. ¿Por qué los futbolistas sí y los artistas no? ¿No habíamos quedado en que las leyes sólo lo son cuando son iguales para todos? Madrid es una jungla. Por ella, de noche, aúllan los hooligans de color merengue y, de día, los manifestantes. Confínese a los primeros en el Bernabéu para que den allí rienda suelta a sus berridos y enciérrese en el manifestódromo que la gente de bien pide sin alzar la voz, porque es educada, para que en tal recinto —acústicamente aislado y situado extramuros— pataleen, lloriqueen y protesten cuanto les venga en gana.

¡Qué alivio, decía, estar lejos del país de opereta bufa que se extiende al sur de los Pirineos, allí donde Europa creyó durante tantos siglos que empezaba África! Son las tres de la tarde, estoy en el hotel, pongo la tele y veo a don Erre que Erre diciendo que en el PP impera el sentido común y a la señora de los mil trajes anunciando que pronto habrá una ley de libertad religiosa. Segundo toro del Niño de la Nada: ya empezamos. Sigue el frenesí liberticida. ¡Horror! ¡Hay un vacío legal! ¡Corramos a taparlo! ¿Pero no estaba eso —la libertad de credos— garantizado por la Constitución? ¿Es laicismo meter la pezuña legisladora en ese ámbito privado? Que Dios, en España, proteja a quienes creen en Él. No es mi caso, pero malos tiempos son para todos aquéllos en los que la libertad se impone por ley.

Apago la tele. Un poco de lectura, una siesta sin pijama, padrenuestro ni orinal, y a la plaza. El tiempo ayuda: hoy brilla aquí el sol mientras en España llueve. ¿Chuzos de punta? Esta tarde iba a ser, en Nimes, la de José Tomás. No lo será. Lamento su ausencia, pero me alegro de que sea El Juli quien lo sustituya.

Rajoy, Zapatero… ¿Cuándo se jodió España, Varguitas? Me voy a los toros.

Publicado en: ...el 09 Mayo 2008 @ 13:46 Comentarios desactivados

EL COBAYA: Sin el sudor de la frente

¿Enfermedades laborales? No sé mucho de eso, porque nunca las he padecido. Esta sección se llama El cobaya, y yo hago honor a tal nombre. Jamás, en cuestión de salud, hablo de oídas. Mi columna es autobiográfica: cuento en ella lo que he verificado, a ser posible en carne propia o, como mínimo, en la de mis amigos, colaboradores, deudos y allegados. Pero me pide el director de este suplemento que tercie en el asunto al que hoy dedica el mismo casi todas sus páginas y así lo hago. Perdóneme el lector si doy en él pases de aliño y alguna que otra larga cambiada.

Lo del trabajo como maldición y veredicto de cadena perpetua, por muy bíblico que sea, no es cosa, en mi opinión, que vaya a misa. Yavé, los patriarcas y los profetas se contradicen o, por lo menos, contradicen a Jesús. Si, como dicen que dijo éste, no sólo de pan vive el hombre, ¿por qué se nos condena a ganarlo con el sudor de la frente? Yo nunca lo he hecho, lo del sudor, digo, y presumo, sin embargo, porque es verdad, de trabajar y de haber trabajado catorce horas diarias durante trescientos sesenta y cinco días al año (y uno más en los que son bisiestos) desde que terminé mis estudios.

¿Exagero? Puede, pero sólo un poco. Jamás me tomo vacaciones, no hay sábados ni domingos para mí, no respeto las fiestas de guardar ni tampoco las que no lo son y no pienso jubilarme, en el sentido no meramente burocrático de tan odioso verbo, hasta que la cabeza, flaqueando, me obligue a ello. Espero, en todo caso, morir antes y, por supuesto, en la brecha, haciendo, verbigracia, lo que en este instante hago: escribir. La literatura es farmacia que siempre está de guardia y centinela, el escritor, que nunca abandona la garita.

Ése es el truco, ésa es mi panacea, ése es el privilegio —no tener profesión, sino vocación, y no ejercer oficio alguno sólo por beneficio— que me torna inmune a las dolencias laborales, sobre todo cuando lo son del alma, de la psique, del espíritu, y no del cuerpo. No me estreso, porque me gusta lo que hago y lo haría, casi siempre, aunque no me lo pagaran. No he tenido nunca roces con nadie en el trabajo, porque no compito, porque no discuto, porque abrigo la convicción de que nada importa nada, porque mandar me aburre y jamás acato órdenes, y porque sé sin asomo de duda —verificado está— que quien pierde un trabajo o renuncia, por lo que sea, a él, siempre, si tiene voluntad e ingenio, encuentra otro mejor.

¿Voluntad? Voluntad, amigos, es vocación. Con ella se va a cualquier parte y sin ella a ninguna. La frente de quien no la tiene —y eso sí que es gravísima enfermedad laboral de casi todos— está, en efecto, perlada de cansancio y de sudor, pero brilla por su ausencia éste y el negocio se vuelve ocio y felicidad para el hombre que sabe lo que quiere, porque sabe quién es, y no trabaja, en consecuencia, para tener, sino para ser.

Nosce te ipsum: mano de santo que todo lo cura, paideia de la Hélade, sabiduría perenne. La LOGSE, la LOE y la Educación para la Ciudadanía cierran ese camino a nuestros jóvenes, niegan ese derecho a nuestros hijos y los convierten en futuros enfermos laborales. Yo descubrí en la infancia que quería ser escritor y nadie ni nada me impidió serlo. Rebusca, lector, dentro de ti y encontrarás tu tesoro escondido, como dijo Kipling, bajo el polvo de los caminos / que trillas a diario. / Y de esa suerte sabrás que eres hombre / y que por hombre eres rey soberano.

Publicado en: ...el 08 Mayo 2008 @ 12:25 Comentarios desactivados

EL LOBO FEROZ: LSD

El miércoles murió Hofmann. Glosé su muerte en El Mundo, pero quiero añadir algo. La síntesis del LSD llevada a cabo por el Magister Ludi de Basilea (Hesse, El juego de los abalorios) es, a mi juicio, el suceso más importante del siglo XX. La especie humana recordó, gracias a él, que existe el éxtasis. Con la muerte de Hofmann cae el telón de la historia de la última centuria, pero podría empezar la de la siguiente —ésta— si aplicáramos las enseñanzas de don Alberto. Derívanse de ella la posibilidad de reemprender el proceso de ilustración iniciado por el paganismo e interrumpido por el cristianismo y de alcanzar concordia, lucidez y dicha (las de la sophia perennis) por medio de la ebriedad sagrada. El LSD dio a muchos todo eso, transformó nuestras vidas, ensanchó nuestras conciencias, derribó nuestros límites, nos sanó, nos despertó, nos libró del miedo a la muerte. Explicarlo es imposible. El éxtasis no se explica. Se practica. Sólo quien lo probó, como del amor dice Lope, lo sabe.

¿Apología de una droga? Seguro que no ha de faltar quien lo piense y, a lo peor, quien me impute un delito. Sepa, sin embargo, quien lo haga, para hacerlo a sabiendas, que el LSD es un enteógeno (sustancia que induce la manifestación de lo divino en la conciencia del usuario) y que, como todos los fármacos sacramentales, es prácticamente inocuo y no adictivo. Su ingesta sólo entraña riesgo para las mujeres encintas, los enfermos cardiovasculares (no per se, sino por la emotividad que provoca) y las personas que padezcan o estén expuestas a trastornos psiquiátricos. No puedo explayarme al respecto, pero sí recomendar la lectura de tres libros recientemente publicados en España: Psicoterapia con LSD, de Stanislaf Grof, Moksha, de Aldous Huxley, y El dios de los ácidos (conversaciones con Albert Hofmann), de Antonio Gnoli y Franco Volpini. Hay otros muchos, pero las obras citadas suministran información más que suficiente y argumentos a mi entender incontrovertibles para apostar por la ilustración farmacológica que Antonio Escohotado propone en su ya clásica, y ahora reeditada, Historia general de las drogas. ¡Legalicémoslas de una vez!

¿Verá alguien, me preguntaba, indicios de criminalidad en esta columna? ¿Es delito defender el libre albedrío, opinar, informar, incitar al éxtasis, relatar experiencias estrictamente personales (aunque transferibles y, a veces, compartidas), reivindicar el derecho a la libertad de costumbres que no atenten contra la libertad del prójimo y rendir íntimo homenaje al científico que reabrió el camino a Eleusis? No se encarcela a Voltaire, dijo De Gaulle cuando un idiota de uniforme le propuso, en mayo del 68, detener a Sartre. Ni yo, por desgracia, soy Voltaire (tampoco, por fortuna, soy Sartre), ni Zapatero es De Gaulle, pero la jurisprudencia así establecida nos alcanza a todos y el sentido común también, por lo que quizá no resulte inoportuno ni excesivamente petulante, una vez salvadas las distancias de rigor, el paralelismo al que me acojo.

Albert: te echaremos de menos. ¿Anda Dios por ahí?

Publicado en: ...el 07 Mayo 2008 @ 11:45 Comentarios desactivados

DRAGOLANDIA: Violación de una diosa

Los éxitos del deporte español, lejos de inspirarme orgullo, me producen vergüenza de ésa que llaman ajena. O propia, porque al fin y al cabo, me guste o no, nací en España y español es mi pasaporte.

Lo siento. Sé que soy un aguafiestas, pero mentiría si dijese lo contrario. Cada vez que me preguntan, en vísperas de un partido de fútbol importante, qué equipo me gustaría que ganara, me pongo borde y respondo: ¡Ojalá pierdan los dos! Y al decirlo, cuando uno de esos equipos es español y extranjero el otro, miento, porque lo que me gustaría en tales casos es que ganaran los de fuera.

Vergüenza, decía, simultáneamente propia y ajena, que llega a su culmen, porque siendo yo, a mi pesar, madrileño la cosa me pilla cerca, siempre que los chicos del Bernabéu consiguen algún trofeo y se suben, con él a cuestas y aclamados por miles de salvajes, a la estatua de la diosa Cibeles. Es una profanación, un sacrilegio, una blasfemia, un atentado al buen gusto, una monumental falta de respeto a lo divino y a lo humano.

Me hiere: lo juro. Tengo que apartar la vista. Me rechinan los dientes del alma. Seré una damisela clorótica, pero no soporto ese espectáculo. Debería estar prohibido por ser, melindres y dengues míos aparte, palmaria alteración del orden y flagrante agravio al principio de libre circulación de las personas que nuestras leyes garantizan, pero no sólo no lo está, sino que, encima, las autoridades lo alientan. Supongo que será lo que ahora voy a decir historia antigua, pero el domingo por la noche me quedé de un aire al descubrir —no lo sabía. Vivo ajeno a todo eso— que los responsables, en teoría, del orden y buen funcionamiento de la ciudad no se limitaban a tolerar la barbarie mencionada haciéndose los suecos y desviando las pupilas, sino que la protegían, la alentaban e, incluso, la organizaban.

Venía yo en taxi de la estación de Atocha, pasé por la Cibeles, vi que habían instalado en ella una tramoya de vallas, escaleras y pasarelas cuyo propósito no se me alcanzaba, pregunté al taxista por su razón de ser y me dijo que el Madrid iba a ganar a la vuelta de unas horas no sé muy bien qué torneo y que el alcalde había levantado todo ese tingladillo, con dinero del contribuyente, para que por él accediera a la cresta a la cresta de la diosa enarbolando el trofeo un tal Raúl, capitán al parecer del equipo, no sé si solo o mal acompañado. Luego me enteré de que, para más oprobio y opio de las masas, terminaría el cuello de la diosa estrangulado por una bufanda de color merengue.

Y así fue. Lo vi al día siguiente, lunes ya, en uno de esos telediarios al uso de los tiempos en los que sólo se habla de deportes, accidentes de tráfico, crímenes pasionales, niñas secuestradas y violadas, aniversarios de guerras o revoluciones y monstruos de varia lección.

Pensé por un instante el domingo, mientras el taxi giraba en torno a la fuente de la diosa, en decirle al taxista que me llevase a la comisaría más cercana para denunciar el delito que estaba a punto de perpetrarse, pero al cabo me encogí de hombros y pasé de largo. ¿Qué sentido tiene recurrir a la justicia en un país donde ésta no funciona, no ha funcionado nunca y nunca funcionará? Pleitos tengas y los ganes, dicen los gitanos con no poco sentido común. Quien acude aquí a la comisaría o al juzgado se convierte en sospechoso y corre el riesgo de salir con las esposas puestas. España no es un estado de derecho, sino de derechos. Lo uno es incompatible con lo otro. Así nos va.

Publicado en: ...el 06 Mayo 2008 @ 13:49 Comentarios (3)

El camino a Eleusis


Albert Hofmann con la molécula de LSD

Conmoción… De espíritu, se sobreentiende. Tratándose de Hofmann no podía ser de otro modo. La noticia me alcanza en Eleusis. No es hipérbole ni broma. Así —Eleusis— se llama la sucursal del Círculo Hermético fundado en Montagnola por Jung y Hermann Hesse que yo, discípulo de ambos, he refundado a mi vez en el pueblo de Soria donde vivo. Visítelo quien lo dude y comprobará que es cierto. El nombre del santuario iniciático del Ática en el que durante once siglos aprendieron a vivir y a morir, y a saber quiénes eran y cómo llegar a serlo, las gentes más ilustres e ilustradas del orbe grecolatino campea sobre azulejos de alfar vetusto en las fachadas de mi guarida. En ella no faltan fotos, ni libros, ni —sobre todo— el recuerdo emocionado y permanente del hombre que acaba de morir.

Sin él, sin Hofmann, sin lo que Hofmann, por aparente casualidad que no lo era, pues el hallazgo cayó en surco propicio, descubrió en el laboratorio farmacéutico de Basilea donde ejercía de químico, mi vida y la vida de muchos habrían seguido rumbos muy diferentes a los que tomaron. La dietilamida del ácido lisérgico, vulgo LSD, que se le vino literalmente a las manos e impregnó las yemas de sus dedos en el curso de un experimento rutinario de menor cuantía era una bomba de luz destinada a cambiar el mundo. Tardaría muchos años en hacerlo, pero lo hizo. Hay semillas, como las de los cereales del sarcófago de Tutankamón, que dan espiga y flor por muchos siglos que desde lo alto las contemplen. Estén seguros los biempensantes y, si quieren, laméntenlo, pero sin el LSD la historia universal del siglo XX y, por lo tanto, también la de la centuria que acaba de empezar no serían lo que son, lo que han sido, lo que serán.

¿Químico Hofmann, a palo seco? Él solía definirse, con humildad socrática, así, pero era un alquimista que encontró la piedra filosofal. Aquel día, el de las yemas de los dedos impregnadas de LSD, sin ser aún consciente de lo que en su conciencia se cocía, emprendió Hofmann, con el simple propósito de regresar a casa tras el deber cumplido, el viaje en bicicleta más portentoso, más largo, más olímpico y más relevante de la historia. Se le hizo eterno, y durante esa eternidad encontró o empezó a encontrar respuesta a las viejas preguntas que siempre el hombre, desde que dejó de ser simio, se ha formulado.

Era sólo aquel trayecto el primer tramo de la larga subida del Monte Carmelo que culminaría, casi un cuarto de siglo después, en la alta apuesta del movimiento psiquedélico. Arrancó éste en el Departamento de Psicología de la Universidad de Harvard, y fue la contracultura, fueron los jipis, fue Norman Mailer al frente de los ejércitos de la noche, fue el campus de Berkeley, fue Woodstock, fue el descubrimiento de Oriente, fueron los Beatles en Rishikesh, y Buda, y la meditación, y el amor libre, y los libros de Castaneda, y el mayo francés, y el We shall overcome… Fue, en una palabra, la Década Prodigiosa, prodigiosa y contradictoria, sí, llena de luces y de sombras, como lo es por definición la búsqueda del conocimiento (a lo oscuro por lo más oscuro, a lo desconocido por lo más desconocido), pero quien la vivió, y yo lo hice, no la olvida: diez años que conmovieron el mundo. Y fue Hofmann quien los hizo posibles, quien desbrozó, quince siglos después de que el cristianismo lo cerrara, el camino de Eleusis. Ese título lleva la obra más significativa escrita por el Sumo Sacerdote, por el Hierofante de los Misterios, por el Supremo Chamán que, ya centenario, como un baobab, como un fauno de Dioniso, como un flautista burlón, se ha apeado definitivamente de su bicicleta.

Era amigo mío y amigo de mis amigos: de Escohotado, de Racionero, de Carlos Moya, de Isidro Palacios, de Javier Esteban, de Beatriz Salama… Vino, acompañando a Jünger, a finales de los ochenta. Lo invitamos a comer cochinillo asado en Botín. Jacobo Siruela le abrió, y abrió a quienes con él íbamos, el Palacio de Liria. Lo miró todo, lo remiró todo, lo comentó todo, nos derrengó a todos. Lo entrevisté luego, muy a fondo, durante hora y media, en el mismo programa de televisión en el que se había emborrachado —o iba a emborracharse— Arrabal. Regresó después, a mediados de los noventa, para intervenir en el curso de Contracultura y Farmacia Utópica que Escohotado y yo dirigíamos en los veranos complutenses de El Escorial. Ligó, ya casi nonagenario, con una alumna, y nos consta que cumplió, porque andábamos algunos, todos y todas revueltos, en la habitación contigua —nos habíamos tomado un límpido, cristalino ácido por su cristalina y limpia mano preparado— y el fragor de las sábanas traspasó el tabique. Lo que son las cosas: Javier Esteban y yo pensábamos rendirle visita y pleitesía dentro de unas semanas. Ya no será posible.

¿O sí? Quiero volver a verte, Hofmann. Quiero saber dónde estás y cómo se está ahí. Quiero seguir escuchándote, y mirándote, y leyéndote, y aprendiendo de ti. Quiero agradecerte otra vez lo que me has dado, lo que me has enseñado. Quiero seguir contigo, hasta el final, el camino que lleva a la postrer Eleusis. Quiero mantener viva la llama de nuestra amistad, y sé cómo hacerlo, ¡vaya si lo sé!

Pongo fin a esta epístola apresurada escrita a vuelapena, me levanto, voy hacia la neverita donde guardo las sustancias enteogénicas y me sirvo una copa de ácido lisérgico. Brindo por ti, Albert. Sé que dentro de media hora estarás conmigo y estrecharé tu mano.

Publicado en: ...el 05 Mayo 2008 @ 21:49 Comentarios (5)

DRAGOLANDIA: Donde las dan, las toman

Sr. Director de PÚBLICO:

No me acojo, con estas líneas, al derecho de réplica, pues soy poco dado a legalismos, sino a la deontología de la profesión que usted y yo ejercemos. Le ruego que las publique. Yo, por si acaso, y por mi cuenta, también lo haré. Aparecerán el jueves 1 de mayo en mi blog —Dragolandia— de EL MUNDO digital.

El pasado lunes, 28 de abril, el periódico que usted dirige dedicó tres páginas a la supuesta manipulación ideológica e informativa que los gobiernos autonómicos de Madrid, Valencia y, en menor medida, otras regiones aplican en los canales públicos de televisión que de ellos dependen. Es usted libre de creerlo así y de denunciar, si tal convicción existe y tiene pruebas de ello, lo que en dichos ámbitos sucede. Yo sólo puedo decirle al respecto que jamás, y empeño en la frase mi palabra, he recibido presión o, meramente, indicación alguna en los cinco años que Canal Nou mantuvo en antena mi programa El faro de Alejandría ni, por lo que a Telemadrid se refiere, en los quince meses durante los que dirigí y presenté Diario de la noche o en los casi cuatro años que llevo al frente del programa de libros Las noches blancas. Pero no es esta puntualización, que viene al caso, el motivo de mi carta, sino la defensa propia. Se lo explico, y para ello me basta con traer a colación, y a comparación, dos párrafos —ajeno el uno, propio el otro— respectivamente aparecidos en su periódico y en mi columna de los martes en EL MUNDO (edición impresa).

Primer párrafo. Decía PÚBLICO, en la sexta página del número cuya fecha ya he citado, lo que a continuación y respetando su literalidad transcribo: Los cazadores reconocen su caza. Por ejemplo. Fernando Sánchez Dragó, conductor hasta el 13 de marzo de Diario de la Noche: “he prevaricado, he pecado contra la libertad de expresión”, explicaba en su blog. “He aplicado durante quince meses férreas normas de censura dragoniana (sic) en mi informativo”.

Segundo párrafo: salido de mi pluma, publicado el 18 de marzo en mi columna El lobo feroz y recogido a partir del día siguiente en el blog de mi página web (sanchezdrago.com). Dice, y cualquiera puede comprobarlo, lo que sigue: “Voy a cantar de plano. Expúlseme Urbaneja de la Asociación de la Prensa y fumigue Pedro Jota mi cubil de lobo feroz. He prevaricado. He pecado contra la libertad de expresión. He aplicado durante quince meses férreas normas de censura dragoniana (con ge) en el informativo que dirigía. Los huesos de mi padre se revuelven en su tumba.”

“Lo hice por pedagogía. Sírvame de atenuante la buena intención. Miré los muros de la patria mía y vi, como Lot, que muchos de mis paisanos eran coprófagos: engullían telecaca durante muchas horas al día.”

“Fue entonces cuando empuñé las tijeras, acoté el territorio de la información y expulsé del ámbito de ésta los deportes, el sacramento del fútbol, los sucesos delictivos, los malos tratos, los muertos en carretera, la pederastia, los ecos de sociedad, las bodas, los cuernos y los divorcios, los conciertos de rock, los pases gráficos de películas, las pasarelas (Cibeles incluida), la llegada de náufragos y buques negreros a las costas españolas, la cocina creativa, Madrid Fusión, ARCO y tantas otras idioteces, perversiones o iniquidades del satiricón que nos rodea.”

“Y no pasó nada. Nadie se quejó. Diario de la Noche ganó audiencia. En España, amigo Lot, aún quedan hombres justos capaces de entender que el sentido común, el respeto a la dignidad de las personas, el buen gusto y las buenas maneras no están reñidos con la libertad de expresión. Al contrario: la refuerzan.”

Más claro, me parece, agua de trasvase socialista. ¿No cree, señor director? ¿Y no debería tirar de las orejas de burro —las suyas de él, no las que yo en muy distintas circunstancias me puse— al redactor, anónimo, pues su firma no figuraba, que escribió (supongo que con faltas de ortografía) el primer párrafo por mí reproducido? Una de dos: o es, simplemente, un cabrón, aunque su mujer, si la tiene, no le ponga los cuernos, o —lo que para él sería aún peor— es un idiota ignaro de lo que significa el contexto e incapaz de entender una figura retórica tan vieja como el mundo: la ironía. Todo ello, por ética y por estética, lo invalida como periodista. Si yo fuera usted, lo despediría.

Resulta, en cualquier caso, francamente curioso que se manipule de tal forma un texto ajeno en un reportaje donde, con razón o sin ella, se denuncia precisamente la manipulación. Hay, señor director, alguaciles alguacilados, hipócritas que presumen de lo que carecen, asnos a los que la Facultad de Información no presta lo que natura no les da y tiros que salen por la culata.

Le quedo muy agradecido por la publicación de cuanto antecede.

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Addenda: Esta Carta al Director de Público fue publicada tal cual por el periódico que dirige Nacho Escolar al día siguiente de salir de mi pluma.

Publicado en: ...el 04 Mayo 2008 @ 14:39 Comentarios desactivados

DRAGOLANDIA: No es milagro, sino industria

¿Día del Libro? ¡Ojalá, pero no! Más bien, aunque peor, Semana del Libro. ¿Del libro? Quizá, pero del libro como negocio, como mercancía, como objeto de regalo (no de lectura), como fetiche, como histeria de fans, hooligans y grupis, y como espectáculo.

La semanita de marras a la que me refiero empezó el 23 de abril, día en que murió Cervantes, se supone, aunque no Shakespeare, porque eso es leyenda sin excesivo fundamento, y terminó el 29, con el almuerzo ofrecido por la Casa Real a quienes con mejor o peor fortuna empuñamos péñola. Lo de ésta es un decir, porque no queda casi nadie que escriba a mano. Yo lo hago a máquina, porque soy un troglodita, y mis colegas, con ordenador. Los envidio, palabra, pero no soy capaz de dar ese paso. ¡Si ni siquiera sé poner un DVD, sacar una foto o manejar el móvil! Tengo una web, sí, pero nunca he entrado en ella. No sé cómo se hace. Me la hacen, y a otra cosa.

Lo del libro y su semana, decía… Estuve el 23 en Barcelona. Ya saben: San Jordi, aunque yo prefiera, por mi apellido, el Dragón. Fue espantoso. No es la primera vez que caigo en esa trampa, y siempre, cuando sucede, juro y perjuro que nunca más. Luego, por eso digo lo de perjurio, se me olvida y vuelvo a picar. Hay más gente en la calle, mirones casi todos, que en el metro de Tokio a las ocho de la mañana. Te llevan de aquí para allá, de Corte Inglés en Corte Inglés, de Vips en Vips, de Fnac en Fnac, de Casa del Libro en Casa del Libro y otros establecimientos de menor cuantía, como a puta por rastrojo. Como a puta, sí, digo bien, cualesquiera que sea el sexo de quien firma, porque te sientes como si fueras una de esas chicas que se exhiben y exhiben sus paños menores y sus atributos mayores en los escaparates de Ámsterdam. Por cierto: van a echarlas, pero eso, por más que me parezca lamentable, es otra historia. Vuelvo a la mía: la próxima vez que muerda el anzuelo del Día de san Jorge, si es que lo hago, llevaré minifalda, liguero, medias de rejilla, braguitas de alta costura y taconazos. Así, por lo menos, estarán justificadas las fotos que, a miles, te hacen, como si fueras Copito de Nieve redivivo, los millones de personas que con rosa, algunas, tampoco tantas, pero sin libro ni propósito de comprarlo y, menos aún, de leerlo, circulan a manadas por delante del tenderete en que nueve escritores de cada diez miran el vacío.

Imágenes fugaces recogidas al paso. Isabel Allende, desdeñosa, detrás de un biombo, para no mezclarse con la chusma. Noah Gordon, a mi derecha, tiene ante sí una cola de gato rabón y lleva en ambas manos unos curiosos guanteletes de cuero, como si fuese a correr en moto. Narcís Serra, a mi izquierda, ¿dónde si no?, firma un solo ejemplar de su libro La transición militar (Debate), recién salido, pero no es la Chacón quien se lo lleva, sino una de sus secretarias. Suya de él, digo, no de la nueva Carmen de Espanya. La verdad es que el título no incita. Risto Mejide, un poco más allá, trata con amabilidad, no como en la tele, a quienes le compran El pensamiento negativo (Espasa). El malo oficial de los programas basura parece simpático. Lo invito a venir a Las noches blancas, y acepta. Será de ver. Coincido en otro tenderete con la autora de un florilegio de anécdotas de enfermeras, y firma bastante, porque las hay a miles. Se me ocurre, viéndola, la posibilidad de escribir una obra titulada Ocurrencias de quienes figuran en el listín de teléfonos, o algo así. Me forraría, vendería más que Ruiz Zafón, el recién llegado que con sus noveluchas para quinceañeros y adultos que no han crecido nos humilla a todos. Me topo con Savater. Es sólo un instante, pero suficiente para salvar el día. ¡Por fin un escritor! Nos abrazamos. Sale él para el aeropuerto, pongo yo rumbo al hotel. De fiestas, nada. Hay muchas, pero permiten fumar, están llenas de pelmazos, carecen de sillas donde asentar las posaderas y los decibelios de músicas que sólo son ruido impiden conversar. ¡Uf! ¿Día del Libro? Que lo zurzan. ¡Menuda semanita! Del almuerzo con los reyes nada diré. Es secreto de palacio.

Publicado en: ...el 02 Mayo 2008 @ 13:54 Comentarios (21)

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