DRAGOLANDIA: Líneas aéreas

Bangkok, 26 de mayo de 2008

Otra vez aquí, pero por poco tiempo…

Dentro de veintitantas horas estaré camino de España. Ha llegado, pues, el momento de cerrar el bucle que hace setenta días abrí.

Dediqué las primeras entregas de mi cuaderno de bitácora indochino (y, a veces, de desahogo) a los preparativos del viaje, de cualquier viaje, de todo viaje, y no sólo de éste, por considerar que tales cuestiones, mínimas, sin duda, a primera vista, pueden condicionar la tónica del mismo. Mal acaba, a menudo, aunque no siempre, lo que mal comienza.

Hablé entonces del equipaje y de los aeropuertos, y anuncié que a renglón seguido lo haría de las líneas aéreas, pero otros asuntos me distrajeron. Cumplo hoy con la palabra dada.

Cogí por primera vez un avión en febrero de 1956. Lo hice para huir de la policía de Franco, que me buscaba. Era de Iberia, me sacó de Madrid y me dejó en Santiago de Compostela, donde me recogió mi tío Jorge, me llevó a Ferrol y me dio asilo en su casa.

En 1965 cogí otros dos aviones. Uno, de Alitalia, para ir de Roma a Turín, donde tenía que cubrir para la RAI el Salón del Automóvil, y otro, de Air France, para ir y volver de Roma a París, ciudad esta última en la que los antisalazaristas portugueses iban a poner en mi pasaporte, fraudulentamente conseguido, el sello que me permitiría volar a Tokio e iniciar mi larga andadura asiática.

Todas las líneas aéreas, y créanme si les digo que probé muchas en aquellos años, eran entonces buenas. Ahora ya no lo es casi ninguna. Se han masificado. Se han adocenado. Son incómodas. Tratan a los pasajeros como si fuesen ovejas estabuladas. No salen ni llegan con puntualidad. Sus azafatas parecen sargentos, discípulas de Matrix o severas gobernantas. No dan comida. Dan pienso. Y lo que es aún más grave: nada las distingue, carecen de personalidad, son idénticas entre sí, ofrecen lo mismo, no tienen un mal detalle…

Vista una, vistas todas.

¿Todas? No. Por supuesto que hay excepciones: las de algunas líneas aéreas del sudeste asiático. ¿Sólo del sudeste asiático? Pues sí: sólo del sudeste asiático. No puedo elogiar a ninguna de las existentes en otras zonas del mundo. Lo siento. Ya me gustaría.

La JAL es (o era) excelente, como casi todo lo que lleva el marchamo de Japón, pero tiene un defecto: no vuela desde ni hacia ningún aeropuerto español. Sé que tiene el propósito de hacerlo en el futuro, a condición de que las autoridades de Sol, de Cibeles y de Barajas se lo permitan. Ojalá lo hagan. Madrid, con olimpiada, pero sin Tokio, seguirá siendo un poblachón manchego.

Era, digo, porque los japoneses me dicen que la JAL va a menos y no resiste la comparación con lo que fue. No puedo pronunciarme al respecto. Llevo tiempo sin tomarla.

De la misma carencia adolece la línea aérea de Singapur. Es fantástica, pero quien recurre a sus servicios tiene que hacer escala, al ir y al volver, en aeropuertos por lo general horribles: Frankfurt, Londres, París…

Y aunque no lo fuesen. El último tramo de los viajes de regreso a España procedentes de los confines asiáticos -Tailandia, Indonesia, China, Seúl, Japón- es peor que un descabello: apuntilla a quien, exhausto ya tras doce horas de vuelo, tiene que apurar el cáliz del viaje arrastrándose como un alma en pena por los interminables pasillos y controles de los aeropuertos europeos, arrostrando las vejaciones a las que como si fuera un terrorista se ve sometido y aguardando sabe Dios cuántas horas a que Iberia -¡Iberia! ¡Lo que faltaba!- lo transporte como una croqueta de supermercado a su destino final.

De la Korean Airlines sólo cabe hablar bien. Tiene además, por si sus virtudes fueran pocas, y no lo son, vuelos que arrancan de Madrid, ¡aleluya!, pero que únicamente llevan -nadie ni nada es perfecto- a Seúl, ciudad que queda un poco a trasmano, a no ser que el viajero vaya a Japón o a China.

Y yo, a China, no voy ni a palos. A Japón, por supuesto, sí, y para eso nada mejor, hoy por hoy, que la compañía coreana.

Dulcis in fundu. La mejor línea aérea del mundo es la Thai. No es la primera ni será la última vez que lo digo. No soy tampoco el único que lo hago. Hay consenso. Lo dicen todos. Gratitud, cortesía y sinceridad obligan.

Sé de lo que hablo. En los últimos seis meses he cogido siete vuelos de esa compañía y mi mujer otros tantos, no siempre coincidentes. Impecables, todos. Puntualidad de reloj suizo, delicadeza, elegancia, buenos modales, facturación rapidísima (sobre todo en Bangkok, pero no sólo), atención constante al viajero, aviones en permanente estado de revista, azafatas con las que cualquier varón juicioso se casaría, conexiones ajustadas al milímetro con los principales aeropuertos del vasto territorio que cubre y, como guinda, una orquídea.

La Thai, por añadidura, y en lo que me concierne, viaja a la zona del mundo a la que yo viajo con más frecuencia y –last but not least- no sale de la Terminal Cuatro, que es un parque de torturas, sino de la Uno, cuyo rostro aún es humano. Sólo por eso sería ya mi compañía preferida

Tengo dicho, medio en broma, que podría quedarme a vivir en la business de la Thai si dispusiera de dinero suficiente para financiar ese capricho. Es como un penthouse de millonario de película. ¡Lástima que yo no lo sea!

Y una última observación, ya que hablamos de clase business, porque es de justicia: los asientos de la British, en la categoría mencionada, son los mejores del mundo, tanto para dormir como para velar. Una delicia. ¿A que espera la Thai para instalarlos?

Publicado en: ...el 01 Julio 2009 @ 11:46 Comentarios (15)

DRAGOLANDIA: Karma

Islas Gili (Lombok, Indonesia), 22 de mayo de 2009

¡Ay de mí! La escapada termina.

Huí de Kuta (el infierno), huí de Ubud (el limbo), pasé cinco días maravillosos en Yogyakarta (ya hablaré de ella. No he podido hacerlo. Está, si le quitamos las motos, los coches y un par de avenidas plagadas de adefesios, casi igualita a como era cuando hace cuarenta años la visité) y me vine a las islas Gili, que están muy cerca de Bali, pero muy lejos de su contaminado, degenerado e insoportable estilo de vida. También hablaré de ellas, si ha lugar, que lo habrá, pero hoy me siento incapaz de hacerlo.

Estoy en un bareto. Aquí no hay coches. He encargado una tortilla de… A buen entendedor.

Miro al horizonte y se me encoge el alma. Dentro de unos días, muy pocos, ya no lo veré.

La escapada, como dije, toca a su fin. Vuelvo a Vandalia y a sus pequeñeces, tan molestas, en ocasiones, como los tábanos. Supongo que redactaré la próxima entrega de Dragolandia embutido ya, como el cerdo ibérico, el chorizo de Cantimpalos y la morcilla de Burgos, en las tripas del avión que me lleve a Madrid.

Lo del cerdo, el chorizo y la morcilla va con bala, con baba (mala, malísima) y con intención. No sé si España es un destino en lo universal, como decía José Antonio, pero sí sé, por experiencia propia, que ser español es una condena a la pena capital. No le dejan a uno dejar de serlo.

Lo intenté el 31 de diciembre de 1980. ¿O fue en el 79? No importa. Estábamos a punto de ingresar -lo haríamos al día siguiente- en la Unión Europea y, a modo de exorcismo, envié un telegrama al Ministerio de Justicia solicitando que se me concediera el estatuto de apátrida.

Y ni caso.

¡Hombre! ¡Digo yo que por lo menos podrían haberme extendido la clásica receta de Larra, que también tuvo la desdicha de nacer en el país donde yo lo hice, por más que ahora nos vendan, a burro muerto, la cebada de su centenario!

Ya saben: Vuelva usted mañana.

Pues, como digo, ni eso. Silencio administrativo, y a joderse, joven. Procure nacer en otra parte la próxima vez que lo haga.

Descuide, señor ministro. Así lo haré, suponiendo, claro, que Buda lleve razón y la reencarnación exista.

Dios guarde a usted menos de un año.

Fin de la instancia y fin de la infancia (entendida, a título metafórico, como paraíso).

Partir no es morir un poco, como dicen los franceses. Volver, en cambio, es morir un
mucho.

Y eso es lo que yo, a contrafuero, me dispongo a hacer.

¿Es una locura? No. Es un suicidio, pero no me queda alternativa. Nací español y, para dejar de serlo y reencarnarme, tengo que morirme.

Sea. Abandono el paraíso. Vuelvo a Vandalia.

¡Y, encima, hay elecciones!

¿Qué delito cometí contra vosotros naciendo?

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EL LOBO FEROZ: Crítica de la razón roja (I)

Ya viene la Feria del Libro por antonomasia. ¿Debo aclarar que aludo a la de Madrid? Seguramente, porque lo de antonomasia es palabro de difícil deglución para las molleras de los chicos de la LOGSE y el plan Bolonia. Bolonios, en efecto, son, mayormente, esas víctimas del Sistema, y si tampoco, como es de temer, conocen el significado de tan gráfico adjetivo, busquen su segunda acepción en el tumbaburros, aun a riesgo de que éste, haciendo honor a su apodo, los tumbe. ¡Ya que sus profesores no lo hacen! Antonomasia viene del griego, y fue en Grecia donde empezó la historia de la filosofía. Malos tiempos corren para ésta desde que mi tío Ruiz-Giménez dio mulé al bachillerato de Sáinz Rodríguez y divorció las ciencias de las letras. Eso fue en el 53, y desde entonces vamos a menos. Queda aún por aquí, trasconejado, algún que otro profesorcillo de filosofía, pero filósofos, lo que se dice filósofos, apenas hay ya en Vandalia. Si Yavé, para perdonar los pecados de ésta, exigiese a Lot diez representantes de tan rara especie, el país acabaría como acabó Sodoma. Uno de los más ilustres supervivientes en la magra nómina de la filosofía es Antonio Escohotado, que no irá, supongo, a firmar al Retiro, pues no es persona dada a tan antiepicúreas vanidades, pese a ser el autor de lo que a mí me parece libro del año y, posiblemente, de la década. Salió en noviembre, es un tocho de tropecientas páginas, lo ha publicado (con un par) Espasa y se titula Los enemigos del comercio. El único error del filósofo en lo concerniente a tan monumental obra, de la que hablaré con más detenimiento de hoy en ocho, es haberla llamado así, incurriendo en flagrante paradoja y, por ello, filosófica virtud, pues el título da razón de sí mismo al ser dudosamente comercial y poco idóneo para que los visitantes peripatéticos de la Feria, que nada tiene que ver con el Liceo de Aristóteles, cedan a la tentación de comprarla. Sugerí yo a Escohotado que la llamase Crítica de la razón roja. Me dijo que lo consideraría, pero lo desechó. No importa. El título no hace al monje ni sirve para esconder un tractatus de tamaña envergadura. ¿Verga dura? Pues sí: potente filosofía en fase de máxima erección. ¡Ojalá leyeran Zapatero y las cocotas de su boudoir el libro de Escohotado! En él se explica todo lo que debería hacerse para salir de la crisis y lo que no debería haberse hecho antes de que ésta empezara. No lo leerán, claro. También ellos son chicos de la LOGSE.

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DRAGOLANDIA: Infiernos e infiernillos (y 2)


Isla de Bali

Lovina (Bali), 18 de mayo de 2009

Me fui del infierno de Kuta, decía, para caer en el infiernillo de Ubud.

Aquello también estaba lleno de coches, de motos, de pícaros, de falsas masajistas, de familias obesas con adolescentes despectivos y niños gritones, de japoneses emperrados en fotografiarlo o filmarlo todo, de japonesas feísimas, de…

Bueno, bueno, ya paro. ¡Menuda decepción! Todo un estilo de vida, único en el mundo, se ha ido al carajo. Ubud, que fue paraíso en la tierra, es ahora un centro comercial, una Vaguada, un Port Aventura, un parque temático.

Aburridísimo, además, porque ni siquiera cabe recurrir allí al frufrú de Kuta para entretener, a la desesperada, el tedio. No hay nada que hacer. Nada. Una vez visto el maravilloso museo que fue casa y taller del pintor español, y catalán nacido en Manila, Antonio Blanco -yo lo conocí. Era un disparate, un cronopio, un sátiro del bosque, un gran artista, un inventor de formas y de fondos tan genial, casi, como Dalí-, sólo puede el viajero cruzarse de brazos, sentarse en la posición del loto, abrir un libro, papar moscas (no las hay) o contemplar el paisaje, que sigue siendo, eso sí, uno de los más hermosos de la tierra.

La música también lo es, y lo son las danzas que por la noche, apenas cae el
sol, centellean en la penumbra de los antiguos templos, pero todo eso ya no sale del alma de las gentes de la zona, sino de su empeño en ordeñar las ubres de los turistas para sacarles hasta la última gota de dólar que lleven dentro.

-¿Y los hoteles, Dragó?

-Fantásticos, lo reconozco, y distintos a los del resto del mundo… ¿Pero merece la pena cruzar éste de punta a punta para encerrarse en un hotel, por original, elegante y bonito que el mismo sea?

Ni siquiera se puede pasear, ir, como antes, de pueblo en pueblo, cruzando palmerales y arrozales, escuchando a los pájaros, descansando en los templos, porque los caminos están a todas horas acribillados por las motos, que son como navajas, y por las voces de los pelmas que acosan a los forasteros con el estribillo de taxi, taxi, transport, transport, dance, dance, massage, massage… Imposible dar un solo paso sin padecer el suplicio de tal monserga.

Infierno (Kuta) e infiernillo (Ubud). En cuanto al resto de la isla…

En Bali transcurre uno de los capítulos cruciales de mi novela El camino del corazón. De lo que en él conté no queda nada. Paraíso definitivamente perdido. Mi decepción es enorme. No me lo esperaba. Estuve aquí, por enésima y última vez en el 97, y aunque nada era ya como había sido, en Lovina, en Ahmed, en las islas Gili y, por supuesto, en Ubud había jirones y retales del antiguo encanto. Ahora, ni eso.

Ya sé lo que sintió Adán cuando un ángel de espada flamígera lo expulsó para siempre del jardín del Edén. Me sacudo la arena de esta plaza de la suela de los zapatos. Se acabó. Nunca volveré a Bali. A Indonesia, sí.

Publicado en: ...el 23 Junio 2009 @ 11:17 Comentarios (18)

DRAGOLANDIA: Infiernos e infiernillos (1)


Pescadores en Bali

Kuta (Bali), 15 de mayo de 2009

¿Qué pinto aquí?

En Bali, digo. He pasado unos días en Yogyakarta, antigua capital de Indonesia y epicentro de la cultura de ese país, y por motivos que no vienen a cuento me he visto obligado a regresar a esta isla, que tanto amé.

Pretérito indefinido que in illo témpore fue perfecto. Ahora es sumamente imperfecto. Lo que fue paraíso -la playa de Kuta a finales de los sesenta y comienzos de los setenta- es ahora un infierno de coches, de ruido, de motos, de hormigón y asfalto, de tiendas estúpidas, de hamburgueserías y pizzerías, de nachos y tacos, de cócteles dulzones, de pestilentes embotellamientos (el paseo marítimo, llamémoslo así, parece la calle de Jorge Juan en hora punta), de veraneantes gordinflones acompañados por sus rorros, de chicarrones australianos ahítos de cerveza, de surferos pintarrajeados, de masajistas que no saben dar masajes, de oficinas de cambio, de franquicias, de baretos ensordecedores y discotecas estroboscópicas, de agencias de viajes especializadas en organizar excursiones cursis al centro de la nada, de pícaros empeñados en llevarte al huerto -es imposible ir por la calle o caminar por la playa sin que te aborde a cada metro y en cada minuto un enjambre de moscones. Son pesadísimos- y de mujeres demacradas que piden limosna con un bebé, probablemente alquilado, al arrimo de los callejones oscuros.

Lo dicho: un infierno. ¿Qué pinto yo aquí y qué pintan quienes atraviesan medio mundo para rendir viaje en un sitio que no ofrece ya nada diferente a lo que tantos otros lugares, no menos adocenados y estultos, pero más cercanos, brindan por el mismo precio?

Hay que ser idiotas… Yo, por delante. Para esto más vale no salir de casa o irse a Albacete.

¡Qué digo! Mucho mejor Albacete, y que los albaceteños me perdonen la afrenta de haber comparado su ciudad a Bali.

A Bali, sí, y no sólo a Kuta… Porque si ésta se ha convertido en un infierno, el resto de la isla, con algunas insignificantes excepciones de las que ni a palos pienso hablar, no le va a la zaga.

Ubud, por ejemplo. Busqué refugio esperanzado e inmediatamente defraudado en ese enclave sacramental, que hasta hace muy poco tiempo era el jardín del Edén, y no tardé en cobrar conciencia de que había salido del infierno para meterme en un infiernillo.

(Continuará).

Publicado en: ...el @ 11:13 Comentarios (4)

EL LOBO FEROZ: La letra escarlata

Así se llamaba la mejor novela de Hawthorne. Aludía el título a la costumbre de marcar a las adúlteras con una A de ese color en la Nueva Inglaterra del siglo XIX. De nueva, como se ve, tenía poco, y tampoco era muy nuevo el viejo continente precolombino al que llegaron los españoles mucho antes de que Hawthorne escribiese la novela. Recurro a su título, en clave de alegoría, para aludir a lo que está sucediendo, por voluntad suicida de quienes allí viven, en buena parte de los países colonizados a golpe de priapismo y crucifijo por Vandalia. No es, en puridad, una letra escarlata, sino una inmensa marea roja lo que anega Centroamérica y el Cono Sur. Decían hace nada los políticos y creían los economistas, incompetentes o embusteros todos, que la feraz y a menudo feroz zona comprendida entre el cabo de Hornos y el río Grande iba a ser Jauja en un futuro muy cercano. En ninguna otra parte del mundo, aseguraban, pintarían tantos oros como allí. Inviertan, aconsejaban los santones y bribones de los fondos tóxicos a los empresarios. Era, otra vez, el mito del Dorado, que vuelve siempre, pues humana y universal es la avaricia. Y los empresarios invertían, mientras algunos, que no somos empresarios, ni economistas, ni políticos, ni santones, ni bribones, pero que por escarmentados somos más avisados, pensábamos lo que piensan los perros cuando los abandonan: yo no lo haría. ¿Oros? ¿Prosperidad? ¿Futuro? No. Mancha roja, en vez de eso, que, elección tras elección, amañadas o no, se extiende: dio remoto ejemplo Fidel en Cuba, siguió Chávez en Venezuela y ya tenemos a los Kirchner en Argentina, a Evo en Bolivia, a Ortega en Nicaragua, a Correa en Ecuador (¡lo han reelegido!), a Zelaya en Honduras, a Colom en Guatemala, a Tabaré Vázquez en Uruguay, al sinvergüenza de Alan García en Perú y, recién encaramado a la cresta de las olas del surf liberticida, a Funes en Ecuador. Es la herencia de España, el sello de Vandalia, la marea escarlata. Sólo en esa parte del mundo vuelve una y otra vez, como el mito del Dorado, el miedo igualitarista e intervencionista a la libertad. Sólo allí y aquí sigue coleando la izquierda dura y facha, esa herejía del cristianismo. Antes hubo dictadores castrenses, tiranos banderas, fiestas del chivo: eran la versión americana de nuestros espadones. Ahora siguen en las mismas, pasadas no por las armas, sino por las urnas. Zapateritos son. Quien quiera perder dinero, inviértalo allí.

Publicado en: ...el @ 11:08 Comentarios (2)

DRAGOLANDIA: No maten al mensajero


El escritor y Premio Nobel de Literatura John M. Coetzee

Yogyakarta, 12 de mayo de 2009

Estoy leyendo un libro de Coetzee, escritor fúnebre y tedioso que no me agrada. Milita en el grupúsculo literario de los deprimidos que escriben para deprimidos. El libro se titula Diario de un mal año. Lo publica Debolsillo.

Debe de ser cierto lo que afirmaba Cervantes: no hay libro, por malo que sea (y el de Coetzee, pese a lo dicho, no lo es), que no contenga algo bueno.

Lo digo porque en el duodécimo capitulillo de la obra citada me topo, a cuento de la pedofilia, con algunas consideraciones valiosas, valerosas, razonables y sumamente incorrectas.

Son las que siguen…

“La histeria actual de los actos sexuales con niños –no sólo tales actos en sí, sino representaciones ficticias de éstos en forma de la llamada “pornografía infantil”- da lugar a ciertas extrañas faltas de lógica (…) ¿Cómo diantre ha podido desarrollarse el clima actual? Hasta que las feministas intervinieron en la refriega, a fines del siglo XX, los censores moralistas habían sufrido una derrota tras otra y en todas partes estaban a la defensiva. Pero en cuanto a la pornografía, el feminismo, un movimiento progresista en otros aspectos, decidió ser compañero de cama de los conservadores religiosos, y la confusión se generalizó. Así, en la actualidad, mientras que por un lado los medios de comunicación encabezan impunemente una exhibición sexual cada vez más grosera, por otro lado se ha dado un buen varapalo al argumento esteticista de que el arte vence al tabú (el arte “transforma” su material, purgándolo de su fealdad) y, en consecuencia, el artista debería estar por encima de la ley. En unos pocos campos bien definidos el tabú ha emergido triunfante: no sólo ciertas representaciones, sobre todo de sexo con menores, se proscriben y castigan ferozmente, sino que también está muy mal visto, si no prohibido, el debate sobre la base del tabú”.

Y más adelante, a propósito de la película Lolita:

“Hace treinta años Stanley Kubrick sorteó el tabú, relativamente suave en aquel entonces, mediante la utilización de una actriz de la que se sabía que no era una niña y sólo con dificultad podría disfrazarse como tal. Pero en el clima actual esa estratagema no serviría de nada: el hecho (el hecho ficticio, la idea) de que el personaje de ficción es una niña eclipsaría la realidad de que la imagen en la pantalla no es la de una niña. Cuando el tema es el sexo con menores, la ley, y la opinión pública clamando detrás de ella, no está de humor para hacer sutiles distinciones”.

(op. cit. pp. 64 y 65)

No soy yo quien lo dice, sino todo un señor premio Nobel. No maten al mensajero. Maten, en todo caso, a Coetzee.

Decía Henry Miller: “cada vez que se viola un tabú sucede algo estimulante”.

Elijan: o corrección política, o libertad de opinión y de expresión.

Publicado en: ...el 17 Junio 2009 @ 11:43 Comentarios (5)

DRAGOLANDIA: Reflexiones antropológicas


Una canoa surca las aguas del río Congo

Kuta (Bali), 8 de mayo de 2009

Fue Aristóteles quien dijo que el hombre es un animal político (zoón politikón), pero se equivocaba. ¿No sería más exacto decir que es un rumiante tribal?

Miro alrededor y veo lo mismo que veían los conquistadores de Vandalia cuando profanaron el Amazonas y los exploradores británicos cuando llegaron a Tanganika: tribus y más tribus. Las hay por doquier.

Mienten quienes dicen que las culturas primitivas se están extinguiendo. Al contrario. Nada hay más primitivo y, por ende, más salvaje, en el mal sentido de la palabra, que el mundo actual.

Roqueros, moteros, surferos, blogueros, mochileros, patriotas, nacionalistas, culturistas, submarinistas, senderistas, ecologistas, socialistas, sindicalistas, europeístas, madridistas, tomasistas, pacifistas, opusdeístas, islamistas, masones, cineastas, antisistemas, neonazis, punkis, curas, harekrisnas, miembros de gubernamentalísimas organizaciones no gubernamentales… Tribus.

Los monos se agrupan; los rumiantes, también; los felinos, no. El tigre, el gato y la pantera siempre van solos. Ése es mi modelo: yo soy (o intento ser) felino sapiens. Nunca he pertenecido a tribus. Ni siquiera en la adolescencia. Fundé y capitaneé, cuando tenía nueve o diez años, una banda, la de la Buena Pipa, pero nunca consentí que nadie entrara en ella. Yo era su único miembro. Nunca tuve que enfrentarme a motines.

Acabo de escribir una mentirijilla. Es de escasa monta. Perdónemela el lector. A los dieciocho años ingresé en el partido comunista. Era y es una tribu. Lo hice, más que nada, pour épater. Duré poco en ese rebaño y siempre fui en él oveja negra. Pecados, leves, de juventud.

Los felinos también son salvajes, pero en el buen sentido de la palabra. Salvajes de selva. Salvajes que van de a uno. Salvajes siempre solitarios, nunca solidarios. Salvajes que ni siquiera se reconocen entre sí, porque no son primitivos ni tribales. Salvajes que detestan a los monos y a los monicacos, a los rumiantes y a los homínidos, a las ovejas blancas y a los supuestos zoones politikones…

Decía Leonardo que salvaje es quien se salva. Yo lo intento.

Lo intento, sí, pero es en vano. ¿Cuántos tigres quedan en el mundo?

Olviden la pregunta, no vaya a ser que los clonen.

Miro, melancólicamente, alrededor. Kuta está llena de roqueros, de moteros, de surferos, de mochileros, de discotequeros, de turistas en chancletas, de señoras gordas, de bribones y biberones, de gorrones de ONG, de hamburgueserías y pizzerías… Lo que fue paraíso es ahora escenario de la guerra de las galaxias globalizadoras.

¿Hay algo más primitivo, más propio de salvajes (en el mal sentido de la palabra), que pintarrajearse el cuerpo con tattoos o perforarse las orejas, la nariz, los labios y las partes antiguamente pudendas con aros, fíbulas y grapas?

Pienso en el río Congo y en el de Apocalypse Now, pienso en Conrad y en Coppola, pienso en El corazón de las tinieblas. Viajar hoy a Kuta es hacerlo al fondo del horror.

Mundo actual, mundo tribal.

¡Beeee!

Publicado en: ...el @ 11:37 Comentarios (5)

EL LOBO FEROZ: Rebelión en la granja

Estaba cantado. Los biólogos lo sabían. El sentido común lo decía a voces. Nadie escuchaba éstas. A los políticos, que sólo piensan en recabar votos y poner el cazo, no les convenía oírlas. Panem para al pueblo y dólares para las multinacionales de la alimentación. Era cuestión de esperar un poco. Ya ha llegado. Es la lucha final. Los animales se rebelan. El agua, el aire y el clima también lo han hecho. La naturaleza, harta de sufrir los desmanes de la avaricia y la estupidez humana, se defiende. Ha decidido exterminarnos, y lo hará. Empezó el mono verde, y fue el sida. Siguieron otros virus, y fue la legionella, el ébola, los mil y un daños yatrogénicos. Quien entra en un hospital, así sea de visita, tiene un cincuenta por ciento de posibilidades de salir con algo que no tenía. La deforestación de los bosques tropicales pone al homo sapiens, ese depredador, en contacto con microorganismos inéditos contra los que nada puede su sistema inmune. Mugieron luego las vacas locas, y fue esa enfermedad de imposible nombre que todos, alguna vez, hemos deletreado. Los peces nos hicieron otro regalito: el anisakis. Las gallinas, indignadas por la forma de tratar a su descendencia, cacarearon, y fue la peste aviar. Los mosquitos no iban a ser menos: ahora pican de día, son de aguas limpias, pululan en las ciudades y lo hacen en países de clima templado. Es el dengue. Miren lo que está pasando en Argentina. ¡En pie, animales de la tierra! Pocos eran, faltaban los cerdos y parió la abuela. Ya tenemos aquí la gripe porcina. Es sólo el principio. Lo gordo está por llegar. Monos, virus, vacas, peces, pájaros, insectos, cochinos… ¡Ah, y medusas asesinas! Hay ya cincuenta en las playas de Murcia. Revolución francesa, industrial, soviética, mortíferas todas, y ahora la cuarta y definitiva revolución letal: la de la granja. ¿Antecedentes? En la Edad Media se creía que los gatos eran animales de brujas y la clerigalla decretó su holocausto. Inimaginables son las atrocidades que les hicieron. Castigo de Dios: proliferaron las ratas y fue la peste negra. Hubo que llamar de nuevo, apresuradamente, a los mininos exterminados. ¿Causa remota? La Biblia, ese mein kampf. Creced y multiplicaos. Vuestra es la tierra con cuanto contiene. Pues muy bien: vuestra es. Mía, no. Me declaro traidor a la especie. No cierro filas, ahora que Armagedón ha empezado, con los depredadores, mes semblables, mis enemigos. Estoy con los cerdos. ¡Oink, oink!

Publicado en: ...el @ 11:33 Comentarios (2)

DRAGOLANDIA: Mascarillas

Ubud (Bali), 5 de mayo de 2009

Cuando Blasco Ibáñez llegó a Tokio en 1922 (o quizá en el 23. No tengo la cita a mano) se quedó muy sorprendido al ver que casi todo el mundo llevaba mascarilla. Lo cuenta en un libro interesantísimo, divertidísimo y hoy descatalogado: La vuelta al mundo de un novelista.

¿No anda por ahí un editor que lo rescate? Hágalo Baeta en Siete Leguas. Es un tocho, pero podría publicarse por entregas.

Blasco Ibáñez llegó al extremo de pensar, y así lo cuenta, que en Japón se había declarado una terrible epidemia de cáncer de nariz. No había tal, pero lo que sí se había producido tan sólo unas semanas antes, o acaso días, fue el mucho más terrible y temible terremoto de Yokohama, en el que murió un millón de personas y decenas de miles de casas de madera con paramentos de papel de arroz ardieron como si fuesen fósforos.

El centro de Tokio se convirtió en una inmensa hoguera, pero los vecinos de la ciudad no llevaban mascarillas para filtrar el humo que impregnaba el aire, sino para no coger la gripe ni contagiarla al prójimo.

Los japoneses son así: gente educada, muy mirada y siempre obsesionada por la higiene.

Lo eran ya entonces, cuando Blasco Ibáñez los visitó, y lo seguían siendo cuarenta y cinco años después, cuando servidor (de nadie) llegó a ese país y se estableció en él.

A mí también me sorprendió ver a los tokiotas provistos de mascarillas. No habían renunciado a ellas. Las llevaban por la calle, en el metro, en los trenes, en los tranvías, en los autobuses y hasta en las oficinas.

Fue precisamente en Tokio, casi recién aterrizado, cuando leí el libro de Blasco Ibáñez y comprobé que casi nunca hay nada nuevo bajo el sol. Ni siquiera en Japón.

¡Y tanto! Que se lo pregunten a los sufridos habitantes del país que tuvo la doble mala pata de ser colonia de gachupines, primero, y de verse obligado después, cuando los españoles se fueron con el rabo entre piernas, a vivir pared con pared y mejilla contra mejilla de los Estados Unidos por inapelables razones o, más bien, sinrazones de contigüidad geográfica.

No hay dos sin tres: la gripe del cochino. Méjico devuelve la pelota al país aledaño. Es éste quien ahora lamenta estar donde está. Pero, sea como fuere, y dejándome de digresiones más o menos sarcásticas, lo cierto es que las mascarillas cunden hoy no sólo en Japón, de donde nunca se fueron, sino en todas partes.

Yo mismo, hace cosa de cinco años, decidí ponérmela en el contaminado infierno de Madrid, capital de Vandalia, donde había tenido la desdicha de nacer, no tanto para dejar de absorber toxinas por vía respiratoria, sino también, y sobre todo, para pasar inadvertido. No soporto que la gente me reconozca por la calle y me aborde, me pida autógrafos o se dé codazos entre bisbiseos y miraditas sesgadas.

Eso cuando no llegan al extremo de preguntarme si les permitiría sacar una foto. ¡A mí, que nunca las hago, porque ni siquiera tengo cámara, y que estoy convencido, como los masais, de que las fotos quitan el alma! ¡Maldita tele!

El tiro me salió por la culata. Era peor el remedio que la enfermedad. Todo el mundo se fijaba en la mascarilla y ésta, que sólo tapaba la nariz y la boca, no era lo suficientemente extensa como para ocultar mi identidad. Pensé en ponerme capucha, pero desistí de tan disparatada idea, porque lo mismo me detenían, tomándome por un etarra o un esbirro de Ben Laden, y me sacaban en el telediario. De Málaga a Malagón.

Y ahora, como decía, las mascarillas cunden por doquier y salen, por supuesto, en los informativos de la caja idiota. ¡Si Blasco Ibáñez levantase la cabeza! ¿Cáncer de nariz? No. Homo protésicus, el de este siglo, al que se le cae la cara de vergüenza y respuesta de los animales a las vejaciones que el mono sapiens les inflige.

Todo el año es carnaval. ¡A la calle con careta! Preparémonos para el entierro de la sardina y el gorigori de Armagedón. Las mascarillas de esta primavera triste son máscaras mortuorias. John Donne tenía razón: el hombre no es una isla. Turistas, emigrantes, inmigrantes, movilidad de hormigas procesionarias, adelantos de las comunicaciones… ¡Toma globalización!

¿Por quién doblan las campanas de la OMS mientras los laboratorios farmacéuticos se forran con la venia de las autoridades sanitarias? ¿Cui prodest?

Dentro de muy poco, todos chatos. La revancha de la naturaleza nos desnarigará.

Publicado en: ...el 08 Junio 2009 @ 12:20 Comentarios (5)