EL LOBO FEROZ: La Gran Vía

Vivo cerca de ella. La recorro a menudo. Ayer volví a hacerlo y, como le ocurría a Quevedo con su patria, no hallé cosa donde posar los ojos que no fuese recuerdo de la muerte. ¿Exagero? Seguro que sí, pero la hipérbole es recurso lírico en el que aquel poeta fue maestro. Érase de una calle al Palacio de la Música pegada. Ya no existe. Lo han cerrado. También lo hizo, recientemente, el Avenida. Y junto a él, en sus bajos, cerró Pasapoga. Berlanga, otro maestro, no podrá filmar a obispos, como temían los censores, saliendo de esa sala de fiestas. ¿Sala de fiestas? Ya no las hay. Ni boîtes. En el Rex, que también era cine, funcionaba una, elegante, recoleta, discretísima. No es verdad que lo fugitivo permanezca y dure. Lo sabíamos, pero duele. Yo vi en el cine que acaba de cerrar Lo que el viento se llevó. Título premonitorio. Tenía catorce años, más o menos, y fui con mi madre para que me dejaran entrar, porque no era tolerada. También ella ha muerto. Todas lo hacen. En la fachada del Palacio de la Música, que ahora parece una dentadura mellada, queda el hueco de los inmensos carteles que anunciaban las películas. Hubo en la Gran Vía, cuando yo, adolescente, empezaba a caminar solo por ella, trece cines. Seis por cada acera y uno retranqueado: rive droite, rive gauche y… Un barrio latino. Quizá eran catorce. Se lo preguntaré a Garci, que lo sabe todo. Ahora quedan tres: el Callao, el Capitol y el Palacio de la Prensa, donde mi padre tenía su oficina, a la que nunca fui, porque lo mataron antes de que pudiese hacerlo. ¡Qué importa! ¡Pero si ya nadie va al cine! Éste se ha refugiado en la soledad del deuvedé y en los nichos de los centros comerciales. La Gran Vía no era aún, cuando yo, en los años cincuenta, me atreví a explorarla, bulevar del crepúsculo, como lo es ahora, sino femoral de la gloria, arteria del esplendor, río de la vida y corriente del Golfo. Hemingway aún se paseaba por ella arponeando tiburones, boquerones, maletillas, toreros de cartel, amistades peligrosas, actrices de Cifesa y mujeres de lumbre con puñales en la mirada. Era aquello un malecón, un rompeolas, un bazar, un aleph, el escaparate del mundo. Todo era posible, todo pasaba por allí, todo bullía, todo estaba abierto hasta las tantas. ¿Fue París una fiesta? Sin duda, pero también lo fue, desde el Coliseum hasta ―extramuros ya― Chicote y El Abra, la Gran Vía de entonces, la de los trece cines, la de los trece estrenos del sábado de Gloria, la de los mil cafés, la de las cien terrazas, la del mujerío de Fuyma, la de los billares del Callao y los ínferos de Los Sótanos, la de las bragas de Sepu, la que nunca cerraba, la de aquellos años en los que nosotros, los del verso de Neruda, aún éramos los mismos. Ayer, como digo, volví a pasar por ella, por la Gran Vía de hoy, por la de los cines cerrados, las hamburgueserías y el multiculturalismo, por la de la calavera desdentada del Palacio de la Música, y no hallé cosa donde posar los ojos que no fuese baile de criadas y de horteras.

Publicado en: ...el 23 Julio 2008 @ 12:25 Comentarios (6)

Diagonales: Umbral y Dragó

121.- Coloquio literario en Buenos Aires. J.S.C. me recrimina que encuentre puntos relacionales entre escritores españoles antitéticos, buscando siempre una parte positiva que no existe. Me deafía cariñosamente a encontrar alguna conexión entre Francisco Umbral y Fernando Sánchez Dragó, vitaliciamente enfrentados.

En principio, la única conexión que encuentro entre Umbral y Dragó es que ambos pertenecen a la raza blanca castellana. Aproximadamente. Los contrastes llegan a ser pintorescos. Umbral era de una estudiadísima y singularísima coquetería en el vestir; detestaba los viajes largos, incluso los cortos; tenía terror al frío; se mantenía en las locas noches del Oliver madrileño con vasos de leche; cultivaba una hipocondría herrumbrosa, con inventario de miopías, faringitis crónicas, vértigos, exhibiendo en su casa una gama de sedantes y ansiolíticos que serían la envidia de qualquier neurótico titulado, temiendo incluso que algún libro suyo sería póstumo. Dragó viste como un hippy, es un apasionado del viaje con mochila a lugares imposibles; tiene una casa en el pueblo soriano de Castilfrío, de temperaturas mongólicas; considera la leche el peor veneno y despierta envidias con su salud de hierro, convencido de que no morirá hasta acabar toda su obra; la también variadísima gama de productos que consume son todos de herbolario, ninguno farmacéutico. La actitud de Umbral era distante y resentida, alguna filia aparte; su voz engolada comunicaba mal. La actitud de Dragó es cercana y cordial; su voz de llaneza castellana comunica muy bien.

Ombliguistas literarios, sus obras giran íntegramente sobre sí mismos. Pero lo autobiográfico en Umbral se poetiza, superficializándose en una brillantez que no toca fondo; se rebela sin revelarse. Lo autobiográfico en Dragó se hace carne; se revela, a veces sin rebelarse. Umbral se gusta, casi nunca se siente. Dragó se siente, no siempre se gusta.

Salvo un par de excepciones intimistas, la obra de Umbral creció deliberadamente al margen del sentimiento, aplastando el sentimiento. La obra de Dragó es sentimiento en estado puro, la literatura como cirugía a corazón abierto, renunciando muchas veces al oficio, a la estética, incluso al pudor.

Dos egos desbordantes, alejados de historias colectivas y dotados de una facilidad torrencial que profesionalizaron al máximo. Francisco Umbral, protegido por la trinchera del lenguaje, tuvo admiradores. Dragó, saltando de la trinchera a cuerpo limpio, tiene fieles.

Puntos de conexión: la misoginia, amor a los gatos, austeridad en las costumbres, indiferencia imperial por el patriotismo, la religión, el deporte, la música, el teatro, el mar; trabajadores imbatibles en una literatura que era la razón de su vida y que profesionalizaron al máximo. Desesperadamente vocacionales hasta la raíz y desde la raíz. Los dos.

J.J. Suárez, Diagonales (Fuentetaja)

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Nota: Sólo dos puntualizaciones: 1. Mi ego murió el día en que tomé mi primera dosis de LSD. 2. ¿Misógino yo? Mejor, quizá, me habría ido en la vida siéndolo, pero caí en los contrario.

Dragó

Publicado en: ...el 22 Julio 2008 @ 13:56 Comentarios (3)

DRAGOLANDIA: Revolution


Portada de la revista Revolution

Así se llama una nueva revista, de grueso lomo y espléndida impresión, que no quiere revolucionar nada, porque las revoluciones restan, sino añadir, sumar, ilustrar, comentar, divertir y, sobre todo, tomar el pulso del tiempo, de nuestro tiempo, en el estricto sentido de la expresión, porque está íntegramente dedicada a la alta relojería. En la última página de su segundo número, que acaba de aparecer, y con el título de Reloj, no marques las horas, aparece una breve reflexión, salida de mi pluma, que voy a reproducir aquí. Es ésta:

«Quevedo decía que sólo lo fugitivo permanece y dura. Priestley hablaba de la herida del tiempo. Horacio, mucho antes, aconsejaba al lector de sus odas que aprovechase, a bocados, el momento. Carpe diem, hic et nunc (aquí y ahora), fugit tempus. Buda y Laotsé pensaban lo mismo. Omar Khayyam lo remachó en uno de sus rubaiyatas: “Hay dos días por los cuales mi corazón jamás ha languidecido… Ése que ya pasó, ése que no ha llegado todavía”. Folleu, folleu que el món s’acaba.

Al hombre occidental le angustia el tiempo; el oriental cree que no existe. Fue el judeocristianismo quien lo inventó: creación ex nihilo, Juicio Final. Con esos dos conceptos, que ninguna religión ―fuera de las tres del Libro― comparte, nació la idea de la Historia, de un tiempo lineal que avanza como una flecha desde el hágase la luz hasta la Segunda Venida, no se detiene, no retrocede, puede escandirse y medirse, tiene un antes, un durante y un después, y está, en consecuencia, sometido al tictac inexorable del reloj.

En Oriente, por el contrario, aseguran que el tiempo es circular, que todo se repite, que la historia es eterno retorno de ciclos que se encadenan y que las cosas del mundo no se suceden, sino que, simplemente, suceden. Es el illud tempus, el del érase una vez de las leyendas, las fábulas infantiles y las escrituras sagradas, el de la Edad de Oro, el de la serenidad apolínea y la ebriedad dionisíaca, el del nada importa nada de los cínicos, los estoicos y los epicúreos. En él no cabe la Caída ni, por lo tanto, el deterioro y la muerte. Es probable que el hombre feliz no tuviera camisa en la época de Las mil y una noches, pero es seguro que ahora no tiene reloj. Mi amigo Jodorowsky, de hecho, no lo tiene. Palabra. Y yo lo envidio. ¿Cómo se las apañará para no perder los aviones? Cuando se lo pregunto, sonríe. ¿Será que los pierde? Vive cada minuto de tu vida, aconsejan los chamanes, como si fuera el último, y así tu hora será siempre la de la verdad.

¿Relojes? En los del mundo antiguo, cuando lo eran de sol, había una frase inscrita: Omnia vulnerant, ultima necat (todas las horas hieren, la última mata). Esa certidumbre es, en definitiva, el mecanismo secreto que mueve las agujas del reloj. La inmortalidad se alcanza parándolas.»

Reflexionen, amigos.

Publicado en: ...el 21 Julio 2008 @ 12:05 Comentarios (1)

DRAGOLANDIA: Lecturas de verano


El escritor Carlos Salem en la presentación de Matar y guardar la ropa

Dos, por ejemplo, aunque un mes de vacaciones ―quien las tenga― dan para muchas más. Corre la superstición de que todo, durante el verano, debe ser ligero, breve, burbujeante, divertido… Las canciones, los espectáculos, la televisión, las comidas, incluso el vino tinto. No entiendo la razón de tan extraña norma, pues se supone que en esa época del año hay más tiempo para todo, pero me atendré a ella. Los dos libros cuya lectura voy a recomendar son, en efecto, lo dicho. Sorbetes de limón con un chorrito de vodka. Almejas de carril. Minifalda de volantes. No se aburrirá, de seguro, quien les hinque el diente.

Carlos Salem es argentino, regenta un bareto minúsculo en el barrio madrileño de Malasaña (tómense allí una copa… Está en San Vicente Ferrer), lo abre todos los miércoles a los poetas que quieren leer en público sus versos, publicó hace cosa de un año su primera novela, titulada Camino de ida, que era espléndida, y vuelve ahora a las andadas con otro divertidísimo relato de serie negra que no sólo no desmerece del anterior, sino que lo supera. Lo publica con el mismo sello editorial: Salto de Página. Se titula Matar y guardar la ropa. La acción ―más veraniega, imposible― transcurre en un camping nudista de Murcia y es trepidante, pero no escalofriante, pese a la crudeza de su planteamiento, porque el humor ―cáustico, sarcástico, mordaz, caníbal― la atempera siempre. Reirá después de haber temblado, temblará después de haber reído. Hay, por si lo dicho fuera poco, tórridas escenas que se la levantarían a un muerto. No sobran. Un retrato de nuestra época. Cinismo, pimienta y piedad. Una revelación. Un hallazgo. Un novelista que me ha reconciliado con la novela. No era fácil. Estaba harto de ese género.

¿Salem? El nombre marca. Este argentino es un brujo. Seguro que en su bareto sirven hechizos. Bébanse su libro a mi salud.

Stan Lauryssens se ganaba la vida haciendo agujeros en una fábrica de queso emmenthal. Luego lo contrataron para escribir entrevistas falsas con grandes figuras de Hollywood en una revista de Amberes. Después se convirtió en marchante de obras de Dalí, las vendió a miles, descubrió que eran falsas, se enriqueció, fue detenido y despojado de sus riquezas, acabó en una villa plantada en las alturas de Port-Lligat, conoció allí al pintor ―ya decrépito― de los relojes blandos, trató a todas las gentes de su pintoresco entorno y… No sigo. Lauryssens, con esos mimbres, ha escrito unas memorias divertidísimas: Dalí y yo. Llevan un subtítulo: Una historia surreal. Lo es. Tanto, por lo menos, como lo fue el propio Dalí. Se está haciendo en Hollywood una película basada en ese libro. Al Pacino interpreta el papel del pintor. Habrá que verla, pero de momento conviene leer las memorias en las que se inspira, recientemente publicadas en España por Ediciones B. Un acierto de su director: Ricardo Artola. Dalí y yo es, además de todo lo dicho, una novela picaresca en la que se denuncia el monstruoso negocio de las falsificaciones en la historia más reciente del arte moderno. ¿Arte? Lean y decidan. Yo no voy a decir más. Una vez fui a Arco y…

Publicado en: ...el 17 Julio 2008 @ 12:12 Comentarios (0)

EL LOBO FEROZ: Pobre de mí

No. Pobre homo sapiens. Las campanas doblan por todos. No es ociosa la alusión a Hemingway. Somos pecios a la deriva sin islas en el Golfo donde tomar un daiquiri. Las nieves del Kilimanjaro se deshielan y en su cumbre yace el esqueleto de un turista. Ya no hay verdes colinas en África. Los leopardos se extinguen, y la especie humana, también. No nos queda ni París. Aquello es un osario de turistas que van a Disneylandia, sacan fotos, hacen cola y comen hamburguesas. La Gioconda está triste. ¿Qué tendrá la Gioconda? Hemingway, viéndolas venir, se suicidó en el 61. Fue su último encierro. Lo pilló el toro. Yo le rendí póstumo homenaje yéndome a Pamplona en autostop el 5 de julio. Tardé dos días en llegar, no encontré cama, anduve de aquí para allá toda la noche y al salir el sol compré un periódico, lo enrollé, me fui a la Estafeta, me santigüé (aunque era ateo del colegio del Pilar y comunista del barrio de Salamanca) y brindé al suicida mi primer encierro. Salió bien. No me pilló el toro. ¿Capote del santo patrón o del santo bebedor de Illinois? He vuelto a ver estos días, desde la barrera de la televisión, la sanferminada. Sic transit, aunque con un jirón de gloria mundi. Un jirón, digo. Apenas nada. ¿Fiesta? No. Velorio anticipado. Dentro de unas horas cantarán el pobre de mí, o el de todos, y ése es el plinto de mi columna. Nací en un mundo que no estaba lleno, en el que había espacio para correr los seis mil toros de la vida. Hoy ya no caben en la calle de la Estafeta ni siquiera los seis de cada encierro. Las muchedumbres –neozelandeses borrachos, y cosas así– lo invaden todo y convierten el espacio vital en mortal. Lo que sucede en los sanfermines es signo de los tiempos, alegoría del futuro, vaticinio de Apocalipsis. Ya no queda en el mundo un solo lugar que no esté de bote en bote. Ni siquiera los cementerios. En las plazas de toros de la vida han colgado el cartel de no hay billetes. ¡Qué agobio! No sé ustedes, pero yo no quepo. Me asfixio. Seis mil millones de egos, incluyendo el mío, no caben en el planeta. Imaginen cuando seamos diez mil. Dicen los demógrafos que eso, si algo o alguien (guerras, epidemias, catástrofes, extraterrestres, Godzilla, el doctor No, Zapatero) no lo remedia, sucederá en 2050. El exceso de población es la madre de todos los males que nos afligen. ¿Enfermedades víricas, amenaza nuclear, contaminación, China, hipotecas basura, precio del petróleo, biocombustibles, escasez de agua y de alimentos, choque de civilizaciones? Todo eso viene de lo otro. Las especies que proliferan por encima de lo que su hábitat consiente ―es inflexible ley zoológica― se extinguen, y punto. En ello andamos. El hombre es el peor de los depredadores. El mundo empezó sin él, ha dicho Lévi-Strauss, y terminará sin él. Quien a hierro mata… Pónganse los salvavidas. Yo ya lo hice. Vivo extramuros de todo, en un lugar cuyo índice demográfico es inferior al del desierto de Gobi. No exagero: menos de dos habitantes por kilómetro cuadrado. ¡Qué gusto! En la puerta de mi casa hay un cartel: visita no acordada, visita no deseada. Respétenlo para que siempre me quede Castilfrío.

Publicado en: ...el 16 Julio 2008 @ 10:46 Comentarios (3)

DRAGOLANDIA: Antitaurinos

Supongo que no todos serán así. Seguro que entre los antitaurinos habrá buenas personas, gentes de corazón misericordioso, cristianos capaces de ofrecer la otra mejilla, individuos que utilicen el cerebro para pensar y no el testuz para embestir, pero lo cierto es que abundan en esa tropa los mílites del odio, el espumarajo en el belfo y el insulto como bandera. Son la antítesis de Francisco de Asís. Presumen de lo que carecen. Se apiadan del toro, pero llevarían al matadero a los animales humanos. Consulte el lector el último libro de Boadella (Adiós, Cataluña) y repase en sus primeras páginas el texto de los mensajes que ese alto juglar recibe por correo electrónico. Ponen los pelos de punta. Ayer también yo recibí –lo envió su autora a mi web– uno de esos mensajes. Homo homini lupus. No se me erizó el vello, porque estoy vacunado, conozco a mis semejantes y a quienes por tal se despachan, vengo de vuelta y sonrío siempre. Eppur… Reproduzco, a palo seco, la misiva en cuestión, que sola se alaba. Mantengo, eso sí, su barbarie gramatical y su delirante puntuación. No me la cargue en cuenta el lector. Juzgue éste…

«No sé como te lo montas sádico, pero he de felicitarte por tu esmero, ya que cada vez que te escucho, compruebo que te has superado a ti mismo y si la última vez fue el estómago revuelto lo que me dejaste cuando fuiste a darte un baño de gloria a la monumental, aprovechando la difusión mediática que los antitaurinos íbamos a crear ese día, esta vez me ha resultado realmente complicado contener las bilis que me provoca verte esputando barbaridades por esa bocaza que dios, o seguramente de existir, satán te ha dado.

Dedícate a tu absurda literatura, que fijo que lees tan solo tú o los soplapollas de los que te rodean, en el ánimo de conseguir un orgasmo pajillero, porque la defensión de la tauromaquia no es lo tuyo.

Si el toro segrega hormonas sexuales en el momento de su muerte y a ti eso te pone, porque se nota en como cambia tu expresión (qué asco me das por dios!) y en como enfatizas el tono de tu voz cuando hablas de ello, por qué no dejas que probemos a meterte un estoque por el culo y así, a parte de conseguir quitartenos de encima, que ya nos tienes más que hartos con tus provocaciones, te proporcionamos una muerte sádica y orgásmica como nunca hubieses soñado?.
Te prometo una experiencia única e irrepetible….uhmmmmm…..

Deja ya de insultarnos, deja ya el tema que solo te lo crees tú y actores secundones que tienen que acompañarte a un coso de muerte, para darse un baño de gloria como el insulso del boadella, vaya pareja de tortolitos que estaís hechos….menos mal que os quedan 2 telediarios y por mi parte, os deseo que sean agónicos, enfermizos (me refiero a físicamente hablando, que psiquicamente es imposible estarlo más) y sobre todo solos, como muere por vuestra culpa el toro en la plaza.
Supongo que la magnitud de mis insultos, halagará tu ego y empalmará esa parte retorcida de tu cerebro que tienes entre las piernas y que dudo muy mucho, que sepas usar en condiciones.
Un saludo antitaurino y ya veremos cómo hablas cuando os quitemos los 560 millones de eurakos que os proporciona mi gobierno del sudor de nuestros impuestos, listos!!!.»

Huelgan los comentarios. Terrorífico, ¿no? Hablaba Antonio Machado de esa España inferior que ora y embiste cuando se digna usar de la cabeza… ¿De la cabeza? Algunos la tienen en las pezuñas.

Publicado en: ...el 15 Julio 2008 @ 12:27 Comentarios (3)

DRAGOLANDIA: Disidencias, coincidencias

Leo en el suplemento de libros de ABC del último sábado un artículo que me sorprende. Lo firma Félix Romeo, de quien siempre he tenido buena opinión, y se titula Contra Steiner, del que siempre la he tenido mala. Habla el columnista de la obra Los libros que nunca he escrito, recientemente publicada por Siruela, y dice que al leerla se le han puesto los pelos de punta. A mí, también, aunque no por el texto de Steiner, que sólo había hojeado, sino por el que Romeo le dedica. Entresaco algunos párrafos, sin ánimo de polémica ni voluntad de injuria. Es sólo la sorpresa, insisto, lo que hoy me mueve. A saber:

l. “El libro de Steiner no me gusta nada porque muestra un profundo desprecio por el ser humano (el ser humano que no es él, quiero decir). Prefiere a los perros, que no tienen la suerte de no poder leer sus libros. En el texto Del hombre y la bestia, y sin duda pensando en sí mismo, escribe: Hay quienes ―posiblemente son muchos― quieren a los animales más que a los seres humanos. Raras veces se habla de esta verdad.

¿Y bien, amigo Romeo? ¿Por qué te escandalizas? ¿Eres de la cuerda del psicópata Rousseau? Voltaire y yo creemos que el hombre, lejos de ser un buen salvaje, es el peor de los depredadores. Yo, en líneas generales (las de la excepción que nunca falta), me llevo mejor con los gatos, los osos, los lobos, los toros de lidia, los lagartos y los escarabajos. Cuestión, quizá, de afinidades más o menos totémicas. ¿Me convierte eso, a mi vez, en un psicópata? No sé si Steiner tiene hijos, pero sí sé que Rousseau abandonó a todos los suyos. Y tuvo cinco.

2. “El libro de Steiner no me gusta nada porque ataca sin parar la democracia. La ataca con argumentos lamentables y de un impresionismo tan ful que no voy a gastar el tiempo refutándolos. En Petición de principio escribe: La democracia, un compromiso con la mayoría, hace sonar su fanfarria para el hombre común, cuyo Dios es en buena parte del planeta el fútbol. El credo de la Ilustración, el meliorismo del siglo XIX, que sostenía que la escolarización de masas era el camino hacia el progreso cultural, hacia la sabiduría política, ha demostrado hace tiempo ser ilusorio.

¿Y bien, amigo Romeo? ¿No es, acaso, nos guste o no, así? Mira a tu alrededor, levanta acta y no mates al mensajero. En cuanto a la democracia, ¿no admite crítica, es palabra de Dios, termina con ella la historia, como sostenía el memo de Fukuyama? No confundamos la politología con la politeología.

Y 3. “El libro de Steiner me horroriza porque está contra la educación obligatoria. En Cuestiones educativas escribe: La predisposición a una cultura superior está lejos de ser natural o universal. Puede ser cultivada o multiplicada. La frase, tan necia, no merecería un comentario, pero que un intelectual emplee la palabra natural para definir la cultura explica muchas de sus deficiencias interpretativas, primero, y argumentativas, después.

Sin comentarios. Suscribo lo que dice Steiner. El estudio es una vocación, no una obligación. Inclúyeme entre los necios y bórrame de la nómina de los intelectuales, si es que alguna vez me incluiste en ella.

Podría citar otros párrafos, amigo Romeo, pero ¿a qué ton? Yo también, como Steiner, tengo una idea aristocrática no del mundo, como tú aseguras, sino de cómo debería ser el mundo. O, mejor dicho, la sociedad. El populismo ―ya lo dijo, entre dientes, Ortega― es un desastre, acaso el mayor y peor de la historia universal. Se deriva, como sabes, del igualitarismo judeocristiano. Vade retro.

¿Incorrección política la nuestra (la de Steiner y, salvando las distancias, también la mía)? Pues sí: la del sentido común.

No pensaba leer, por pereza y sobrecarga, Los libros que nunca he escrito. Ahora lo haré. Gracias por la sugerencia, amigo Romeo, y no te enfades conmigo. Terminada tu digresión, espero los argumentos.

Postdata: No leas mi último libro (Y si habla mal de España… es español), Félix, porque te daría un soponcio y, de verdad, no te lo deseo. En él voy, por el mismo atajo, mucho más lejos que Steiner.

Publicado en: ...el 14 Julio 2008 @ 13:15 Comentarios (2)

EL LOBO FEROZ: Invisibilidad

Palabras que se ponen de moda y convierten el mundo en un rebaño: visibilidad, transversal, referente, proyecto de futuro… ¡Caramba! ¿Hay, acaso, proyectos de presente o de pretérito? Sería pasmoso: el tiempo al revés, retorno al futuro. Pero dejemos eso. Quería hablar hoy, subiéndome al pescante de las carrozas del Día del Orgullo Gay (¿Gay? Otra palabra inútil. En el castellano las hay a cientos para designar lo mismo), de la visibilidad. Ha sido ésta, aplicada al lesbianismo, reivindicación por todos coreada en el desfile del sábado y en la fiesta que lo remató. Muy bien. Ejercían un derecho y no seré yo quien lo discuta. Haga cada uno de su sexo un sayo. Libertad de costumbres e incluso, en lo que me concierne, omnisexualidad, promiscuidad, paganismo, desenfrenada lujuria y abierto libertinaje. Los homosexuales siempre me han tenido a su lado. Y los heterosexuales, los que son ambas cosas y los que, por indefinición o indiferencia, no son ni lo uno ni lo otro, también. Lo que sí discuto, en líneas generales, y no sólo en el caso de las lesbianas, es la petición de visibilidad. No la entiendo, no la deseo, no la comparto. Yo, que tan visible soy por culpa de la tele, reivindicaría lo contrario: el derecho de todo el mundo a emboscarse, a pasar inadvertido, a mantener lo privado ―toda vida, en principio y por definición, lo es― en el ámbito de la privacidad. ¿Redundancia? No. No, al menos, ahora, cuando muchos llegan al extremo de confundir ―recuérdese lo sucedido en el caso de la hermana de la princesa― la abyección de los paparazzi con la libertad de expresión. ¿Desearían los adúlteros ser visibles? La clandestinidad es un placer que realza todos los sabores y saberes, incluso el del exhibicionismo estratégicamente dosificado. ¿Quién no ha querido más de una vez ser invisible? O muchas, y en mi caso siempre. Es mi sueño favorito y lo es también, me consta, de bastante gente. Ya de niño, por las noches, en la cama y antes de dormirme, lo acariciaba, me regodeaba, acurrucaba y acunaba en él. Sigo haciéndolo. Lo haré, sospecho, hasta que me muera y recupere la misteriosa condición y dimensión de los nonatos. Invisibilidad, por cierto, no es sinónimo de inexistencia, sino, en todo caso, de esencia. Lo esencial, decía Saint-Exupéry, es invisible a los ojos. Serlo es ser, casi, omnipotente, invulnerable, feliz y, por supuesto, libre. No entiendo que las lesbianas quieran privarse de eso. No entiendo a quienes consideran avance y logro lo que a mí me parece retroceso y pérdida. No entiendo a nadie que renuncie motu proprio a tan sacrosanto derecho, que es, en definitiva, el de la mismidad. Los homosexuales, por tantos y durante tanto tiempo acosados en otros órdenes de la vida, gozaban, al menos, de él. Yo, que lo he perdido, volveré a fantasear esta noche con mis andanzas de hombre invisible y desearé que los dioses, la sociedad y mi prójimo me reconozcan ese derecho y me devuelvan ese don.

Publicado en: ...el 10 Julio 2008 @ 11:00 Comentarios (1)

EL COBAYA: El asesino anda suelto

O, mejor dicho, las asesinas. Apunto, y ojalá pudiera disparar, a las grasas vegetales. ¡Costaría tan poco prohibirlas! En Estados Unidos ya lo han hecho. Aquí, como de costumbre, el ministerio de Sanidad mira al tendido y se hace el sueco. ¿Será porque hay demasiados intereses empresariales en juego? No me gusta pensar mal, pero este asunto me desespera. No se peca sólo, en lo que a salud pública se refiere, por comisión, sino también por omisión. ¿Para qué diantre sirve un ministerio que prohíbe o acogota la libre circulación de los productos de herbolario ―véase, sin ir más lejos, lo sucedido hace poco en Cataluña― y permite que las grasas trans o hidrogenadas, causantes de buena parte de las muertes por ictus, infarto, ateroma, angina de pecho y otras dolencias cardiovasculares, vayan directamente del paladar a las paredes de las arterias?

Hay, por supuesto, grasas vegetales ―los aceites de oliva, soja, girasol, azafrán y maíz, por ejemplo― que, por ser del tipo insaturado, pertenecen al grupo de nutrientes esenciales y son no sólo beneficiosos para la salud de las arterias, sino necesarias para la alimentación. Ahora bien: lo que en la inmensa mayoría de los productos envasados, congelados, enlatados y precocinados se entiende por grasa vegetal es la que se elabora con aceites de palma o de coco, y eso es pólvora para la salud. Miren el etiquetado de lo que compran, de todo lo que compran, a excepción de los productos frescos, así sean, verbigracia, inocentes galletas o, incluso, artículos de alimentación supuestamente dietéticos, ecológicos y biosaludables, y huyan a velas desplegadas, depositándolos previamente en su anaquel, expositor o frigorífico, si se topan con la fatídica y, por ambigua, capciosa expresión ―grasa vegetal― a la que vengo haciendo referencia. Y eviten también, por la misma razón, la margarina (a no ser que haya sido molecularmente modificada) y todos los productos horneados o fritos. Las grasas trans son asimismo ingrediente habitual, por pasiva y por activa, de algunas carnes, de la leche de vaca y de sus derivados. En la pastelería y en la bollería, incluso en la que no es industrial ni se vende empaquetada, también se recurre al veneno hidrogenado. ¿Por qué lo hacen? No es un misterio. Lo hacen porque se conserva mejor que la grasa insaturada, sabe bien, no se pone rancio y cuesta menos, pero no sólo de ganancias vive o debería vivir el hombre.

Reaccionemos, plantemos cara. Si los consumidores boicotean todo lo que lleva grasas vegetales, éstas desaparecerán. Yo, en el ínterin, nunca viajo sin llevar en la maleta una lata de aceite de oliva virgen, extra y prensado una sola vez en frío. El que no es virgen, por cierto, se elabora con el hollejo de la aceituna mezclado a otros ingredientes y no es, en puridad, de oliva. Otro fraude. ¿Cuántos van?

Publicado en: ...el 09 Julio 2008 @ 17:10 Comentarios (1)

DRAGOLANDIA: Héroes

Así los llaman. Me refiero ―la duda ofende― a los miembros (no hay entre ellos miembras, se infringe la ley de igualdad, falla la cuota) de la selección nacional de fútbol. Han jugado bien ―lo reconozco― y sus modales han sido casi exquisitos, a diferencia de los que exhibían sus seguidores dentro y fuera del estadio, pero el heroísmo es otra cosa. Exige, por ejemplo, que sus protagonistas se enfrenten a la adversidad jugándose la vida y poniendo ésta al servicio de un bien superior que no redunde en beneficio de quien aspire a héroe. Ninguna de esas condiciones ―mínimas, inexcusables― concurre en este caso. Vi, a ráfagas, sin demasiado interés, porque el deporte me aburre y tenía, curándome en salud, un libro entre las manos, los dos últimos partidos de la Copa en cuestión, que ni sé cómo se llama (¿Champions, quizá? De ser así, ¿por qué no de Campeones?), y las reacciones de esos salvajes a los que llaman hinchas me avergonzaron. Más vergonzoso aún me pareció el zafarrancho de combate que a renglón seguido y durante más de veinticuatro horas de oprobio colectivo devastó el país. De todas las imágenes deplorables que las pantallas de televisión, inmisericordes, nos propinaron, y fueron muchas, ninguna rayó tan bajo, tan a ras de suelo y de la vergüenza propia y ajena, como la relativa a lo sucedido en los vestuarios donde nuestros jugadores celebraban el triunfo. Vi en ese momento, con las pupilas dilatadas por el estupor, el asco y la incredulidad, a varios jugadores ―el célebre Casillas, entre ellos― en ropa interior de horteras rematados. Marcaban paquete con repugnantes calzoncillos de espuma negra (ver para creer), esgrimían botellas de champán malo a gollete abierto, se rociaban los unos a los otros con la espuma que salía por él y se gastaban bromas pueblerinas de reclutas en la edad del pavo mientras los comentaristas y locutores de la tele ―iguales todos en eso― palmoteaban con ojos embobados de padres que perdonan las travesuras de su prole. Lo peor, en aquella apoteósica exhibición de zangolotinería y vulgaridad, eran los calzoncillos de espuma negra. ¿Ligarán con eso? ¿Los habrán heredado de quienes in illo témpore ―el del franquismo y el gol de Marcelino― los compraban en las rebajas de Sepu? ¿Veremos pronto a los chicos de Viena con sus habilidosos pies enfundados en calcetines rojigualdas? ¿Heroísmo? ¿Aquiles frente a Troya? ¿Hernán Cortés en Teotihuacán? ¿Los últimos de Filipinas? No, no. ¡Casillas en calzoncillos! Estamos tocando fondo.

Publicado en: ...el 08 Julio 2008 @ 12:45 Comentarios (0)