DRAGOLANDIA: Libros, libros, libros

Y que no falten. Seguro que no lo hacen -faltar- en mi maleta, en mi mochila, en mi zurrón, porque con ellos, y no sólo con pan y vino, se hace camino. Lo malo es que pesan como si en vez de literatura llevasen plomo en las tripas, y sabido es que en el viaje hay que ir ligero de equipaje. Yo meto en éste un neceser bien provisto, las píldoras y ungüentos de mi elixir de la eterna juventud, y un par de mudas. Lo demás, sin límite de peso, son libros. Ocupan éstos dos terceras partes del espacio disponible. ¡Ojalá me ayude la electrónica, en la que tan poca fe tengo, a aliviar, si no a resolver, ese problema! Dicen que…

En julio y agosto no suelo salir de casa. Está todo lleno. ¿De libros? También, en lo que al minutero de mi reloj respecta. Cae, por lo menos, uno al día, y a veces más. Destaco hoy, entre los de lectura reciente, el que a renglón seguido voy a mencionar.

“Mi padre tenía un taller de aparatos de electromedicina”… Así comienza El mundo, novela con la que Juan José Millás ganó el último premio Planeta. Y así concluye: “Recuerdo que al llegar a casa estaba un poco triste, como cuando terminas un libro que quizá sea el último”. Entre esas dos frases discurre uno de los mejores relatos (y si digo relato es porque no estoy seguro de que sea, stricto sensu, novela) que he leído en mucho tiempo. Agradabilísima sorpresa, que me reconcilia con un autor del que siempre me había sentido distante, por no decir lejano. Entre Millás y yo mediaban abismos ideológicos y planteamientos vitales difíciles de salvar, pero eso, en lo que a mí respecta, es asunto zanjado. La lectura sirve, entre otras muchas cosas, para tender puentes de avenencia, cuando no de abierta amistad, entre el lector, el autor y los personajes de los libros. ¡Qué sorpresa! Resulta que Millás y yo no éramos adversarios, sino complementarios. Afinidades, las nuestras, de niños lobos. He devorado El mundo con avidez, casi con lujuria. Lo he hecho mío, lo he subrayado, lo he manoseado, lo he estrujado. No podía desviar la atención hacia otras cosas ni desempeñar tareas, acaso más urgentes, pero menos apremiantes, que entorpeciesen el gozoso fluir, sin prisa y sin pausa, de la lectura. Iba yo, durante ésta, deslizándome con suavidad sin freno, incontenible, de línea en línea, de frase en frase, de párrafo en párrafo, de página en página -no tiene muchas- hasta alcanzar la última. Así leía en la niñez, cuando los libros me ayudaban a inventar el mundo y mis pupilas eran telescopios y microscopios de cera virgen, ajuste fino y alta resolución. Novela o no, ¿qué importa eso? Testimonio, autoanálisis, memoria, ajuste de cuentas, balance del debe y haber, crónica familiar y personal, mirada interior hacia el mundo exterior, reflexión, confesión, sanación (o no… Vaya usted a saber) y, en todo caso, apuesta audaz, riesgo asumido, naipes boca arriba y alta literatura. Mejor, añadiría, casi imposible. Así son los libros que de verdad me gustan. Podría enhebrar ahora infinitas consideraciones a cuento de éste. No lo haré. Serían de crítica literaria, y yo no soy crítico, sino lector. Juanjo Millás vino el otro día a Las Noches Blancas y allí, durante casi hora y media, hablamos de El mundo y, por supuesto de su mundo, el del autor, que ahora, por gracia de la literatura, es también mío y de todo aquel que siga mi consejo, corra desalado hacia la librería más cercana, compre el último premio Planeta y se enfrasque en su lectura. Mi conversación televisiva con Millás no se ha emitido aún. Síganla el 22 de septiembre, inmediatamente después de Diario de la Noche, en Telemadrid. Luego, el 27 y el 28, saldrá en La Otra. No lo digo por ganar audiencia, aunque también, sino para que den la vuelta a El mundo en ochenta minutos, antes o después de haberlo leído, guiados por su autor. Envío desde aquí a éste el silbido de Bagheera a Mowgli (otro niño lobo): tú y yo somos de la misma sangre.

Publicado en: ...el 31 Julio 2008 @ 12:23 Comentarios (2)

EL LOBO FEROZ: La extraña pareja

Cuentan que el embrión del Niño Jesús entró en el vientre de la Virgen como pasa el rayo de sol por el cristal. ¿Era María transparente? Sería lógico pensar que sí. Transparentes son, en todo caso, Zapatero y Rajoy, además de incoloros e insípidos. Levitan. Sus cuerpos no hacen sombra ni sus zapatos dejan huella. Carecen de sustancia y de tuétano. Con sus huesos no podría hacerse un caldo de cocido ni con sus palabras una sopa de letras. Ferrán Adriá debería incorporarlos al menú de El Bulli. No desentonarían en él. Que se lo pregunten a Santi Santamaría. La otra noche cené en el Sant Celoni. Comida con fundamento, con enjundia, con densidad. Tuve que navegar, a la hora del postre, por un océano de quesos. No sé si llegaban a trescientos: el paso francés de las Termópilas en el que con tanta chicha peleó De Gaulle. ¡Quién pillase en España a un hombre así! Hay (o hubo) políticos densos, como el camembert y el recién citado, que siempre dicen cosas, desatinadas o no, pero tangibles, audibles, visibles, y hay políticos etéreos, evangélicos, virginales, como Rajoy (cuyo nombre de pila es Mariano) y Zapatero (José), que cuando abren la boca no emiten sonidos inteligibles. Los escuchas, metes lo que han dicho en un exprimidor y no sale ni una idea. Felipe y Cantinflas también eran así, pero sus discursos embobaban al auditorio, porque tenían desparpajo y gracejo fonético. Zapatero y Rajoy -la extraña pareja- no lo tienen. Son más sosos que una rosquilla tonta. Ni comen, ni beben, ni chupan, ni besan. Por cierto: ya sólo les falta eso. Besarse, digo. ¿Lo habrán hecho en la escena del diván de la Moncloa? Extraña pareja, sí: la de don Juan y doña Inés. ¡Quién iba a pensarlo! Todo son mieles. Más pura la luna brilla y se respira mejor. No nos falta de nada, hay diálogo, buen rollito y mejor rodillo, de rodillas está la oposición, tenemos pactos de Estado y vivimos en uno de Derecho, los terroristas no pasarán, en septiembre volverá a estar el poder judicial en manos del ejecutivo, el Constitucional dará por fin el visto bueno al Estatuto de Cataluña y la justicia seguirá atascada, ya somos como los franceses, ya tenemos cohabitación y qué buenos son nuestros padres putativos que nos llevan de excursión. ¿Veraneará don Mariano, a quien don José ha birlado la cartera, en Babia? ¿Pintará Fra Angelico, redivivo, en la Fiésole de la Moncloa a Jack Lemmon Rajoy y a Walter Matthau Zapatero con aureola en la coronilla frente a Pepiño Blanco disfrazado de arcángel san Miguel y traspasados los dos por un rayo solar? ¿Será niño o niña? Quizá gemelos, porque los miembros de esa extraña pareja en la que no hay miembra son tal para cual. La economía también se queda para septiembre: la han suspendido. Cosas de la LOGSE: fracaso escolar. Lo único cierto es que el nascituro no va a venir con un pan bajo el brazo. No lo llaméis Salvador. Se llamará Recesión.

Publicado en: ...el 29 Julio 2008 @ 11:04 Comentarios desactivados

DRAGOLANDIA: Más lecturas

Y casi todas ellas agradables. He dicho casi…

Leí Ruido de fondo (Ediciones B), de David Gistau, hace un par de meses, cuando andaba yo perdido por los inmensos paisajes -Nevada, Arizona, Utah, Nuevo México- que fueron, tanto en la vida real como en la cinematográfica, no ruido, sino telón de fondo de la epopeya del western. Conducía Naoko, yo leía, y eran la lectura y el viaje epifanía de sincronicidad junguiana, punto de coincidencia feliz entre vectores complementarios, causalidad sin casualidad, trazado de líneas paralelas y antieuclidianas que convergían en el horizonte infinito de las películas de John Ford. No es exageración, no es broma, no es literatura. Terminé de leer -más propio sería decir que me la eché al coleto con la rapidez y el placer con los que se bebe una horchata en una tarde de agosto- la primera novela escrita por Gistau frente a los picachos, barrancas y farallones de Monumental Valley. Allí, según el cineasta citado (y dios de mi santoral), se encuentra el lugar más hermoso, pacífico y sereno de la madre tierra. Todo, por cierto, está intacto, sin nada, absolutamente nada, que lo desfigure. En España, pensé, ya habrían levantado en tal sitio como ése media docena de hotelazos de cinco estrellas y quinientos pisos con campo de golf de cinco mil hoyos adjunto, un centro comercial, un Ikea, un Eroski, siete hipermercados, setecientos puticlubes, un acualand, un Port Aventura, un parque temático que reprodujese la gesta del general Custer, otro que hiciera lo mismo con la de Caballo Loco, tropecientos mercadillos medievales, una feria de muestras de productos de Los Monegros, una Expo, un estadio olímpico por si cae la breva de 20l6 y una Ciudad del Medio Ambiente.

Perdóname, David, y perdónenme también los lectores, suponiendo que los haya en días de tanto calor, tanto biquini, tanto bronce , tanto hortera y tanto vino del estío. Lo último, por cierto, es de Bradbury. En España, siempre tan elegante y sutil, lo llaman tinto de verano. ¿Qué delito cometí para que los dioses me condenaran a nacer donde he nacido? Todo esto es una digresión, un desahogo. Perdónenme, decía, por habérseme ido la pluma en alas de la indignación no exenta de resignación a los cerros del oeste americano y al potro de tortura del litoral hispano. No la empuñé para escribir nada de lo que llevo escrito, sino para dar cuenta de lecturas agradables, o no, y entre ellas la del libro de Gistau, que no sólo es, en efecto, agradable y, en cuanto tal, palatable (cursilada, ésta última, que procede de la jerigonza de los gastrónomos, los críticos triperos, los cronistas de cuchara y la cocina creativa), sino mucho más. Tanto, lector, y amigo Gistau, que ya no puedo hacerle justicia aquí. Esto sólo es un blog. Kant no hubiera podido colgar en internet la Crítica de la razón pura. Se agotó mi cupo. Quizá quepa añadir aún que Ruido de fondo es un western disfrazado de thriller y ambientado en el OK corral y en la Dodge ciudad sin ley de los bajos fondos de los ultras del fútbol, con incursiones apaches en los barrios altos del Madrid de Gallardón, y que por eso -y porque se lee con la misma atención, emoción, avidez con la que se ven las películas de John Ford- dije hace ya muchas líneas que fue asombrosa coincidencia la de llegar a la última del libro al que aludo en el mismo instante en que se desplegaba ante el parabrisas de mi coche el esplendor de Monumental Valley. No voy a destripar la novela, pero novelista habemus. Sépalo el lector, hágase con Ruido de fondo antes de que termine el verano, lléveselo adónde veranee, si es que veranea, y si no, para refrescarse y consolarse, a su campamento de invierno, entérese de cuál es el lugar más idóneo para ocultar una Tizona, tiemble, ría, diviértase y échese al coleto de un solo trago, como si fuese horchata de verdad, no de botella, y como yo, con cuarenta grados a la sombra del Gran Cañón, lo hice, la primera y excelente novela de quien, hasta el momento en que allá por mayo apareció, era sólo uno de los mejores periodistas, cronistas y columnistas del país. Gistau no es de Ronda ni se llama Cayetano, pero torea -novillero, por su edad, aún- como en el Toronto Star torease Hemingway. Olé.

Publicado en: ...el 28 Julio 2008 @ 12:27 Comentarios desactivados

EL LOBO FEROZ: Aquí no hay playa

Ultimo viernes de julio. Me quedo de muestra ante las imágenes del encuentro entre el Rey y Chávez. Conste que éste no me cae tan mal como cae a muchos. Es un político denso, que dice y hace cosas, por desatinadas que sean, y eso se agradece en un mundo como el de hoy, en el que casi todos sus colegas son tan fofos como las ideas que defienden. Las del dictador venezolano no son las mías, pero eso no importa. Prefiero la disidencia a la coincidencia y los bufones a los clones. Chávez, que se cree la reencarnación de Bolívar, y a lo peor lo es, me divierte. Con él me iría de copas. Con Obama, Rajoy, Zapatero o la madre Teresa, no. ¿Por qué, entonces, me ha producido tanto asombro el sainete de Marivent? Responderé con un estribillo que aprendí en la infancia: Según las leyes del protocolo / se tira el palo, / se chupa el polo. / El polo es bueno, / el palo es malo. / Según las leyes del protocolo / se tira el palo, / se chupa el polo. Y a renglón seguido nos aplicábamos el cuento. Siempre había un carrito de helados esperándonos a la salida del colegio.

A mí, que siempre voy de trapillo, me molestó la campechanía del Rey. ¡Caramba! ¡Para eso no tenemos monarquía! Se proclama la república, y a otra cosa. Sí, ya lo sé, estamos en el siglo XXI y todo el mundo cree (yo no) que nadie es más que nadie, pero eso no debería convertirse en patente de pirata castrista que iguale a los reyes con los villanos. Las formas son las formas, lo palaciego exige un mínimo de dignidad y la majestad, cuando se ejerce en público, excluye el exceso de jovialidad. Si yo, que soy villano y nada palaciego, trato de Señor al Rey, ¿por qué consiente éste que Chávez, otro villano, lo tutee, le dé palmadas en el hombro, le haga esperar durante una hora, le tome el pelo amagando con una falsa salida del coche que en realidad lo era de tono y lo invite a irse juntos a la playa para tomar el fresco y hacer pozos en la arena con un cubo y una pala? ¿Y qué decir del detallito de la camiseta? Todo eso está muy bien, Señor, pero en privado. Ríndase pleitesía a Su Majestad el Petróleo sólo en las gasolineras y, si acaso, en Wall Street. Según las leyes del protocolo, y Vos estáis obligado a él, las testas coronadas, cuando actúan en calidad de tales, no pueden enfundarse polos ni jugar con palas ni dar palos al decoro que de la Corte se espera. Deje, por favor, tales gracietas para cuando esté a solas en compañía de sus nietos, ya sea a bordo del Bribón, en una caleta privada de las Baleares o en la piscina de la Zarzuela, si la hay, cosa que ignoro. Todo rey deja de serlo cuando va a la playa. En calzón corto nadie, en efecto, es más que nadie. Chávez, además, por muy simpático que me caiga, es un Tirano Banderas que preside un gobierno bananero. Póngase, Señor, manto de armiño y calce coturnos por el bien de la institución que encarna. No raye nunca su monarquía a la altura de la tiranía. Mis respetos, Majestad.

Publicado en: ...el @ 10:59 Comentarios (1)

EL LOBO FEROZ: Incapacitación

Zapatero recibe a Rajoy a pie de escalera, ya ven qué tontería, y todo el mundo se hace lenguas. Los politólogos, los periodistas del corazón, las agencias matrimoniales y los diseñadores de trajes de boda conceden gran importancia al detalle. Marcha de Mendelssohn en la Moncloa. Blancos y radiantes van los novios. Iba a escribir hoy sobre tan extraña pareja, pero lo haré el próximo martes. Eso, que parece ya matrimonio indisoluble, puede esperar. Hay asuntos más urgentes. Son los de la economía. Seguro que se lo maliciaban. Ustedes, digo, no el inquilino monclovita. Debe de haber muchas moscas en ese palacio, a pesar de su alcurnia, porque el Presidente se dedica a paparlas. Sigue in albis y no existe fuerza humana, ni siquiera la de la evidencia, que lo apee de ese burro. No se me pique el aludido y aguante, que para eso le pagamos, si aventuro la opinión de que hay que serlo, burro, para empecinarse en el error de no recortar (o incluso, por las buenas o por las malas, suprimir) los ruinosos gastos sociales en tiempos de tanta tribulación como los que se avecinan. Trabajadores, amigo, somos todos, usted, Pedro Jota, el marqués de Tamarón, la puta de la esquina, yo, y no sólo los albañiles del tajo más cercano. ¿Dije que se avecinan? Pues no: ya están aquí. Quijotesco es nuestro premier: sostenella y no enmendalla, amigo Solbes. Éste, por cierto, no da una. Es el último hombre del país al que yo le compraría un décimo de Navidad. Con él, ni la pedrea. Pero volvamos a su jefe, que es el padre del cordero y el matarife que por pascua –la que nos hace- lo degüella. ¿Cómo librarnos de él? Es requisito imprescindible para levantar cabeza, pero no lo tenemos fácil. Nuestra democracia está coja. ¿Como Lord Byron? ¡Ya quisiéramos! Más bien como el Manteca, que fue en su día esperpento del Callejón del Gato. Lo de coja lo decía porque en nuestra Carta Magna no se contempla la posibilidad de incapacitar al jefe del Gobierno como, verbigracia, en Estados Unidos se incapacitó a Nixon. El Watergate habría sido aquí agua de borrajas. La única forma de echar a Zapatero sería una moción de censura, inconcebible hoy por hoy en un parlamento controlado por los nacionalistas, o esperar a 2012. ¡Cuán largo nos lo fiáis! Para entonces ya andaremos todos en el paro, sin subsidio de desempleo, y estarán en sazón las parras de las uvas de la ira. Con el estómago no se juega. Una de dos: o Zapatero mintió a sabiendas en la campaña electoral para engañar a once millones de incautos o, si no lo hizo, es lo que antes le llamé. En ambos casos estaría justificada la incapacitación. En el primero, por ser nulo de iure cualquier contrato en el que haya dolo achacable a quien redacta y firma sus cláusulas, y en el segundo, porque… ¿Hay que explicarlo?

Publicado en: ...el 26 Julio 2008 @ 10:54 Comentarios desactivados

DRAGOLANDIA: España

• La rebelión de la chusma.
• Plebe sin pueblo.
• Ni Una, ni Grande, ni Libre.
• Pecios.
• Al borde del abismo.
• ¿Puta madre? No. Madre y puta.
• España Mágica, España Trágica, España Hortera.
• Callejón sin salida.
• Sacramento diabólico.
• El reino de los pícaros.
• Donde todo vale.
• España Guadaña. La expresión es del poeta y novelista granadino Antonio Enrique.
• La entrepierna de Europa.
• El puticlub de Europa.
• Burdel y taberna.
• Un pozo negro.
• Peor, imposible.
• Alcohol de quemar en vena.
• Dejad toda esperanza.
• Visiten el infierno.
• ¡No es esto, no es esto! (Ortega, en los años de la Segunda República, y yo, ahora).
• Agur, adéu, adiós.

Y ya está. Se admiten sugerencias. Abro puntos suspensivos, para que los rellene el lector…

Publicado en: ...el 25 Julio 2008 @ 12:32 Comentarios (6)

EL LOBO FEROZ: La Gran Vía

Vivo cerca de ella. La recorro a menudo. Ayer volví a hacerlo y, como le ocurría a Quevedo con su patria, no hallé cosa donde posar los ojos que no fuese recuerdo de la muerte. ¿Exagero? Seguro que sí, pero la hipérbole es recurso lírico en el que aquel poeta fue maestro. Érase de una calle al Palacio de la Música pegada. Ya no existe. Lo han cerrado. También lo hizo, recientemente, el Avenida. Y junto a él, en sus bajos, cerró Pasapoga. Berlanga, otro maestro, no podrá filmar a obispos, como temían los censores, saliendo de esa sala de fiestas. ¿Sala de fiestas? Ya no las hay. Ni boîtes. En el Rex, que también era cine, funcionaba una, elegante, recoleta, discretísima. No es verdad que lo fugitivo permanezca y dure. Lo sabíamos, pero duele. Yo vi en el cine que acaba de cerrar Lo que el viento se llevó. Título premonitorio. Tenía catorce años, más o menos, y fui con mi madre para que me dejaran entrar, porque no era tolerada. También ella ha muerto. Todas lo hacen. En la fachada del Palacio de la Música, que ahora parece una dentadura mellada, queda el hueco de los inmensos carteles que anunciaban las películas. Hubo en la Gran Vía, cuando yo, adolescente, empezaba a caminar solo por ella, trece cines. Seis por cada acera y uno retranqueado: rive droite, rive gauche y… Un barrio latino. Quizá eran catorce. Se lo preguntaré a Garci, que lo sabe todo. Ahora quedan tres: el Callao, el Capitol y el Palacio de la Prensa, donde mi padre tenía su oficina, a la que nunca fui, porque lo mataron antes de que pudiese hacerlo. ¡Qué importa! ¡Pero si ya nadie va al cine! Éste se ha refugiado en la soledad del deuvedé y en los nichos de los centros comerciales. La Gran Vía no era aún, cuando yo, en los años cincuenta, me atreví a explorarla, bulevar del crepúsculo, como lo es ahora, sino femoral de la gloria, arteria del esplendor, río de la vida y corriente del Golfo. Hemingway aún se paseaba por ella arponeando tiburones, boquerones, maletillas, toreros de cartel, amistades peligrosas, actrices de Cifesa y mujeres de lumbre con puñales en la mirada. Era aquello un malecón, un rompeolas, un bazar, un aleph, el escaparate del mundo. Todo era posible, todo pasaba por allí, todo bullía, todo estaba abierto hasta las tantas. ¿Fue París una fiesta? Sin duda, pero también lo fue, desde el Coliseum hasta ―extramuros ya― Chicote y El Abra, la Gran Vía de entonces, la de los trece cines, la de los trece estrenos del sábado de Gloria, la de los mil cafés, la de las cien terrazas, la del mujerío de Fuyma, la de los billares del Callao y los ínferos de Los Sótanos, la de las bragas de Sepu, la que nunca cerraba, la de aquellos años en los que nosotros, los del verso de Neruda, aún éramos los mismos. Ayer, como digo, volví a pasar por ella, por la Gran Vía de hoy, por la de los cines cerrados, las hamburgueserías y el multiculturalismo, por la de la calavera desdentada del Palacio de la Música, y no hallé cosa donde posar los ojos que no fuese baile de criadas y de horteras.

Publicado en: ...el 23 Julio 2008 @ 12:25 Comentarios (33)

Diagonales: Umbral y Dragó

121.- Coloquio literario en Buenos Aires. J.S.C. me recrimina que encuentre puntos relacionales entre escritores españoles antitéticos, buscando siempre una parte positiva que no existe. Me deafía cariñosamente a encontrar alguna conexión entre Francisco Umbral y Fernando Sánchez Dragó, vitaliciamente enfrentados.

En principio, la única conexión que encuentro entre Umbral y Dragó es que ambos pertenecen a la raza blanca castellana. Aproximadamente. Los contrastes llegan a ser pintorescos. Umbral era de una estudiadísima y singularísima coquetería en el vestir; detestaba los viajes largos, incluso los cortos; tenía terror al frío; se mantenía en las locas noches del Oliver madrileño con vasos de leche; cultivaba una hipocondría herrumbrosa, con inventario de miopías, faringitis crónicas, vértigos, exhibiendo en su casa una gama de sedantes y ansiolíticos que serían la envidia de qualquier neurótico titulado, temiendo incluso que algún libro suyo sería póstumo. Dragó viste como un hippy, es un apasionado del viaje con mochila a lugares imposibles; tiene una casa en el pueblo soriano de Castilfrío, de temperaturas mongólicas; considera la leche el peor veneno y despierta envidias con su salud de hierro, convencido de que no morirá hasta acabar toda su obra; la también variadísima gama de productos que consume son todos de herbolario, ninguno farmacéutico. La actitud de Umbral era distante y resentida, alguna filia aparte; su voz engolada comunicaba mal. La actitud de Dragó es cercana y cordial; su voz de llaneza castellana comunica muy bien.

Ombliguistas literarios, sus obras giran íntegramente sobre sí mismos. Pero lo autobiográfico en Umbral se poetiza, superficializándose en una brillantez que no toca fondo; se rebela sin revelarse. Lo autobiográfico en Dragó se hace carne; se revela, a veces sin rebelarse. Umbral se gusta, casi nunca se siente. Dragó se siente, no siempre se gusta.

Salvo un par de excepciones intimistas, la obra de Umbral creció deliberadamente al margen del sentimiento, aplastando el sentimiento. La obra de Dragó es sentimiento en estado puro, la literatura como cirugía a corazón abierto, renunciando muchas veces al oficio, a la estética, incluso al pudor.

Dos egos desbordantes, alejados de historias colectivas y dotados de una facilidad torrencial que profesionalizaron al máximo. Francisco Umbral, protegido por la trinchera del lenguaje, tuvo admiradores. Dragó, saltando de la trinchera a cuerpo limpio, tiene fieles.

Puntos de conexión: la misoginia, amor a los gatos, austeridad en las costumbres, indiferencia imperial por el patriotismo, la religión, el deporte, la música, el teatro, el mar; trabajadores imbatibles en una literatura que era la razón de su vida y que profesionalizaron al máximo. Desesperadamente vocacionales hasta la raíz y desde la raíz. Los dos.

J.J. Suárez, Diagonales (Fuentetaja)

———————————————————-

Nota: Sólo dos puntualizaciones: 1. Mi ego murió el día en que tomé mi primera dosis de LSD. 2. ¿Misógino yo? Mejor, quizá, me habría ido en la vida siéndolo, pero caí en los contrario.

Dragó


Publicado en: ...el 22 Julio 2008 @ 13:56 Comentarios (194)

EL LOBO FEROZ: Hedor

El que España despide. Sostengo en mi último libro, y lo he reiterado de viva voz cientos de veces, que a ningún otro país, excepto Italia (y, por herencia de ambos, Argentina), cede el que ya no es mío en número de sinvergüenzas por kilómetro cuadrado. ¿Es una exageración? Quizá, porque sin duda hay otros que no nos van a la zaga en ese palmarés, pero casi todos, por lo que al mundo supuestamente desarrollado o, por lo menos, cristianizado se refiere, giran en nuestra misma órbita. La ibérica, digo. México o Brasil, verbigracia, son también territorios metafóricamente situados al oeste del Pecos en los que la ley no entra y por los que más vale caminar, quien se arriesgue a hacerlo, con dobles cananas, un par de colts en la cintura y la billetera bajo la piel del culo en forma de microchip. Claro, ya lo sé, si uno se va a cualquier país del África Negra, dicho sea con perdón (y, si cabe, absolución) de los curas de la iglesia de la progresía y de la secta de la gazmoñería, se topa con la repera y con Mugabe, que es el no va más de la sinvergonzonería y el cinismo, pero estoy hablando de otra cosa. De Occidente, ¡vaya!, esa región del mundo cuyos habitantes se creen superiores al resto de la humanidad, y en concreto, ateniéndome a la parte que me toca, de esa región de Europa en la que empieza África y cuyos indígenas, entre los que no me cuento, porque soy apátrida, también se creen la repera. Muchos de ellos, en efecto, lo son, pero en el sentido en que lo es Mugabe. Casi no hay día en que los titulares de las portadas de los periódicos no den cuenta de una enésima plusmarca de latrocinio. No ganamos, en teoría, para sustos; y si digo en teoría es porque ya nos hemos acostumbrado al hedor y no lo percibimos. La gente sigue tan tranquila, pone la tele y se amodorra. No tiene pulso. ¿Debería agregar topónimos, siglas y nombres propios al mapa mudo de la infamia? Javier de la Rosa , las torres Kío, Filesa, Mario Conde, Gescartera, Marbella, el Foro Filatélico, Estepona, Coslada, Seseña, Martinsa y, último, de momento, en tan siniestra lista, el robo de cien kilos de estupefacientes en una comisaría de Sevilla. ¿Hay quién dé más? Por supuesto que sí. Mucho más. Bastaría, para ello, con acudir a las hemerotecas. Yo no lo he hecho. Me he limitado a tirar de la memoria a vuelapluma. Son las dos de la tarde del domingo y ni siquiera he leído el periódico. Seguro que, cuando lo haga, me llevaré otro susto mientras mis compatriotas, que (insisto) ya no lo son, se encogen de hombros, ponen la tele y, arrullados por el hedor, descabezan un sueñecito. ¿Aparecerá en la pantalla Zapatero o cualquiera de sus adláteres diciendo que todo va bien? Denlo por hecho. Esto es España, señores. O Ezpaña. Vuelvo a mi libro: una unidad de destino en lo infernal.

Publicado en: ...el @ 10:45 Comentarios (1)

DRAGOLANDIA: Revolution


Portada de la revista Revolution

Así se llama una nueva revista, de grueso lomo y espléndida impresión, que no quiere revolucionar nada, porque las revoluciones restan, sino añadir, sumar, ilustrar, comentar, divertir y, sobre todo, tomar el pulso del tiempo, de nuestro tiempo, en el estricto sentido de la expresión, porque está íntegramente dedicada a la alta relojería. En la última página de su segundo número, que acaba de aparecer, y con el título de Reloj, no marques las horas, aparece una breve reflexión, salida de mi pluma, que voy a reproducir aquí. Es ésta:

«Quevedo decía que sólo lo fugitivo permanece y dura. Priestley hablaba de la herida del tiempo. Horacio, mucho antes, aconsejaba al lector de sus odas que aprovechase, a bocados, el momento. Carpe diem, hic et nunc (aquí y ahora), fugit tempus. Buda y Laotsé pensaban lo mismo. Omar Khayyam lo remachó en uno de sus rubaiyatas: “Hay dos días por los cuales mi corazón jamás ha languidecido… Ése que ya pasó, ése que no ha llegado todavía”. Folleu, folleu que el món s’acaba.

Al hombre occidental le angustia el tiempo; el oriental cree que no existe. Fue el judeocristianismo quien lo inventó: creación ex nihilo, Juicio Final. Con esos dos conceptos, que ninguna religión ―fuera de las tres del Libro― comparte, nació la idea de la Historia, de un tiempo lineal que avanza como una flecha desde el hágase la luz hasta la Segunda Venida, no se detiene, no retrocede, puede escandirse y medirse, tiene un antes, un durante y un después, y está, en consecuencia, sometido al tictac inexorable del reloj.

En Oriente, por el contrario, aseguran que el tiempo es circular, que todo se repite, que la historia es eterno retorno de ciclos que se encadenan y que las cosas del mundo no se suceden, sino que, simplemente, suceden. Es el illud tempus, el del érase una vez de las leyendas, las fábulas infantiles y las escrituras sagradas, el de la Edad de Oro, el de la serenidad apolínea y la ebriedad dionisíaca, el del nada importa nada de los cínicos, los estoicos y los epicúreos. En él no cabe la Caída ni, por lo tanto, el deterioro y la muerte. Es probable que el hombre feliz no tuviera camisa en la época de Las mil y una noches, pero es seguro que ahora no tiene reloj. Mi amigo Jodorowsky, de hecho, no lo tiene. Palabra. Y yo lo envidio. ¿Cómo se las apañará para no perder los aviones? Cuando se lo pregunto, sonríe. ¿Será que los pierde? Vive cada minuto de tu vida, aconsejan los chamanes, como si fuera el último, y así tu hora será siempre la de la verdad.

¿Relojes? En los del mundo antiguo, cuando lo eran de sol, había una frase inscrita: Omnia vulnerant, ultima necat (todas las horas hieren, la última mata). Esa certidumbre es, en definitiva, el mecanismo secreto que mueve las agujas del reloj. La inmortalidad se alcanza parándolas.»

Reflexionen, amigos.

Publicado en: ...el 21 Julio 2008 @ 12:05 Comentarios (3)

DRAGOLANDIA: Lecturas de verano


El escritor Carlos Salem en la presentación de Matar y guardar la ropa

Dos, por ejemplo, aunque un mes de vacaciones ―quien las tenga― dan para muchas más. Corre la superstición de que todo, durante el verano, debe ser ligero, breve, burbujeante, divertido… Las canciones, los espectáculos, la televisión, las comidas, incluso el vino tinto. No entiendo la razón de tan extraña norma, pues se supone que en esa época del año hay más tiempo para todo, pero me atendré a ella. Los dos libros cuya lectura voy a recomendar son, en efecto, lo dicho. Sorbetes de limón con un chorrito de vodka. Almejas de carril. Minifalda de volantes. No se aburrirá, de seguro, quien les hinque el diente.

Carlos Salem es argentino, regenta un bareto minúsculo en el barrio madrileño de Malasaña (tómense allí una copa… Está en San Vicente Ferrer), lo abre todos los miércoles a los poetas que quieren leer en público sus versos, publicó hace cosa de un año su primera novela, titulada Camino de ida, que era espléndida, y vuelve ahora a las andadas con otro divertidísimo relato de serie negra que no sólo no desmerece del anterior, sino que lo supera. Lo publica con el mismo sello editorial: Salto de Página. Se titula Matar y guardar la ropa. La acción ―más veraniega, imposible― transcurre en un camping nudista de Murcia y es trepidante, pero no escalofriante, pese a la crudeza de su planteamiento, porque el humor ―cáustico, sarcástico, mordaz, caníbal― la atempera siempre. Reirá después de haber temblado, temblará después de haber reído. Hay, por si lo dicho fuera poco, tórridas escenas que se la levantarían a un muerto. No sobran. Un retrato de nuestra época. Cinismo, pimienta y piedad. Una revelación. Un hallazgo. Un novelista que me ha reconciliado con la novela. No era fácil. Estaba harto de ese género.

¿Salem? El nombre marca. Este argentino es un brujo. Seguro que en su bareto sirven hechizos. Bébanse su libro a mi salud.

Stan Lauryssens se ganaba la vida haciendo agujeros en una fábrica de queso emmenthal. Luego lo contrataron para escribir entrevistas falsas con grandes figuras de Hollywood en una revista de Amberes. Después se convirtió en marchante de obras de Dalí, las vendió a miles, descubrió que eran falsas, se enriqueció, fue detenido y despojado de sus riquezas, acabó en una villa plantada en las alturas de Port-Lligat, conoció allí al pintor ―ya decrépito― de los relojes blandos, trató a todas las gentes de su pintoresco entorno y… No sigo. Lauryssens, con esos mimbres, ha escrito unas memorias divertidísimas: Dalí y yo. Llevan un subtítulo: Una historia surreal. Lo es. Tanto, por lo menos, como lo fue el propio Dalí. Se está haciendo en Hollywood una película basada en ese libro. Al Pacino interpreta el papel del pintor. Habrá que verla, pero de momento conviene leer las memorias en las que se inspira, recientemente publicadas en España por Ediciones B. Un acierto de su director: Ricardo Artola. Dalí y yo es, además de todo lo dicho, una novela picaresca en la que se denuncia el monstruoso negocio de las falsificaciones en la historia más reciente del arte moderno. ¿Arte? Lean y decidan. Yo no voy a decir más. Una vez fui a Arco y…

Publicado en: ...el 17 Julio 2008 @ 12:12 Comentarios desactivados

EL LOBO FEROZ: Pobre de mí

No. Pobre homo sapiens. Las campanas doblan por todos. No es ociosa la alusión a Hemingway. Somos pecios a la deriva sin islas en el Golfo donde tomar un daiquiri. Las nieves del Kilimanjaro se deshielan y en su cumbre yace el esqueleto de un turista. Ya no hay verdes colinas en África. Los leopardos se extinguen, y la especie humana, también. No nos queda ni París. Aquello es un osario de turistas que van a Disneylandia, sacan fotos, hacen cola y comen hamburguesas. La Gioconda está triste. ¿Qué tendrá la Gioconda? Hemingway, viéndolas venir, se suicidó en el 61. Fue su último encierro. Lo pilló el toro. Yo le rendí póstumo homenaje yéndome a Pamplona en autostop el 5 de julio. Tardé dos días en llegar, no encontré cama, anduve de aquí para allá toda la noche y al salir el sol compré un periódico, lo enrollé, me fui a la Estafeta, me santigüé (aunque era ateo del colegio del Pilar y comunista del barrio de Salamanca) y brindé al suicida mi primer encierro. Salió bien. No me pilló el toro. ¿Capote del santo patrón o del santo bebedor de Illinois? He vuelto a ver estos días, desde la barrera de la televisión, la sanferminada. Sic transit, aunque con un jirón de gloria mundi. Un jirón, digo. Apenas nada. ¿Fiesta? No. Velorio anticipado. Dentro de unas horas cantarán el pobre de mí, o el de todos, y ése es el plinto de mi columna. Nací en un mundo que no estaba lleno, en el que había espacio para correr los seis mil toros de la vida. Hoy ya no caben en la calle de la Estafeta ni siquiera los seis de cada encierro. Las muchedumbres –neozelandeses borrachos, y cosas así– lo invaden todo y convierten el espacio vital en mortal. Lo que sucede en los sanfermines es signo de los tiempos, alegoría del futuro, vaticinio de Apocalipsis. Ya no queda en el mundo un solo lugar que no esté de bote en bote. Ni siquiera los cementerios. En las plazas de toros de la vida han colgado el cartel de no hay billetes. ¡Qué agobio! No sé ustedes, pero yo no quepo. Me asfixio. Seis mil millones de egos, incluyendo el mío, no caben en el planeta. Imaginen cuando seamos diez mil. Dicen los demógrafos que eso, si algo o alguien (guerras, epidemias, catástrofes, extraterrestres, Godzilla, el doctor No, Zapatero) no lo remedia, sucederá en 2050. El exceso de población es la madre de todos los males que nos afligen. ¿Enfermedades víricas, amenaza nuclear, contaminación, China, hipotecas basura, precio del petróleo, biocombustibles, escasez de agua y de alimentos, choque de civilizaciones? Todo eso viene de lo otro. Las especies que proliferan por encima de lo que su hábitat consiente ―es inflexible ley zoológica― se extinguen, y punto. En ello andamos. El hombre es el peor de los depredadores. El mundo empezó sin él, ha dicho Lévi-Strauss, y terminará sin él. Quien a hierro mata… Pónganse los salvavidas. Yo ya lo hice. Vivo extramuros de todo, en un lugar cuyo índice demográfico es inferior al del desierto de Gobi. No exagero: menos de dos habitantes por kilómetro cuadrado. ¡Qué gusto! En la puerta de mi casa hay un cartel: visita no acordada, visita no deseada. Respétenlo para que siempre me quede Castilfrío.

Publicado en: ...el 16 Julio 2008 @ 10:46 Comentarios (119)

DRAGOLANDIA: Antitaurinos

Supongo que no todos serán así. Seguro que entre los antitaurinos habrá buenas personas, gentes de corazón misericordioso, cristianos capaces de ofrecer la otra mejilla, individuos que utilicen el cerebro para pensar y no el testuz para embestir, pero lo cierto es que abundan en esa tropa los mílites del odio, el espumarajo en el belfo y el insulto como bandera. Son la antítesis de Francisco de Asís. Presumen de lo que carecen. Se apiadan del toro, pero llevarían al matadero a los animales humanos. Consulte el lector el último libro de Boadella (Adiós, Cataluña) y repase en sus primeras páginas el texto de los mensajes que ese alto juglar recibe por correo electrónico. Ponen los pelos de punta. Ayer también yo recibí –lo envió su autora a mi web– uno de esos mensajes. Homo homini lupus. No se me erizó el vello, porque estoy vacunado, conozco a mis semejantes y a quienes por tal se despachan, vengo de vuelta y sonrío siempre. Eppur… Reproduzco, a palo seco, la misiva en cuestión, que sola se alaba. Mantengo, eso sí, su barbarie gramatical y su delirante puntuación. No me la cargue en cuenta el lector. Juzgue éste…

«No sé como te lo montas sádico, pero he de felicitarte por tu esmero, ya que cada vez que te escucho, compruebo que te has superado a ti mismo y si la última vez fue el estómago revuelto lo que me dejaste cuando fuiste a darte un baño de gloria a la monumental, aprovechando la difusión mediática que los antitaurinos íbamos a crear ese día, esta vez me ha resultado realmente complicado contener las bilis que me provoca verte esputando barbaridades por esa bocaza que dios, o seguramente de existir, satán te ha dado.

Dedícate a tu absurda literatura, que fijo que lees tan solo tú o los soplapollas de los que te rodean, en el ánimo de conseguir un orgasmo pajillero, porque la defensión de la tauromaquia no es lo tuyo.

Si el toro segrega hormonas sexuales en el momento de su muerte y a ti eso te pone, porque se nota en como cambia tu expresión (qué asco me das por dios!) y en como enfatizas el tono de tu voz cuando hablas de ello, por qué no dejas que probemos a meterte un estoque por el culo y así, a parte de conseguir quitartenos de encima, que ya nos tienes más que hartos con tus provocaciones, te proporcionamos una muerte sádica y orgásmica como nunca hubieses soñado?.
Te prometo una experiencia única e irrepetible….uhmmmmm…..

Deja ya de insultarnos, deja ya el tema que solo te lo crees tú y actores secundones que tienen que acompañarte a un coso de muerte, para darse un baño de gloria como el insulso del boadella, vaya pareja de tortolitos que estaís hechos….menos mal que os quedan 2 telediarios y por mi parte, os deseo que sean agónicos, enfermizos (me refiero a físicamente hablando, que psiquicamente es imposible estarlo más) y sobre todo solos, como muere por vuestra culpa el toro en la plaza.
Supongo que la magnitud de mis insultos, halagará tu ego y empalmará esa parte retorcida de tu cerebro que tienes entre las piernas y que dudo muy mucho, que sepas usar en condiciones.
Un saludo antitaurino y ya veremos cómo hablas cuando os quitemos los 560 millones de eurakos que os proporciona mi gobierno del sudor de nuestros impuestos, listos!!!.»

Huelgan los comentarios. Terrorífico, ¿no? Hablaba Antonio Machado de esa España inferior que ora y embiste cuando se digna usar de la cabeza… ¿De la cabeza? Algunos la tienen en las pezuñas.

Publicado en: ...el 15 Julio 2008 @ 12:27 Comentarios (13)

DRAGOLANDIA: Disidencias, coincidencias

Leo en el suplemento de libros de ABC del último sábado un artículo que me sorprende. Lo firma Félix Romeo, de quien siempre he tenido buena opinión, y se titula Contra Steiner, del que siempre la he tenido mala. Habla el columnista de la obra Los libros que nunca he escrito, recientemente publicada por Siruela, y dice que al leerla se le han puesto los pelos de punta. A mí, también, aunque no por el texto de Steiner, que sólo había hojeado, sino por el que Romeo le dedica. Entresaco algunos párrafos, sin ánimo de polémica ni voluntad de injuria. Es sólo la sorpresa, insisto, lo que hoy me mueve. A saber:

l. “El libro de Steiner no me gusta nada porque muestra un profundo desprecio por el ser humano (el ser humano que no es él, quiero decir). Prefiere a los perros, que no tienen la suerte de no poder leer sus libros. En el texto Del hombre y la bestia, y sin duda pensando en sí mismo, escribe: Hay quienes ―posiblemente son muchos― quieren a los animales más que a los seres humanos. Raras veces se habla de esta verdad.”

¿Y bien, amigo Romeo? ¿Por qué te escandalizas? ¿Eres de la cuerda del psicópata Rousseau? Voltaire y yo creemos que el hombre, lejos de ser un buen salvaje, es el peor de los depredadores. Yo, en líneas generales (las de la excepción que nunca falta), me llevo mejor con los gatos, los osos, los lobos, los toros de lidia, los lagartos y los escarabajos. Cuestión, quizá, de afinidades más o menos totémicas. ¿Me convierte eso, a mi vez, en un psicópata? No sé si Steiner tiene hijos, pero sí sé que Rousseau abandonó a todos los suyos. Y tuvo cinco.

2. “El libro de Steiner no me gusta nada porque ataca sin parar la democracia. La ataca con argumentos lamentables y de un impresionismo tan ful que no voy a gastar el tiempo refutándolos. En Petición de principio escribe: La democracia, un compromiso con la mayoría, hace sonar su fanfarria para el hombre común, cuyo Dios es en buena parte del planeta el fútbol. El credo de la Ilustración, el meliorismo del siglo XIX, que sostenía que la escolarización de masas era el camino hacia el progreso cultural, hacia la sabiduría política, ha demostrado hace tiempo ser ilusorio.”

¿Y bien, amigo Romeo? ¿No es, acaso, nos guste o no, así? Mira a tu alrededor, levanta acta y no mates al mensajero. En cuanto a la democracia, ¿no admite crítica, es palabra de Dios, termina con ella la historia, como sostenía el memo de Fukuyama? No confundamos la politología con la politeología.

Y 3. “El libro de Steiner me horroriza porque está contra la educación obligatoria. En Cuestiones educativas escribe: La predisposición a una cultura superior está lejos de ser natural o universal. Puede ser cultivada o multiplicada. La frase, tan necia, no merecería un comentario, pero que un intelectual emplee la palabra natural para definir la cultura explica muchas de sus deficiencias interpretativas, primero, y argumentativas, después.”

Sin comentarios. Suscribo lo que dice Steiner. El estudio es una vocación, no una obligación. Inclúyeme entre los necios y bórrame de la nómina de los intelectuales, si es que alguna vez me incluiste en ella.

Podría citar otros párrafos, amigo Romeo, pero ¿a qué ton? Yo también, como Steiner, tengo una idea aristocrática no del mundo, como tú aseguras, sino de cómo debería ser el mundo. O, mejor dicho, la sociedad. El populismo ―ya lo dijo, entre dientes, Ortega― es un desastre, acaso el mayor y peor de la historia universal. Se deriva, como sabes, del igualitarismo judeocristiano. Vade retro.

¿Incorrección política la nuestra (la de Steiner y, salvando las distancias, también la mía)? Pues sí: la del sentido común.

No pensaba leer, por pereza y sobrecarga, Los libros que nunca he escrito. Ahora lo haré. Gracias por la sugerencia, amigo Romeo, y no te enfades conmigo. Terminada tu digresión, espero los argumentos.

Postdata: No leas mi último libro (Y si habla mal de España… es español), Félix, porque te daría un soponcio y, de verdad, no te lo deseo. En él voy, por el mismo atajo, mucho más lejos que Steiner.

Publicado en: ...el 14 Julio 2008 @ 13:15 Comentarios (4)

EL LOBO FEROZ: Invisibilidad

Palabras que se ponen de moda y convierten el mundo en un rebaño: visibilidad, transversal, referente, proyecto de futuro… ¡Caramba! ¿Hay, acaso, proyectos de presente o de pretérito? Sería pasmoso: el tiempo al revés, retorno al futuro. Pero dejemos eso. Quería hablar hoy, subiéndome al pescante de las carrozas del Día del Orgullo Gay (¿Gay? Otra palabra inútil. En el castellano las hay a cientos para designar lo mismo), de la visibilidad. Ha sido ésta, aplicada al lesbianismo, reivindicación por todos coreada en el desfile del sábado y en la fiesta que lo remató. Muy bien. Ejercían un derecho y no seré yo quien lo discuta. Haga cada uno de su sexo un sayo. Libertad de costumbres e incluso, en lo que me concierne, omnisexualidad, promiscuidad, paganismo, desenfrenada lujuria y abierto libertinaje. Los homosexuales siempre me han tenido a su lado. Y los heterosexuales, los que son ambas cosas y los que, por indefinición o indiferencia, no son ni lo uno ni lo otro, también. Lo que sí discuto, en líneas generales, y no sólo en el caso de las lesbianas, es la petición de visibilidad. No la entiendo, no la deseo, no la comparto. Yo, que tan visible soy por culpa de la tele, reivindicaría lo contrario: el derecho de todo el mundo a emboscarse, a pasar inadvertido, a mantener lo privado ―toda vida, en principio y por definición, lo es― en el ámbito de la privacidad. ¿Redundancia? No. No, al menos, ahora, cuando muchos llegan al extremo de confundir ―recuérdese lo sucedido en el caso de la hermana de la princesa― la abyección de los paparazzi con la libertad de expresión. ¿Desearían los adúlteros ser visibles? La clandestinidad es un placer que realza todos los sabores y saberes, incluso el del exhibicionismo estratégicamente dosificado. ¿Quién no ha querido más de una vez ser invisible? O muchas, y en mi caso siempre. Es mi sueño favorito y lo es también, me consta, de bastante gente. Ya de niño, por las noches, en la cama y antes de dormirme, lo acariciaba, me regodeaba, acurrucaba y acunaba en él. Sigo haciéndolo. Lo haré, sospecho, hasta que me muera y recupere la misteriosa condición y dimensión de los nonatos. Invisibilidad, por cierto, no es sinónimo de inexistencia, sino, en todo caso, de esencia. Lo esencial, decía Saint-Exupéry, es invisible a los ojos. Serlo es ser, casi, omnipotente, invulnerable, feliz y, por supuesto, libre. No entiendo que las lesbianas quieran privarse de eso. No entiendo a quienes consideran avance y logro lo que a mí me parece retroceso y pérdida. No entiendo a nadie que renuncie motu proprio a tan sacrosanto derecho, que es, en definitiva, el de la mismidad. Los homosexuales, por tantos y durante tanto tiempo acosados en otros órdenes de la vida, gozaban, al menos, de él. Yo, que lo he perdido, volveré a fantasear esta noche con mis andanzas de hombre invisible y desearé que los dioses, la sociedad y mi prójimo me reconozcan ese derecho y me devuelvan ese don.

Publicado en: ...el 10 Julio 2008 @ 11:00 Comentarios desactivados

EL COBAYA: El asesino anda suelto

O, mejor dicho, las asesinas. Apunto, y ojalá pudiera disparar, a las grasas vegetales. ¡Costaría tan poco prohibirlas! En Estados Unidos ya lo han hecho. Aquí, como de costumbre, el ministerio de Sanidad mira al tendido y se hace el sueco. ¿Será porque hay demasiados intereses empresariales en juego? No me gusta pensar mal, pero este asunto me desespera. No se peca sólo, en lo que a salud pública se refiere, por comisión, sino también por omisión. ¿Para qué diantre sirve un ministerio que prohíbe o acogota la libre circulación de los productos de herbolario ―véase, sin ir más lejos, lo sucedido hace poco en Cataluña― y permite que las grasas trans o hidrogenadas, causantes de buena parte de las muertes por ictus, infarto, ateroma, angina de pecho y otras dolencias cardiovasculares, vayan directamente del paladar a las paredes de las arterias?

Hay, por supuesto, grasas vegetales ―los aceites de oliva, soja, girasol, azafrán y maíz, por ejemplo― que, por ser del tipo insaturado, pertenecen al grupo de nutrientes esenciales y son no sólo beneficiosos para la salud de las arterias, sino necesarias para la alimentación. Ahora bien: lo que en la inmensa mayoría de los productos envasados, congelados, enlatados y precocinados se entiende por grasa vegetal es la que se elabora con aceites de palma o de coco, y eso es pólvora para la salud. Miren el etiquetado de lo que compran, de todo lo que compran, a excepción de los productos frescos, así sean, verbigracia, inocentes galletas o, incluso, artículos de alimentación supuestamente dietéticos, ecológicos y biosaludables, y huyan a velas desplegadas, depositándolos previamente en su anaquel, expositor o frigorífico, si se topan con la fatídica y, por ambigua, capciosa expresión ―grasa vegetal― a la que vengo haciendo referencia. Y eviten también, por la misma razón, la margarina (a no ser que haya sido molecularmente modificada) y todos los productos horneados o fritos. Las grasas trans son asimismo ingrediente habitual, por pasiva y por activa, de algunas carnes, de la leche de vaca y de sus derivados. En la pastelería y en la bollería, incluso en la que no es industrial ni se vende empaquetada, también se recurre al veneno hidrogenado. ¿Por qué lo hacen? No es un misterio. Lo hacen porque se conserva mejor que la grasa insaturada, sabe bien, no se pone rancio y cuesta menos, pero no sólo de ganancias vive o debería vivir el hombre.

Reaccionemos, plantemos cara. Si los consumidores boicotean todo lo que lleva grasas vegetales, éstas desaparecerán. Yo, en el ínterin, nunca viajo sin llevar en la maleta una lata de aceite de oliva virgen, extra y prensado una sola vez en frío. El que no es virgen, por cierto, se elabora con el hollejo de la aceituna mezclado a otros ingredientes y no es, en puridad, de oliva. Otro fraude. ¿Cuántos van?

Publicado en: ...el 09 Julio 2008 @ 17:10 Comentarios (10)

DRAGOLANDIA: Héroes

Así los llaman. Me refiero ―la duda ofende― a los miembros (no hay entre ellos miembras, se infringe la ley de igualdad, falla la cuota) de la selección nacional de fútbol. Han jugado bien ―lo reconozco― y sus modales han sido casi exquisitos, a diferencia de los que exhibían sus seguidores dentro y fuera del estadio, pero el heroísmo es otra cosa. Exige, por ejemplo, que sus protagonistas se enfrenten a la adversidad jugándose la vida y poniendo ésta al servicio de un bien superior que no redunde en beneficio de quien aspire a héroe. Ninguna de esas condiciones ―mínimas, inexcusables― concurre en este caso. Vi, a ráfagas, sin demasiado interés, porque el deporte me aburre y tenía, curándome en salud, un libro entre las manos, los dos últimos partidos de la Copa en cuestión, que ni sé cómo se llama (¿Champions, quizá? De ser así, ¿por qué no de Campeones?), y las reacciones de esos salvajes a los que llaman hinchas me avergonzaron. Más vergonzoso aún me pareció el zafarrancho de combate que a renglón seguido y durante más de veinticuatro horas de oprobio colectivo devastó el país. De todas las imágenes deplorables que las pantallas de televisión, inmisericordes, nos propinaron, y fueron muchas, ninguna rayó tan bajo, tan a ras de suelo y de la vergüenza propia y ajena, como la relativa a lo sucedido en los vestuarios donde nuestros jugadores celebraban el triunfo. Vi en ese momento, con las pupilas dilatadas por el estupor, el asco y la incredulidad, a varios jugadores ―el célebre Casillas, entre ellos― en ropa interior de horteras rematados. Marcaban paquete con repugnantes calzoncillos de espuma negra (ver para creer), esgrimían botellas de champán malo a gollete abierto, se rociaban los unos a los otros con la espuma que salía por él y se gastaban bromas pueblerinas de reclutas en la edad del pavo mientras los comentaristas y locutores de la tele ―iguales todos en eso― palmoteaban con ojos embobados de padres que perdonan las travesuras de su prole. Lo peor, en aquella apoteósica exhibición de zangolotinería y vulgaridad, eran los calzoncillos de espuma negra. ¿Ligarán con eso? ¿Los habrán heredado de quienes in illo témpore ―el del franquismo y el gol de Marcelino― los compraban en las rebajas de Sepu? ¿Veremos pronto a los chicos de Viena con sus habilidosos pies enfundados en calcetines rojigualdas? ¿Heroísmo? ¿Aquiles frente a Troya? ¿Hernán Cortés en Teotihuacán? ¿Los últimos de Filipinas? No, no. ¡Casillas en calzoncillos! Estamos tocando fondo.

Publicado en: ...el 08 Julio 2008 @ 12:45 Comentarios (2)

DRAGOLANDIA: Perplejidad

Leo en el periódico un anuncio sorprendente. Es de una agencia de viajes muy conocida, ocupa un cuarto de página y sus letras negras de muy variada tipografía se recortan contra un llamativo fondo de color teja (por llamarlo de alguna forma). Su texto dice:

«Consejero delegado de ESTUDIAS O TRABAJAS. Perfil: XX busca viajero o viajera soltero o soltera para disfrutar de seis (6) viajes gratis a las ciudades con más sex appeal del mundo. Job description: Se precisa persona con visión de futuro, capaz de dejar las llaves de su piso de un solo ambiente a un colega responsable. Imprescindible don de gentes para entablar amistades, y quizá más, con gente de nacionalidades diversas. Viajará para realizar labores de I+D vacacional. Su experiencia inspirará las futuras recomendaciones de XX. Se ofrece contrato de ocio indefinido. Seis viajes a los destinos más cosmopolitas del mundo. Dietas remuneradas. Interesados enviar video-currículum o CV en formato powerpoint a XX.»

Hay, además, una clave de referencia que no voy a detallar. El anuncio aparece en las páginas dedicadas a la información internacional. ¿A qué alude? ¿Qué fin persigue? ¿Qué se esconde tras él? ¿Qué significa eso de quizá más? ¿A qué tipo de investigación y desarrollo se refiere? ¿Hay límites de edad? ¿Serviría un vejestorio como yo caso de estar soltero? ¿Qué es una ciudad con sex appeal? ¿Se admite la homosexualidad? ¿Puede apuntarse una puta? ¿Importa el tamaño? ¿Por qué no debe tener el piso más de una habitación? ¿Habrá mirones? ¿Será una orgía?

Lo dicho: perplejidad. Pasaré de largo, pero quizá haya entre los lectores alguien deseoso de escribir una novela de serie negra. Sería este anuncio un buen punto de arranque. Tire del hilo, averigüe lo que en él se cuece y cuéntelo luego aquí mismo, si le place, o donde sea para que yo pueda salir de mi perplejidad y saciar mi curiosidad.

Daré una pista: la agencia de viajes en cuestión se llama, casi, como una importantísima ciudad española, restándole una sílaba (la última). El anuncio apareció en un periódico madrileño de difusión nacional el 12 de mayo del año en curso. Lo recorté, se me traspapeló y ahora ha reaparecido. Lo que no se llevan los ratones… Ratones, sí, porque en mi casa los hay. Vivo en el campo, y eso se nota y se agradece. También lo agradece Soseki. Ya saben: mi gato. Lo suyo sí que es sex appeal. ¿Lo tendrá Castilfrío? ¿Será éste un lugar cosmopolita? ¿Me ofrecerá la Junta de Castilla y León un contrato de ocio? Lo dudo. Soy un paleto. Ni siquiera sé qué es eso del powerpoint.

Publicado en: ...el 07 Julio 2008 @ 12:05 Comentarios (1)

EL LOBO FEROZ: Abajo España

Chirrío, desentono, estoy enfermo. Debería consultar a un especialista, pero no sé a cuál. ¿Un loquero, un cura, un gurú, un funcionario del ministerio de Igualdad? Soy miembro, con o, del jurado del premio Príncipe de Asturias de las Letras. Este año, al final, hubo que elegir entre una correcta escritora canadiense de intachable conducta y un levantisco escritor español de historial heterodoxo. Ganó por abrumadora mayoría la primera. Yo voté a Juan Goytisolo. Mejor habría sido para él que no lo hubiese hecho. Soy un cenizo. Siempre pierde mi candidato. Esa tarde, la del miércoles, acometí por tercera (y última) vez la lectura del nuevo libro de Ruiz Zafón y me sucedió lo mismo que en los dos anteriores: no pude pasar de su trigésima página. Tampoco había conseguido leer su primer folletón. Dirán que lo digo por envidia. Pues no: son rarezas. Envidiaría, si acaso, los royalties percibidos, pero no la autoría literaria de esas obras para lectores con acné y adultos que no han crecido. Ande yo caliente, pensará Zafón, y ríase Dragó. Pero Dragó no se ríe, sino que se rasca la cabeza, incapaz de entender a los millones de personas fascinadas por esos libros. ¿Serán las mismas que leen a Paulo Coelho, Susanna Tamaro, Dan Brown, Bucay, Ratzinger, Sampedro, Galeano y la madre Teresa? El jueves, dispuesto a ser buen chico y oveja blanca de una vez por todas, me senté frente al televisor y puse la Cuatro. Lo hice con la mejor voluntad del mundo. Era mi gran ocasión. Si lo que veía me gustaba y emocionaba o, por lo menos, me enorgullecía, sería yo, al fin, uno más. El fútbol, como la fe al ciego del evangelio, me habría sanado. Empezó el partido y… Ni por ésas. El primer tiempo me aburrió y el segundo también. Tuve que echar mano de un libro, que no era de Zafón, para combatir el tedio y apagué el sonido para no escuchar las idioteces que se decían. De vez en cuando alzaba los ojos y lo que veía fuera del campo me avergonzaba. Aspavientos, berridos y gente con el rostro pintarrajeado que se despepitaba en los graderíos y en las calles. ¿Lectores de Zafón? El hombre masa, el hedor del establo, el mugido de la tribu. ¿Sería todo aquello escenificación orquestada del Proyecto Simio al que sus señorías, desandando el camino de Darwin, se habían sumado un día antes en el Parlamento? Me avergonzó, incluso, ver a los príncipes abrazándose en público, renunciando a la dignidad áulica e incorporándose al jolgorio. ¡Hale! ¡Todos juntos! Reconciliación nacional, banderas al viento, Santiago Matamoros y arriba España. El domingo encendí otra vez la tele. Lo hice empecatado y con rabia. No me aburrí. ¿Cómo iba a hacerlo si hasta el último instante del partido, empujando con los pies de mi rareza, esperé y deseé que perdiese España? Los dioses no me escucharon. Ya dije que soy un cenizo. ¿Seré, además, un psicópata? Lo mío no tiene cura. Iré mañana al médico, y si hay que internarme, que me interne. ¿Qué pinto aquí? ¿Qué me pasa, doctor? ¿Por qué soy tan raro? ¿Por qué quiero salir ahora a la calle quemar una bandera y gritar abajo España? Ecce homo. ¡Fuego!

Publicado en: ...el 04 Julio 2008 @ 11:03 Comentarios desactivados

DRAGOLANDIA: La Saca

Jueves, 25 de junio, mediodía… Dentro de unos instantes rasgará el cielo el tercer cohete de la sanjuanada de Soria, se abrirá el portón de los corrales plantados en la yema del parque regional de Valonsadero, saldrán por él a campo abierto los doce erales del solsticio, la bravura impondrá su ley y el mundo quedará patas arriba. Es ―era― el regreso del hombre, por unos instantes, a su condición primigenia, a su naturaleza ancestral, al código de la sabana, del alto llano y de la jungla, al coro unánime y, a la vez, disperso, del sálvese quien pueda. Yo, al hilo de muchos años y de varias décadas, estuve siempre allí, a bocajarro de ese portón, dispuesto a todo. La saca me parecía un sacramento, un rito de renovación y de paso al que anduviera por donde anduviese tenía que acudir. Y acudía, en efecto, puntual y bien duchado, desde cualquier rincón del globo. Pero hoy, jueves, 26 de junio, mediodía y sereno, no estoy allí, sino aquí, en Castilfrío, a muy pocos kilómetros de distancia. No los he recorrido, no los volveré a recorrer nunca, dejé de recorrerlos hace cinco o seis años. La Saca ya no es mi Saca, ya no es la ley de la jungla, el grito de libertad del hombre primigenio, el retorno a lo que fuimos, la llamada de lo que nunca seremos, la tregua de Dios proclamada por las gentes del común a contrapelo de la historia, de la dictadura de lo cotidiano y de la voluntad de las autoridades. Éstas han empuñado el mando de la fiesta, la han despojado de su noble barbarie y le han arrebatado el alma. Lo que fue explosión es ahora café sin cafeína, ágape sin calorías, fútil remedo. El Orden ha sustituido al Caos. La Saca es un parque temático. Yo no pinto nada allí. Prefiero recordarla como fue a vivirla como es.

¿Y cómo fue? Así la describía yo, desde Japón, en el invierno de 1975. Acababa de morir Franco y…

«Broncos garrochistas de la estepa (nadie vaya a confundirlos con los jinetes andaluces) han encerrado ya los doce toros en su penúltimo corral. Falta, por ejemplo, una hora para que suene como clarín inicial la del mediodía. Sube el astro y casi en la cresta del solsticio un cohete lo persigue. Luego otro. Ahí el sésamo que abrirá las puertas del cubil. Por su dintel asoman cuernos y morros de dioses. Comienza la Saca, primer acto de una ópera que se divide en cinco. Los de Numancia ―hombres y mujeres― esperan impertérritos el aluvión trenzando el dibujo de la jota y de la bota en la explanada por donde enseguida cruzarán los toros. Estamos a siete kilómetros de la ciudad. Hay que recorrerlos como sea y al precio de una sola condición: las doce bestias rituales entrarán en los chiqueros de la plaza antes del crepúsculo. Para todo lo demás, y por una vez, escrupulosamente ancha va a resultar Castilla. Y venturosa, imprevisible, versátil, abigarrada como el Orinoco, agridulce como el final de una guerra, undívaga como la macumba, cruel, inexacta como el desierto, jadeante y feliz como un carnaval de otra época. Nadie la toque, nadie la propague. Repito que es la Saca, un sacrilegio, una apuesta, una locura, un rock, un desafío. De Valonsadero al Ferial y desde el mediodía hasta el sol poniente: en la intersección de esa superficie, esa trayectoria y ese decurso de tiempo se libra, quizá, la mayor y mejor aventura que hoy puede correr un español en España.»

Sic transit. Oración fúnebre. Ni una palabra más. Es jueves, mediodía, sorianos y toros del solsticio en un lugar de Castilla del que ya sólo quiero acordarme. Ni estoy ni estaré nunca más allí.

Publicado en: ...el 03 Julio 2008 @ 13:37 Comentarios desactivados

DRAGOLANDIA: Sin gafas en Marrakech


Panorámica de Marrakech

Efecto mariposa: un percance sin importancia desencadena un terremoto en mi vida. Estoy en Marrakech y he perdido las gafas. Las dejé hace unas horas, inadvertidamente, sobre la mesa de un café sito frente a la plaza de Jamaa-El-Fna. Me he dado cuenta al llegar al hotel, que está a quince kilómetros de la ciudad. Volver al escenario de la pequeña catástrofe es difícil y, además, todos me aseguran que perdería el tiempo. Gafas de paso, en este cubil de pícaros, cañazo. Se las llevan. Alguien me dice que ningún buen musulmán haría eso en la Meca, pero que en Marrakech lo hacen todos. No tengo gafas de repuesto. Mi vista está cansada: no puedo leer sin ellas. Y si no puedo leer, ¿qué diablos voy a hacer aquí durante los dos días que me quedan antes de volver a España? He venido para dar una conferencia. Ya la he dado. Conozco la ciudad al dedillo. Llegué a ella por primera vez en mil novecientos sesenta y nueve y la he visitado con posterioridad en muchas ocasiones. No es cosa de recorrer por enésima vez sus monumentos. Tampoco me apetece visitar la medina, que está infestada de turistas, bribones y acosadores de todo tipo. Hace un calor infernal: de cuarenta grados para arriba. El hotel es uno de esos monstruos de cinco estrellas ―tan usuales ahora― pródigo en dependencias, restaurantes carísimos en los que se come fatal, tiendas en las que nadie entra, hoyos de golf, larguísimos corredores, obsequiosa y agobiante servidumbre, tipos que tocan una especie de laúd cuando menos te lo esperas, gentes enchilabadas que te persiguen con teteras y dulces de miel, gollerías inútiles en las habitaciones congeladas por el huracán del aire acondicionado y pétalos de rosa ―por poner un ejemplo― sobre las almohadas. Podría ir a la piscina, pero no me gusta nadar y sólo me baño en las bañeras. Podría tomar el sol, pero es malísimo para la salud y, dada la temperatura reinante, terminaría tan achicharrado como un pincho moruno de los que humean en la plaza. Podría acercarme de nuevo a ésta para ver si Juan Goytisolo aparece por allí, lo que me agradaría, pero no es probable que lo haga antes del crepúsculo y, con él, la fresca. Podría sentarme en un mullido diván de los muchos que despuntan por todos los rincones del hotel o acodarme en el mostrador de uno de sus infinitos bares para pegar la hebra con cualquier desconocido (o, ya puesto, desconocida), pero me aburre hablar y otrosí escuchar. ¿Ver la tele? Eso ni a palos. Así que insisto: ¿qué carajo voy a hacer hasta que vuelva a estar en casa? Terremoto, decía, y lo reitero, porque por primera vez en mi vida voy a pasar una jornada entera ―o, mejor dicho, casi dos― sin leer. No hay antecedentes o, si los hay, no los recuerdo. Siempre, día tras día, desde que me desasnaron, y eso sucedió muy pronto, he leído algo, poco o mucho, pero algo. Tendría que remontarme, si acaso, a las épocas en las que permanecí incomunicado por decisión de la policía y del juez en oscuras mazmorras de Sol o de las Salesas, pero incluso entonces leía las grasientas hojas de periódico en las que mi madre envolvía los bocadillos que me servían de pitanza. ¿Cabe sobrevivir a una jornada entera sin lecturas? Pronto lo sabré. Terremoto, también, porque hoy tocaba escribir la entrega de este blog y sin gafas no puedo hacerlo, lo que me obliga, y eso es también novedad absoluta en mi existencia, a dictar lo que en estos momentos llega, lector, a tus ojos. A ver cómo sale. Lo mismo le cojo el tranquillo y el gusto. Eso me cambiaría la vida. Y en el avión, ¿qué haré? ¿Papar moscas contemplando el correr de las nubes, si las hay? Algo parecido es, en definitiva, lo que me espera en el tedio del hotel: mirar al techo y pensar, cosa ―esta última― que siempre me ha gustado y nunca me ha aburrido, pero ¿durante tanto tiempo? Dieciséis horas diarias dándole vueltas al magín son, incluso para Aristóteles, y yo no lo soy, muchas horas. También podría, en el colmo de la desesperación, masturbarme, pero no creo que tan pecaminoso recurso diese, con mucho optimismo, para más de media horita. ¡Si por lo menos hubiera canal porno en la tele! Pero estamos en un país islámico donde los vicios de la cristiandad no son moneda común. Seguro que se están preguntando ustedes a quién demonios dicto esto. No lo revelaré. Y ya termino. Nunca he escrito en Dragolandia nada tan largo. Podría seguir con el blog y la misma matraca durante horas y horas, y así mataría el tiempo, pero los cánones de internet, donde la brevedad ―me dice mi ayudante― es obligada, no me lo consienten. Seguiré, pues, oteando el horizonte de la nada con expresión absorta. Ya les contaré. Adiós.

Addendum (escrito dos horas más tarde): acaban de aparecer mis gafas. Milagro. Alá es grande. Pero a lo hecho, pecho, y lo dicho, dicho queda. Ya sé dictar. ¡Qué alegría! Volveré a hacerlo en el futuro.

Publicado en: ...el 01 Julio 2008 @ 13:37 Comentarios desactivados

encuentros eleusinos en cafe gijon
CATEGORÍAS
  • Blogs de interés

  • Enlaces

  • Mi elixir


  • ARCHIVOS