EL COBAYA: El experimento del doctor Ox

Me habían hablado de la existencia en Madrid de una cámara de oxigenación hiperbárica. Fue una amiga quien me dio el soplo. Ella la había probado y contaba excelencias acerca de sus efectos. Al salir, decía, se comió el mundo, animada por una energía formidable. Me pasó el teléfono y allá que me fui. Está ese artilugio, que parece una cápsula espacial, instalado junto al Hotel Foxá de Serrano Galvache, en las dependencias de un gimnasio de tiros largos: el Príncipe Sport II. Al principio impresiona. Es como iniciar un viaje a la estratosfera. Antes de entrar en la cápsula hay que pasar por las manos de una amabilísima doctora. Chequeo breve, pero minucioso, y adelante. Ya está el cobaya metido en su sputnik. Un funcionario de la Nasa (permítaseme la broma) controla los mandos. Empieza a entrar oxígeno puro hasta alcanzar el índice de presurización adecuado. El astronauta siente, al principio, algo de calor y nota como la energía que anima el universo va poco a poco entrando en él. Los tejidos se hiperoxigenan. Los efectos fisiológicos y psicológicos son espectaculares, dice la ciencia, en todos los vectores del antiaging. No cabe detallarlos aquí. El tratamiento mejora o cura alrededor de diez mil enfermedades. Yo me sometí el otro día a la primera sesión, hoy practicaré la segunda y así seguiré hasta cumplir todas las etapas del protocolo establecido. Me pasó lo mismo que a mi amiga: salí de la cápsula y, aquella tarde, me comí el mundo, sexo incluido. Julio Verne escribió una novela, muy divertida, cuyo título era “El experimento del doctor Ox”. La leí de niño y la he vivido de mayor. Es la única cámara de ese tipo existente en Madrid. No sé si las hay en otros lugares de España. Infórmense en www.oxigenarte.net y agradézcanme la noticia y el consejo.

Publicado en: ...el 06 Febrero 2010 @ 00:53 Comentarios (11)

DRAGOLANDIA: Sobre la felicidad (1)


Séneca

Decía Séneca que todo el mundo aspira a llevar una vida dichosa, pero que nadie sabe a ciencia cierta en qué consiste eso.

Y para averiguarlo (o para ayudarte, mejor dicho, a que tú, lector, lo averigües) es por lo que voy a dedicar unas cuantas entregas de este blog a resumir las enseñanzas de todos y cada uno de los grandes sabios que en el seno de la humanidad, a lo largo de su historia, han existido.

Grandes sabios… Esto es: maestros –y no, meramente, filósofos, científicos, artistas, héroes, profetas o santos- que en su vida y con su ejemplo, sus palabras y sus obras trazaron la cartografía de la conciencia, sembraron las semillas de la ética (que no existe sin estética) y configuraron la hoja de ruta que permite, a quien de verdad lo intenta, conocerse a sí mismo, entender el sentido del universo, responder a las preguntas del quién somos y del por qué y para qué estamos aquí, y alcanzar, en definitiva, eso con lo que todo el mundo sueña sin saber lo que es: la felicidad.

Buscarla, y encontrarla, es lo que siempre, desde que el hombre tiene memoria de sí, hemos llamado sabiduría. Nadie confunda ésta, como ya he sugerido, con la cultura, la erudición, la reflexión o la investigación. Es otra cosa, que no depende del estudio ni del simple ejercicio de la inteligencia, aunque ambos –la inteligencia y el estudio- puedan ser, en ocasiones, sus aliados.

Arte de vivir: de eso se trata y eso es lo único que los sabios –los maestros- nos enseñan. Pero el fruto de sus enseñanzas no es de ningún modo una teoría, una abstracción, sino algo que se aplica, que toma forma, que se lleva a término: un quehacer.

En eso se diferencia el sabio del filósofo. Éste ama, cierto, la sabiduría, y por ello la busca, pero aquél no se conforma con eso, sino que además, como acabo de decir, la encuentra, la practica, la convierte –minuto a minuto- en norma de su existencia, en carne de su vida, y es feliz.

Ese estado –el de la felicidad- no se compra, no se transmite, no guarda relación alguna con lo que tenemos, ni tampoco con el dónde y cómo estamos, sino con lo que somos. Nadie puede dárnoslo, nadie puede quitárnoslo. Depende sólo de uno mismo y está, por ello, al alcance de cualquiera: pobre o rico, viejo o joven, varón o mujer, instruido o analfabeto, acompañado o solitario…

Quien busca la camisa del hombre feliz para pedírsela, cómprarsela o quitársela siempre termina descubriendo que el hombre feliz carece de camisa no porque no la tenga, sino porque no la necesita.

No envidies, lector, a nadie –la envidia es, seguramente, el peor enemigo de la felicidad- ni tampoco caigas en la trampa opuesta: la de pensar, obrando en consecuencia, amargándote, condicionándote, que tu felicidad depende de la felicidad ajena. A nadie podrás dársela, del mismo modo y por las mismas razones por las que nadie te la dará a ti. Sé autónomo. No te culpabilices por la desdicha del prójimo ni atribuyas al prójimo la responsabilidad de la desdicha propia. Todos somos hijos únicos de nuestros actos.

Recuerda, eso sí, que la felicidad depende de la coherencia entre lo que crees, piensas y dices, y lo que haces. No puede ser feliz quien no tiene la tranquilidad de conciencia que sólo confiere el deber cumplido, y para eso –para saber en qué consiste éste- es necesario averiguar quién eres, descubrir tu carácter, tu vocación, tu función, tu destino, y llegar, respetando tu ley, siendo fiel a ti mismo, a serlo.

No busques un camino hacia la felicidad: ésta es, minuto a minuto, y no tanto en lo que parece importante –sin serlo. Nada importa nada- cuanto en lo insignificante, el camino.

Y recuerda, por último, que el arte de vivir es, también, arte de morir. Los sabios te enseñarán a hacerlo. Si no pierdes el miedo a la muerte, que es el punto de origen –agazapado o no- de todo lo que te impide ser feliz, no lo serás. Pero si te enfrentas a lo que temes, el temor –ese espejismo- desaparecerá.

Y de ese modo –lo escribió Kipling, al que cito de memoria- tus ojos, / adentro tornados / te mostrarán tu tesoro escondido / bajo la tierra de tus propios campos, / junto a tu hogar, / en el umbral de tu casa, / en el polvo de los caminos / que trillas a diario, / y de esa suerte sabrás que eres hombre / y que, por hombre, eres rey soberano.

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EL LOBO FEROZ: ¿Y los atunes?

Ya están todos, sanos y salvos, en sus casitas. Todos, digo… Los malos y los buenos, los negros y los blancos. Ya puedo, pues, confesar lo que sentía mientras presenciaba la opereta del buque atunero. Si lo hubiese hecho antes se me habrían merendado los tiburones de la corrección política. Dirán, aun así, que soy un insensato, un frívolo y un irresponsable. Que lo digan. Eso no es asunto mío, sino de quienes lo dicen. Estaba yo en pecado capital. Tenía envidia de los secuestradores y de los secuestrados. Los unos y los otros corrían aventuras. Casi imposibles son éstas en el mundo de hoy, tan ordenado, controlado y maniatado. ¿Hay algo mejor que una situación límite? Me pirra el peligro. No lo puedo evitar. Ya en la niñez me pirraba. ¡Ah de Salgari! Si Yáñez y Sandokán eran héroes para todo el mundo (y lo siguen siendo, a juzgar por el éxito que cosechan las películas en las que los protagonistas son piratas), ¿por qué mis compatriotas, unánimes al fin en algo, lloriquean ahora por el suceso del Alakrana? Pan con marmitako para mis dientes de novelista y periodista. No soy pescador, pero tentado estoy de empezar a serlo para pescar novelones y folletones en las aguas del Índico. Envíeme Pedro Jota allí con un parche en el ojo, un garfio en la zurda, un papagayo en el hombro y una piratesa trincada por la cintura. Siempre, cuando cojo un avión, fantaseo con la posibilidad de que lo secuestren y termine yo no en el lugar al que iba, sino en las Tortugas. Ya le pasó a Colón, que navegaba hacia la India, tropezó con Guanahaní, descubrió América y creyó que era el paraíso. Vivir es eso. Lo contrario son tontunas de beatas, jubilatas, cobardicas, borregos, políticos y funcionarios. La vida no vivida, decían Jung y Soseki, es una enfermedad de la que se puede morir. ¡Menuda juerga la que a cuento de nuestros magros bolsillos de contribuyentes en crisis se están corriendo los vecinos del fortín de los piratas! ¡Ríos de champán francés, bandejas de caviar del Caspio, polvaredas de cocaína, polvorones de Estepa enviados por Zapatero, ensaladas de qat servidas por El Bulli y las mujeres más guapas de la tierra -lo son las somalíes- para celebrar el happy end del culebrón! ¡Que no falte de nada! ¡Todo es bueno para el convento!, dijo el fraile llevando una puta al hombro. Y de los pobres atunes, ¿qué? Nadie habla de ellos, aunque están a punto de extinguirse. Van a seguir pescándolos. Eso sí que es piratería.

Publicado en: ...el @ 00:25 Comentarios (0)

DRAGOLANDIA: ¡Ya está!

Van a tirarme de las orejas. No sé cuántos días ya sin decir ni mu en Dragolandia. Contente, Baeta. Recuperaré, como Proust, todo el tiempo perdido. Palmo a palmo, letra a letra, línea a línea.

Me cuenta mi hija Ayanta, que pronto se incorporará a este blog para llevarme en él la contra o lo contrario, discrepar o coincidir, que Rafael Azcona, en el último instante de su vida, miró hacia fuera y, desde dentro, desde lo más profundo de su ser, dijo: “¡Ya está!”.

Fueron sus últimas palabras.

Se non e’ vero…

No lo será, pero yo, por si en el último momento me vengo abajo y no estoy a la altura de lo que tan alta ocasión exige, ya puedo decir lo mismo. He tomado precauciones, pues, a mi edad, todas son pocas.

Sostiene el tópico que para llevar o haber llevado una vida completa hay que tener un hijo, escribir un libro y plantar un árbol.

En cuanto a lo primero, he cumplido con creces. Tengo tres que, por añadidura, abultan como si fueran treinta y tres, pues cada uno es de una madre diferente y cada madre es de nacionalidad distinta. Alianza de civilizaciones, diría Zapatero, y mala cabeza la tuya, añadiría la santa, paciente y comprensiva mujer que me trajo al mundo.

En cuanto a lo de los libros, nadie, por cicatero que sea, puede negar que voy sobrado. He escrito veintiocho, contando el que acaba de salir, y si Dios me da vida aún daré yo guerra en la cancha de la literatura.

Me faltaba lo del árbol. Alguna que otra vez, en los días de la infancia, cavé un hoyo y arrojé a él un hueso de albaricoque, ciruela, melocotón o lo que se terciara, pero nunca, que yo sepa, brotó nada de él. La naturaleza es muy suya.

Pues bien: el otro día fungí de pregonero en las fiestas del aceite de oliva de la muy noble ciudad de Osuna (un gentío, señores… Más de setecientas personas acudieron a la cita) y, antes de tomar yo la palabra, los organizadores del acto me concedieron el honor de plantar un olivo en el patio de la Colegiata.

Lo hice, y fue emocionante. Es ese patio, hermosísimo, un olivar de escritores. Ilustres colegas me han precedido en el uso de la pala y la palabra: Caballero Bonald, Manuel Vicent, Antonio Gala, Jesús Quintero… El último en la lista, pregonero en 2008, fue nada menos que Vargas Llosa. Mi olivo está junto al suyo. Somos ya los dos, por los siglos de los siglos, pues ese árbol es longevo a más no poder, hermanos de sangre verde de aceituna. Lo dicho: un honor, que agradezco en lo que vale a Diego Angulo, a la alcaldesa de Osuna, a Antonio García Barbeito, a los almazareros de 1881 y a todos los vecinos de una ciudad, la de Osuna, que no conocía, que todo el mundo debería conocer y que me ha deslumbrado. Es un primor, un fulgor, una joya engastada en la diadema de los campos que desde Sevilla corren hacia Córdoba y viceversa. Si lo que en ella hay estuviese en la Toscana, pongo por caso, ese lugar sería tan célebre y tan celebrado como Lucca, Volterra y Siena. No exagero. Vayan allí y lo comprobarán.

Y si lo hacen, por cierto, echen un vistazo a mi olivo, que tiene placa, y acaricien sus hojas de mi parte.

A lo que iba: ya tengo hijos, ya tengo libros y ya tengo árbol.

O sea: ¡ya está!

El tiempo que me quede será propina.

¡Bote! ¡Gracias!

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EL LOBO FEROZ: Aminatu

No pude ir a la manifestación del sábado en apoyo del pueblo saharaui. Andaba yo en Osuna. Fui allí para dar el pregón de las fiestas del aceite de oliva. De no haber sido por eso, y pese a tener por norma la de no intervenir jamás en manifestación alguna, me habría acogido al derecho de excepción sumándome a esa ceremonia de amistad hacia los héroes que desde hace casi siete lustros sueñan con volver a su tierra para recuperar cuanto en justicia les pertenece. Amistad, digo, y aun diría fraternidad, pues por hermanos y amigos tengo a los saharauis desde que por primera vez llegué al oasis de Guelta (“gasolina y agua potable” dicen de él los mapas Michelin) y pasé noches enteras entre las jaimas, al arrimo de la lumbre, viendo pasar estrellas fugaces, sorbiendo tazas de té y escuchando las historias que las gentes del oasis me contaban. Mester de juglaría era aquello, como el del Poema del Cid, y orden de caballería quijotesca y andante, pues nómadas eran todos, la milicia en la que a lomos de jeep o de camello cabalgaban. Venía yo de Bir Mogrein, corría el otoño del 70 y regresé en otras dos ocasiones, procedente en ambas de El Aaiun y encaminado hacia Dakar, al mismo sitio. Sucedió todo eso antes de que Franco muriera y sus herederos -demócratas, se supone- optaran por desentenderse del proceso de descolonización que condujo a una nueva colonización del territorio: la que todavía hoy, contra la voluntad de los únicos propietarios legítimos de éste, impone por ley de gumía, cancillería y estacazo el monarca alauí. Lo que fue Sáhara español es ahora bandera del deshonor de España y de quienes la gobiernan. ¿Por los siglos de los siglos? No lo creo. Nada pueden, a la larga, los ejércitos que se enfrentan al querer de un pueblo. Estados Unidos mordió el polvo en Vietnam y vuelve a morderlo ahora en las dunas y pedregales del desierto afgano. De igual modo tendrá China que salir del Tíbet. Guardo en mis cajones la túnica de guerrero saharaui que el Frente Polisario me entregó la última vez que estuve en la Hamada de Argelia, donde sus campamentos siguen humeando, y tengo junto a mí, muy cerca de la mesa en la que escribo esto, la insignia -círculo, estrella y media luna- que en aquella circunstancia me impusieron. Sé que algún día entraré con Aminatu y las tropas polisarias en El Aaiun. No estuve el sábado en Atocha, saharauis, pero allí andaba mi alma, conmigo vais, con vosotros voy, mi corazón os lleva…

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EL LOBO FEROZ: Neandertales en Estrasburgo

San Isidoro escribió en latín una obra enciclopédica a la que puso por título Etimologías. Ese fue el cauce por el que la cultura romana desaguó en la visigótica, la fecundó y pasó el testigo en la carrera de relevos de la historia a lo que con el correr de tiempo sería hispanidad. La etimología es la madre de la sabiduría y el latín es el paterfamilias de nuestra etimología. Traditio significa entrega y de esa palabra viene tradición: el conjunto de los conocimientos, doctrinas y costumbres que se transmiten de generación en generación. Proditio, en cambio, significa traición (el antónimo de tradición), y traidores son los parvenus de Estrasburgo que han decidido descolgar los crucifijos de todos los centros docentes de la Unión Europea. Claro abuso de autoridad y estupidez evidente, pues estúpido es, como asegura la traditio, quien escupe al techo de su casa. La cruz es símbolo, muy anterior al cristianismo, que representa el cruce de la verticalidad del macrocosmos (el anima mundi) con la horizontalidad del microcosmos (la sociedad y la historia). Cruces por todas partes y en todas las culturas: cruz egipcia, cruz griega, cruz latina, esvástica, lábaro, lauburu y hasta cruz roja. ¿Qué harán con ésta? ¿Prohibirán también, por ser ideogramas de origen religioso, el yin y el yang del taoísmo, la media luna musulmana y el aum hinduista? El hombre de Neandertal carecía de la capacidad cognoscitiva necesaria para entender los símbolos, reconocerse en ellos y compartirlos con el prójimo. En eso, más que en los rasgos de la anatomía, se diferenciaba del hombre de Cromagnon. Con éste, capaz ya de agruparse en torno a ideas abstractas, valores morales e imágenes alegóricas, el ser humano se transformó en animal sociable, en zoon politikon, y la historia se puso en marcha. Patética es la incultura y voluntad de parricidio de los neoneandertales de Estrasbusgo. ¿No han leído esos chicos de la LOGSE ultramontana y progresista a Jung y a Campbell? ¿No dan de sí sus molleras zejijuntas lo suficiente para entender que el Crucifijo simboliza el impulso de ascensión y regeneración que in illo témpore obligó al mono a erguirse? ¿Tendremos que volver a gritar, como lo hizo Unamuno, que se europeícen ellos? Berlusconi se ha plantado. ¡Ave, César! In hoc signo vinces. ¿Qué hará Zapatero? ¿Qué dirá Rajoy? Por cierto: el autor de esta columna no es cristiano. Es pagano y nietzscheano, pero más amigo de la verdad que de Platón.

Publicado en: ...el 31 Enero 2010 @ 15:01 Comentarios (28)

DRAGOLANDIA: Trajín

En eso ando. El tiempo se estira en Castilfrío, pero no lo suficiente. Necesitaría jornadas de cuarenta y ocho horas en las que cada una de ellas tuviera ciento veinte minutos. No doy abasto. Quien mucho abarca…

¿Cabe ser intenso siendo extenso o se trata de dos apuestas incompatibles?

Jodorowsky no lleva reloj. Eso me sorprende y me admira. ¿Cómo se las apaña? Me gustaría emularlo, pero no me decido a hacerlo.

Ayer, jueves, nevó en Castilfrío. Menos mal que el miércoles lució un sol espléndido, seco, frío, metálico, ventoso, característico de ese país de las maravillas que es el Alto Llano Numantino. Medio centenar de periodistas y otros tantos vecinos del pueblo o de la zona y amigos llegados de otras partes asistieron al bautizo de mi última novela y rindieron honores póstumos al gato que lo protagoniza.

Estábamos en la iglesia del pueblo, cuyo uso había autorizado el obispo del Burgo de Osma, un hombre de bien al que ya tengo por amigo. Eduardo Aute, otro amigo del alma, estrenó su canción “Gato de Arigató”. Con ella dará a conocer el nombre de Soseki en todas las Españas y todas las Américas.

El acto salió redondo. Fue cordial, simpático, afectuoso y emotivo.

Al día siguiente bautizamos al hermanillo de Soseki con unas gotas de Möet Chandon -a tal señor, tal honor- junto a la lápida de su hermano y bajo el olivo de mi jardín. Yo fui el sacerdote y Alicia Mariño, autora del haiku inscrito sobre esa lápida, la madrina. Elena Figueroa sostuvo la pila de cerámica de Talavera aportada por el notario de Madrid Antonio Pérez. Testigos de la ceremonia fueron Silvia Grijalba, Ramón Blecua y Naoko. Impusimos al catecúmeno el nombre de Sensei, palabra japonesa que significa “maestro”.

El haiku de Alicia reza (nunca mejor dicho): “Ser como tú, / surcando el infinito, / tigre de luz”.

Y ahora, mea culpa, pésame, Señor… Prometo que no volveré a hablar de mi gato hasta el año entrante.

La vida sigue o, mejor dicho, vuelve a sus cauces: Dragolandia, El Lobo Feroz, Las Noches Blancas, Isabel Gemio, Julia Otero, mis memorias, interrumpidas por la muerte de Soseki…

¡Caramba! Ya he incumplido mi promesa.

El 12 de diciembre, Dios y Eolo mediantes, me iré con Miguel de la Quadra y su Ruta Quetzal a la isla de Juan Fernández, alias Robinson Crusoe. Y de allí, ya sin los marañones de Miguel, seguiré por tierra hasta el extremo meridional de Chile y Argentina y subiré hacia Buenos Aires.

No volveré hasta que las navidades, ese infierno, sean agua pasada. No las soporto.

Mi función en la Ruta Quetzal es la de ser, como tantas veces, en otros tiempos, lo fui, cronista de Indias a las órdenes del almirante de la Quadra.

Y esas crónicas se publicarán aquí.

Posdata – En la entrega anterior de este blog olvidé mencionar otra de las patrañas que circulan a cuento de mi persona: la de que soy vegetariano. Pues no, amigos, no lo soy. ¿Cómo voy a ser vegetariano viviendo en las Tierras Altas de Soria? Me habría muerto ya de hambre hace cosa de sesenta y cinco años. Llegué aquí, capital del chorizo, de los torreznos, del picadillo y de la caldereta, cuando tenía ocho. Esta noche, sin ir más lejos, voy a zamparme un cordero lechal expresamente asado para nosotros en compañía de José Luis Garci, David Gistau y nuestras respectivas señoras. Adónde fueres… En Chile y Argentina serán bifes, asados de tira, churrascos y cuanto la vaca ofrece. ¿Gustan? ¡Hamdulilá!

Publicado en: ...el @ 14:58 Comentarios (1)

EL LOBO FEROZ: El tiempo entre costuras

Y, de repente, una novela… Una novela de las de antes, de las de siempre, de las de casi nunca, de las que agarran por sus partes -alma, corazón y vida- al lector y ya no las sueltan hasta que ese ser afortunado alcanza la última línea.

Una novela de verdad, de cuerpo entero, levantada con piedra de sillería, bien cementada y cimentada, minuciosamente documentada, adictiva, apasionante, arrolladora.

Una novela escrita como ya no escribe casi nadie: léxico, sintaxis, gramática, armonía, precisión de relojero, variedad, ligereza, buen gusto, rayano todo ello en la perfección.

Una novela de más de seiscientas páginas que se hacen cortas, que no pesan, que tiran de la atención del lector con la suavidad con la que los corceles de la cuadriga platónica -cuerpo, sexo, corazón y cabeza- llevan en andas al Auriga por el jardín de los senderos de la razón y por las curvas del laberinto de la imaginación.

Iba yo, desde hace muchos años, con un candil al hombro y unas gafas de hipermétrope, como Diógenes, buscando una novela que no se me cayera de las manos, que no me aburriese, que no me obligase a abandonar la lectura a la vuelta de unas páginas, que no me cantara milongas ni me contara bernardinas, que me retrotrajera a los años de la infancia y la adolescencia, cuando abrir un libro era hacerse a la mar… Y allá, a mi frente, Estambul.

Fue Eduardo Torres Dulce quien me recomendó que leyese El tiempo entre costuras (Temas de Hoy), de una tal María Dueñas, de la que nada sabía yo entonces ni sé mucho ahora, fuera del breve apunte biográfico que figura en la solapa trasera del imponente novelón. Seguí el consejo, me hice con el libro, lo empecé, ya no pude soltarlo hasta llegar a la bibliografía que lo cierra y aquí tienen el veredicto.

No me mueve la amistad. No conozco a la autora, aunque ya la he invitado a participar en Las noches blancas. ¡Faltaría más!

Madrid, Tánger, Tetuán, Lisboa, una modista beautiful and damned lanzada a la aventura y a la desventura, al amor y al desamor, a la guerra y a la paz, y a un mundo de espías, de fugitivos, de impostores, de outsiders, de sueños, frustrados o no, y de todo el perverso encanto de lo que el tiempo, definitivamente, se llevó.

Alta literatura, amigos. No pasen de largo. Aprovechen la oportunidad. Corran hacia la librería más cercana.

“Una máquina de escribir reventó mi destino”. Así comienza el relato. ¿No quieren saber por qué?

Publicado en: ...el @ 14:47 Comentarios (0)

DRAGOLANDIA: Patrañas

Internet cumple la misma función que los chalados de la Nueva Era atribuyen a los registros akáshicos (no sé si la palabreja se escribe así): todo queda inscrito en ella por los siglos de los siglos. Antes, las mentiras, las calumnias, las imposturas y los errores se desvanecían con el paso del tiempo. Ahora, ya no. El ordenador es palabra de Yavé en el Génesis: hágase la oscuridad, y la oscuridad se hizo. Cuando algo, verdad o falsedad que sea, entra en el vientre de ese artefacto y aparece en su pantalla, ahí se queda hasta que la batalla de Armagedón llegue a su término.
Voy a repasar algunas de las patrañas -divertidas, a veces- que circulan a cuento de mi persona y a poner los puntos sobre sus íes, aunque de sobra sé que no servirá de nada.

En 1990 me quedé finalista del Planeta con una novela, ‘El camino del corazón’, presentada bajo plica con el título apócrifo de ‘El cuerno de oro’. Pues bien: ese título pasó a formar parte de mi currículo literario y ya no hay quien lo saque de él. Fue una agencia de noticias quien lo dio por bueno y lo puso en circulación. Si buscan ustedes mis datos en la web del Ministerio de Cultura, se toparán con el nombre de esa novela, que no existe. Lo curioso es que casi veinte años después aún hay periodistas que me preguntan por ella y personas que aseguran haberla leído y llegan al extremo de decir que les ha gustado mucho. No me va a quedar más remedio que escribirla. La promoción está hecha.

Tampoco dije nunca, como muchos creen, que me iría de España si Zapatero ganaba las elecciones. Eso lo puso en mi boca un escritor soriano, Antonio Ruiz Vega, lo recogió Benjamín Prado en la presentación del libro ‘Libertad, fraternidad, desigualdad’, lo propaló la Agencia Efe y el bulo coló. No son los jefes de Gobierno, sino mi libre albedrío, quienes determinan mi lugar de residencia. De España, por otra parte, me voy continuamente, y lo que me iré. No paso en Vandalia más de tres o cuatro meses al año. Lo que sí dije, allá por el 93, es que me largaría con la música a otra parte si Felipe volvía a hacerse con el timón del país, y mantuve mi palabra. Me fui a un islote del Pacífico. Es curioso, porque ahora lo echo de menos. A Felipe, digo, y al islote, también. Cualquier político, por malo que sea, es mejor que Zapatero.

Tercera patraña: la de que la pianista japonesa del difunto programa Dragolandia es mi mujer. Ni lo es ni lo ha sido nunca, por grande que sea el afecto y la admiración que le profeso. Se llama Mine y está felizmente casada con un amigo mío. Mi mujer también es japonesa y toca el piano, aunque nunca en público. Ahí se acaban los paralelismos y las semejanzas.

Hace cosa de un mes, en el curso de un almuerzo celebrado en Pequín y convocado por la ministra de Cultura con motivo de la Feria Internacional del Libro de esa ciudad, la mujer de un magnífico poeta y gran amigo mío se quedó de un aire al enterarse de que, por desgracia para mí, ni soy el propietario de la empresa Soria Natural ni existe vínculo alguno entre la misma y mi persona, cosa que ella daba por sentada. ¡Ojalá hubiese estado en lo cierto! Sería yo, en tal caso, multimillonario y no tendría que ir del caño al coro durante setenta horas a la semana para sacar adelante el chiringuito y, sobre todo, atender al mantenimiento de mi biblioteca, que es el renglón más caro de mi presupuesto.

¡Y cuál no sería mi sorpresa cuando el otro día alguien, al que acababa de conocer, se interesó cortésmente por la marcha de mis negocios inmobiliarios en Lanzarote! Ahí fui yo quien se quedó de muestra. ¿Pero de dónde saldrán semejantes paparruchas?

¡Ah! Se me olvidaba. Anteayer me llamaron de un periódico digital para verificar si era cierta la información, suministrada, según me dijeron, por los sindicatos, de que yo cobraba más de ciento cincuenta mil euros por mi intervención en Dragolandia (la de la tele, no ésta). ¡Qué barbaridad! ¿Y si lo dejáramos, mis queridos enemigos, en menos del 5% de esa cifra?

Posdata – El miércoles 4 de noviembre, a eso de la 1 de la tarde, se presenta ‘Soseki - Inmortal y tigre’ en Castilfrío de la Sierra. Vendrá un autobús de periodistas fletado por Planeta. Eduardo Aute estrenará su canción ‘Gato de arigató’, compuesta en honor del guerrero numantino que salvó de la muerte a mi nieta Caterina. Entrada libre, en la medida en que el aforo de la sala lo permita. ¡Miau!

Publicado en: ...el @ 14:32 Comentarios (0)

DRAGOLANDIA: Soseki


Soseki, dormido mientras aprendía a escribir

Lo prometido es deuda. Lo anunciado ya no es futuro, sino presente. Misión cumplida. Deuda saldada. Herida restañada.

Hoy llega a las librerías Soseki - Inmortal y tigre. Fue en estas mismas páginas, en este mismo periódico, en este mismo blog, donde me comprometí a escribir una obra que sería homenaje póstumo, canto fúnebre, epinicio y honor rendido al gato que se inmoló para salvar la vida de mi nieta.

Estoy contento. He trabajado duro. Quería escribir una novela, porque novela es, y un cuento, porque cuento es, que pudiese interesar a los niños y a los adultos, a los adolescentes y a los ancianos. No era fácil. Tenía que encontrar un idioma literario asequible a los lectores de corta edad que no resultara pueril a los ojos de quienes dejaron atrás la infancia y la adolescencia. Si lo he conseguido o no es asunto sobre el que no debo pronunciarme. Decía Hemingway que los libros son, mientras se escriben, exclusiva propiedad de los autores, pero que luego, al cruzar la línea divisoria entre la redacción y la publicación, pasan a ser de los lectores, y sólo de los lectores.

Me ha salido un novelón de trescientas cincuenta páginas en las que se cruzan tres historias diferentes, pero convergentes e inseparables.

Primera historia: las aventuras vividas por un gato que vino al mundo con una misión, pero que no tenía hogar ni nombre. Un día llamó a la puerta de una casa misteriosa en cuyo patio había un olivo y una estatua de Buda. A partir de ese instante… Contado queda.

Segunda historia: un canto de amor a una comarca, a un País de las Maravillas, a una isla de Nunca Jamás, al llano numantino, a las Tierras Altas de Soria… El gato las recorre y habla con quienes, visibles o invisibles, amigos o adversarios, las pueblan: guerreros, vestales, brujas, demonios, gnomos, dioses, hadas, príncipes, héroes y villanos. Trastienda mágica de un mundo en el que las cosas aún son como siempre fueron.

Tercera historia: es un escritor, ya anciano, quien cuenta a su nieta, “tan bonita, Caterina, tan bonita como tú”, la peripecia ejemplar del gato curioso, noble, inteligente y valiente, que se sacrificará para salvarla después de haberse adentrado, como Teseo, en la guarida de un monstruo. El escritor y la niña dialogan a lo largo del libro y su coloquio, que entrecorta la narración y se desgrana al hilo de la misma, se convierte en enseñanza, en aprendizaje, en filosofía y en correa de transmisión del arte de vivir.

¡Ojalá este libro sirva, entre otras cosas, para poner en marcha un centro de acogida de gatos en Castilfrío! Tal es mi propósito. ¡Y ojalá sirva también para que quienes no aprecian a los gatos, príncipes de la libertad, empiecen a amarlos!

La suerte está echada, Soseki. Honor y fuerza.

Publicado en: ...el 21 Enero 2010 @ 18:36 Comentarios (35)